Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

AHORA - ROTH

El sudor me nubla la visión y sacudo la cabeza bruscamente hacia la izquierda, lanzando gotas al suelo húmedo.

Bajo el hacha sobre el tronco y se parte casi por la mitad.

El jodido trozo de madera se tambalea donde está apoyado sobre el tronco más grande y, con toda la parsimonia del mundo, se vuelca al suelo.

Mierda.

Voy hacia allí con paso firme, abro los dedos, agarro la parte de arriba y vuelvo a colocar el maldito trasto sobre el tronco grande.

—Cabrón, quédate quieto —murmuro.

Tia se acerca contoneándose, y devoro su figura con la mirada como un hombre muerto de hambre. —¿Estás hablando con los troncos otra vez, Roth? —Las comisuras de sus labios tiemblan conteniendo una sonrisa.

Ocurrió el colapso, junto con cosas en las que no quiero pensar ahora mismo. Tenemos otro hijo, y de vez en cuando hay que hacer cosas terribles, pero mi esposa sigue siendo mi mejor amiga y mi amante. La madre de mis hijos.

Verla es un regalo, me confirma que el esfuerzo por sobrevivir vale la pena. Cada día.

Ojalá pudiera decírselo a Tia sin sonar como un blandengue. Soy un torpe con las palabras, siempre lo he sido.

Parece una tontería preocuparme por cómo quedo ante mi propia esposa, pero cuesta quitarse de encima eso de «tengo que ser el fuerte», aunque el mundo se haya ido al carajo. No se puede sacar al protector que lleva dentro un hombre, supongo.

—Sí, hasta que has llegado tú, aquí solo estábamos yo y estos troncos tozudos.

—Quizás sea porque ayer cortaste media cuerda —señala con la mano libre hacia la pila de leña.

Hay ocho cuerdas apiladas con orden, y calculo que caben otras cuatro o cinco más.

En la otra mano lleva a nuestro bebé regordete. Bueno, ya casi es un niño pequeño, aunque Tia lo lleva tanto en brazos que el crío apenas toca el suelo con los pies. Tardará en andar, como Luke.

—¿Qué? —me pregunta Tia, arrugando la nariz mientras me escudriña el rostro.

Borro de mi cara lo que fuera que hubiera en ella y niego con la cabeza como diciendo «nada, déjalo».

Apoyo una mano en el extremo del hacha, con la hoja en el suelo, y me limpio con el dorso de la mano el sudor que aún me perla la frente.

En esta época del año, el frío congela la humedad casi al instante.

Abril es bastante cabrón en Sequim. El aire frío que viene del Estrecho te cala los huesos.

Tenemos suerte de estar en una elevación más alta, con abetos y cedros rodeando la propiedad que nos protegen del viento.

Eso sí, también hace unos seis grados menos.

Como si me leyera el pensamiento, Tia comenta:

—Espero que mis plantas estén bien. Aquí el calor tarda mucho en llegar.

Miro hacia el jardín en terrazas y creo que los brotes han germinado bien.

Conseguimos las semillas en una incursión y tuvimos suerte.

Había variedades tradicionales de un productor de semillas local, específicas para nuestra región, conocida por sus veranos frescos y temporadas de cultivo cortas, aunque al estar tan al norte, tenemos mucha luz solar.

Le digo a Tia que el jardín tiene buena pinta.

—Roth —dice mientras se recoloca a Lars en la cadera y se acerca.

Como si lo hubiéramos ensayado, me inclino mientras ella se pone de puntillas, y el dulce olor a bebé de nuestro hijo nos envuelve cuando nos besamos.

Tras unos segundos de reconocernos, Tia se aparta con una risita, el rostro sonrosado por el deseo, espero.

La pistola que Tia lleva en la cadera se engancha un poco al bajar los talones, y suspira. Es una incomodidad necesaria.

Necesaria, desde luego que lo ha sido.

Paso la mano callosa por los rizos oscuros de Lars, y él me agarra un dedo haciendo gorgoritos.

—¡Pa-pa-pa! —gorjea.

Un pájaro sale volando de un árbol cercano, espantado por el escándalo que monta el niño intentando decir mi nombre.

—Buen chico, Lars —dice Tia, sonriendo.

Él le devuelve la sonrisa, y asoman dos dientecitos de abajo, perdidos en una boca sin más compañía.

Frunce un poco el ceño.

—No entiendo por qué Lars no puede decir «mamá» primero.

Sonrío.

Tia me da un puñetazo juguetón en el brazo. Hace una mueca y se sacude los dedos. —Joder, machote, estás hecho de piedra.

Dejé la rutina matutina después del colapso; sobrevivir pasó a ser prioritario frente a los abdominales y las flexiones.

Tampoco es que importara. Trabajar para conseguir calor, comida y agua se había encargado de eliminar cualquier michelin que tuviera antes.

Incluso Tia, que nunca había tenido problemas de peso, lucha por no adelgazar.

Ninguno de los dos sabe cuánto pesa. Pero cuando puedo contarle las costillas, saco el pemmican. Esos días come el doble. El pemmican lleva incluso arándanos azucarados mezclados con la grasa fundida y la proteína magra.

Dar el pecho a Lars sin parar le exige más calorías, seguro.

—Ahhhh —dice Tia, y se quita a Lars de la cadera para sujetarlo a distancia.

Se oye un ruido sordo y sonrío con suficiencia. Lars ha decidido llenar el pañal, y el crío se lo toma en serio. Arruga la carita, gruñe, se pone rojo como un tomate de la concentración y lo da todo. —Es un profesional cagando —comento como quien no quiere la cosa.

Cojo el hacha, la lanzo hacia arriba con un movimiento seco y vuelvo a agarrar el mango donde necesito para seguir cortando.

Tia tuerce los labios con resignación. —Tengo que ir a cambiarle el pañal asqueroso.

—Claro, cariño.

Tia pone los ojos en blanco mientras se da la vuelta, sujetando a Lars con el brazo extendido para que el regalito color mostaza no le manche la ropa y le toque hacer más colada, esa tarea que tanto odia.

La luz del sol calienta el aire frío, y me protejo los ojos del resplandor mientras veo a Tia volver hacia la casa.

Mis ojos recorren la propiedad con la lentitud de la costumbre antes de volver a centrarme en el hacha.

Tia entra en la casa, donde sé muy bien que echa la llave. En cuanto desaparece de mi vista, repaso mentalmente en qué momento del día toca cada tarea.

Los pañales de tela ondean con la brisa suave como pequeñas banderas blancas, sujetos con pinzas antiguas a los tendederos que van de un poste galvanizado a otro, los mismos que instalé hace cinco años.

Tia había arrugado la nariz cuando instalé los postes y empecé a tender los cordeles.

—El día que yo use un tendedero, las ranas criarán pelo —había afirmado.

—Por si acaso, cariño —le había dicho, guiñándole un ojo, sin imaginar que ese por si acaso llegaría a ser lo que es ahora.

Por supuesto, el infierno había llegado, y ahora estamos en plena glaciación.

Ahora el tendedero se llena a diario de pañales, sábanas y ropa interior. La ropa de calle la usamos hasta que se sostiene sola de la mugre.

Yo tenía aquí diez pares de mis fieles Levi's viejos, y Tia contaba con tantos chándales, vaqueros y pantalones como yo.

Ya se están desgastando. En las incursiones no hemos encontrado mucha ropa.

Los vaqueros ahora son solo para fuera; los chándales, para dentro (después de que el primer par se deshiciera al hacer trabajos sencillos al aire libre). No aguantan el trote. El denim resiste mejor.

Los libros de historia (por inexactos que fueran) nunca habían profundizado en cómo se las apañaban los pioneros en el día a día. No es de extrañar que murieran jóvenes.

Este estilo de vida te pone a prueba.

Vuelvo a lo mío, levanto el hacha; el viento emite un silbido apenas audible cuando el filo se hunde en la carne de la madera.

Levanto el medio tronco entero, con el hacha clavada, y lo golpeo hacia abajo contra el tronco grande; las dos mitades salen disparadas en direcciones opuestas.

Sigo así unas cuatro horas, hasta que Tia me llama a comer. Mi cuerpo ya está acostumbrado a pasar horas sin probar bocado y no me había dado ni una señal de hambre.

Hasta que Tia me llamó. Entonces, de repente, las tripas me rugieron con fuerza.

Clavo el hacha en el tronco; el sólido mango de nogal americano queda erguido como un soldado.

Contemplo la pila de leña partida y suspiro.

Constante.

Troto hacia la casa con la mirada atenta, inspeccionando la propiedad. No hay nada fuera de lugar. Entro justo cuando mi esposa abre la puerta, y tras dejarme pasar, echa el cerrojo de seguridad industrial.

Me recuesto en la silla y suelto un eructo sin pensarlo.

Tia me lanza una mirada.

—Qué asco, Roth.

—Mis felicitaciones a la cocinera, esposa —digo, dándome palmaditas en el vientre plano, que de algún modo parece el de un embarazado de varios meses después de todo lo que he comido.

Un leve rubor le tiñe los pómulos. Y no la halago para que siga dándome de comer. Qué va.

La halago por su esfuerzo.

Dos tarros de conserva yacen abiertos y vacíos. Judías verdes y, lo más improbable, peras de un árbol que ella insistió en plantar, uno llamado «cóctel de frutas».

Yo había torcido el gesto ante aquel ultrahíbrido, convencido de que no daría nada.

El árbol producía como si le fuera la vida en ello.

Tia lo envasó todo, y con los «restos» hizo una especie de pseudomermelada.

Lars da saltitos, observando nuestra conversación con esa curiosidad deliciosa que solo tienen los bebés.

Bota en un artilugio hecho de cuerdas elásticas y lona de algodón.

Al fin y al cabo, no creíamos posible tener otro bebé tras Luke. Lo habíamos intentado una y otra vez, y al cabo de quince años nos habíamos dado por vencidos. Con toda mi preparación, nunca se me ocurrió equipar este lugar con cosas de bebé.

Así que tuvimos que improvisarlo todo.

Por eso las incursiones eran raras. Ibas con la lista en la cabeza, o en la mano, y acababas encontrando cosas que no creías necesitar pero que luego venían de perlas.

Como los pañales de tela, que traen un recuerdo triste.

Había sido como cualquier otra incursión, cargada de ansiedad. No por mí, sino por el bebé y la madre que dejaba atrás mientras salía a buscar provisiones.

¿Estaría Tia bien sin mí para defenderla? Resultó que sabía apañárselas sola, pero aquello fue en los primeros tiempos.

Había ido andando hasta el Walmart más cercano, una tienda en la que había entrado cien veces mientras equipábamos poco a poco la cabaña, y donde compraba de todo, desde yogures hasta destornilladores.

Ahora, al entrar, casi un año después del colapso, todo el lugar está en penumbra por la falta de electricidad, aquí dentro y en el resto del mundo.

Estanterías destrozadas y pasillos atestados de mercancía rota ocupan tanto espacio que no se ve un palmo de suelo.

Paso de largo los artículos tirados y hago lo de siempre: recorro el campo de minas del caos en busca de algo que se me escapara la última vez.

Lars tenía tres meses entonces, y yo tenía el subconsciente sintonizado con sus necesidades sin darme cuenta. Supongo que por eso reparé en una hilera de productos en el pasillo de bebés que había pasado por alto en incursiones anteriores.

Dejé caer la mochila enorme al suelo. Sabiendo que me esperaba hora y media de caminata hasta casa, procuraba llevar lo mínimo. Con todo el trabajo que teníamos en la finca, por aquel entonces solo podía salir de incursión una vez por semana más o menos.

Pañales.

Pasé de largo el enorme hueco donde habían estado los desechables y fui directo a los de tela.

Increíblemente, había dos tipos distintos de una marca llamada Jerber. Predoblados, proclamaba uno, como si usarlos fuera sacarse la lotería, y el otro decía Birdseye.

Recuerdo que el momento tenía algo de surrealista. Ahí estaba yo, debatiendo entre tipos de pañales de tela en medio de un Walmart destrozado y postapocalíptico.

Solté una risita, cogí los predoblados y abrí el paquete. Una capa gruesa de algodón cuadruplicado ocupaba toda la parte central. Fruncí el ceño. Parecía que aquello retendría parte de la mierda asquerosa y no se lavaría bien. Devolví el paquete al estante y se levantó una nube de polvo.

Me cubrí la boca y la nariz con el dorso de la mano y cogí los Birdseyes del estante.

Repetí el mismo proceso que con los otros pañales y los abrí. Un gran cuadrado de algodón fino como una gasa quedó expuesto ante mí.

Habría que ponerlos dobles, pensé mientras asentía.

Metí tres paquetes en el espacio reducido de mi mochila y volví la vista hacia los pañales. A la derecha, de una barra colgaban imperdibles para pañales.

La mayoría eran simples, pero los que tenían un patito me llamaron la atención. Tras un segundo de duda, cogí los azules. Luego añadí un segundo paquete.

Encajé todo con cuidado en la mochila, me la colgué al hombro —pesaba poco— y seguí caminando.

Por el rabillo del ojo vi otro artículo para bebés y, con un suspiro, volví sobre mis pasos arrastrando los pies.

A veces recojo cosas no solo porque sean prácticas, sino porque sé que a Tia le encantarán.

Metí otras dos docenas de toallitas que prometían ser «suaves con la piel del bebé» y añadí un par de «bodies» de algodón cien por cien en talla grande, con animales de zoo estampados aquí y allá.

Mientras recorría la tienda, fui cogiendo cosas difíciles de encontrar en conserva y que ni siquiera a los hambrientos les gustan.

Un tarro de aceitunas verdes acabó en mi mochila, junto con varias latas de sardinas (no me podía creer la suerte de encontrarlas).

Al pasar por la sección de joyería, eché un vistazo a los relojes que hacía tiempo habían dejado de marcar su eterno tic-tac. Miré la hora en mi Timex de movimiento mecánico, el que había tirado al cajón de los trastos de nuestra casa «refugio» años atrás, y tragué saliva.

Ahora no me lo quito nunca.

Levanté la barbilla y examiné las filas de cajas desiertas. Debería haberme alegrado de poder rebuscar sin tener que pagar, pero aquella imagen solo me dejó una vaga tristeza.

Empecé a caminar hacia la entrada de la tienda, con la mochila ahora cargada con unos cuarenta y cinco kilos de cosas, calculo, cuando un destello por el rabillo del ojo captó mi atención.

La mayor parte de las joyas había desaparecido de las vitrinas destrozadas, pero quedaban algunas piezas.

Un diminuto destello de lo que parecía una delicada cadena de oro captó mi atención. Me agaché con cuidado de no cortarme con los restos de cristal que rodeaban mi mano como dientes irregulares y deslicé el collar de debajo de las cajas de terciopelo, sacándolo con suavidad de su escondite.

El oro brillaba con la escasa luz natural que inundaba la parte delantera del edificio pero no llegaba del todo al fondo.

Un pequeño dije se aferraba con obstinación a su sitio en un aro resistente.

Perfecto, pensé.

El símbolo es icónico, y a pesar de todo lo que ha pasado, Tia nunca ha renunciado a su fe en Dios.

La pequeña cruz mide la mitad que una moneda de diez céntimos, pero tiene una presencia visual poderosa.

La religión nunca me ha interesado mucho, pero la felicidad de Tia sí.

Cerré el puño sobre la cadena, me la guardé con cuidado en el bolsillo y emprendí el largo camino a casa.