EPÍLOGO
AHORA - ROTH
Trece cuerdas apiladas. Tres hombres empapados en sudor y, en mi futuro, té helado de hojas que mi esposa cultivó desde la semilla.
La vida es buena.
—¿Té helado? —pregunta Jamal como si rezara.
—Sí, y apenas nos queda azúcar —añado con un toque de resentimiento.
Mataría por un poco de dulce.
En fin, tampoco puedo quejarme.
Derek se incorpora tras el interminable apilamiento de leña, llevándose una mano a la zona lumbar. Su metamorfosis ha sido un auténtico milagro. El profesor apacible, antes delgaducho y sin músculo, se está poniendo cachas. Supongo que siempre tuvo constitución delgada.
Joder, come más que Jamal y yo.
Ayuda que hayamos estado cazando sin parar y que hayamos tenido suerte con dos ciervos y un oso, algo raro.
La fauna se está recuperando ahora que la población humana ha caído tanto.
Tia y Julie han estado haciendo conservas como locas, y la despensa entera rebosa de tarros llenos de carne.
Eso me alegra el corazón.
—Ah —dice Derek con una sonrisa—, aquí vienen las libaciones.
Resoplo. Derek tiene un don para las palabras. Menudo grupo variopinto formamos. Aunque eso da igual. Somos un grupo que funciona.
Bell y Gage/Reggie (nunca me he acostumbrado al nombre Reggie y sigo llamándolo Gage) están tumbados justo fuera del jaleo de cortar y apilar leña, con el hocico sobre las patas.
Tia y Julie vienen con una jarra enorme y vasos de plástico; el líquido ambarino brilla como una joya húmeda bajo el sol de agosto.
La emoción vuelve a brotar en mi interior, como viene haciendo últimamente. Una visitante habitual.
Feliz. Simplemente soy feliz.
Lars, tambaleándose, intenta seguir el ritmo detrás de las chicas, y Gage se levanta y trota hacia el pequeño.
Lars chilla de alegría cuando el perrazo se acerca y le agarra la pobre oreja.
Con un experto giro de cabeza, Gage hace que suelte la oreja, y Lars tropieza y se agarra a su costado.
Sonrío con suficiencia. El perro tiene la paciencia de Job.
Tia se planta frente a mí, y apoyo el mango del hacha contra el tronco. Acepto agradecido el vaso vacío mientras ella sirve un buen chorro de té helado con preciosos cubitos de hielo que se derriten.
Derek contempla maravillado sus cubitos, que bailan como diamantes atrapados en su vaso.
—Hielo. Esto sí que vale su peso en oro.
Jamal se ríe y niega con la cabeza.
—Vosotros, los viejos.
Le doy un puñetazo en el brazo.
Gruñe con una sonrisa.
Las chicas se ríen, y el momento es sencillamente perfecto hasta que Bell se levanta con un gruñido.
Dejo el té en el suelo, me agacho y cojo el rifle en un solo movimiento practicado.
¿Y ahora qué?
Ahora - Sterling
—No lo sé, Book. —Juro que si tengo que recorrer un puto camino de grava más, voy a gritar.
Brit está sentada apoyada en un árbol, con las rodillas flexionadas y la cabeza echada hacia atrás contra la corteza rugosa.
Tres semanas.
Habíamos pasado una semana entera en embarcaciones dudosas, convenciendo a duras penas a motores renqueantes con combustible de diversa calidad, remando a ratos, hasta lograr llegar de Coupeville a Port Angeles.
Hubo una escaramuza menor con una banda del agua, para colmo, y luego nada. Claro que, una vez que les hundimos el bote, se lo pensaron dos veces antes de intentar llevarse a nuestras mujeres.
En mi experiencia, los muertos no piensan.
—Tengo un presentimiento, Sterling.
No soy muy de «presentimientos». No quiero desanimar a Book delante de todos, pero calculo que Brit está a punto de dar a luz, y no tenemos refugio, las raciones se agotan... el agua.
Sencillamente, no tenemos el lujo de seguir explorando.
Kurt dice:
—Por lo poco que sé de la zona, el nivel freático está más cerca de la superficie en las estribaciones, y no hay intrusión de agua salada. Ahí es donde podría haber una granja. Intenta recordar cualquier cosa que pueda ayudar.
Me devano los sesos. ¿Qué había dicho aquel cabrón? Repaso todo una vez más y me detengo en algo que dijo, algo que me pareció raro y que había olvidado hasta ahora.
—¿Qué? —pregunta Book, estudiando mi expresión, y noto, por millonésima vez, lo mucho que los tres chicos parecen ya hombres.
—Probablemente no sea nada.
Bren abre los brazos.
—Ya he tenido bastante diversión exploradora por el momento.
Asiento. Ha sido duro.
Jo se sienta junto a Brit, tan agotada como el resto.
—Suéltalo, tío —dice Cope, que viene a ponerse bajo la sombra del árbol para dar un respiro a su piel quemada por el sol.
—El tipo dijo que había asfalto y un camino de tierra. Algo de un oso y una verja.
Me encojo de hombros.
—Vaya pistas más útiles. No hemos visto nada parecido por aquí —dice Cope.
—Espera un momento —dice Book asintiendo—. Esto es zona rural. Suena a urbanización, por lo de la verja.
—¿Con parcelas? ¿Fincas grandes? —pregunta Bren, negando con la cabeza.
—Claro, para ricos. Ya sabes, según cuentan, Bill Hates tenía un casoplón por aquí.
—¿En serio? —Cope entrecierra los ojos—. Era un cabrón tiránico, si no recuerdo mal.
Kurt asiente. Los chicos han sido una fuente inagotable de información. Han dado forma a cosas que no sabíamos, que no habíamos necesitado saber. Pero ahora, sí.
—Un multimillonario tiránico y cabrón —añade Vaughn, como de costumbre.
—De todos modos, es totalmente posible que este oasis imposible de encontrar esté cerca de donde habría estado la mansión de Hates.
—¿Por una verja? —Ladeo la cabeza.
—Exactamente. Dudo que las personas que buscamos estuvieran cerca de tipos como Hates, pero digamos que vivían en la zona.
Miramos hacia las estribaciones de los Olímpicos, sin rastro de nieve en los picos en pleno agosto.
Vale. Un intento más.
—Subimos por esta carretera de dos carriles y evitamos los caminos de grava. Luego, cuando todo empiece a oler a dinero…
—Buscamos algún tipo de verja con un oso o algo así —interviene Vaughn entusiasmado.
—Jake.
Me giro.
Brit dice:
—Creo que acabo de romper aguas.
Joder.
Roth
Calculo que tuve un descanso de unas seis semanas antes de que surgiera esto nuevo.
Gage se queda con Lars.
—Buen chico —digo distraídamente, y menea su muñón de cola, con los ojos oscuros fijos en mí mientras me alejo de donde cortamos la leña.
Sabe lo que puede significar un arma en mi mano y se mantiene alerta. El perro vendrá si lo llamo, pero su hermano de camada, Bell, me sigue mientras camino hacia la carretera pavimentada.
A lo lejos, las puertas de hierro permanecen abiertas de par en par. Distingo el contorno trasero de un oso tallado en madera que marca la entrada a nuestra urbanización. Cuarenta parcelas en total, con lotes de entre dos y cuatro hectáreas.
El letrero de Black Bear Estates se ha desteñido en los dos años que llevamos aquí. Las cuotas de la comunidad de propietarios llevan tiempo sin pagarse ni gestionarse.
Este grupo es grande.
Desde la distancia distingo a dos mujeres. Una tiene el pelo tan rojo que parece en llamas, incluso a medio kilómetro de distancia.
La otra va apoyada entre dos hombres. Algo le pasa, pero no alcanzo a ver qué.
Cuento a los hombres. Seis, dos mujeres y... otro perro.
Se acercan más.
Reconozco el porte de inmediato. Ahí hay tres militares, sin duda alguna.
Noto a mi grupo detrás de mí y digo en voz alta:
—Estad preparados.
—¿Qué le pasa a esa mujer? —pregunta Julia, vacilante.
Pasan unos segundos más.
—¡Está embarazada! —dice Tia, y la agarro del brazo antes de que salga corriendo a campo abierto.
—Ve a por Lars —digo, y añado—: Quedaos detrás de mí.
Ahora hay tres hombres, y todos van armados.
Ninguno de nosotros dejará que les pase nada. De eso estoy seguro.
Book
—Oh, Dios mío —susurro al ver el letrero.
Claramente de finales del siglo pasado, grita años noventa por los cuatro costados: pintura malva y azul grisáceo que se descascara en grandes trozos.
Un gran oso negro se alza en la esquina superior izquierda, con la pesada pata congelada para siempre en pleno zarpazo a una presa invisible.
—¡Joder! —exclama Cope, incapaz de contener el entusiasmo.
Corro hacia el letrero y lo toco como si fuera a contagiarme su suerte, supersticioso hasta la médula.
Jo da saltos de alegría.
Brit esboza una sonrisa cansada, desplomada entre Bren y Sterling, con la entrepierna del pantalón empapada y el rostro contraído de dolor.
Desde el momento en que dijo que había roto aguas, habíamos calculado unos treinta minutos de caminata.
—Espero que esto salga bien —dice Vaughn con su característica suavidad.
Kurt le lanza una mirada asesina.
—Solo lo digo —murmura.
«Pues no lo hagas», pienso, pero no lo digo. Vaughn es Vaughn, sin más.
—Eh —dice Cope, de pronto cauteloso, y señala con la barbilla hacia la cinta de asfalto que serpentea más allá de la verja.
Un grupo de personas nos observa: un par de mujeres y varios hombres.
Apenas distingo un par de perros, y acaricio la cabeza de Duke sin darme cuenta.
«Mierda». ¿Y qué es eso? Entrecierro los ojos.
Un niño. Un crío.
—Eso es un niño —digo despacio.
—Perros —dice Bren con inquietud.
—Nos queda munición —anuncia Kurt como un presagio.
—Por favor, no dispares a nadie justo cuando voy a parir, Jake.
Brit tiene el rostro apoyado en su bíceps.
Sterling niega con la cabeza.
—Intentaré no hacerlo, cariño.
Pero conozco a Sterling. Está preocupado.
Como el resto de nosotros.
Comenzamos una marcha cautelosa hacia el grupo cuando algo maravilloso sucede. Algo tan inesperado que casi me meo en los pantalones.
Un borrón gris sale disparado hacia mí.
Y cuando el perro está a unos metros, lo reconozco de golpe y grito:
—¡Bell!
Avanzo a trompicones, lastrado por el peso de la mochila, y chocamos el uno contra el otro. Bell está tan feliz de verme que gimotea, me lame y me mordisquea los brazos.
—¿Qué coño...? —Bren.
Sterling. —¡Book!
Por el rabillo del ojo, veo a Cope apuntando con su arma a Bell. —¡No le dispares! —grito.
Entonces me asalta una revelación profunda y se me pone la piel de gallina.
Suelto al pobre perro del abrazo y me pongo de pie.
Los desconocidos se acercan más, y en el momento en que reconozco a mis padres, me tambaleo hacia delante y caigo de rodillas.
Me levanto de un salto y echo a trotar con paso vacilante.
Mamá me reconoce primero. —¡Jackson! —grita.
Papá la mira con incredulidad. Luego vuelve a mirarme. De hecho, deja de caminar por un segundo.
Después echa a correr.
Duke corre a mi lado y me detengo a un metro o así de ellos.
—Dios mío, hijo... Dios mío —dice papá.
Mamá acorta la distancia y alza la mano hacia mi cara cubierta de casi un mes de barba.
Llorando en silencio, me rodea con sus brazos, mochila y todo, y me abraza con todas sus fuerzas.
Papá nos rodea a los dos con sus brazos.
Ahora es más bajo que yo, pero sigo siendo su hijo.
Nunca me he sentido tan bien en toda mi vida.
Sterling
—¡Empuja! —grito.
—Empuja tú —Brit me lanza una mirada fulminante, jadeando y resoplando mientras nuestro bebé corona.
Tia está ahí con toallas y agua caliente, y la otra mujer monta guardia, aunque no consigo recordar su nombre.
Las presentaciones fueron rápidas y sin preámbulos.
Brit estaba de parto.
Después del increíble reencuentro de Book con sus padres, no pudimos demorarnos, y todas las cortesías quedaron aparcadas ante la urgencia del parto.
Un bebé chilla cuando Tia recoge al pequeño resbaladizo con sus manos preparadas.
Y es un niño. Nuestro hijo.
Me cubro la cara con las manos, más agradecido que nunca en toda mi vida. Por algún milagro, guié a nuestro alegre grupo hasta un lugar seguro antes de que mi esposa trajera a nuestro hijo al mundo.
Mirando entre mis dedos, dejo caer las manos mientras colocan a nuestro hijo recién nacido sobre el pecho de Brit, donde, tras un poco de ánimo, da un segundo aullido y empieza a buscar un pezón.
Brit se ríe. —Ya quiere la barriga llena.
Sonreímos y le aprieto la mano. —Buen trabajo.
—Un trabajo jodidamente increíble —corrige con un gruñido.
Le beso la frente sudorosa y ella sonríe. —Es hermoso.
Nos miramos por encima de la cabeza de nuestro hijo recién nacido. —Tú eres hermosa.
Brit suspira y una sonrisa cansada le ilumina el rostro.
—¿Tienen un nombre? —pregunta Tia.
Negamos con la cabeza.
—Ya vendrá —dice.
Y así fue.
Un año después
Sterling
Roth y yo saludamos con la mano, y el grupo nos devuelve el saludo.
Lars grita: —¡Adiós, 'Ing! —Todavía no domina del todo la parte de «Ster» de Sterling.
Sonrío y saludo al pequeño con la mano.
Él me devuelve el saludo.
No saludo a Brit ni a Owen. Si vuelvo a besarlos, no me iré nunca.
Lars sostiene la mano de Tia, con su vientre hinchado por otro bombo. De hecho, está más o menos como estaba Brit hace un año.
A Roth y a mí nos cuesta dejar a nuestras mujeres y a la familia extendida, como llamo a estas almas valientes a las que he llegado a querer y con las que he trabajado codo con codo.
Pero hay llamadas que hay que atender.
Como con un compañero caído, no dejamos a nuestros muertos atrás. Viajamos a Gig Harbor a recoger a uno de los nuestros.
Luke Fairchild descansará donde viven quienes lo amaron.
Partimos antes de que sea demasiado tarde, con la promesa de regresar en un mes.
Una promesa que cumpliremos. Contra viento y marea.
FIN