Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

AHORA - COPE - ZONA DE DECEPTION PASS

—Bren —lo llamo en voz baja pero apremiante.

Levanta la barbilla a modo de respuesta.

—Voy a tomarme cinco minutos con este tipo. Luego te alcanzo.

—Vale —responde, y se gira hacia la chica, porque eso es lo que es en realidad, decido.

Me acerco con paso pesado hacia el perdedor y me dejo caer de rodillas, con la hoja desnuda en la mano.

—No te voy a mentir, aunque no te mereces la honestidad. Te daré dos opciones.

—¡Tío, déjame ir! —dice tan alto que me pone nervioso por si nos descubren.

Le clavo el filo de la hoja en la parte blanda bajo la barbilla.

Se calla.

—¿Es verdad lo que dijo la chica? ¿Te topaste con ella, mataste al perro y la perseguiste?

—Sí, tío. El maldito perro estaba gruñendo, y solo hacen eso cuando protegen algo importante.

Claro.

—Queríamos llevarnos cualquier comida que hubiera en la casa de mierda, pero cuando encontramos a una tía, mandamos el plan a la mierda para echar un polvo.

Cierro los ojos un segundo para recuperar el control. Cuando los abro, vuelvo a estar centrado.

—Opción uno: te mato lentamente porque no me dices lo que necesito saber. Opción dos: te mato rápido porque me has dicho algo útil. De todas formas, mueres.

Por lo visto, la revelación fue demasiado para él. Una mancha húmeda aparece en su entrepierna y se extiende mientras observo. El olor acre de la orina me llena las fosas nasales y lucho contra las arcadas. Nadie consigue suficiente agua, así que el pis huele asqueroso. Siempre.

En realidad, el olor a orina es una señal útil de que hay humanos cerca; nos ha ayudado a evitar escaramuzas.

—Decide.

—No sé qué quieres saber —llora, con las lágrimas abriéndose paso por un rostro joven y feo.

—¿Hay agua, tierra o gente en algún sitio que no pertenezca a las putas bandas?

Niega con la cabeza.

Suspiro. Asqueado de todo.

—Espera —dice.

Retiro la hoja y me siento sobre los talones.

—¿Prometes matarme rápido?

Joder. Asiento.

—Hay un tipo y puede que su mujer, no lo sé, también tenían un crío. Solo teníamos sed, tío. No intentamos nada con la mujer, solo que él tenía un pozo y nos pilló intentando beber. ¡Un puto trago!

—Más bajo.

Baja el tono de voz. —Total, que tenían agua, un huerto enorme, armas. Equipados hasta los dientes. Un montaje muy raro.

—¿Eso es todo?

—No. Un perrazo de la hostia también.

Eso me suena a potencial. —¿Dónde?

—Por algún sitio cerca de Sequim, o lo que era Sequim, como en las estribaciones, en la parte de la montaña de la 101, ¿sabes?

Eso acota mucho la búsqueda, pienso con sarcasmo. Aun así...

—Por favor, tío —suplica, intuyendo por mi expresión que ya tengo lo que quería.

Pienso en la chica sin nombre que salvamos de una violación en grupo organizada por el jefe de este tipo.

No digo nada. A veces matar es silencioso.

Avanzo deprisa por el denso y amplio cinturón verde de árboles y maleza, y alcanzo a Bren y a la chica sin dificultad.

Miro al cielo y evalúo la posición del sol. El día declina. Incluso a finales de abril, los días empiezan a alargarse, lo que hace que las salidas de exploración sean mucho más llevaderas que en los días cortos de invierno y lluvia.

Las salidas de exploración siempre parecen una mezcla de nada y algo apenas mejor que nada. Esta es la primera vez que hemos podido volver con una mujer.

Los adolescentes también fueron un golpe de suerte. Y la coincidencia de quiénes son y el papel que tuvieron en el colapso es una feliz casualidad.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta Bren con fingida indiferencia. Está quitándole hierro al asunto por el bien de la chica.

Ella sabe que maté a ese tipo. Pero le sigo el juego por si acaso. —Bien, cantó como un pajarito.

—¿Algo decente?

—Puede ser —digo con suficiente énfasis como para que Bren se detenga.

Respondo a la pregunta que leo en su expresión. —Montaremos un campamento. Luego te cuento.

—¿Tenéis comida? —pregunta ella.

—Ya va siendo hora de que me digas tu nombre —digo sin preámbulos, con las manos en las caderas. Pensar en ella como «la mujer» o «la chica» me resulta jodidamente irritante.

—Jocelyn.

Le tiendo la mano. La suya se desliza en la mía y le doy un apretón suave, sacudiéndola brevemente.

Tiene huesos de pájaro.

Nos miramos. Bajo la mugre hay un rostro bonito, aunque demacrado por la desnutrición y el estrés que una persona de su edad nunca debería sufrir.

—Ya se lo dije a Bren.

Riéndome, admito:

—Esos son nuestros apellidos. Estamos tan acostumbrados a llamarnos así que no se nos ocurrió usar los nombres de pila.

Ella espera.

—Yo soy Reg y él es Ben.

—Yo soy Jo para mis amigos.

—¿Tienes a alguien? —pregunto, escrutando su rostro.

Niega con la cabeza sin decir nada y se agarra los codos.

—Solo yo. Y Molly.

La perra, pienso, pero no lo confirmo.

Es entonces cuando noto que Jocelyn no lleva abrigo y estamos a unos 4 grados.

—Joder, no tienes abrigo —digo, pensando en voz alta.

—Solo corrí. Sí tengo una chaqueta, pero cuando llegaron... —Sus ojos se vuelven vidriosos—. Eran tres, y corrí. Dejé a Molly. La dejé.

Su rostro se descompone y Jocelyn se lo cubre con las manos.

—No podías hacer nada —dice Bren, porque es la pura verdad. Si se hubiera quedado, habría tenido suerte de no morir violada.

—Buenos instintos. La perra era para protección, ¿verdad?

Levanta el rostro bañado en lágrimas. Asiente.

—No importa cuánto amemos algo. Viene con el territorio. Molly hizo su trabajo. Te dio tiempo para escapar.

—Entonces, ¿por qué se siente tan horrible?

Porque lo es.

—Porque duele perder algo que amas.

Lo sé por experiencia propia.

Bren y yo intercambiamos una mirada cómplice. ¿Hay alguien que no haya perdido algo o a alguien que amaba desde el colapso?

Nadie... nunca.

Todo el mundo ha perdido a alguien. Ahora solo queda una fracción patética de la humanidad, sin orden, sumida en el caos y la discordia.

Entre los disparos del Pulso que eliminaron a siete mil millones de personas y las redes eléctricas estadounidenses que cayeron por una coincidencia espeluznante, no quedan muchas almas, y las que quedan tienen intenciones dudosas.

—¿Podemos llegar al barco?

Niego con la cabeza, pensando en que Jocelyn nos ralentizará.

Bren lo entiende.

—No hay problema. Podemos montar un campamento en Deception Pass.

—Hay muchos cabrones merodeando por ahí.

Bren asiente brevemente.

Jocelyn dice:

—Conozco un lugar allí. Quiero decir, no sé si sigue siendo viable, pero lo era.

Miramos a Jocelyn y sus mejillas se tiñen de rosa.

—Intentamos no quedarnos nunca en el mismo lugar dos veces. Por rutina —dice Bren.

—Eso es lo que hago. O hacía. —Jocelyn parece apartar lo que está pensando—. Fui descuidada. Ese lugar tenía de todo. Hasta leña.

—Leña, bien —comenta Bren.

—Sí. De todos modos, estoy bastante segura de que nadie encontrará este lugar.

—Adelante.

—¿Cuánto hay que caminar? —pregunta.

—Toda la luz del día que queda, y puede que también parte del crepúsculo —calcula Bren.

—Cinco horas —dice Jocelyn.

Le miramos los pies. Lleva unas zapatillas raídas. Tendremos que arreglar eso en la próxima incursión.

—¿Puedes hacerlo? —pregunto sin rodeos.

—Sí.

Asiento, aceptando su palabra. Bren suelta la mochila en silencio y rebusca hasta sacar una botella de agua de nuestros días en el ejército. Abollada y rayada, ahora es un lujo; antes era equipo estándar.

Se la entrega a Jocelyn, y ella pide permiso en silencio.

Asentimos.

—¿Cuánto puedo beber?

—Todo. Estamos hidratados.

Empieza a beber, mirándonos por encima del borde, y no para hasta que la botella de medio litro está vacía.

—¿Cómo?

Bren frunce el ceño.

—¿Cómo que estamos hidratados?

Ella asiente.

—Tenemos un filtro —respondo.

Jocelyn le devuelve la botella a Bren, y él la guarda antes de sacar un poco de cecina.

Jocelyn se cubre el estómago hundido con la palma de la mano, pero no pide comida, aunque está claro que se muere de hambre.

—Come —dice Bren.

Jocelyn agarra la comida y se aleja unos pasos, desgarrando la carne dura con los dientes mientras nos observa con cautela.

No puedo culparla. Los hombres no han inspirado precisamente confianza.

Cuando ha devorado las siete tiras de cecina, sonríe, y me doy cuenta de que no lo había hecho hasta ahora.

La expresión le transforma el rostro. Definitivamente guapa bajo la mugre.

—¿Qué? —pregunta Jocelyn, mirando de mí a Bren.

—Es raro verte sonreír —dice Bren, expresando lo que ambos pensábamos, supongo.

Su sonrisa se desvanece, y me da pena verla desaparecer.

Jocelyn se encoge de hombros.

—Ya no hay alegría. Cuando consigo agua y comida, y no me violan, es normal que me sienta mejor con mi vida. Hoy, al menos.

Hoy. Como tantos otros, ella mide su vida en minutos, no en la arrogante presunción de que nos quedan años por delante.

Esos días quedaron atrás hace mucho.

Más o menos a mitad de camino, Jocelyn se detiene.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Llevo un rato aguantándome el pis.

Bren suelta una risita.

—Las ganas te entran de golpe cuando no estás acostumbrada a beber agua.

Asiente, removiéndose inquieta.

—¿Qué?

—Me da miedo salirme del camino.

Ah. —Iré contigo.

Bren se encoge de hombros.

—Donde va mi colega, voy yo.

Nos mira a los dos.

—Dios, qué vergüenza.

—Qué va, es necesario. No querrás mearte encima.

Jocelyn tiene carácter: me lanza una mirada agria mientras se aparta del sendero.

La seguimos.

—Vale, vosotros quedaos al otro lado del árbol.

Ahí es cuando me doy cuenta de lo joven que es. Dice y hace cosas que las mujeres adultas no harían.

Me apoyo contra el árbol y me acomodo.

Es un tronco descomunal, de esos que llaman «de seis hombres».

Harían falta seis tipos con los brazos extendidos y los dedos entrelazados para rodearlo.

Seguramente un árbol semillero que los pioneros dejaron cuando talaron toda la zona.

Era práctica habitual en aquella época dejar un árbol original para que pudiera tener crías.

Bueno, las «crías» ya tienen más de cien años.

—¿Ya? —pregunto después de lo que parecen horas y probablemente son solo unos tres minutos.

—No puedo ir si estáis escuchando.

Joder.

Bren y yo intercambiamos una mirada de fastidio.

—Hazlo y ya. Si tenías tantas ganas como para sacarnos del camino, tienes que ir —razona Bren.

—Sí que tengo —dice desesperada.

—A lo mejor si hablo te olvidas de nuestra vergonzosa presencia.

Un segundo de silencio tenso.

—Vale —llega su voz.

—Bueno, ¿cuántos años tienes? —La pregunta más pertinente que se me ocurrió.

Bren asiente con exageración, como diciendo: buena idea.

—Cumplí veinte en marzo.

Hace un mes.

—¿Me estás jodiendo? —digo.

Bren y yo volvemos a mirarnos y él articula sin sonido: ¿Qué cojones?

Él también pensó que era una adolescente.

Irritada ahora.

—Parezco más joven de lo que soy.

Oigo el leve sonido de un chorro de orina y sonrío. Conseguí distraerla de su vergüenza.

Bren levanta el puño y yo choco el mío con el suyo.

Se oye una cremallera y, un momento después, aparece por detrás del árbol con cara de incomodidad.

—¿Cuántos años pensabais que tenía?

Joder, quince, tal vez.

Jocelyn muestra su irritación con el ceño fruncido, medio ofendida porque pensamos que era una cría o algo así.

—No sé, es difícil saberlo —respondo con una diplomacia impropia de mí.

Bren me lanza una mirada significativa.

—¿Qué? —dice Jocelyn, leyendo el mensaje silencioso entre nosotros.

—Cope se está poniendo blandito.

Arquea sus cejas pelirrojas.

—¿Eso es «blandito»... tú?

Ahora me toca a mí sentirme insultado.

—Me perseguiste y mataste a tres tíos. No tienes nada de blando.

—Es blando donde importa —me defiende Bren sin perder el ritmo. Y dicho esto, da media vuelta y echa a andar hacia el sendero tosco que usamos en nuestras misiones de exploración.

—Vamos —digo, y extiendo la palma para indicarle que vaya primera, entre Bren y yo.

Jocelyn camina en silencio tras sus palabras sobre las atrocidades que cometí.

Cosas que no habría hecho si ella no hubiera estado de por medio.

—¿Esto? —pregunta Bren.

Examino la estructura. Veo el agujero en el «techo», si es que se le puede llamar así. Supongo que queda más techo que hueco, pero es un desastre destartalado.

—No hay nadie ahí —dice Jocelyn, emocionada.

La miramos.

—No es mucho refugio.

—Desde fuera —dice, y corre hacia los escalones.

—Espera, Jocelyn —digo.

Me ignora: error número uno.

Salgo disparado tras ella y Bren cierra la retaguardia. Ya está dentro, escurridiza como una anguila.

Está completamente a oscuras, pero Bren enciende una linterna solar, ahora toda una antigüedad. Nada de la nueva era del Impulso Cerebral podía funcionar sin electricidad, con la gente cayendo muerta por todas partes.

Un haz de luz sale disparado hacia donde ella camina.

—Vamos —dice impaciente, como si fuéramos un par de tontos.

La alcanzo, la agarro del brazo y la atraigo hacia mí. Algo que he notado desde el colapso es que mis sentidos se han agudizado mucho.

Mi nariz distingue las capas de olor que rodean a Jocelyn.

Bosque, sudor, aunque está claro que de algún modo se baña, porque a la mayoría de la gente que nos encontramos se la huele a un kilómetro.

Me llega el leve olor a pasta de dientes, el inconfundible cosquilleo de la menta flotando entre nosotros.

Por debajo de todo eso, percibo su olor de mujer, lo que me provoca una erección inesperada, y me muero de vergüenza ahí mismo. Menos mal que está oscuro.

Ser hombre es una bendición y una maldición.

—¿Qué? —sisea, y me acerco más, apretándole el bíceps.

—No te adelantes tanto.

—Hay una bodega —dice, y sus ojos se desplazan hacia un punto del suelo.

Una alfombra gastada cuyo dibujo original se ha perdido con el paso del tiempo, el trasiego y la intemperie, pues el agujero del techo cubre la mitad de ella.

Bren se acerca a la alfombra y la aparta.

Una trampilla de aproximadamente un metro cuadrado tiene un pestillo de latón en forma de aro empotrado a ras de la madera.

Bren la levanta y alumbra el interior con la linterna.

—¿Y bien?

—Servirá.

—Vale, a dormir —digo, y el cansancio me golpea entre los ojos. Toda la adrenalina de mi cuerpo me ha pasado factura.

Bren se dirige a los peldaños de mano y empieza a bajar de espaldas.

Jocelyn lo sigue y yo cierro la marcha, recorriendo el suelo con la mirada antes de arrastrar la alfombra sobre nosotros.

Dejando un par de centímetros de espacio, tiro de la alfombra para cubrir la trampilla y la cierro despacio.

Cuando me giro, Bren está sonriendo.

Al iluminar una pared del fondo, vemos que está cubierta de estantes repletos de tarros de conservas.

Llenos de comida.