CAPÍTULO 19 #2
Gruño. El último había sido como buscar oro. Escaseaban, y la gente había masacrado a tantos al principio. Para la mayoría de los osos que cacé, había tenido que adentrarme en lo más profundo de las montañas de la Península Olímpica para tener alguna posibilidad de cazar algo.
Odiaba dejar a mi familia durante tanto tiempo, y luego estaba el largo camino de vuelta cargado. Para traer toda la carne a casa, había tenido que improvisar una especie de trineo y arrastrarlo con un sistema de cuerdas. Un trabajo horrible.
Un trabajo necesario. Ahí es donde un caballo o dos habrían venido de perlas para el transporte.
Por supuesto, los habían matado junto con todos los demás animales. Una matanza sin sentido. La gente tenía hambre y pensaba en matar un animal sin saber cómo destazarlo, almacenarlo... diablos, cocinarlo.
Antes de Luke, empieza a pensar mi mente, pero aparto esa idea en favor de los recuerdos más agradables de cadáveres de animales en descomposición con los que nos topamos en nuestro viaje hasta aquí.
Entonces
El puente Tacoma Narrows solía conocerse como «Gertie la Galopante» por el desastre de ingeniería de 1940 en que se convirtió tras su instalación y posterior autodestrucción a causa de una tormenta de finales de otoño con fuertes vientos.
Ahora hay dos puentes.
El segundo se instaló unos años después de que Tia y yo compráramos la propiedad de Sequim.
Para tener el privilegio de salir de la península de Kitsap, hay que pagar peajes por el uso de esos puentes «más seguros» para acceder a la miserable catacumba que es el condado de Pierce, con su apestosa ciudad de Tacoma.
Ahora estamos en el lado opuesto de los puentes, y ya nadie paga peajes.
—El aroma de Tacoma —anuncia Tia con una sonrisa cansada.
En su momento, la frase más acertada del mundo. Ahora... las fábricas de pasta de papel no funcionan, así que Tacoma ya no apesta.
Un pequeño punto positivo.
Mi estómago suelta un enorme rugido de protesta y le hago un gesto con la barbilla a Jamal.
—Eh, colega, necesito cecina.
—Excelente —casi vitorea.
Nos agachamos al lado de la carretera y me permito, a regañadientes, un cauteloso optimismo.
Once horas después, la mayoría de la gente con la que nos hemos cruzado desconfía tanto de nosotros como nosotros de ellos; simplemente nos evitamos.
Tengo que llevar a esta familia a la propiedad de Sequim y reagruparnos, repito mi mantra mental por millonésima vez en las últimas doce horas.
—Rico —dice Tia mientras arranca otra tira dura y la mastica con esfuerzo.
Al menos, parece estar superando la gripe inoportuna contra la que había empezado a luchar el día de lo que estamos empezando a llamar el «colapso».
No es una expresión original. La tomamos de la última emisión legítima de una estación de radio que mencionó lo que sucedió antes de que dejaran de emitir por completo.
No, no nos quedamos en nuestras casas como nos ordenaron. En mi humilde opinión, nos quedamos demasiado tiempo.
En menos de una semana, nuestra casa quedó expuesta. Habíamos cometido un asesinato. Todos los que conocíamos fuera de nuestra familia nuclear estaban muertos, y daba igual cuántos suministros tuviera en esa casa: simplemente no era suficientemente defendible.
—¿Sabéis cuál es la mejor parte de todo esto? —interviene Luke.
Supongo que no está lo bastante cansado, observo, mientras Tia y yo comemos con ahínco sin gastar saliva en hablar.
Jamal se vuelve hacia su hermano y pregunta:
—¿Qué?
—Nada de cole —dice Luke con una sonrisa burlona.
Tia pone los ojos en blanco.
—Ya ves —asiente Jamal con aire de sabio y levanta el puño para chocarlo.
Luke se lo choca.
Ah... la simplicidad de la juventud.
Terminamos la cecina y apuramos el resto del agua.
Nos ponemos de pie, nos estiramos todos a la vez, nos sacudimos el trasero y nos ajustamos las mochilas, gimiendo cuando el peso se asienta.
Mientras subimos la pendiente gradual, noto que el ánimo es casi jovial... el Narrows representa una especie de hito. Una vez que lo crucemos, no habrá otro puente hasta Hood Canal.
Los chicos conversan en voz baja, y Tia camina a mi lado con una ligereza que no había mostrado desde el colapso.
Al coronar la subida, nos dirigimos hacia donde he visto el paso peatonal que discurre como una acera paralela a los carriles para coches. Por supuesto, estos están llenos de vehículos abandonados.
Mis pasos se ralentizan mientras observo la escena. Los coches del inicio del puente están colocados a propósito.
Como una barricada.
—Alto, chicos —digo en voz baja pero firme.
Jamal y Luke se vuelven.
Luke ve algo en mi expresión que lo hace volver hacia mí.
Jamal lo sigue.
—¿Qué pasa, Roth? —La alegría de Tia se desvanece; una sombra de incertidumbre le cruza el rostro como una nube que tapa el sol.
—¿Qué pasa, papá?
—Parece que aquí hay algún tipo de emboscada.
—Como un... —comienza Jamal y mueve la palma como una cobra bailando al son de la música.
—Un punto vulnerable en cuanto pasemos —explica Tia.
Jamal echa un vistazo alrededor y se fija en los coches colocados estratégicamente junto al paso peatonal completamente abierto.
Mientras mira, unas cuantas personas como nosotros empiezan a caminar por el sendero.
—No quiero ir por donde va la gente —dice Luke despacio.
Exactamente lo que pienso.
—Preferiría simplemente abrirme paso entre los coches en la parte más ancha del puente.
—Sí, hermano —sonríe Jamal—. Vamos a perder el tiempo sorteando el aparcamiento todo el trayecto porque ese sendero vacío parece muy peligroso.
Arquea una ceja oscura.
Me río entre dientes.
—Quiero tener un plan B. Una vez en el puente, no hay escapatoria ni dónde esconderse.
El silencio nos ensordece mientras todos recordamos los asesinatos dentro de nuestra casa.
—Estad preparados para improvisar, chicos —digo.
Los chicos echan a andar, y Tia avanza en silencio a mi lado, sin rastro de alegría.