CAPÍTULO 24
ENTONCES - LIbrO
—Es como si me hubiera muerto y estuviera en el cielo —dice papá.
Mamá asiente.
—Absolutamente fantástico.
Carne de venado, ¿quién lo hubiera pensado?
Vaughn suelta un eructazo descomunal y Kurt se ríe a carcajadas.
Chocamos los cinco y nuestro primo mayor Charles gruñe:
—Modales.
—Me temo que hemos dejado todo eso atrás, Charles —admite papá con sombría practicidad.
Charles se pasa la mano por el pelo rapado. Asiente.
—Han sido tiempos difíciles últimamente.
Tiempos difíciles. Sí, eso desde luego. Es como si hubiéramos estado matando a diestro y siniestro. Con los imbéciles que tuvimos que liquidar en la casa, y ahora los perdedores de aquí. Parece que nos libramos de una buena sin que pasara nada entre Gig Harbor y aquí.
—¿Cómo lo lleváis, muchachos? —pregunta Charles, apartando un plato vacío.
No les pregunta a mis padres, sino a nosotros.
—Eh... bueno, supongo que... —empiezo, pero Kurt me interrumpe.
—Mis padres están muertos.
Charles inclina la cabeza solemnemente.
—Duro golpe, hijo.
Observo a Kurt luchar con sus emociones. Luego dice:
—Antes de morir, mi madre me dijo que fuera con Derek y Julie.
—Prudente de su parte —afirma Charles, señalando vagamente con la barbilla hacia mis padres.
—¿Y tú? —le pregunta a Vaughn.
—No lo sé. Quería ver si mi hermana mayor estaba bien... pero —se encoge de hombros como si no fuera gran cosa— las cosas estaban tan jodidas que nunca pude volver a comprobarlo.
Creo que es mucho más importante de lo que deja ver.
—Todo pasó tan rápido que no nos pareció seguro que Vaughn volviera —dice mamá.
—Entonces, ¿sus padres no saben qué le pasó? —pregunta Charles.
Negamos con la cabeza.
Y... probablemente les importó una mierda, pienso, pero no lo digo.
—Sí, nunca supe qué pasó con Amanda.
Amanda es la única de nosotros tres que tiene hermanos. Escapó de la casa de los horrores de Vaughn para ir a la universidad, pero volvía con cierta frecuencia.
Nadie lo había dicho, pero siempre tuve la impresión de que volvía para ver cómo estaba Vaughn. Y era una mierda no saber qué había pasado con su familia. Aunque sus padres fueran unos imbéciles, seguían siendo sus padres.
—¿Amanda es tu hermana? —pregunta Charles.
Vaughn asiente.
—Sí.
Charles se frota las manos y dice:
—No nos lamentemos por lo que no tiene remedio.
Todos lo miramos fijamente.
—¿Habéis visto mis adornos del jardín? —Su sonrisa es pequeña, tensa—. No me quedo dándole vueltas a las cosas. Una perspectiva de supervivencia muy práctica.
El mensaje está claro: ocuparse de lo que hay que ocuparse y no darle más vueltas.
Entendido.
Charles se levanta y, girándose hacia el mostrador que tiene detrás, coge un farol. Saca cerillas antiguas de un cajón y enciende la mecha central. Cuando la llama empieza a crecer, gira la ruedecilla hacia la izquierda y la atenúa.
—Justo lo suficiente para distinguiros las narices —se ríe.
Levanto las cejas.
—Narices —dice mamá, tocándose la suya.
Supongo que cuando te haces viejo como Charles, tienes un montón de expresiones raras acumuladas en la cabeza.
Se ríe de nuestras caras, con los ojos brillantes en la luz tenue porque ya ha caído la noche.
—Antes tenía un anillo con sensor de pulso —Charles niega con la cabeza—. Lo echo de menos. Tendría que haber sabido que era demasiado fácil.
Papá frunce el ceño.
—¿Qué estás... qué tipo de sistema de alerta tienes ahora?
—Os va a encantar.
Charles gira a su izquierda, se acerca a la puerta corredera trasera y silba fuerte y agudo.
Una silueta viene disparada hacia la abertura. Un silbido agudo que no logro identificar acompaña el movimiento.
Un perro enorme salta sobre el amplio escalón de cemento de la puerta trasera. Sigo con la mirada desde su collar hasta donde una correa se une a un largo cable de acero, un «corredor».
—Eso mola —dice Vaughn.
Charles desata al perro, que viene a husmearnos las entrepiernas a todos.
Mamá le aparta el hocico.
—¿Cómo se llama? —pregunto mientras le rasco detrás de las orejas triangulares, que se mantienen tiesas sobre su cabeza.
—Bell. Diminutivo de Bellatine —niega con la cabeza con disgusto—. Schnauzer gigante. Su hermano de camada se escapó cuando empezó todo el follón. Una pena.
—¿De qué sirve si no pudo llegar hasta nosotros cuando esos payasos nos atacaron? —pregunta Kurt.
Charles se acaricia la barbilla con los dedos.
—Bell cubre la parte de atrás de la finca, y yo vigilo el frente.
—¿Está atado? —pregunta Vaughn.
—Es una correa con enganche rápido. A él le gusta correr, y yo soy un viejo vago que no. Así que esto funciona. Corre todo el día, y si tenemos algún problema... —Charles se encoge de hombros.
Travesuras.
—¿Así que Bell podría haber venido por delante? —pregunta mamá.
Charles asiente.
—Claro. Pero yo tenía el arma apuntando a esos imbéciles del coche. Todo controlado.
Resoplo. Charles es lo que papá llamaría «un personaje».
—Meto a Bell al final del día, cuando ya no quiero estar pendiente de todo.
—¿Tenías dos perros? —confirmo.
—Reggie era el hermano. Se fueron a la mierda las malditas luces. Luego todos empezaron a caer como moscas... —Sus ojos se dirigen hacia Kurt—. Lo siento, chaval.
Kurt se encoge de hombros, pero aparta la mirada.
—Luego aparecieron unos imbéciles que empezaron a saquear todo, y Reggie salió tras ellos y nunca volvió —inhala profundamente.
Sé lo que no dice: Reggie no sobrevivió.
—Esos dos eran uña y carne conmigo. Funcionaban como engranajes perfectos en una máquina bien engrasada. Me jode mucho —cierra y echa el pestillo a la puerta corredera.
Bell menea el muñón de su cola y mete la cabeza bajo la mano de Charles pidiendo una caricia.
Charles le acaricia la cabeza distraídamente.
—Pueden quedarse esta noche. No tengo provisiones para mantenerlos a todos indefinidamente. La caza escasea. La gente ha estado matando todo lo que respira en dieciséis kilómetros a la redonda.
Ya lo sabía. Habíamos visto más cadáveres de ciervos de los que podía contar. Algunos parecían como si la gente se hubiera comido la carne cruda.
Me estremezco, aparto esas imágenes de mi mente y vuelvo a prestar atención a lo que dice Charles.
—En fin, no se lo tomen a mal. Tengo comida suficiente para aguantar hasta que esto pase, con suerte, y más o menos lo mismo en munición.
Papá sonríe.
—Te agradecemos lo que haces. ¿Te vendría bien que echáramos una mano?
Charles niega con la cabeza.
—Esto es seguro, por ahora. La realidad es que apenas tengo recursos para mí, y mucho menos para estos chavales y ustedes dos —su voz tiene un deje de triste resignación.
Tenía la esperanza de que pudiéramos quedarnos, pero entiendo su postura. Tiene lo que tiene y nada más. Uno mismo es lo primero.
—Pueden dormir arriba. Hay habitaciones de sobra allá arriba. Las sábanas huelen a cerrado que no veas. No las he tocado desde que murió Mell.
—Cuánto lo siento, Charles —los labios de mamá se tuercen en un gesto de compasión.
—¿Cómo lo has llevado? —pregunta papá en voz baja.
—Sabía que iba a pasar —su suspiro es un soplo crudo y vulnerable entre nosotros—. Fue el cáncer.
Ninguno de nosotros pregunta cuál, aunque el cáncer se estaba convirtiendo en una enfermedad del pasado desde el mapeo del genoma humano a principios del siglo XXI, dejando solo un puñado de tipos posibles.
Todos nos levantamos de la mesa y mamá va a recoger los platos.
—¿Hay agua caliente? —pregunta.
Charles asiente.
—Sí. Tengo una cisterna y la hice pasar por tubería radiante que se calienta con paneles solares durante el día.
—Genial —dice papá.
—Sí, todavía me quedan algunas neuronas funcionando en la mollera.
Se ríen como lo hace la gente que se siente a gusto, sin importar cuánto tiempo haya pasado.
No hay muchos platos, pero mamá los friega en un momento, usando un fregadero blanco alargado con escurridor integrado donde los deja secando en un escurreplatos de madera.
Charles arruga la nariz.
—Apestáis. ¿Qué tal una ducha?
Papá suelta una carcajada.
—Siempre has sido de los que no se andan con rodeos, Charles.
Gruñe.
—Últimamente me ha venido muy bien.
«Charles no se anduvo con miramientos con esos payasos de la entrada», recuerdo.
Sus ojos me examinan con atención.
—Vas a ser alto cuando termines de crecer.
Me miro el cuerpo, casi un metro setenta y tres, pensando que iba a quedarme bajito.
Charles levanta la barbilla.
—Los Booker crecemos altos, y pegamos el estirón tarde. Ahora ve a ducharte.
Subimos las escaleras corriendo y él nos grita:
—¡Con jabón y champú, granujas!
Supongo que los adultos se quedarán abajo hablando de cosas que no quieren que oigamos.
Lo que no acaban de entender es que nosotros también somos prácticamente adultos ya. El colapso llegó y la infancia nos fue arrancada de cuajo, como una tirita vieja.
Algo húmedo me lame la cara. Me aparto rodando, meto una mano bajo la almohada y suspiro.
Algo grande aterriza en la cama. Unas patas enormes se apoyan en mi espalda y me doy la vuelta.
Bell se queda quieto, con su cara gris y solemne que parece sal y pimienta derramadas, observándome en silencio.
Medio dormido, me froto los ojos con los dedos. Por fin, sacudiéndome el sueño, pregunto:
—¿Qué pasa, chico?
Gime, salta de la cama, trota hasta la puerta abierta y se vuelve como si me esperara.
Frunzo el ceño y miro a Kurt y Vaughn, que siguen dormidos, con el pelo apuntando en todas direcciones por haberse acostado con él mojado.
«Vale». Me levanto y sigo al enorme perro por el pasillo.
Antes del colapso, nunca había visto un cadáver. Ahora he visto cientos, en todos los estados de descomposición.
Esas experiencias hacen que reconozca al instante que Charles está muerto en cuanto el perro me lleva a su habitación.
Camino despacio hacia la cama mientras Bell se sienta sobre los cuartos traseros y apoya el hocico en el borde del colchón, a centímetros del rostro laxo de Charles. Su piel ha perdido el color saludable de anoche y, como papel pergamino viejo, ha empezado a amarillear.
Echo un vistazo a la habitación y no veo nada fuera de lugar. Ninguna señal de que alguien lo haya matado.
Solo es un anciano que murió.
Una tristeza feroz me invade, como si todas las circunstancias de las últimas dos semanas me hubieran alcanzado de golpe, y por primera vez en años, lucho por no llorar.
Giro sobre mis talones y salgo de la habitación como un autómata, dirigiéndome hacia donde creo que están mis padres. Ninguno de nosotros se quedó despierto esperándolos; nos quedamos dormidos al instante en cuanto apoyamos la cabeza en la almohada.
Las tablas del suelo crujen mientras me dirijo al dormitorio del fondo.
Al abrir la puerta, papá se incorpora de golpe y lleva la mano al arma mientras la abro de par en par.
Capta mi expresión, con los restos del sueño aún pegados a su rostro como una telaraña.
—¿Qué pasa, Book?
—Charles está muerto.
Saca los pies de la cama de un impulso y se pone de pie.
—¿Cómo?
—Parece que fue natural.
—¿Qué? Dios mío, si anoche estuvimos hablando.
—Era viejo, ¿no? —digo, como si eso sirviera de consuelo.
Papá esboza una pequeña sonrisa.
—Sí, tenía ochenta y muchos, seguro.
No despertamos a mamá, que durmió durante todo esto.
Salimos en silencio de su habitación y nos dirigimos a la de Charles.
Papá ve exactamente lo mismo que yo. Nada fuera de lugar; simplemente la muerte vino a buscarlo.
Parece injusto.
Especialmente cuando Bell no se aparta de la cama.
Por la tarde nos sigue hasta la tumba que pasamos horas cavando. Depositamos a Charles en la fosa y lo cubrimos de tierra.
Bell se tumba sobre el montículo de suave pendiente.
—¿Qué vamos a hacer con el perro? —pregunta mamá, limpiándose el sudor de la frente.
Ha sido un esfuerzo de todos.
—No lo vamos a dejar —afirmo, cruzándome de brazos con obstinación.
Mamá se queda boquiabierta.
—Cariño...
—Eso no es práctico, Book.
—¿Qué? ¿No es práctico? Creo que tener al perro es una ventaja.
—No quiero meterme en la pelea familiar —dice Vaughn, y todos nos giramos hacia él, fulminándolo con la mirada.
Sonríe.
—Pero Book tiene razón. Los perros son una ventaja.
—Además —miro a Bell, que monta guardia junto a la tumba—, le caigo bien. Vino a buscarme a mí —me doy un golpe en el pecho— y me avisó de que Charles se había ido.
—¿Con palabras? —bromea Kurt.
Le hago un corte de mangas.
—Jackson —comienza mamá.
—Mamá —nuestras miradas se cruzan—. Soy un adulto. De verdad lo soy.
Papá se encoge de hombros.
—Tiene razón, Julie.
Mamá vuelve a mirarme y de verdad me mira, como si nunca me hubiera visto antes de hoy. Su asentimiento triste me dice lo que ya sabía. No puedes estar a las puertas de los dieciocho y vivir las últimas dos semanas que yo he vivido sin salir convertido en adulto.
Mamá está triste porque creo que pensaba que me haría adulto poco a poco, con suavidad.
No con esta brutal presión de circunstancias y peligro.
No. Ninguno de nosotros podría haberlo anticipado.
Ni lo que sucedió después.