CAPÍTULO 1
UN MES ANTES
Flexiono la mano, agarro mi empuñadura isométrica y hago mis cien repeticiones. Qué divertido, casi como pasarme el hilo dental. Pongo la tetera a calentar con la mano buena y subo el fuego al máximo.
Flexionar, apretar, soltar, flexionar de nuevo.
Llego a cien y cambio de mano. Mientras continúo con mi ritual diario, abro el Mac y echo un vistazo a los correos.
Faren, ¿puedes cubrir mi turno? Faren, ¿puedes llegar media hora antes? Faren, ¿puedes traer el plato principal para la comida compartida de la oficina?
Eliminar, eliminar, eliminar.
Diré que sí porque me cuesta decir que no. La vida me ha enseñado a base de golpes.
Dejo la empuñadura en la esquina de la mesa auxiliar mientras miro mi meñique izquierdo con el ceño fruncido. Está casi recto. Casi. Nadie lo nota a menos que lo busque. Nadie mira tan de cerca. La gente pasa de largo de las mierdas.
Dejo el portátil abierto y vuelvo a la cocina.
Los saleros y pimenteros de jadeíta de la época de la Depresión están justo en el centro de una cocina rosa de los años cincuenta.
La combinación me recuerda a un huevo de Pascua.
La tetera insiste en que está lista, balando como una oveja.
La levanto con cuidado, con deliberación, usando todos los músculos de las manos como me enseñaron.
Como yo enseño a otros.
Vierto el agua caliente sobre la bolsita de té y suspiro, obligando a mi mano mala a pasar por el asa de la taza. Mi destreza está volviendo. Me he exigido tanto que mi mano se rebela, soltando la taza por voluntad propia.
La porcelana se hace añicos y los fragmentos salen volando por el suelo de madera de mi diminuto apartamento, el que está sobre la calle principal donde vivo en el más profundo anonimato. Los trozos se esparcen en todas direcciones y suspiro. Quiero cortarme la mano.
Quiero acunarla contra el pecho porque todavía funciona. Solo que no a la perfección.
Como mi vida.
—¿Otra jaqueca? —pregunta Sue.
Asiento con la cabeza, aparto las manos de las sienes y cojo la carpeta del paciente. La sujeto con ambas manos y miro quién es el primero.
Bryce Collins. Un. Auténtico. Coñazo.
Sonrío. Me encantan los huesos duros de roer.
Hacen que todo valga la pena. Camino hacia mi cámara de tortura, abro la puerta empujándola con la cadera y busco entre el mar de aparatos de ejercicio y herramientas de fisioterapia hasta encontrar la mirada hosca de un prodigio atlético de diecisiete años.
Un prodigio con un resentimiento tan grande que podría pasar un camión por él. Bueno, yo también tengo mis propios golpes y arañazos. Ya compararemos cicatrices.
Ahora mismo, lo que importa es el trabajo.
—Hola, Bryce.
Murmura una respuesta mientras le paso la primera tarea despiadada. La enorme banda elástica se ajusta alrededor del poste en el centro de la sala. Los espejos cubren la pared y nos devuelven nuestras luchas.
Y nuestros triunfos.
Lo observo mientras ejecuta a desgana las patadas con la pierna estirada.
Cuando llega a veinte, bajo la mano y le presiono el tendón de la corva; gime al contacto.
—Dobla un poco la rodilla —le digo. Obedece mientras me fulmina con la mirada.
Se la sostengo con neutralidad hasta que aparta los ojos y por fin se pone en serio.
Una hora después, temblando y empapado en sudor, el enorme cuerpo musculoso de Bryce se arrastra hacia la salida. Se detiene al abrir la puerta y me mira con sus ojos marrones llenos de cabreo.
—La odio, señorita Mitchell —dice, y lo dice en serio.
Le devuelvo la sonrisa. Lo entiendo perfectamente. Bryce necesita odiarme para mejorar. Es mejor que odiarse a sí mismo. Asiento. —Lo sé.
Sale y repaso con el dedo las citas del día. Kiki hace su ruidosa entrada y se me tuercen los labios. Lleva un té chai en cada mano, tambaleándose sobre unos tacones demasiado altos que se hunden en la alfombra casi calva.
—¡Dios! —resopla mientras serpentea entre las elípticas, las máquinas de pesas y las cintas de correr. Se apoya en las barras paralelas, esas que parecen vías de tren, para los que tienen lesiones dobles. Como las dos piernas sin funcionar.
Trago saliva y me obligo a volver a sonreír.
—Toma tu té, perra desagradecida —chilla mientras me lo pasa.
Soplo para enfriarlo. Un toque de miel y jengibre se eleva con el vapor y sonrío por encima del borde de la taza mientras doy un sorbo por la ranura.
—¿Y bien? —ronroneo.
Kiki es puro drama. Es solo lunes, así que tenemos toda la semana para ir subiendo hasta el clímax.
Los lunes suelen ser tranquilos, así que me preparo.
Tengo treinta minutos hasta que llegue mi próximo cliente a que lo torture hasta ponerlo sano.
Kiki sonríe con suficiencia, deja el té y se acerca al poste.
Echo un vistazo furtivo por el gimnasio, esperando que no entre nadie.
—Conseguí una... —Se enrosca en el poste y se desliza hacia abajo con sensualidad, dejando que se le separen las nalgas mientras se menea y rebota abajo del todo. Salta hacia arriba, con el pubis a un pelo del metal frío—. ¡Una propina gigantesca este finde de un ricachón!
Empuja hacia delante, enroscando una pierna esbelta en el poste, y gimo. Simula unos cuantos empujones contra él y me sonríe.
Kiki es tan borde que me muero. Pero ella es mi droga y yo la suya. Encajamos precisamente porque somos tan distintas. Es bailarina exótica y también está en el último año en Northwestern State.
Gana un pastón, y además se lo curra en el gimnasio, una hora al día seis días a la semana.
Es importante no parecer demasiado musculada, según Kiki.
Nada de «aspecto de tío». Solo tetas, culo y curvas con definición.
Le diseñé el entrenamiento porque conozco el cuerpo humano a fondo.
No era mi plan, pero la vida tenía otros.
Los pecados del pasado marcan el rumbo de nuestro futuro.
Kiki hace pucheros, se aparta del poste y se pavonea hacia mí. —No eres nada divertida.
Pongo los ojos en blanco. —Vale... Sé que tengo que hacer la pregunta del millón o no avanzaremos.
Se anima. —Eso es, hermana.
—¿Quién fue?
Kiki siempre analiza a los clientes. Los hombres creen que lo saben todo, pero las mujeres podríamos gobernar el mundo si nos uniéramos.
Suspiro. Kiki se fija en los habituales, los que dejan buenas propinas, los novatos, y marca a los babosos.
Tiene un ojo que da miedo. Fui a ver un espectáculo en el prestigioso club de striptease, Black Rose, y salí flipando.
Flipando por la clientela, flipando de que Kiki bailara tan bien llevando tan poco tiempo, y flipando por la pasta.
—El dueño —susurra Kiki como si tuviéramos un secreto.
Me encojo de hombros.
—¿Y?
—¡Es Jared-jodido-McKenna, nena! —Kiki se ofende por mi ignorancia deliberada. Las cejas le suben hasta el nacimiento del pelo, y abre mucho los ojos oscuros con claro desdén.
Los míos se mantienen impasibles.
Las ruedas de mi memoria giran. Ah, sí. Jared McKenna. El Jared McKenna. Dios griego. Adonis encarnado. Hércules. Playboy, mujeriego, magnate.
Asiento lentamente. Añadamos «dueño de club de striptease» al repertorio. Recuerdo el detalle de por qué tiene tanto dinero y quiero olvidarlo en cuanto lo recuerdo.
Kiki hace un puchero y arranca la tapa de su té.
—En fin... estaba con alguien, y su colega me dejó una propina enorme. —Sorbe el té ya tibio, mirándome con cara de satisfacción.
—Vale, los preliminares me están matando. ¿Cuánto? —Doy un sorbo de té, y ella me lo dice. El té me sale disparado de la boca, y Kiki sonríe ante mi torpeza.
—¿¡Quinientos dólares!? —Me atraganto un poco más, y el té me gotea por la barbilla.
—Está bien, nena... es alucinante. Quiero decir —se lleva las manos al pecho generoso con incredulidad total—, se me pusieron los pezones duros y ni siquiera me tocó —dice con total sinceridad y estallo en carcajadas.
El dolor de cabeza desaparece por el momento, el letargo del lunes por la mañana se disipa.
Quinientos pavos es un pastizal, especialmente por una noche bailando medio desnuda.
Es más de lo que me llevo a casa en una semana.
Una sola propina. Mi formación está terminada, mi trayectoria profesional marcada en parte por las circunstancias.
Kiki es muy dramática, pero siempre dice las cosas con un propósito, y entrecierro los ojos mirándola.
—Suéltalo —exijo.
A Kiki le tiemblan los labios y tira el vaso vacío a la basura.
—Este tipo de curro podría ser lo que necesitas para salir de ese cuchitril del centro.
Frunzo el ceño. Me gusta mi cuchitril del centro.
—¡Faren! —gime.
La mando callar antes de que Sue entre pensando que alguien se ha muerto. Aunque, con todos los quejidos que ha oído desde que empecé a trabajar aquí el año pasado, nada debería inmutarla.
Kiki cede y baja el tono.
—Podrías tener algo en propiedad. Algo bonito.
Lo sé. He estado en su ático con vistas a Pike Place y Puget Sound.
Las vistas al centro son magníficas. Y caras.
Tuvo que costarle quinientos mil. Yo alquilo mi trampa mortal por novecientos al mes, y es un estudio en uno de los callejones empedrados diminutos de Seattle.
Al menos está en el quinto piso. Las escaleras son una tortura, pero si quiero dos ventanas que den al exterior de verdad, es lo que puedo permitirme.
A veces funciona el montacargas; si no, es ejercicio.
La ubicación me permite ir andando a mi clínica de rehabilitación de alto standing.
No necesito usar mi cacharro de coche. Tanto.
—No tienes que dejar esto —dice Kiki en voz baja. Sabe que no voy a ceder en eso, y ella más que nadie sabe por qué.
La rehabilitación no es una profesión bien pagada. Pero hay cosas más importantes que el dinero; a veces el alma necesita nutrirse.
Miro lo que Kiki tiene y lo que yo no. Aparto esos pensamientos. Es mi mejor amiga. Ha estado a mi lado en todo. Las sombras oscuras se ciernen sobre mí, y el dolor de cabeza vuelve con fuerza, palpitante.
Kiki frunce el ceño.
—¿Otro dolor de cabeza?
—Sí.
—No quiero discutir, Faren. Tienes que saberlo.
—Sus ojos color caramelo me clavan en el sitio.
La melena oscura le cae como seda de chocolate más allá de los pechos generosos—.
Pero con tu físico —levanta las manos de manicura perfecta al aire—, podrías menear un poco el culo y sacarte un sobresueldo.
Conseguir un sitio en tu misma zona... podrías tener algo en propiedad.
Es una vieja discusión. Su ático está casi pagado mientras que lo mío es un alquiler con un casero que se preocupa más por cobrar que por el mantenimiento.
Sus ojos rebosan comprensión, y dejo el té. Está demasiado frío para beberlo de todos modos. Sus palabras ponen el último clavo en el ataúd de mi resistencia.
—Algo seguro —añade en un susurro y dejo que me abrace. Me aferro a ella e intento creer que mis problemas de dinero y mi oscuro secreto pueden borrarse quitándome la ropa para desconocidos.
Kiki me quiere más de lo que yo me quiero a mí misma.
Me quiere lo suficiente por las dos.
Sue levanta la vista cuando apago la luz. El cielo se oscurece mientras deslizo la carpeta de mi último paciente por la mampara de cristal. Tiene esa mirada y me pasa una tarjeta de visita por la ranura.
Lleva el nombre de un doctor: Dr. Clive Matthews.
Le lanzo a Sue una mirada penetrante, y ella se encoge de hombros y me da una palmadita maternal en la mano. Se me llenan los ojos de lágrimas por el gesto espontáneo.
Sue nota mi lucha emocional y la ignora.
—Me quitó las migrañas. Un milagrero, vamos —asiente y mira la tarjeta con intención.
Veo la hora de la cita y suspiro.
Sue no aparta la mirada.
—¿Cuánto tiempo más vas a aguantar esos dolores machacantes?
No respondo, y ella asiente con ese aire de sabiduría suyo.
—Eso me parecía, señorita Mitchell. Habrías entrado sufriendo más que tus propios pacientes.
Sue tiene razón. Ella lo sabe, y yo también.
Cojo la tarjeta y me la meto en el bolsillo de la bata, donde los gatos del Dr. Seuss la cubren con una mancha de rojo y azul.
—Gracias —digo a regañadientes mientras cojo el abrigo.
—De nada —responde ella triunfante mientras oigo la puerta cerrarse con un susurro a mis espaldas.
Vuelvo a mirar la tarjeta mientras los coches, la gente y el ruido de la ciudad me envuelven en el ritmo reconfortante del centro. El olor a pescado, comida y mar se entremezcla, y emprendo el corto trayecto hasta el callejón húmedo donde está la entrada a mi apartamento.
Tengo dos semanas para prepararme mentalmente antes de volver a un hospital. Odio los hospitales. Todo en ellos huele a muerte.
Solo pensar en volver casi basta para desencadenarme un ataque de pánico en toda regla.
Casi.