CAPÍTULO 5
LUNES
Observo el cursor parpadeante sobre el botón de enviar. Mi dedo vacila, y mi voluntad con él. Cierro los ojos con fuerza y hago clic. Mi confirmación de asistencia se pierde en el éter, donde la recibirá Thorn o alguno de sus lacayos.
Esta noche empiezo en el trabajo. Mi nuevo trabajo.
Mil dólares por noche, susurra una voz en mi cabeza.
Estoy agotada. Trabajé todo el día curando las heridas de otros, empujándolos hacia la recuperación. Por primera vez pagué en efectivo la atención de mamá. Fingí no darme cuenta de la pausa de la recepcionista al coger el dinero enrollado.
Me miró a los ojos.
—¿En efectivo?
Todavía tengo el recibo en el bolso. Creo que lo enmarcaré cuando todo esto termine.
Si es que termina alguna vez.
Camino despacio hacia la «sala de fiestas». Sé que he hecho todo lo posible por resultar deseable. Ty me recalcó la importancia del período de «socialización». Son hombres con gustos refinados, había enfatizado.
Entro con mi vestido azul hielo, que apenas me cubre el trasero.
Pequeñas tiras rematadas en cuentas plateadas se balancean y me hacen cosquillas en los muslos.
Se me ciñen al trasero mientras camino sobre tacones de diez centímetros.
El escote es tan pronunciado que el ombligo se me asoma y esconde como un hoyuelo provocador.
Los hombres se giran al entrar una chica nueva.
Imagino que su reacción es tan instintiva como la de las flores al volverse hacia el sol.
Sé que he dado en el blanco cuando la conversación se detiene.
Sus ojos recorren mi cuerpo con avidez, sin perderse nada.
Algunos se demoran en mis pechos, otros en mis largas piernas, otros acarician el oro bruñido de mi cabello bajo unas luces tan tenues que apenas iluminan.
Hay un hombre que no mira mi cuerpo, sino mis ojos. Merecen esa atención, ocultos tras una máscara de pequeños cristales de Swarovski. Solo el gris claro de mis iris se asoma por las ranuras. Mis pestañas rubio oscuro quedan ocultas bajo un rímel chocolate intenso.
—Doscientos por veinte minutos —dice. Tiene el pelo negro azabache, mandíbula fuerte y unos ojos que podrían ser verde avellana si hubiera más luz.
Estallan las voces y ahogan la suya. Me desconcierto y retrocedo.
Mis ojos enmascarados buscan al guardia de seguridad.
Tal como prometió Thorn, interrumpe el frenesí de pujas con voz queda.
—Quinientos, y es suya para la sesión virgen.
Clavo los ojos en los suyos, convencida de que me han descubierto. Pero no, solo se refiere a que es mi primer baile erótico. El primero de mi vida.
Se me caen los hombros y me relajo un poco.
El hombre que ofreció doscientos asiente al guardia de seguridad. Otro, vestido de esmoquin con faldones, trae un boleto en una bandeja de plata y me recorre con la mirada.
Es suficiente.
Me siento más sucia que cuando llegué.
El hombre del pelo negro azabache me tiende la mano y yo se la cojo. Está cálida y seca.
Cruzo la mirada con otras chicas mientras paso por una puerta marcada con el número uno. No sé quiénes son porque también llevan máscaras.
Da igual, porque ya no sé ni quién soy.
—Soy Jay —dice mientras se afloja la corbata.
Me quedo ahí plantada como una idiota.
Se ríe y se sienta en un sillón grande. El ante burdeos sintético oculta un sinfín de crímenes.
Como el que estoy a punto de cometer.
—Ven aquí —ordena en voz baja, con los ojos clavados en los míos.
Camino hacia él. Las cuentas que hace media hora me hacían sentir sexy ahora me pinchan como picaduras de insectos a cada paso.
Me paro frente a él, y no me toca. Se desabrocha la camisa despacio. Jay se quita la corbata pasándosela por la cabeza y la tira a un lado. Mis ojos recorren su torso musculoso mientras él sigue desabrochándose, sin apartar la mirada de mí. Se nota que vive en el gimnasio.
Reconozco de inmediato el resultado del esfuerzo; mi mano no fue lo único que rehabilité.
Estoy dolorida por mis propios entrenamientos. Un moretón permanente en la muñeca de mi mano mala da fe de mis dos semanas de baile en la barra. Pero el dolor no va a acabar conmigo. Después de lo que he pasado, el dolor físico es solo un obstáculo más.
Lo que me está matando es lo mental.
—Móntame —dice.
Lo monto igual que a Thorn, con los muslos temblándome. ¿Es horrible que, por no ser Thorn, de algún modo sea mejor?
La música se cuela en la habitación desde altavoces estratégicamente colocados. Desvío la mirada y veo pañuelos de papel esparcidos, lubricante, condones y una pila ordenada de juguetes sexuales en una caja de porcelana antigua.
De cristal.
De goma.
Aparto el rostro. Las lágrimas me obligan a mantener los ojos muy abiertos para que no caigan.
Jay deja un billete de cincuenta dólares en la mesita junto a la silla. Un platito de cristal tallado lo recoge a la perfección. Centellea bajo la luz tenue mientras guarda dinero sucio.
Me muevo, y él dice:
—Quiero tocarte los pechos.
Miro hacia el dinero. Trago saliva y, tras una breve vacilación, asiento.
Se inclina hacia delante y susurra:
—Sigue moviéndote... eso es...
Gime mientras me froto contra él con el rostro vuelto.
Clavo la vista en el papel pintado dorado, intentando salir de mi cuerpo.
Memorizo las formas geométricas. Siento sus dedos apartar la uve brillante de mi top.
Un dedo me roza el pezón y aumento el ritmo, nerviosa.
El pezón se me endurece como un traidor y el corazón se me acelera de puro miedo.
No puedo aceptarlo o gritaré. Este desconocido se prende de mi pezón y lo succiona mientras aumento la fricción contra él. Jadeo un poco por el contacto. Supongo que tocarme el pecho puede incluir su boca, aunque no me lo esperaba.
Me disocio aún más, con los ojos fijos en el papel pintado de flores de lis. El vaivén me tensa los músculos, la lucha contra la adrenalina me agota, pero la necesidad de dinero me empuja a seguir.
Su respiración me avisa de cuándo va a terminar, y entonces termina. Me aprieta los pechos desnudos contra la cara y grita contra mi carne cálida mientras se corre en una toalla que tiene sobre el regazo.
Jay me sostiene contra él como si fuera algo precioso. Eso es peor que si simplemente me hubiera soltado. Me aparto de golpe, bajándome de su regazo con torpeza, y desvío la mirada de su entrepierna.
Se levanta, lacio y exhausto, y usa los artículos de aseo del baño para limpiarse.
Estoy entumecida. Me coloco bien el top y recojo el billete de cincuenta, sumándolo a los quinientos. Al salir de la habitación, sus ojos me memorizan.
Caigo en que no dije ni una palabra. Ni siquiera sabe mi nombre. Jay no preguntó.
Al menos eso.
En el baño, me quedo mirando la pared de espejos dorados.
Artículos de aseo, maquillaje y toallitas de todo tipo cubren el tocador.
Hundo la cabeza entre las manos y me quedo ahí sentada durante momentos que se vuelven minutos.
Cuando levanto la cabeza, abro el grifo, espero a que salga vapor y se me escapa un quejido al lavarme las manos hasta dejarlas en carne viva.
Después abro un cepillo de dientes y me restriego la boca con furia. Dos veces.
Doy gracias a lo que sea que nunca lo besé. No lo habría soportado. Es la última afrenta. Nada de besos.
Porque esto se parece más a la prostitución que al baile. Ahora lo entiendo. Respiro hondo, me concentro en inspirar, luego en espirar.
Me levanto, me aliso el vestido de cuentas que me prestó Kiki y salgo de nuevo a la sala.
Pujan de nuevo y vuelvo a la habitación de los condenados. Este quiere tocarme los pechos.
Se lo permito.
Y me voy con mil doscientos dólares.
Solo me faltan cuarenta y ocho mil y pico.