CAPÍTULO 31
AHORA - STERLING
Abandonar el búnker fue más difícil de lo que pensé. Se me revuelve el estómago al dejar atrás nuestra única protección real.
Al recorrer con la mirada al grupo reunido, veo el mismo sentimiento reflejado en sus expresiones.
Los que me lo permiten, al menos. Cope y Bren mantienen su habitual estoicismo.
Me siento como Cristóbal Colón al abandonar su segura tierra natal para demostrar a todos que su barco no caería por el borde de una tierra plana. En mi caso, llevo a mi esposa muy embarazada en una travesía de distancia incierta, y encima le falta un mes para salir de cuentas.
Todos llevamos comida que, si la racionamos, nos durará.
Treinta días.
Técnicamente, son solo trece horas a pie. Pero el cruce por agua es el problema.
¿Habrá un barco? ¿Tendremos que remar, joder?
Probablemente.
Y por supuesto, eso complica mucho las cosas. Sin contar con que el grupo es más vulnerable en aguas abiertas. Este es el momento de cruzar: verano.
Cuando los mares no están tan agitados.
—Yo sabía de este lugar —dice Book en voz baja, y todos nos volvemos hacia él. Como si no le importara que lo escucháramos, continúa—: Mi padre tenía llaves para entrar aquí. Mi abuelo fue uno de los tipos que construyeron esto; diseñó gran parte.
—¿Y cuándo pensabas contárnoslo? —resopla Cope.
Book niega con la cabeza.
—No parecía importante, total, mis padres ya no estaban.
Los chicos lo tuvieron difícil. Huérfanos, en realidad.
Interesante.
—No habría servido de mucho, creo.
Avanzo, ignorando el ojo de la cerradura que mencionó Book y, en su lugar, pongo el pulgar en el lector de interfaz Pulse. Aunque Pulse ya no funciona, el búnker tiene electricidad suficiente para que el identificador del teclado vaya tirando.
Una voz robótica entrecortada chirría desde el altavoz:
—Bloqueado, teniente Sterling.
Me aparto.
—No creo que las llaves hubieran funcionado, pero habría sido interesante intentarlo, supongo.
—Está pasando mucha sincronicidad rara —comenta Bren.
Sí, eso. De todas las personas con las que podríamos habernos cruzado, nos topamos con el chico cuyo abuelo fue clave en la construcción de este búnker. Qué cosas más raras, joder.
Hago un inventario mental del grupo. Bren y Cope cargan con mochilas pesadas.
Jo, que tiene un aspecto completamente distinto desde que la liberaron, lleva su propia mochila.
Ya no está en los huesos; empieza a parecer una mujer joven, con curvas donde antes solo había huesos marcados.
Lleva el pelo rojo recogido en una trenza apretada, cortesía de Brit.
Brit también luce lo que ella llama «trenzas francesas». Un tipo de trenza que va pegada a la cabeza y mantiene todo el pelo recogido. Un peinado práctico, en mi opinión, pero no tan sexy como llevarlo suelto.
Todas se habían duchado y trenzado el pelo mojado. Brit aseguró que así se mantendría más limpio.
Todos los hombres nos habíamos rapado la cabeza. Tendremos que aguantar el picor cuando vuelva a crecer, pero durante los primeros diez días, más o menos, no habrá nada que lavar ni de lo que preocuparse.
En esta realidad, lo práctico siempre gana a la apariencia.
Me paso la mano por la calva y suspiro. Que Dios me ayude, espero no estar equivocándome.
Puede que sí.
—Larguémonos de aquí —digo con brusca autoridad, ignorando los nervios de última hora y optando por la acción.
Brit no se deja engañar. Desliza su mano en la mía y me mira con ojos inusualmente solemnes, llenos de afirmación y confianza.
Espero merecerlo.