Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Se llevaban a todas las mujeres. Las que podían tener hijos eran las más preciadas. ¿Cuántas veces me había quedado dormida oyendo los gritos de mujeres a las que se llevaban o violaban?

¿Niños?

No tenía ni idea de que la gente pudiera ser tan horrible entre sí, incluso con quienes no les habían hecho nada personalmente, hasta que ocurrió el colapso.

Y aquí estamos. Sobrevivir es lo único que tengo en la cabeza día tras día.

Intentaba no dejar que mi propia vergüenza latente por no haber protegido a todos los que sufrieron abusos me consumiera.

Pero que yo intentara «salvar» a alguien era como intentar rescatar a alguien que se ahoga sin saber nadar.

—Negativo —dice Bren—. No podemos cargar con todo esto. Llegamos al búnker y luego quizá los chicos vuelvan, y posiblemente Sterling...

—...él no vendrá. Brit está a punto —afirma Cope.

Noto que frunzo el ceño al captar un nombre femenino. —¿Quién es Brit? —pregunto con curiosidad.

—La mujer de Sterling, está a punto de reventar en cualquier momento.

—¿Reventar? —pregunto, y mi ceño fruncido se convierte en una mueca.

La sonrisa de Bren es leve. —Está embarazada.

—¿Embarazada? —susurro, y un miedo instantáneo me atenaza las entrañas mientras vuelvo a plantearme lo de vomitar.

Cope debe de notar mi expresión. —No, no es lo que piensas. Planearon tener un bebé.

—¿Quién haría eso? —exclamo, mirándolos alternativamente.

Bren frunce brevemente el ceño e intercambian una mirada cautelosa. Luego dice: —Esperanza, Jocelyn. No podemos dejar de vivir porque las cosas se pongan difíciles.

¿Difíciles? Más bien imposibles. —Puede que sea «difícil» para vosotros, grandullones. Para una chica, es imposible —me limpio una lágrima traidora que se desliza por mi mejilla mientras el estómago se me revuelve.

Bren se coloca junto a Cope. No sé cuánto mide Cope, pero alto.

—Ahora nos tienes a nosotros —dice Cope, señalándose el centro del pecho con el pulgar. Está tan seguro, tan convencido; quiero creerle con todas mis fuerzas. Solo que no sé si puedo ahora mismo.

Al menos hay otra chica... y casada, con un bebé en camino. Tan normal, como si el mundo no estuviera patas arriba.

—¿Dijisteis que hay «chicos»? —pregunto, ignorando lo que dijeron sobre contar con ellos.

No había contado con nadie desde que mi padre murió salvándome. Cuando murió, dejé de contar. Contar los días, los minutos, las horas. Contar cualquier cosa, especialmente personas.

Cope asiente. —Tres chicos, de tu edad más o menos. Los llamamos chicos...

Bren retoma el hilo de la conversación, asintiendo con pesar. —Son hombres.

Tiene sentido. Nadie pudo seguir siendo un niño con este desastre.

—¿Cuántos años tiene Book? —Bren lanza la pregunta a Cope.

Bren me mira, y por primera vez en una eternidad, me invade la vergüenza. Tengo el pelo enredado y apelmazado; no hay tijeras. Ni siquiera he visto mi reflejo en un espejo intacto.

Hace un par de meses me vi la cara en un charco y me perturbó tanto aquel rostro hundido y sucio reflejado en el agua turbia que no volví a mirarme.

Y aquí estoy frente a chicos guapos, y huelo mal y... Dios.

—Veinte —responde Cope como si estuviera adivinando—. Vaughn y Kurt son un año más jóvenes que Book, creo —añade con un asentimiento decidido—. Hombres.

—Sí —digo con voz temblorosa. De mi edad.

Muchos chicos, pero solo una chica. Me siento un poco como si fueran a pelearse por mí como perros por un hueso.

Cope y Bren deben de tener muy buen instinto porque abandonan el tema y se giran, recogiendo las mochilas como si estuvieran sincronizados.

Sin mirarme, Cope dice: —Jocelyn, coge esa manta y haremos una mochila o alguna ñapa al estilo MacGyver.

Me doy la vuelta sin entender la referencia a MacGyver, me agacho y recojo la manta sobre la que me había tumbado. Le doy una sacudida fuerte y breve y les llevo aquella cosa áspera.

Se quitan las mochilas de los anchos hombros y las cargan cuidadosamente. Estaban casi vacías cuando me encontré con ellos.

Tarro tras tarro. Solo cogen el salmón. Inteligente.

A modo de prueba, Bren levanta la mochila abultada y se la carga en un brazo; con pura fuerza bruta, sacude el cuerpo para que la carga se desplace entre los hombros musculosos antes de meter el brazo libre.

—Pesa una barbaridad —comenta con voz inexpresiva.

—¿Cuánto crees que pesa la mochila? —pregunto.

Lo considera. —¿Sesenta y ocho kilos?

Yo solía pesar sesenta y cinco kilos cuando estaba en el instituto, pienso con una angustia tan aguda que se me corta la respiración por un momento.

—Probablemente esté bien —dice Cope mientras se echa la carga a los hombros igual que Bren—. No me apetece quitármela y ponérmela —sonríe con suficiencia.

La mirada intensa de Bren se vuelve hacia mí. —Ni de coña, pero tenemos que cargar a Jocelyn.

Dejan las mochilas pesadas en el suelo de nuevo con cuidado y Bren coge la manta. Tras examinarla unos segundos, empieza a convertirla en un saco con nudos elaborados.

Cuando me la coloca, me doy cuenta de que los nudos han formado agujeros para los brazos.

Muy inteligente.

—Dinos cuándo, Jocelyn.

Asiento.

Empiezan a cargar la mochila improvisada con tarros de salmón.

—Cuándo —digo, cuando estoy a punto de caerme hacia atrás por el peso.

—Demasiado peso —dice Cope y, sin ceremonias, quita dos tarros.

No noto la diferencia y lo digo.

Bren quita cuatro más. Por fin puedo caminar por el sótano.

—Dos más —dice Cope con decisión, quita dos más y devuelve al estante los ocho que no pude cargar sin desplomarme.

—Realmente no estoy dando la talla —digo, dándome cuenta del doble sentido, y me río.

Los hombres me miran sorprendidos.

—¿Qué? —pregunto un poco cohibida, sintiéndome tonta pero sin saber por qué.

Cope responde con una amplia sonrisa. —Es que no hemos oído mucha... —parece buscar las palabras y finalmente termina con—: risa femenina.

Bren asiente con una sonrisa abierta y tan radiante como la de Cope. —Es un sonido genial, Jocelyn.

Sus palabras me hacen feliz y terriblemente triste a la vez.

Las sonrisas se desvanecen cuando tenemos que salir sigilosamente por donde vinimos.