CAPÍTULO 28
AHORA - ROTH
—Han pasado casi dos años, Roth —dice Tia.
Sé muy bien qué día se acerca. No necesito que me lo recuerden. Ni. De. Coña.
Lars gorjea, ajeno a lo preocupados que estamos sus padres. De hecho, me agarra la nariz y tira con ganas.
—¡Ay! —le gruño, y Lars retira la mano de golpe. Me estudia con cautela, examina mi expresión para ver si estoy realmente enfadado.
No lo estoy, no con él.
Pero estoy de un humor de mierda.
—Está bien, cariño —digo mientras le revuelvo el pelo y lo abrazo con fuerza. Nada nos resulta más evidente que la inmensa suerte de tener otro hijo.
Tia me mira.
—Quiero sus restos aquí, con nosotros.
Otra vez esta conversación.
—Yo también —respondo al instante—. Pero no puedo dejaros aquí solos durante las semanas que me llevaría ir a buscarlo y traerlo.
Me paso la mano libre por el pelo, irritado por lo mucho que ha crecido.
Cortarse el pelo siempre es un fastidio ahora.
—Dios sabe, Tia, que yo también quiero a nuestro hijo con nosotros. Pesa.
Toca la cruz de oro que lleva al cuello. El pequeño dije brilla con la luz de media mañana mientras disfrutamos de un raro día libre de las tareas constantes.
Suspiro, me levanto y le paso a Lars, nuestro pedazo de amor. El niño debe de pesar unos quince kilos con quince meses. Probablemente por eso aún no camina bien, o directamente no camina.
Lo llevan en brazos constantemente y parece un luchador de sumo.
Sonrío con sorna.
—¿A qué viene esa sonrisa? —pregunta Tia mientras frota su nariz con la de Lars.
—Pensaba que deberías dejarlo en el suelo, que se agarre a los muebles para que aprenda a caminar.
La pena le golpea el rostro tan de repente, tan claramente, que es como si le hubieran arrojado un cubo de agua.
—¿Qué? —pregunto, alarmado.
Niega con la cabeza y aparta la mirada rápidamente.
—Quizá no quiero que camine. Quizá me gusta llevarlo en brazos todo el tiempo.
Acorto la pequeña distancia entre nosotros y abrazo a Tia y a nuestro bebé.
—Cariño, sé que echas de menos a Luke. Yo también. Todos. Los. Días. Pero Lars no es Luke.
—Lo sé.
Empieza a llorar.
—Pero no puedo evitar pensar que hicimos algo mal. Que este segundo hijo es como un regalo. Un regalo que no quiero cagarla con él.
Tia no es de las que dicen palabrotas.
Me aparto, le acuno el rostro y beso las lágrimas que caen.
Lars nos observa solemne desde nuestros brazos.
Tia lo deja en el suelo con tal reticencia que el gesto sería gracioso si no fuera tan jodidamente triste.
Lars, encantado de verse liberado de la cárcel de brazos, empieza a gatear como un experto.
Directo a la enorme mesa de centro de madera maciza que compré hace dos veranos por quince dólares en un mercadillo. Tiene treinta años y resulta ser de roble macizo. Popular en los noventa y ahora terriblemente pasada de moda, a mí simplemente me gustan los muebles de madera maciza de verdad.
Lo observamos gatear rápidamente hasta la mesa y sentarse sobre el trasero, bien acolchado con dos capas de pañales de tela. Agarra el borde de la mesa, se impulsa hasta ponerse de pie y se gira.
Sus ojos verde musgo, tan parecidos a los de Luke, brillan de orgullo por su logro.
—Qué niño tan bueno —dice Tia entre lágrimas.
Sonríe, mostrando sus dientes de leche muy espaciados.
Y entonces hace exactamente lo que pensé que haría. Se agarra al borde y camina por el perímetro. Su avance no es experto, sino trabajoso.
La determinación de Lars es para morirse de risa.
De tal palo, tal astilla, como suele decirse.
Satisfecho de que no corre peligro inminente, dejo de prestarle atención por el momento y me vuelvo hacia Tia.
Me sonríe entre lágrimas.
—Prométeme que algún día irás a buscar a nuestro hijo.
Asiento.
—Sin duda. Algún día iré a buscarlo. Por los dos —añado. Porque no es solo ella quien siente el vacío que dejó Luke.
Pero yo tampoco lo llevé en mi vientre, y creo que eso importa.
Un ruido me llama la atención y nos giramos a la vez cuando Lars suelta un chillido.
Por desgracia, todos sus chillidos me suenan igual. Podría ser alegría o terror.
—¡Roth, mira!
Sí.
Lars ha dado un par de pasos alejándose de la mesa, disfrutando de tener a sus dos padres como público.
Aplaude su propia hazaña, y eso basta para hacerlo tambalearse.
Lars cae de culo y parece que va a llorar (aunque sé que lo tiene demasiado acolchado en algodón como para sentir nada).
—Estás bien, campeón, para eso tienes el culo —digo.
Tia se ríe, pero va hacia él diciéndole lo grande que es ya por caminar, y lo coge en brazos, apoyándolo en la cadera.
Probablemente porque estábamos tan absortos con Lars, ninguno de los dos prestamos mucha atención a Gage, que se había alejado del alboroto para quedarse junto a la puerta principal.
Me giro para ver por qué se ha apartado de la familia, y veo una figura en la puerta.
La adrenalina me recorre como veneno líquido.
Hasta gimo por la reacción física.
Gage baja la cabeza y gruñe.
Por supuesto, lo reconozco de inmediato.
No soy hombre de lágrimas. De hecho, puedo contar las veces que he llorado.
Lloro ahora.
—¡Jamal! —chilla Tia.
Lars grazna por el ruido.
Pasa a mi lado como una exhalación y aparta a Gage de un empujón. Abre la puerta mosquitera de golpe, tarda dos segundos en procesar que el joven que tiene delante ya es todo un hombre, y lo arrastra adentro.
Me acerco a la puerta, esquivo el festival de abrazos, cierro ambas puertas y echo el cerrojo.
Al girarse, Jamal me mira por encima de Tia y Lars.
Una cicatriz retorcida le parte el rostro en dos: empieza en lo alto de la ceja, esquiva el ojo y sigue su trayectoria irregular por el pómulo, donde la piel desgarrada se difumina en puntos como puntos suspensivos a la altura de la mandíbula. Por el tono de la piel, no es reciente.
Jamal tiene ahora un cuerpo forjado a golpes, cada músculo marcado en relieve, demasiado delgado pero claramente fuerte. Sigue siendo Jamal, pero todo es diferente.
Sus ojos lo dicen todo.
—Maldita sea —digo como un idiota—. Me alegra verte, hijo.
Su rostro se contrae, la emoción que tanto le costó contener se desborda, lo supera.
Se cubre el rostro con sus manos enormes y llora como si se le estuviera partiendo el alma en pedazos.
—Ven aquí —digo. Lo agarro de la camiseta descolorida y arrastro al chico, ahora mucho más alto que yo, a mis brazos.
Se desploma sobre mí y solloza durante lo que parece una eternidad.
Tia nos deja y sale corriendo a buscar algo.
Cuando Jamal por fin termina, se aparta.
—Casi me rindo. —Sacude la cabeza—. Me llevó dos años llegar aquí, y otros tantos callejones sin salida intentando recordar dónde estaba vuestro escondite. Debo de haber recorrido cien caminos como este.
Tia le da dos o tres de nuestros preciados pañuelos de papel.
Se suena la nariz, mira a su alrededor, camina hacia nuestra pequeña mesa de cuatro plazas y deja caer el culo en la silla más cercana.
—Cuando vi vuestra casa desde la carretera... —Vacila—. Fue como un espejismo en medio del desierto.
Nos acercamos despacio y nos sentamos.
Nuevas prioridades.
—¿Tienes hambre? —pregunto.
Jamal suelta un resoplido cansado.
—¿Caga un oso en el bosque?
Más o menos la nueva normalidad.
Sonrío y me levanto de la mesa para preparar algo.
Escucho mientras Tia le sonsaca algunos detalles con delicadeza.
No va al grano.
Preparo algo de comida deprisa. Cecina seca y dos latas de verduras. En un impulso, agarro un tarro de mermelada y echo los cubiertos en el plato.
Llevo la comida a Jamal y la deslizo frente a él.
Las lágrimas vuelven a brotar, le caen por el rostro a raudales. Se las limpia, pero siguen cayendo.
Le doy una servilleta de tela.
Se seca la cara.
—¿Jodida mermelada? —pregunta incrédulo—. No he comido fruta en dos años.
Rodea el tarro de cristal con sus largos dedos y se lo acerca al pecho con reverencia, tragándose el siguiente sollozo como si fuera una plegaria.
—Mermelada —susurra.
Tia y yo cruzamos una mirada.
Ella le pone la mano en el brazo, y él se estremece.
No me lo tomo como algo personal. Lo interpreto por lo que es: Jamal ha aprendido a ser cauteloso en este mundo nuevo y terrible en el que vivimos.
Jamal deja la mermelada y se lleva las manos a la cara en un claro intento de controlarse.
Me recuesto en el asiento, señalo la comida y ordeno:
—Come.
Tia y yo lo vemos acabar con medio kilo de cecina, un tarro de judías verdes y otro de peras. Cuando llega a la mermelada, nos mira.
—¿Cuánto puedo comer?
Nos reímos.
—Si puedes comerte lo que acabo de verte meter, adelante con todo el tarro.
Tia asiente.
Jamal se lanza a por ella.
Cuando termina, eructa como si fuera a vomitar, y nos partimos de risa.
Pero Lars es la estrella del espectáculo: cacarea como una bruja con el caldero lleno.
Jamal mira a Lars.
—¿Es él?
—El hermano de Luke —consigo decir sin rastro de la tristeza que siempre me embarga.
Jamal mira fijamente al bebé durante un largo momento de silencio. Luego mira a Tia.
—Debías de estar embarazada...
—...cuando Luke murió —completa ella con un jadeo entrecortado.
Se miran fijamente.
—Lo siento, Jamal —digo.
Gira la cabeza bruscamente hacia mí.
—¿Por qué?
—No volvimos a por ti —dice Tia como si fuera obvio.
Jamal lo descarta con un gesto de la mano.
—Os habrían matado.
—¿Y a ti? —pregunto.
—Pensaron que estaba muerto y fueron demasiado vagos para tirarme por la borda.
Tia se cubre la boca.
—Sobreviviste, no sé cómo —afirmo.
Asiente despacio.
—Han sido dos años duros.
Nuestras miradas se cruzan, y luego mis ojos recorren su rostro, la cicatriz. Apuesto a que hay más.
Le agarro la mano y se la aprieto.
—No hay nada que pueda decir que exprese lo feliz que estoy de tenerte aquí, con nosotros.
—Nos alegramos mucho —dice Tia en voz baja.
Lars chilla.
La primera sonrisa de Jamal cobra vida en su rostro.
—Se parece mucho a él.
Luke.
—Sí —dice Tia en voz baja.
No digo nada, es tan obvio.
Gage decide que le gusta Jamal y le da un empujón con el hocico para que le rasque una oreja.
—¿Quién es este tipo? —Jamal le rasca en el punto exacto, y Gage levanta una pata, intentando rascarse al mismo ritmo.
Jamal se ríe entre dientes y deja caer la mano.
Gage resopla con desdén y se instala en su lugar habitual junto a la puerta principal.
—Espera un momento —digo.
La ceja con cicatriz de Jamal se arquea, tensando la carne desgarrada y mal curada hasta dejarla lisa.
—¿Cómo pasaste por…?
—¿Todas tus trampas? —Sonríe con suficiencia.
—Sí.
—Recuerdo cómo hacías las cosas en Black Diamond.
Asiento.
—Bien. Pensé que había perdido el toque.
Me mira con una seriedad absoluta.
—Nunca, Roth.
Había olvidado lo que significaba tener ayuda.
No tengo nada contra Tia, pero está hasta arriba con lo que llamamos vagamente las «tareas domésticas».
Yo cazo y recolecto (literalmente), y ella lava, tiende y guarda cada prenda de ropa, mantiene la casa y se encarga de hacer conservas, de llenar la despensa y los armarios con todas las verduras, especias y frutas imaginables.
Las diez cuerdas de leña que tenía a medio cortar quedaron listas en las dos semanas siguientes a la llegada de Jamal. Los dos nos pusimos manos a la obra durante cinco días, cortando y apilando sin parar.
El chico era una máquina.
Me hizo sentir viejo. Hasta que vi cómo me miraban Lars y Tia.
No hay tiempo para hacerme el viejo cuando ellos cuentan conmigo.
Jamal había aprendido rápido con las armas y practicó con cada una.
Le mostré las trampas que no había detectado y lo familiaricé con toda la propiedad de diez acres: de dónde bombeábamos agua para el riego, dónde recoger leña y dónde estar alerta, ya que una pequeña sección del lindero no quedaba lejos de una carretera asfaltada.
Jamal se integró sin problemas en nuestra vida diaria y asumió tareas cuyo peso sobre mis hombros nunca había notado.
Y el perro traidor había decidido que le gustaba vigilar el pasillo del medio, ahora que Jamal se había instalado en el dormitorio de enfrente.
Teníamos un par de dormitorios y un baño en el piso de arriba, pero Jamal no había querido dormir allí.
Todavía no, había dicho cuando le preguntamos, aunque allí habría tenido más privacidad.
Tia pensaba que tenía miedo de que, al abrir los ojos por la mañana, hubiéramos desaparecido.
Cada mañana, seguíamos aquí.
Vi a Jamal relajarse más con cada día que pasaba.
Nos estábamos convirtiendo en una familia: yo, Tia, Lars y ahora Jamal.
Por la noche, Tia y yo hablábamos de lo maravilloso que era: aunque no podíamos tener a Luke, la presencia de Jamal era una bendición.
En cierto modo, tener a Jamal hacía que echar de menos a Luke fuera un poco más fácil de soportar.