CAPÍTULO 27
AHORA - STERLING
Lanzo una última mirada a la gran casa blanca de Charles y suspiro.
—¿Book? —pregunta papá, girándose para mirarme por encima del hombro.
—Ya voy —respondo, y troto hacia donde están los padres, con sus mochilas abultadas que les dan un aire de jorobado de Notre Dame.
La mía, por supuesto, está igual.
Cerramos la casa de Charles con llave, sabiendo que tarde o temprano la asaltarían por lo que hubiera dentro.
Toda la comida que pudimos cargar acabó en las mochilas.
Bell está a mi lado. Por alguna razón que ninguno de nosotros logra entender, el perro me ha tomado cariño. Me alegra. Es un pequeño punto de luz en un túnel que, por lo demás, es oscuro.
Creo que es una estupidez dejar este lugar.
Pero papá lo había revisado de arriba abajo.
—Solo hay cierta cantidad de munición, Book. Se nos acabaría antes de darnos cuenta, y entonces ¿qué? ¿Cómo defendemos esta joya que tantos vagabundos van a querer robar? —Niega con la cabeza—. Necesitamos algo que esté lejos de la carretera.
A qué distancia, pregunto.
—Dos horas de caminata, mínimo. Cuento con la pereza inherente de la humanidad. Saquearán y ocuparán donde les resulte fácil. Pero tener que caminar dos horas sin saber qué puede haber al otro lado... No. —Vuelve a negar con la cabeza, con la mirada perdida.
El camino de entrada de Charles lleva unos quince minutos hasta la granja. Como el nuestro en Gig Harbor.
En eso había estado pensando papá. En que destrozaran la casa de nuestra familia.
Antes de que se adentrara demasiado por ese camino mental, me da una palmada en la espalda. —Por eso nos vamos. Capacidad de defensa. La munición no dura para siempre.
El silencio había reinado mientras hacíamos el equipaje. No había hecho una encuesta, pero creo que todos sentíamos que estábamos robando la comida de Charles, aunque él ya no estuviera.
Simplemente no estaba bien.
Bueno, me parecería mal hasta que tuviera hambre. Entonces lo agradecería.
Apartando de mi mente las últimas horas, rodeamos los cadáveres apilados de los que ninguno de nosotros se había ocupado de deshacerse, y aunque me había vuelto más o menos insensible a esa visión, esos tipos habían querido hacernos daño.
Las moscas zumban perezosamente, sin cesar, sobre los cuerpos hinchados.
Trago saliva, aparto la mirada y sigo a los padres con paso militar.
—Jodidamente asqueroso —dice Vaughn.
Kurt asiente en silencio y se acerca a mi lado, mientras Bell mantiene el paso sin esfuerzo.
Seguimos a los padres.
Papá había comentado antes que Hood Canal sería complicado. No lo dijo así. En realidad había dicho que sería «arriesgado».
Le había preguntado qué significaba eso.
Me había mirado durante tanto tiempo que pensé que quizá no respondería. Pero cuando por fin habló, se me encogió el corazón.
—Puede que haya gente que piense que va a ser el rey de la colina allá afuera, Book. —Había mirado en dirección al puente.
—¿Como esa gente que vino a nuestra casa? —A quienes matamos, había pensado, pero no lo dije.
—Exactamente, pero quizá más astutos, y ahí está el problema.
Papá me había apretado el hombro. —Qué bien no tener que explicarte cada maldita cosa, Book.
Ser inteligente tenía sus ventajas. Pero también sus desventajas. Como saber que existe potencial de violencia.
Papá nos dijo a los chicos que lleváramos las armas a la vista, colgando del costado.
Antes del colapso, todo esto habría parecido irreal.
Ahora es, simplemente, nuestra realidad.
El semáforo averiado está apagado, y los enormes rectángulos que contienen las luces roja, amarilla y verde se balancean con la brisa habitual de la zona.
Con el corazón acelerado, giramos a la izquierda, hacia el oeste, y... el puente está completamente despejado.
—Vaya —murmura papá, frunciendo el ceño—. Parece que me preocupé por nada.
El momento queda ahí, suspendido.
Ahora me doy cuenta de que ese extraño momento congelado fue el último de mi infancia, porque los momentos siguientes están llenos de asuntos de adultos.
Bell y yo caminamos en la retaguardia, y cuando empieza el puente, él baja la cabeza, dilata las fosas nasales y emite un gruñido sordo.
Al instante, dejo de querer cruzar el puente; una sensación de mal presagio me atenaza las entrañas.
Y con la misma rapidez, recuerdo lo que papá dijo: que esta era la zona menos poblada y más rica en recursos naturales de todo el estado: la Península Olímpica.
Y está el señuelo del elusivo búnker, del que papá tenía las llaves.
Dirijo la mirada hacia los picos gigantes de las montañas en la distancia, tan altos que aún conservan nieve en las cimas, incluso en marzo, y la conservarán hasta julio, si recuerdo bien nuestros viajes de acampada a Neah Bay.
—Papá —digo alzando la voz por encima del viento, que aúlla incluso aquí, al comienzo del puente.
Se gira.
—A Bell no le gusta esto.
Arquea una ceja oscura. —¿Qué no le gusta?
Cambio el peso de un pie a otro. —El puente.
Resopla. —¿A qué perro le gustaría?
Supongo que tiene razón.
Los chicos me miran como si fuera un blandengue, y, enderezando la espalda, ignoro al más instintivo del grupo.
Como un idiota.
Más o menos a mitad de camino, el viento me corta hasta la piel, atravesando mi sudadera en un asalto ridículo. Los cortavientos son para el viento; las sudaderas son para... ¿quién diablos sabe?
Vaughn, Kurt y yo nos inclinamos hacia delante contra el viento, apenas prestando atención a las cabinas que antes albergaban a los operarios que abrían el puente para los submarinos.
Las cabinas están vacías; unas pocas docenas de personas delante y detrás de nosotros luchan contra el vendaval igual que nosotros.
De repente, Bell se detiene y se sienta.
La correa se sacude en mi mano y me giro. Si ese perro pudiera hablar, lo haría.
Frunciendo el ceño, recorro los dos metros hasta donde está. Esto no puede ser por el puente.
Me agacho, consciente de que a mis padres no les va a gustar mi retraso. —¿Qué pasa, chico?
Gime.
No me gusta nada esto.
Inquieto, me pongo de pie y recorro el puente con la mirada.
Ahí.
Me hago visera con la mano, luchando contra el resplandor.
A lo lejos, las figuras que luchaban contra el viento delante de nosotros se han detenido.
Demasiado lejos para distinguir detalles, las figuras parecen bailar. No solo dos personas, muchas.
Doy un salto cuando el estampido de un arma suena como un eco amortiguado, arrastrado por un viento que roba la nitidez del disparo.
Joder.
Es entonces cuando me doy cuenta de que mis padres y mis colegas están casi llegando a ese grupo.
—Bell, vamos —digo, tirando de la correa.
Viene a regañadientes.
Papá agita un brazo por encima de la cabeza, levantando el arma.
Joder, mierda.
Me detengo, forcejeando para soltar el arma de la atadura improvisada con cuerda elástica mientras intento mantener a Bell con la correa.
No funciona.
Bell escapa de mi agarre y sale disparado justo cuando libero el arma.
Desde donde estoy parado, corro hacia mi gente; Bell es una mancha plateada delante de mí.
Un gran chirrido comienza bajo mis pies mientras corro hasta ponerme a la altura de mis padres.
Nos giramos.
Las cabinas que habían estado vacías ya no lo están.
Bell rodea a la familia y mamá agarra la correa.
—Mierda —dice papá.
El puente se sacude.
—¡Book! —grita papá—. ¡Cuidado!
Kurt salta hacia atrás y me agarra del brazo, estabilizándome mientras un hueco comienza a abrirse en medio del puente. El metal rechina como una cremallera de dientes que se ensancha.
Mis padres y Bell están en un lado; los chicos y yo, en el otro. No es para tanto, hay espacio de sobra para saltar.
Solo que hay tipos corriendo detrás de mis padres.
Bell gruñe. Es tan fuerte que lo oigo por encima del viento.
—¡Mamá, papá! —grito, señalando.
Entonces recuerdo el arma.
Las lágrimas me queman los ojos.
—Chicos —grazno.
Pivotan, y Bell salta sobre el primero que va a por mamá.
Apunto al torso del siguiente. Aprieto el gatillo.
La bala le perfora el pecho limpiamente, lo hace tambalearse y cae. Vienen más, pasan por encima de su cuerpo sangrante, pronto cadáver.
Papá mata a dos.
Mamá dispara al siguiente.
Bell destroza la garganta del que no pudo resistir al perro de cincuenta y cinco kilos.
Hay sangre por todas partes.
El puente sigue abriéndose.
Mis padres se alejan cada vez más, la lucha se vuelve onírica.
Atrapados. Nos atraparon a todos con este maldito puente.
No la cagues, imbécil, me ordeno a mí mismo, vaciando el cargador y fallando solo uno.
A esas alturas, no puedo oír.
Porque mis maravillosos y valientes amigos han estado disparando a mi lado como pistoleros.
Vaughn elimina al que fallé.
—¡Ya no veo una mierda! —grita Vaughn contra el viento.
Tiene razón.
Bell ataca a otro.
Apenas distingo a mis padres recargando.
Luego se vuelven borrosos.
—Joder —aúllo, con ganas de lanzar el arma a la maldita agua.
Bajamos los brazos, convertidos en peso muerto por la presión de la batalla.
—Vaya, vaya... ¿qué mierda tenemos aquí?
Vaughn es el primero en girarse y recibe un culatazo en la mandíbula por las molestias.
Cae como un saco de patatas.
Levanto la vista hacia la cara de este cabrón y veo nuestra muerte en ella.
Los ojos de Kurt se cruzan con los míos por una fracción de segundo.
Y los ojos crueles del hombre se clavan en los míos.
Presiono el arma contra su frente y rezo mientras aprieto el gatillo, esperando que quede una en la recámara.
Clic. Vacía.
Sonríe, la rabia le llena la cara como una copa que rebosa.
El tipo es un oso, abre los brazos como para atraparme. Me agacho y le suelto un puñetazo en los huevos.
Su chillido es un jadeo de agonía, y con una mueca me lanzo entre sus piernas.
Levanto la barbilla de golpe. Sé que se avecina una pelea enorme y se me cae el alma a los pies.
Por primera vez, me pregunto si sobreviviremos.
El sonido de algo que se estrella contra el agua me hace girar a cuatro patas.
Kurt le ha dado una patada en el culo al tipo, mandándolo directo desde el borde del puente mientras vomitaba por el golpe en los huevos que intenté darle.
Se me escapa una carcajada. Bueno, joder, eso soluciona las cosas.
Miro hacia Vaughn, inconsciente.
Mierda.
Me doy la vuelta y hay tres tipos parecidos al que Kurt tiró al agua. De repente, otros tres hombres empiezan a machacar al grupo a puñetazos.
Joder, los están destrozando.
Un hombre alto, más alto que papá, acaba de agarrar a un tipo y le ha dado un golpe seco en el cráneo, dejándolo aturdido mientras el tipo se agarra la cabeza, gritando, y se desploma.
El tipo alto le patea justo en los dientes.
La sangre salpica mientras sale volando hacia atrás y cae de espaldas, inmóvil.
Otro hombre, más bajo y moreno, acribillla a golpes al que tiene enfrente hasta que este, agotado, medio gira y cae junto a su amigo.
—¡Eh! —grita alguien desde el agua—. ¡Que me ahogo!
Kurt y yo no nos damos la vuelta.
Un tercer tipo le sacude un par de puñetazos en las orejas al suyo y, acorralándolo, le patea el culo y lo manda directo al agua a reunirse con su amigo.
Se giran hacia nosotros.
Militares es lo que me viene a la mente. Tienen ese aspecto. Ese porte estoico. Pelo corto, cuerpos fibrosos y musculosos.
Estoy bastante seguro de que, sin munición, no tenemos ninguna posibilidad. Para confirmarlo, Kurt dice:
—Estamos acabados.
De acuerdo.
Entonces ocurre el milagro de los milagros.
Nos alcanzan, todas sus miradas se posan en nuestro amigo dormido, y cuando se vuelven hacia nosotros, el primer tipo alto que vi, con el pelo rubio cenizo, más rubio que castaño, dice:
—¿Estáis bien, chicos?
Kurt y yo nos miramos.
Cómo conseguimos no llorar siempre será un misterio, pero lo logramos, por los pelos.
Ahora que sé que no van a matarnos, me doy la vuelta y busco a mis padres.
Se han ido. Bell también.
Kurt mira hacia donde miro yo.
—Mierda.
Nos volvemos hacia nuestros rescatadores.
—Mis padres están allí atrás —señalo con el pulgar por encima del hombro.
Uno de los tipos se acerca y me pone su enorme mano en el hombro.
—Lo siento —dice con una finalidad aterradora—. Unos malditos matones llevan usando este puente para tender trampas a civiles. Nos tomamos un descanso de nuestra diversión habitual para echar una mano cuando os vimos, chicos.
Sonríe.
—Vale. —Entonces, acordándome de no ser imbécil, añado—: Gracias —mientras a mis padres les están pasando cosas horribles.
—Soy Sterling —dice, y luego inclina la cabeza hacia la izquierda—. Bren.
El más bajo, de ojos negros y pelo castaño, asiente.
—Y este es Cope. —Un tipo ligeramente más alto que Sterling hace un pequeño saludo con dos dedos.
—¿Quién es la bella durmiente de ahí atrás? —pregunta Bren.
—Vaughn. Lo dejó KO ese imbécil que ahora está en el océano.
—Buen movimiento, por cierto —dice Cope con una sonrisa tensa.
—Solo fue suerte.
—No creo mucho en la suerte —comenta Bren.
—Yo tampoco —decido.
Kurt extiende la mano.
—Soy Kurt.
Todos le estrechan la mano.
—Soy Book.
Sterling resopla.
—¿Eres lector?
Niego con la cabeza, serio como un cura.
—No. Mi apellido es Booker.
Sterling levanta la barbilla, ignorando el dolor contenido que impregna mi voz.
—Ah, entonces estás en buena compañía —señala a los otros dos con la palma—. Lo mismo. Todos apellidos.
—Yo voy a por el chico que está descansando atrás —dice Bren, y trota hacia nosotros para agarrar a Vaughn como si no pesara nada. Se lo echa al hombro y sus intensos ojos recorren al grupo—. Vamos, equipo.
—Sí, esperad, hay que rematar la faena —Sterling nos mira a mí y a los chicos, evaluándonos.
Luego camina con calma hacia los tipos malheridos que todavía se retuercen en el suelo.
Sterling agarra a uno por el cuello, los arrastra hasta el borde del puente y los tira por encima.
Cope se sacude las manos.
—¿Terminaste de sacar la basura?
Sterling asiente.
—Sí, ya que tú no ayudaste.
Parpadeo.
Cope extiende los brazos con gesto inocente.
—Tú lo tenías controlado.
Sterling sonríe con suficiencia.
Su mirada se clava en mí.
—Vosotros, chicos, venid con nosotros.
Mis pies permanecen clavados.
—Mis padres.
Su mirada se suaviza. Sterling camina hacia mí y me agarra por los hombros.
—Se han ido, hijo. Vi el fuego, lo hiciste bien. Ellos son más. Tuvimos suerte de llegar hasta vosotros tres —ladea la cabeza—. Pero incluso a nosotros pueden superarnos en número.
Miro detrás de él.
No hay nadie.
Todavía.
Ve las emociones en mi rostro a medida que las asimilo. Resignación. Aceptación. Rabia.
Lo sigo.