Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

ENTONCES - STERLING

Llamo a la puerta.

Se oyen risitas detrás de la madera. Apoyo la palma en la puerta maciza y pregunto: —¿Están todas decentes?

Más risitas.

Chicas.

Seguro que Brit está aguantando las bromas de sus amigas. La noche de bodas y todo el rollo.

—¿Jake?

No reconozco la voz.

Un cosquilleo de paranoia despierta. Solo un poco. Ya lo sabía, no debería haberme casado.

No soy un hombre fácil.

Esta jodida vigilancia constante con Brit la vuelve loca. Pero es que... me preocupo.

De que esté bien.

A salvo.

Mía.

La puerta se abre y un par de grandes ojos marrones me miran fijamente. La memoria hace clic: la hermana mayor de la niña de las flores. De instituto. Tímida.

—Ella está... —sus ojos me recorren—... Brit todavía se está cambiando. —Traga saliva.

Me compadezco de ella. Sé que intimido que te cagas. —Tranquila, chica. Puedo esperar.

Señala el banco duro que hay fuera del vestidor, no muy lejos de la habitación donde Cope, Bren y yo nos cambiamos a ropa de calle.

—Soy Brea —dice.

—Sí, gracias, Brea. —Asiento, giro con suavidad y cruzo los cuatro pasos del amplio pasillo hasta el banco.

Las mujeres necesitan mucho más tiempo para todo. Si hay algo que he aprendido en casi treinta años de vida y un despliegue, es paciencia. Se aplica a todos los aspectos de la vida. Necesitaba aprenderla.

Brea-la-de-los-ojos-grandes cierra la puerta con suavidad.

Más risitas.

«Frunzo el ceño». ¿Qué coño es tan gracioso?

Me dejo caer en el banco. Echo la cabeza hacia atrás, la apoyo en la pared y estiro las piernas mientras cruzo los brazos sobre el pecho.

Se me cierran los ojos. Estoy tan jodidamente cansado que podría dormir aquí mismo. Ha sido un mes entero de boda esto, elegir aquello. Joder, menos mal que la plaga de la planificación se ha acabado.

Tengo a Brit. La vida es buena.

Suelto el aire, y antes de darme cuenta, me he quedado dormido porque algo me despierta.

Alerta al instante, me incorporo, ligeramente desorientado por un momento.

Todo está oscuro. Qué cojones.

Me levanto de un salto, alcanzo la pared y poco a poco me oriento, dejando que mis ojos se ajusten a la penumbra. Sombras vagas delatan objetos y su ubicación.

Un montón de voces fuertes.

Me dirijo a la puerta de enfrente otra vez. Esta vez no llamo. Aporreo.

La puerta se abre de golpe, y es Brit.

Sin decir palabra, la atraigo hacia mí.

—¿Qué? —dice, y entonces la tengo, su olor, la sensación de su cuerpo cálido que me calma.

Movimiento a la izquierda.

Dos hombres, uno de mi tamaño.

Brit queda detrás de mí en un movimiento ensayado de contrapeso y giro.

—¡Eh! —protesta ella.

—Se fue la luz.

«Cope». —Sí...

—¿Lo aseguraste...? —pregunto.

—Sí. —Irritado. «Bren».

—¿Qué pasa? —pregunta Brit con un deje de preocupación en la voz.

—Solo mala suerte con el momento, Brit —desvía Cope con suavidad, su voz incorpórea en la penumbra del pasillo.

Por el pasillo, cuadrados de luz parpadean por todas partes como luciérnagas perdidas.

Pulses. Esos nuevos aparatitos de comunicación que han arrasado en el mundo.

Por supuesto, los SEALs los tuvimos dos años antes que los civiles.

Bren saca su Pulse, el pulgar va al botón, y se enciende una luz.

Apunta el haz al suelo para que nos acostumbremos al brillo repentino.

—¿Por qué tiene que irse la luz justo durante nuestra recepción? —se queja Brit.

—Ley de Murphy —dice Cope, críptico.

—Gracias —digo.

Una luz brillante repentina inunda todos los espacios de nuevo y nos tapamos los ojos.

—Uf, qué bestia —dice Brit mientras entorna los ojos.

Poco a poco, abrimos los ojos y miramos alrededor.

Luces puntuales se encienden junto a las luces principales en ambos extremos del pasillo. Ojillos rojos.

—¿Qué significa eso? —le pregunto a Cope, que fue AE en la Marina antes de hacerse SEAL. Electricista de Aviación.

—Redireccionamiento de emergencia. Algo ha hecho saltar un circuito principal. Están usando fuentes de energía secundarias.

—¿Eso es malo? —pregunta Brit.

Me encojo de hombros. —Es un coñazo, pero la luz se va constantemente; no significa nada.

La luz se apaga de nuevo.

Brit vuelve a quejarse, el fastidio pegado al sonido.

Cope y Bren no dicen nada, pero siento su silencio como un peso.

Ninguno de nosotros es muy fan de las coincidencias.

Porque no creemos en ellas. Las cosas no pasan porque sí.

Howard avanza a zancadas por el largo pasillo y se detiene a menos de un metro de nuestra posición.

—¿Qué coño de cagada monumental es esta?

Suelto un resoplido bajo. Eso lo resume bastante bien.

Con retraso, se da la vuelta para ver si alguien ha sido testigo de su cruda valoración. No, milagrosamente, solo estamos el equipo, Brit y yo en el pasillo, aunque oigo las voces de los demás invitados como un murmullo de fondo a poca distancia.

Abro la boca para responder (aunque en realidad no tengo ninguna preparada), y en ese preciso momento, los Pulses de Cope, Bren y el mío emiten un pitido bajo.

—A tomar por culo el permiso, chicos —dice Bren, reconociendo a regañadientes el mensaje simultáneo.

Bajo la vista y veo palabras que no me gusta ver.

Comando: Permiso cancelado. Vuelvan a la base.

Bren levanta su Pulse y dirige la luz hacia el techo.

Nuestros rostros aparecen como fantasmas incorpóreos, cortados del cuello para abajo.

—¿El mismo mensaje?

Asiento brevemente.

—Se acabó la diversión, toca moverse.

Brit me agarra del brazo; el fastidio ha desaparecido, sustituido por la urgencia.

—¿Qué está pasando?

—Lo que pasa, cariño, es que la cosa se ha puesto fea, y tiene que ver con la electricidad —el ceño fruncido de Cope se podría cortar con un cuchillo en el pasillo en penumbra.

—¿Te refieres a este apagón? —apenas distingo los ojos de Brit moviéndose entre los tres—.

¿Eso es lo que os obliga a volver a la base?

¿No es algo que deberían resolver los electricistas?

—su voz es baja, controlada. Brit no se altera fácilmente.

Ese rasgo de carácter podría resultar útil en un futuro cercano, pienso, mientras mi inquietud crece a cada segundo.

El equipo y yo intercambiamos una mirada, ampliándola para incluir a mi nuevo suegro.

—Estoy con Britannia: ¿qué significa esto? ¿Por qué volver a la base por un apagón?

—Nada bueno —dice Bren, expresando lo que los SEALs ya estamos pensando, mientras baja el brazo que iluminaba el techo.

El charco de luz que iluminaba nuestros rostros desaparece, y la luz vuelve a proyectarse a nuestros pies.

Trago saliva con dificultad y rodeo los hombros de Brit con el brazo, atrayéndola hacia mí.

—Volvamos con los invitados, a ver si se activan los generadores y podemos anunciar algo —dice Bren, guardándose el Pulse en el bolsillo trasero de los vaqueros.

—Tú podrás tomártelo con calma, pero yo estoy que me subo por las paredes —anuncia Cope.

Yo también, aunque no lo digo en voz alta.

Howard empieza a caminar de vuelta.

—Quizá sea coincidencia que la base os haya llamado, chicos.

—Ni de coña —digo, y añado—: Esto no funciona así. Y lo sabes, añado mentalmente. Es exmilitar; Howard conoce el procedimiento.

—Pero si es solo electricidad, por el amor de Dios —dice Brit, manteniéndose a mi ritmo mientras avanzamos hacia el salón de recepción.

—Piensa en un ataque terrorista, Brit —dice Bren con voz serena—.

Si alguien quisiera dejar a Estados Unidos fuera de combate, eliminar nuestras formas de comunicarnos, de tener electricidad, joder, de calentar nuestros espacios.

.. Eso llevaría al caos en poco tiempo. Y entonces nuestros enemigos se abalanzan y nos aplastan —cierra el puño, lo levanta en el aire y lo baja con un golpe seco de finalidad.

Sí.

Intercambiamos una mirada incómoda. El entrenamiento SEAL no consiste solo en combate cuerpo a cuerpo, ponernos en forma y disparar.

Estamos entrenados para pasar desapercibidos.

Estamos entrenados para contingencias, para cualquier eventualidad.

Y tengo el firme presentimiento de que algo malo se avecina.

La multitud, ataviada con sus galas, se agrupa en corros más o menos circulares. Los frascos de conserva decorativos y antiguos, supuestamente para crear ambiente, ahora proyectan luz suficiente para distinguir las expresiones.

La mayoría parece molesta.

Por ahora.

Sin embargo, creo que se está gestando algo mucho más siniestro que un simple apagón de finales de febrero.

Miro hacia las ventanas: el aguanieve sigue golpeando el cristal. Maldito clima del oeste de Washington, siempre igual.

Howard levanta las manos para hacer un anuncio, y me avergüenza el alivio que me invade. No me gusta nada ser el centro de atención.

—Papá —sisea Brit.

Él se vuelve hacia ella y le guiña un ojo.

—Déjame esto a mí, princesa.

Ni siquiera frunce el ceño ante el odiado apodo.

Brit está preocupada porque yo lo estoy.

No puedo evitar que la ansiedad que me rezuma por los poros llegue hasta ella. Puede leer la emoción en mi rostro, en mi cuerpo. Brit siempre ha sabido ver lo que siento, y esa es una de las muchas cosas que la sitúan firmemente en la categoría de esposa y no de novia eterna.

Joder, ni siquiera había querido tener novia. Me iba bien con los rollos de una noche.

Rollos de tres noches.

Con Brit nunca hubo ningún rollo. Un roce. Una mirada, y me enganchó tan rápido que no me di cuenta hasta que estuve fuera del agua y fileteado.

Pillado hasta las trancas.

Enamorado de este pequeño cartucho de dinamita que me aprieta la mano, plantándole cara a su padre con un estoicismo que iguala al mío.

Howard se vuelve hacia la multitud y grita:

—¡Atención, todos!

Los murmullos se apagan; las velas parpadeantes de cien frascos bañan los rostros con luz color whisky, revelando diversas expresiones.

—Estoy seguro de que habéis notado que tenemos una especie de apagón —dice con tono seguro, como de locutor de radio.

Risitas entrecortadas con algún que otro resoplido llenan el ambiente.

—¡Tenemos velas, Howard! —exclama un invitado, señalando con la mano hacia los tarros de cristal que cuelgan sobre cada mesa redonda con mantel.

El cristal y la cubertería de plata relucen bajo la favorecedora luz de las velas; las sombras oscuras lamen los objetos mientras el aire agita las mechas.

Danzando como la cabellera del diablo en los vientos del infierno.

Otro invitado dirige la mirada hacia las ventanas oscurecidas, donde se aprecia claramente el viento racheado y la lluvia helada que golpea sin cesar el cristal.

Siempre buscamos la explicación más obvia. ¿Para qué buscar cebras cuando lo más probable es que sean caballos?

—Los novios van a salir empapados —dice Howard.

Nos mira y nos dedica un guiño dramático y prolongado antes de volverse hacia la multitud.

—Y será un placer que se queden a disfrutar del ambiente mientras duren las velas.

Todas las miradas se dirigen a la vez hacia las velas en los tarros, con la cera consumida hasta la mitad pero aún con unas horas por delante.

Observo cómo la mayoría de los invitados empieza a dispersarse y volver a sus respectivas mesas, aunque no sé por cuánto tiempo, ya que fuera hace tres grados.

El frío ya empieza a colarse por los rincones del edificio.

Howard se vuelve y le dedica a Brit una sonrisa de perfil que claramente dice: «¿Ves? He salvado el día».

Ella le devuelve una sonrisa aliviada.

Nadie quiere que su boda se recuerde como un desastre, ni siquiera en el último momento.

Le doy un apretón tranquilizador en el hombro mientras ella me aprieta nuestras manos entrelazadas.

—¡Un brindis! —exclama Howard, y todos los que no están sentados permanecen de pie. Los que se habían sentado apartan las sillas y se levantan.

Las copas de champán se alzan como antorchas rebosantes de burbujas doradas, iluminadas engañosamente por las llamas danzantes.

Los adornos brillan en los cuellos de las mujeres; sus joyas contribuyen a la sensación de tiempo suspendido del momento.

Cuando el aullido del Sistema de Alerta de Emergencia empieza a sonar desde el Pulse de cada invitado, más de una copa de champán cae al suelo y estalla en mil fragmentos de cristal.

Haciendo añicos nuestra falsa sensación de paz.