Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

FAREN

Tomada la decisión, pasamos a otros temas. Siento un alivio. Puede que no sea el camino perfecto, pero al menos elegí uno. Vuelvo a contarle a Kiki sobre Ty.

—¿Conociste a Él? —dice Kiki con asombro, ignorando por completo el verdadero problema.

—¿Eh? —pregunto, notando claramente la mayúscula en el pronombre.

—¡El dueño! El guapísimo, delicioso, derrite-bragas, muy, muy rico dueño...

Me encojo de hombros.

—Entró, me ayudó a levantarme del suelo mientras yo metía mi dinero sucio en el bolso...

—¿Mencioné que es rico? —Sus cejas perfectamente depiladas se alzan—. ¿Lo viste? —Los ojos de Kiki están muy abiertos ahora por una razón diferente.

Niego con la cabeza, intentando no dejar ver cuánto me perturbó. Y eso que ni siquiera le vi la cara.

Kiki se deja caer hacia atrás con un bufido indignado. Sus ojos furiosos se encuentran con los míos.

—¡Me muero por conocerlo! Conocerlo de verdad, no solo que él me vea actuar mientras su secuaz me desliza una propina enorme.

¡Probaría su mercancía cualquier día! —exhala y cruza las piernas, mirando hacia el agua.

El Steelhead Diner está en lo alto de Pike Street.

El muro de cristal enmarca Puget Sound y las Montañas Olímpicas como una pintura surrealista de hielo blanco y aguas cerúleas arremolinadas.

—¿Por qué no lo miraste? Tengo que admitir que ahora mismo me estoy abanicando la vagina —lo dice con tanto entusiasmo sincero que me río.

Bajo la vista a mis manos y doy la primera respuesta que me viene a la mente.

—No me gustan los tipos ricos.

—¡Anda ya, eso son gilipolleces! Sí, yo también odio a los tipos ricos. Los odio —claramente se está burlando de mí, con el dedo índice en la barbilla mientras sus ojos miran al cielo y su pie no para de moverse—. Razonemos esta mierda, Faren —me taladra con la mirada.

Me remuevo incómoda, sabiendo que viene su particular sabiduría. Doy un bocado a mi ensalada y mastico mecánicamente.

—Casa bonita, coche bonito, ropa bonita, colonia de las buenas —levanta las cejas—, mucho gimnasio para esos brazos. ¡Joder! —golpea la mesa y un par de clientes nos miran—. Joder —repite más suavemente—, apuesto a que va a esas clases de Kama Sutra para perfeccionar los Movimientos.

Dios mío.

—Sí... de eso estoy hablando, nena. Dame un poco de ese amor que dura todo el día. Volveré corriendo a repetir.

No puedo evitarlo; empiezo a reír y no puedo parar. A veces un poco de humor viene muy bien.

—¿Vas a sobrevivir? —pregunta Kiki, confundida por mi histeria.

Asiento.

—Por ahora —las costillas me están matando.

—De todos modos, escucha.

Lo hago, con los restos de mi risa aún en los labios.

—La próxima vez que haga de héroe, intenta decir gracias.

—No creo que supiera que me estaba salvando, Kiki.

—Hum —gruñe, mientras sorbe su Coca-Cola hasta el hielo derretido y la aparta—. Lo único que digo es: ¿puedes currártelo por una vez, Faren?

Currármelo. No sé... parece que es lo único que he hecho siempre.

Kiki desliza una tarjeta hacia mí. Dice simplemente: Thorn. Mi pulgar recorre las letras negras brillantes grabadas en relieve sobre la cartulina color crema. Debajo del nombre hay unos números pequeños.

Levanto la vista y ella dice:

—Tómala.

—¿Tú lo haces?

Kiki sonríe y luego admite:

—Ya no.

Conozco su secreto, y ahora ella conoce el mío. Todo, con su miserable gloria.

—¿Así conseguiste el ático?

—Sí —su mirada se pierde mientras recuerda algo de hace tiempo—. El Black Rose da buen dinero, pero este dinero —sus ojos se clavan en los míos— es dinero excepcional.

Hago una pausa cuando veo la sombra en sus ojos.

Ninguna de las dos dice lo que estamos pensando.

Si pudiera mantener este trabajo durante un año, quizá.

.. ¿O menos tiempo si aguanto cuatro días por semana en lugar de tres?

Podría saldar mi deuda y solo tendría que preocuparme por el pago mensual.

Es una posibilidad demasiado remota para depositar en ella mis esperanzas.

Sin embargo... brilla allí, justo fuera de mi alcance.

La agarro.

Thorn

Thorn es Ty.

Estoy tan desconsolada por ese hecho que apenas puedo obligarme a entrar en su diminuta oficina en un rascacielos a pocas manzanas del Black Rose.

Kiki no me lo dijo. Por supuesto, no pregunté.

Solo oí «mil dólares por noche» y me subí al tren del dinero fácil.

Debería llamarlo complicado con C mayúscula.

Se comporta de manera diferente. Supongo que hay más en juego. Intimidarme mientras trabajo en el br le parece de lo más normal. ¿Y ahora?

Me pone las normas.

—Recibirás un correo cada lunes con el nuevo lugar de encuentro...

—¿Qué? ¿No es en un club?

—¿Me dejas terminar? —Thorn me fulmina con la mirada, y no de forma sexy. He visto esa mirada ardiente antes y equivale a intimidación.

Me fulmina con la mirada hasta que bajo los ojos. Respiro hondo. Lo detesto, y detesto cómo me hace sentir. Cómo me hace cuestionar mis decisiones.

—Cuando llegue el correo, respondes si vas a ir.

Vuelvo a mirarlo a los ojos y él sonríe con suficiencia. Ty sabe que me tiene. —¿Por qué eres Thorn? —pregunto, pillándolo desprevenido.

Responde con parsimonia deliberada: —Toda rosa tiene sus espinas.

Nuestras miradas se cruzan y pregunta: —¿Lista?

Asiento.

—Cobras cien dólares por baile privado. —Aparta la mirada y recita el discurso como si fuera una receta de galletas—.

Cuanto más rápido lo hagas y mejor te salga, más dinero ganas.

Los clientes no pueden tocarte y nunca tienes que hacer nada con lo que no te sientas cómoda.

—Lo último lo dice con la sinceridad de un delincuente.

Vuelve a mirarme y capto el mensaje.

A Thorn le va la claridad.

Enumera las cosas por las que puedes cobrar extra. —Dejas que te toquen las tetas, cincuenta dólares. Pajas, cien.

Trago saliva. Creo que me ha subido un poco de bilis.

No le digo que nunca he hecho una paja. Thorn ya me llamó puta, y a quien ya ha decidido no hay quien lo convenza.

¿Y qué más da? Es mejor que Thorn piense que soy lo que él presume.

Thorn no sabe por qué estoy haciendo esto.

No conoce mi pasado, mi trabajo actual. Está adivinando, y yo estoy totalmente a favor de mantenerlo así. Cuanto menos sepa, mejor.

Esos pensamientos pasan en segundos.

Thorn continúa: —Habrá seguridad. No es que haga falta. —Me mira y sonríe con suficiencia—. Tenemos gorilas entrenados fuera de todas las estaciones. Para que las chicas no tengan que preocuparse.

Me retuerzo un poco, pensando en cómo me despedirán la primera noche.

Las sienes me palpitan con el inicio familiar de una migraña, y la mano se me cierra alrededor de la tarjeta arrugada del doctor Matthews dentro del bolso.

La cita de la semana que viene se cierne ante mí y evito mirar el rostro oscuro de Thorn, esos ojos que me odian, ese cuerpo que me desea.

Sé que alguien tiene a Thorn bien atado en corto o habría hecho algo más que insinuárseme y amenazarme.

¿Quién?

¿Jared McKenna? ¿El esquivo multimillonario semihéroe que resulta ser dueño del club de striptease más elegante de Seattle?

Vuelvo a mirar a Ty, alias Thorn, y me pregunto quién podría tener atado en corto a ese pitbull.

—No estoy segura de qué hacer... —Si no digo algo, se enterará por un cliente cabreado. Esto no es ejercitar los músculos doloridos contra una barra frente a hombres a una distancia segura. Es diferente.

Íntimo.

Thorn sonríe; sus dientes blancos son un tajo inquietante contra su tez oscura. Se acerca adonde estoy y apenas mantengo la posición, apretando los dientes.

Se cierne sobre mí aunque mido 1,75 m descalza.

Me aparto y él frunce el ceño, agarrándome con más fuerza. —Relájate, es un tutorial. No voy a violarte.

Claro. Mi cuerpo recuerda y se bloquea, lucha por respirar, por razonar.

Me mira a la cara y suelta una risa siniestra.

Thorn acerca la silla giratoria, se sienta y se da una palmada en el muslo.

Me muero por dentro. Si alguien me hubiera dicho que estaría tan cerca de Ty, el gerente espeluznante, me habría reído.

Ahora no me río.

Levanto con cuidado una rodilla y la coloco a un lado de su muslo; sus ojos oscuros me observan mientras lo hago. La otra rodilla sigue, y me obligo a agarrarle los hombros para mantener el equilibrio o caeré contra él.

Tiemblo, y él lo interpreta como excitación en lugar de asco.

Thorn me agarra las caderas, y siseo e intento apartarme.

—Eso no va a funcionar con los tipos que vienen a disfrutar de este cuerpo tuyo. —Me tira de las caderas hacia delante y siento su erección contra la parte alta del muslo.

—Muévete.

Me muerdo el labio para no gritar. Me froto contra él una y otra vez.

Sus manos bajan para agarrarme el trasero, y de repente ya no me muevo por mi cuenta.

Es él quien mueve mi cuerpo contra su pene rígido.

Mis pechos están a salvo dentro de un sujetador color carne que le roza la cara mientras la fricción de nuestros cuerpos vestidos se intensifica.

Thorn jadea y suelta un grito ahogado, algo entre un siseo y un alarido.

Me siento enferma mientras me bajo de él; una mancha húmeda en su entrepierna se extiende hacia sus muslos musculosos.

Retrocedo temblando. Un moretón empieza a florecer en lo alto del muslo, y me estremezco de asco.

Me envuelvo en la gabardina negra, que cubre la ropa interior que insistió en que era lo único que debía llevar debajo.

Thorn pregunta en voz baja: —¿Lo entiendes?

Asiento. Lo entiendo perfectamente.

Y no lo quiero nunca más.

Huyo como si el diablo me pisara los talones.