CAPÍTULO 9
ENTONCES - LIbrO
Vaughn vuelve trotando hasta donde estoy, con la silueta oscura de Kurt pisándole los talones.
—Joder... qué pasada.
Apenas distingo el blanco de los ojos de Vaughn en la oscuridad casi total de la noche. Y que conste que nunca había visto una noche así. No te das cuenta de lo oscura que puede ser la noche de verdad hasta que no hay ni rastro de contaminación lumínica.
Ahora lo sabemos.
—Sí —digo, satisfecho. Me cruzo de brazos y me balanceo sobre los talones, contemplando la nada.
La oscuridad se extiende ante mí, y si no fuera por la linterna LED de las de toda la vida, estaríamos ciegos.
Vaughn me pasa la linterna.
La cojo, invierto el haz y me la pongo debajo de la barbilla, iluminándome la cara como si fuera un demonio.
—Vale, como todos nuestros padres creen que vamos a dormir en casa de los otros, nos separamos y luego los llamamos.
Kurt entrecierra los ojos.
—Están bien —dice, y cruza los brazos.
Ahora me toca a mí poner cara de escepticismo.
—No lo sé.
Lo que no digo es que no tengo claro cómo afectará el apagón en nuestra zona a quienes se han puesto la inyección de actualización de Pulse.
Administrada como una «vacuna», con un sistema de nanotecnología, el protocolo de inoculación supuestamente se está exigiendo para seguir usando la tecnología Pulse en dispositivos, seguridad del hogar.
.. en fin, todo. Pero mis padres se habían resistido.
Todavía no habíamos adaptado la seguridad de nuestra casa; estaban dándole largas al asunto, como dirían ellos.
Justo la semana pasada llegó a nuestra puerta el aviso de Pulse de que todos nuestros dispositivos y tecnología relacionada dejarían de funcionar sin este último protocolo de «inyecciones» para integrar sin problemas las futuras actualizaciones perpetuas.
Estaba claro que mis padres no comulgaban con muchos protocolos del gobierno, ya que no querían una red en nuestra propiedad y llevaban tiempo dándole vueltas y debatiendo la «oferta» del gobierno durante las cenas.
Dado lo anticuada que era la tecnología de la red (y la palabra «tecnología» es generosa, ya que la contraseña que usamos para hackearla tenía setenta años de antigüedad), no me preocupaba cómo afectaría a todos más allá del apagón forzado.
Era imposible que este viejo sistema de red se hubiera adaptado correctamente a la tecnología Pulse como para integrarse con las inyecciones Pulse de la gente.
Imposible.
—Les hemos jodido su estúpido monopolio eléctrico —Vaughn da un saltito de celebración mientras nuestros pasos quedan parcialmente iluminados por el vaivén de las linternas de nuestros Pulses, que proyectan haces en el camino.
Subimos los escalones de la entrada de la casa de Kurt, abre la puerta principal y entramos, con Kurt delante.
El haz oscila de un lado a otro.
Los padres de Kurt están en el sofá.
—¿Qué? —exhala Kurt. La luz de su Pulse tiembla y revela secciones irregulares de sus caras, como piezas de un rompecabezas.
Su padre está en el sofá, con la mandíbula trabada de forma antinatural y los dedos rígidos.
Nunca he visto un cadáver, y no hace falta ser un genio para entenderlo; hasta un imbécil reconoce la muerte cuando la ve.
Kurt se acerca al cuerpo de su padre como un autómata.
Vaughn me lanza una mirada tan cargada de incredulidad que resultaría graciosa si no fuéramos nosotros quienes lo estamos viviendo.
Arrastramos los pies detrás de Kurt, con el estómago encogido a medida que nos acercamos. Al instante recuerdo lo que pensaba antes en la red, lo seguro que estaba de que cuando manipuláramos la red, quienes se habían puesto la inyección Pulse no se verían afectados.
Quizá estoy viendo conexiones donde no las hay. Quizá que el padre de Kurt esté muerto sea una coincidencia.
—Kurt —un susurro débil nos alcanza, y dirijo el haz hacia donde viene la voz.
Resulta que echar espuma por la boca no es solo una expresión.
La madre de Kurt, que me había recibido en su casa cientos de veces, me había horneado galletas y había aguantado mis apestosas zapatillas en el recibidor, tenía auténticas nubes de espuma blanca saliéndole de la boca, resbalándole por la barbilla hasta acumularse en el hueco donde el cuello se une al hombro.
Joder. Mierda.
La luz tiembla mientras lucho por mantener el haz firme, porque soy yo quien tiembla.
Vaughn y yo corremos hacia Adeline.
—Mamá —gime Kurt, apartándose de su padre muerto y agarrando la mano de su madre.
—¿Qué pasa? —pregunta.
Se me escapa una risa áspera. Todo está mal. Nada es gracioso, pero todo está tan profundamente jodido que mi respuesta es pura reacción nerviosa.
Kurt ni siquiera me mira. Solo tiene ojos para su madre moribunda.
Porque está muriendo.
Adeline niega con la cabeza.
—Escúchame —dice en voz baja—, me estoy muriendo.
Kurt niega con la cabeza.
—No, no es verdad. Te llevaré a un hospital.
Hospitales sin electricidad.
Un nuevo pavor se me instala en las tripas, y sé que no se va a ir.
—No hay tiempo —sus ojos buscan los míos, y con gran esfuerzo levanta la mano libre.
Me paso la linterna a la mano izquierda y le cojo la suya con la derecha.
Se humedece los labios agrietados con la lengua.
Mi visión se concentra en la saliva seca que se resquebraja y permanece en su sitio como un paisaje desértico.
Sus ojos apagados me atraviesan.
—Cuida de Kurt, Book.
No dudo ni me paro a pensar en lo que significará la promesa en ese instante.
—Absolutamente.
Porque en un futuro cercano, esa determinación se pondrá a prueba justo cuando me arranquen del último sueño de la infancia para arrojarme a la nueva realidad de una pesadilla adulta.
Se le tensa la mandíbula. —Coged las armas. Si os la ofrecen, no os pongáis la inyección de Pulse.
Niego con la cabeza. Ni hablar.
—Mamá —dice Kurt en voz baja, con las lágrimas rodándole por el rostro—, no me dejes.
Adeline me suelta la mano, mira brevemente a Vaughn y luego posa los ojos en su único hijo. —No quiero, cariño, pero lo siento... sé que me iré pronto.
Kurt vuelve a negar con la cabeza, como si decirle que no se vaya pudiera impedirlo.
—Quédate con Book y su familia. —Adeline mira a Vaughn y su voz se convierte en una orden feroz—. Tú haz lo mismo, Vaughn.
Adeline dice en voz alta lo que ya sabemos sobre los padres de Vaughn: no valen nada.
Me limpio las lágrimas de las mejillas y me doy cuenta de que no soy el único.
Se supone que los hombres no lloran, pero ¿de qué otra forma va a escapar la tristeza?
Adeline ató cabos: ella y Ward no morirían a la vez sin motivo. Decidió usar su último aliento para advertirnos que no nos pusiéramos la inyección de Pulse.
Lo que pasa es que no sabe que yo tuve algo que ver con su muerte inminente.
—Vaughn, ¿recuerdas dónde tiene Ward guardadas las armas?
—Sí. Nos llevó a disparar.
Lo había hecho. Gracias a Dios.
—Tráelo todo y busca una bolsa de lona o una mochila. Repártelo a partes iguales para tres personas.
—Vale. —Vaughn se vuelve hacia Adeline.
Su expresión revela lo desesperado que está por quedarse, lo mucho que no quiere dejarla.
Ninguno de nosotros quiere. Ward se ha ido. Pero ella todavía no.
—Ve —le susurra Adeline a Vaughn—. Está bien. Eres un buen chico. —Con un leve asentimiento, lo absuelve.
Vaughn contiene un sollozo y, tras un giro torpe, se dirige a la puerta del sótano que conduce al almacén subterráneo donde Ward guardaba todo el armamento.
Kurt apoya el rostro contra la mano de ella, que le acaricia el pelo, pero sus ojos están clavados en mí.
Recordándome mi promesa.
Nunca lo olvidaré.
El momento se cristaliza en mi cerebro, grabado allí para siempre como el último instante de cordura antes de que el caos y la locura se apoderen de todo.
Kurt camina pesadamente, en cabeza de nuestro solemne trío.
No hubo Uber. No hubo conductor. Simplemente di por hecho que la tecnología Pulse seguiría activa cuando organicé el Uber como plan de contingencia.
Ahora parece un pensamiento estúpido para un chico listo.
Lo que no anticipé fue lo mentiroso que era el gobierno. Afirmaban que Pulse era independiente de la electricidad. Que los costosos paneles solares alimentaban Pulse, no las centrales de carbón que ardían sin cesar en el pasado.
Mentiras. Todo mentiras. No es ninguna sorpresa. Si estaban dispuestos a pagar a una familia estadounidense particular ocho mil créditos al mes por una red «bebé» en nuestra parcela de diez acres, había una razón oculta detrás de la oferta, más allá de la escasez de tierra en Estados Unidos.
Papá siempre dice: «Ya no están fabricando tierra».
Pensé que la frase era una de esas expresiones tontas que les gusta usar a los padres para parecer sabios.
Cuando en realidad, el significado es cierto. «Ellos» no están fabricando tierra. Y el gobierno estaba listo para quedarse con la nuestra. Igual que ese bicho raro de Bill Hates, que hace una década compró casi trescientos mil acres de tierras de cultivo, todas situadas junto a acuíferos.
—Vamos primero a casa de Vaughn. Luego iremos a la de mis padres.
—Mamá dijo que fuéramos a la de tus padres —dice Kurt sin volverse, recolocándose el peso de las armas entre los hombros.
—Esto está tan jodido —admite Vaughn en voz baja.
«Esto» tiene muchos significados, pero estoy de acuerdo. Todo está jodido.
Puntos de luz bailan sin orden como luciérnagas enloquecidas, saltando entre las bolsas de oscuridad absoluta de otros que tienen la suerte de conservar objetos que no dependen de Pulse.
Como linternas.
Porque nuestros Pulses están muertos.
Resulta demasiado llamativo usar nuestras linternas. Como si estuviéramos señalando nuestra posición.
Kurt cogió una linterna LED del cajón de los trastos de la cocina.