CAPÍTULO 23
AHORA - JO
—Madre mía, qué desastre —suelta Brit, peleándose con los mechones húmedos.
Avergonzada, intento replicar y abro la boca, pero Brit me calla con:
—Tengo un pseudoacondicionador.
—¿Qué es? —pregunto sin girarme.
Estoy sentada en un taburete duro porque Brit es tan menuda que necesitaba que me sentara para poder ocuparse del desastre de mi pelo.
Se agacha con cuidado y recoge un tarro del suelo.
—Mayonesa, miel y sebo de ternera.
Hago una mueca.
—Oye —dice, dándome un toque en la espalda con el dedo índice—, no lo critiques antes de probarlo.
Nuestras miradas se cruzan en el reflejo del espejo alargado que recorre la pared sobre el lavabo.
Observo su pelo, con raíces rubio dorado hasta la barbilla que se transforman en puntas platino, y pregunto:
—¿Tienes el pelo liso?
Se le tuerce la comisura de los labios.
—Como una tabla.
Sonrío.
—El mío es bastante rizado, así que estos últimos años han sido horribles. Intentaba conseguir acondicionador y empaparme el pelo cuando podía, pero a veces… —mi voz se apaga. A veces tenía que dejar cosas atrás porque las circunstancias lo exigían.
—Sí —dice Brit, y nuestras miradas vuelven a cruzarse.
Lo entiende. Brit comprende que escapé por los pelos de cosas horribles y que llevar peines, acondicionadores o lo que fuera no importaba tanto como evitar que me violaran y me mataran.
Tras contar unas seis respiraciones, acepto en voz baja:
—Claro, pruébalo y veremos.
Vierte el mejunje sobre mi cabeza y, después de masajearlo durante unos minutos, Brit me lo envuelve a modo de turbante en la coronilla.
Me río al ver mi imagen.
—Vale, no estoy muy convencida de este look.
Brit se ríe conmigo.
—Hacen falta unos treinta minutos para ablandar todos los nudos.
Sus ojos verde brillante, llenos de compasión, encuentran los míos.
—¿Tienes hambre?
«¿Tengo hambre?». Estoy tan acostumbrada a pasar sin comer que he aprendido a no prestar atención a si tengo hambre o no.
Pero ahora que lo ha mencionado, un enorme rugido me sale del estómago, y me llevo la mano al vientre hundido.
—Genial.
—Entonces… ¿sí?
Sonreímos.
—¿Hay comida suficiente para mí? —pregunto con cautela.
—Sí, claro —dice Brit, con la mirada perdida.
Le escudriño el rostro.
—¿En qué estás pensando?
Sacude la cabeza.
—Los chicos volvieron y dijeron cosas que hicieron que mi tonto cerebro empezara a darle vueltas a ideas en las que no me había atrevido a pensar en mucho tiempo.
—¿Como qué? —frunzo el ceño. ¿Qué tiene de malo este búnker? Es muy seguro. No quiero irme nunca.
—Lo sé. Después de lo que has pasado, es imposible que pienses en esto ahora mismo, pero —sus ojos encuentran los míos— perdóname, pero yo quiero más.
—¿Más? —pregunto confundida.
—Sí —asiente con énfasis y se lleva una mano al vientre—. Quiero luz del sol, una casa, comida fresca de mi propio huerto. Una vida normal.
Echo la barbilla hacia atrás y un mechón de pelo frío y viscoso me cae sobre la nuca.
—Nada va a volver a ser normal, Brit —digo con absoluta certeza.
Su mirada intensa se clava en mi rostro, incomodándome.
—Una nueva normalidad, una normalidad «libre».
Eso ya no existe, pero no lo digo porque su expresión me dice que cree que podría existir.
Quizá Brit cree lo suficiente por las dos.
—Dios mío —susurra Brit, lo que me hace sentir muy cohibida mientras da vueltas alrededor del taburete, examinando con ojo crítico mi pelo limpio.
Habíamos esperado los treinta minutos (en realidad, había sido más de una hora). Primero desenredó el pelo con el mejunje viscoso, luego lo aclaró todo. Después, Brit pasó un peine de púas anchas y terminó dando forma a los rizos con una toalla suave.
—Qué largo lo tienes —dice Brit.
Parpadeo ante mi reflejo. Incluso con la luz dura de la bombilla LED, mi pelo parece estar literalmente en llamas. Por la longitud y el peso, mis rizos naturales forman ondas suaves y profundas que se entrelazan entre sí creando espirales sueltas a unos treinta centímetros de las puntas.
—Me da pena cortarlo —admite.
Casi puedo sentarme encima.
Me acerco un mechón a la nariz y huelo. El aroma de miel y jabón me inunda las fosas nasales.
—Eh, Jo, tranquila.
Levanto la barbilla de golpe y veo que las lágrimas han empapado la camisa prestada.
—Lo siento —digo. Dejo caer el mechón y me limpio la cara con rabia.
—No pasa nada.
—Sí que lo es —digo con una fiereza impropia de mí—. No he estado limpia en una eternidad, limpia de verdad. No me he visto la cara en un espejo en más de un año. Claro que importa.
—Estoy abrumada.
—Vale —Brit suelta un suspiro sonoro—. Solo te recortaré las puntas —dice, ignorando mi crisis.
Tras un minuto de discusión e inspeccionar bien las puntas, decidimos cortar unos treinta centímetros.
—Ahora que tienes el pelo seco, propongo cortarlo justo donde los rizos empiezan a formar un tirabuzón suelto.
—¿Seco? —pregunto, algo confundida porque nunca me habían cortado el pelo en seco, siempre mojado.
Brit asiente enérgicamente.
—Por supuesto. Mi hermano…
Hace una pausa tan larga que casi le pregunto por él, pero su expresión me hace callar. Finalmente termina:
—…tenía el pelo rizado, y mi madre siempre decía que había que cortar los rizos en seco para que no quedaran mal después. Puedo ver la textura de tu pelo cuando está seco; en cambio, mojado —levanta un hombro y lo deja caer—, siento que voy a ciegas.
Las tijeras destellan mientras Brit corta, y un buen mechón de pelo cobrizo oscuro cae al suelo.
Cuando termina, las puntas de mi pelo se curvan suavemente hacia dentro, justo a la altura de la cintura, con un aspecto grueso y saludable. Aunque sé que estoy demasiado delgada y lejos de estar sana, me reconforta un poco que al menos algo de mi físico tenga buen aspecto.
Los ojos de Brit recorren mi rostro.
—No te lo tomes a mal, pero eres una chica preciosa debajo de toda esa mugre.
Sonríe.
Me río.
—Antes pensaba que estaba bien, pero después… simplemente dejé de pensar en nada que no fuera sobrevivir un día más.
Brit me toca la barbilla y me la levanta hasta que nuestros ojos se encuentran.
—Ya no —dice con serena intensidad—, ya no.
Parpadeo para contener las lágrimas, atreviéndome a creer.
—Joder —dice Cope. El tenedor le cae ruidosamente en el plato y me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —pregunto nerviosa, intentando no llevarme las manos al cuerpo con timidez, y caigo en la cuenta de que debo de parecer muy rara ahora. La chica sucia y asustada ha desaparecido.
Bueno, todavía estoy asustada, pero no tanto.
Eso sí, limpia lo estoy. Me había frotado bajo el chorro caliente de la ducha tanto rato con aquel jabón antiguo tan maravilloso que se me habían quedado los dedos como pasas.
Todos los hombres me miran fijamente.
Pero no es esa clase de mirada. Sorpresa es más o menos lo que transmiten.
—Eh, imbéciles —interrumpe Brit—, haceos a un lado para que Jo pueda pillar algo de comer.
Les lanza una mirada asesina, y Book y Vaughn se separan para dejarme pasar entre ellos en el banco largo y tosco.
Me meto ahí, y por una vez no me siento nada incómoda al ver la comida deshidratada que hay en el centro de la mesa.
Alguien me pasa un plato vacío, y me paso la lengua por los dientes, disfrutando de la extraña sensación de tenerlos limpios y pulidos, mientras agarro el borde.
Levanto la vista y me encuentro con los ojos de Sterling.
—Llénate bien el plato, cariño.
Eso hago.
Estoy tan hambrienta que no me importa nada más que llenarme la barriga. Después de unos cinco minutos comiendo sin parar, empiezo a notar el silencio.
Todos me están mirando otra vez. Sigo metiéndome comida en la boca con aire desafiante mientras Brit come tranquilamente a la derecha de Sterling, observando el espectáculo con una sonrisa divertida.
Lo bajo todo con un vaso de leche en polvo y uso una servilleta por primera vez en una eternidad.
Me tapo la boca con el puño y contengo un eructo antes de que se me escape. Cinco pares de ojos masculinos me observan.
Sonrío; una sonrisa amplia que me nace del alma, de pura alegría.
—Dios mío —dice Bren, sacudiendo la cabeza—, qué gusto verte limpia y con el estómago lleno.
Vaughn y Book asienten.
—Totalmente. Sabemos lo que es eso.
Ladeo la cabeza, me encojo de hombros y doy otro bocado. Qué fácil debe de ser ser tío, pienso, a ellos nunca les pasa nada.
Pero no estropeo el momento con palabras. Como.
Cuando todos han terminado, sigo comiendo. Al final, cuando siento que un bocado más y vomito, aparto el plato.
—Chica, cómo te lanzas a por la comida —dice Cope, y lo miro a los ojos. No se está burlando de mí. Le gusta verme comer.
Paseo la mirada de uno a otro, todos con la misma expresión, y me entran ganas de llorar otra vez. Esta vez no es de tristeza, es de alivio.
De repente, el sueño empieza a arrastrarme como un imán gigante. La atracción es irresistible, y antes de darme cuenta, he cruzado los brazos sobre la mesa y, usándolos de almohada, me quedo profundamente dormida.
Cope
—Miradla, tan agotada que se duerme en la mesa —comenta Sterling, sacudiendo la cabeza.
—¿Vamos a dejar que esa sea su cama? —bufa Kurt desde la cabecera de la mesa, frente a Sterling.
—Negativo —dice Bren con una sonrisa burlona—. Pero está claro que está demasiado agotada para llegar siquiera.
—Tranquilos, chicos —dice Brit, limpiándose delicadamente las comisuras de la boca—. Le tengo preparada una habitación con una litera limpia.
—Qué eficiente eres —dice Sterling, besándola en la sien.
Unos ronquidos suaves llenan la habitación.
Risas generales.
—Yo la llevo —digo.
Todas las miradas se vuelven hacia mí, y un calor sordo me sube hasta la nuca.
Bren entrecierra los ojos clavándolos en mí.
¿Qué? ¿Desde cuándo me he convertido en el enemigo?, me pregunto, y luego respondo a mi propia pregunta: Desde que una mujer entró en la guarida.
Sterling no se pierde el intercambio; sus ojos brillan mientras van de Bren a mí. —Llévate a Bren contigo —dice con tono de orden casual, y no es la primera vez que Sterling me saca de quicio.
Él ya tiene una chica, un crío en camino. A lo mejor debería apartarse y dejar paso a los demás, que aquí hay pollas que llevan mucho sin mojar.
Echo hacia atrás mi parte del banco, me pongo de pie y me estiro de puntillas. Bren hace lo mismo. Los dos estamos agarrotados por la incursión y notamos en el cuerpo cada noche que hemos pasado durmiendo en el suelo durante las últimas tres semanas.
Los más jóvenes me observan mientras me acerco a Jocelyn, y Book y Vaughn no pueden ocultar la tensión a medida que acorto la distancia.
Un ambiente volátil.
La camaradería fácil era lo normal antes de Jocelyn. Ahora hemos metido a una mujer en el grupo con cinco hombres entre los que elegir.
Ninguno lo ha dicho en voz alta, pero todos sabemos que, si Jocelyn no quisiera a ninguno de nosotros, no la aceptaríamos en el grupo.
Duro, pero justo.
Lo único que importa es el quién. Al fin y al cabo, los más jóvenes le llevan menos años que nosotros, aunque nunca serían los protectores que Bren y yo podríamos ser.
Bren. Sus ojos oscuros me pesan en la cara, escrutando cada microexpresión.
Aparto la mirada antes de que capte más de lo que ya ha visto.
Con cuidado, rodeo a Jocelyn con el brazo izquierdo en un agarre suelto, y su rostro se acurruca contra mi bíceps.
Una erección ridícula e inoportuna empieza a asomar.
Jodidamente maravilloso.
Paso el otro brazo por debajo de sus piernas, dejo que el peso de Jocelyn se asiente en mis brazos y la levanto usando las piernas, esperando que pesara más.
Ligera como una pluma, pienso con amargura, asqueado al pensar en los meses que ha pasado casi sin comer.
Sus pies cuelgan, descalzos pero con calcetines gruesos.
Demasiado avergonzado por mi polla y mis emociones, giro sobre mis talones y salgo de la «cocina», dirigiéndome hacia donde sé que están las habitaciones libres.
—¿Qué coño ha sido eso? —dice Bren, con los ojos clavados en mi entrepierna.
¿Lo ha visto, verdad? —¿Qué haces, mirándome la polla?
—Difícil de ignorar.
Giro la cabeza hacia él; caminamos al mismo ritmo mientras recorremos el largo pasillo hacia las habitaciones libres. —Es solo por estar cerca de la primera mujer en dos años.
—A ver si te controlas un poco —dice con voz de asco, y me invade un impulso de sinceridad total—. Es que huele a mujer, ¿sabes? No he olido a una mujer en lo que me parece una eternidad, y mi cuerpo ha reaccionado. Dame un respiro, joder, Bren. Apuesto a que tú no lo habrías hecho mejor.
Resopla.
Capullo.
Al acercarnos a las habitaciones libres, sé cuál es la suya por la luz tenue que se filtra por debajo de la puerta.
Bren entra primero en la habitación. Como siempre hacíamos durante la guerra y las misiones, esa secuencia automática es como respirar.
—Brit —dice Bren con una risita.
Echo un vistazo alrededor y veo una pequeña alfombra que reconozco de una de las incursiones. Floral.
Brit sacrificó algo que habíamos conseguido para ella con tal de adornar el lado de la cama. Junto a la cama empotrada en la pared hay una pequeña mesita de noche con una lámpara industrial y un pañuelo cubriendo la pantalla para suavizar el típico resplandor duro del LED.
Unas cadenas sujetan la cama plegable en su sitio, suspendida de la pared. Otra igual hay en el lado opuesto de la habitación.
Hay una pila de ropa encima de una cómoda de metal.
Bren aparta las sábanas de la cama individual grande.
A regañadientes, deposito a Jocelyn con cuidado en la cama. Se gira de lado y queda de cara a nosotros, metiendo inconscientemente una mano pequeña bajo la barbilla, y un mechón de pelo rojo brillante cae por el borde de la cama, a un pelo de tocar el suelo.
Nos quedamos mirándola.
Bren murmura: —A la mierda —y da un paso adelante, coge el rizo rojo suelto y hace ademán de echárselo sobre el hombro.
Pero no lo hace. Como hipnotizado, se lleva el mechón lustroso a la nariz, inhala profundamente y suspira.
El sonido es de puro placer.
Y justo entonces Jocelyn se despierta sobresaltada, ve a Bren con su pelo en la mano y grita.
El grito rompe la quietud y hace que todo el grupo corra a la habitación.