Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 4
61%

CAPÍTULO 4

ENTONCES - ROTH

Dejo que Tia duerma mientras admiro la figura de reloj de arena que, no sé cómo, ha conservado tras el parto y los más de veinte años que llevamos casados.

Mis ojos recorren la silueta en sombras de sus hombros, bajan hasta donde se estrecha la cintura y se ensanchan las caderas.

Ha sido una semana de locos.

Al chico le queda una semana para graduarse antes de tiempo. Joder, ¿dónde se ha ido el tiempo?

La fiesta de graduación de Luke fue anoche, y Tia se había vuelto loca intentando dejar la casa perfecta.

Nunca me importó una mierda el mantenimiento de la casa.

Salvo el que de verdad importa. Tengo el sótano organizado a mi manera.

Comida.

Listo.

Agua.

Listo.

Armas; munición.

Listo por partida doble.

El generador está a punto, y tengo la cisterna en funcionamiento. Los paneles solares que nos llevó quince años pagar pueden hacer funcionar todo el tinglado sin problemas.

Tia y Luke piensan que estoy loco; le siguen el juego al viejo supervivencialista que llevo dentro con mis pequeñas y costosas ideas.

Ideas que podrían salvarles la vida algún día.

Luke no es blandengue como todos esos otros frikis de los videojuegos y chavales que no saben ni a qué baño entrar. Sabe disparar, cazar y cambiar una rueda. Nada del otro mundo en mis tiempos.

Hoy en día, eso distingue a un joven.

Dejo que mis ojos se demoren un instante más en mi mujer y, al fin, suspiro.

Toca hacer la rutina.

Como todos los días.

Los pies tocan el suelo y me levanto. Cincuenta sentadillas profundas después, cojo la esterilla de yoga de mi mujer —que nunca usa— de debajo de la cama y hago mis cien flexiones. Sin arquear la espalda, recto como una tabla. Movimientos suaves, la nariz rozando el suelo cada vez.

Termino con los aleteos para los abdominales.

Tumbado en el suelo, subo y bajo las piernas alternándolas a toda velocidad. También se llaman abdominales de nadador, y me gusta hacer cuatrocientas al día.

El atletismo empieza por un abdomen fuerte, eso digo yo.

Al menos, eso es lo que me enseñaron en los Marines. Hay cosas de esa mentalidad que no se te van nunca.

Su melena larga roza el borde de la cama y me hace cosquillas en la nariz. El suave aroma de los mechones de Tia me trae un millón de recuerdos. La mayoría buenos.

La mayoría, de mi cuerpo dentro del suyo.

Estoy a medio empalmar cuando ella sonríe. Es esa sonrisa secreta que solo un marido conoce. La que dice cosas sin palabras.

—Hola, nena —jadeo mientras hago otros veinte aleteos.

El sudor que me recorre el cuerpo ha pasado de gotear a chorrear.

No dice nada, solo me pasa la mano por el corte de pelo militar que llevo desde que nos casamos hace veintidós años.

—Buenos días, semental.

Sé que se me nota la erección por cómo sonríe. Los aleteos se vuelven algo complicados.

No es que a Tia le importe lo más mínimo.

Pícara.

De repente desaparece, y sigo con mis aleteos. El estómago empieza a acalambrarse, y hago otras diez antes de que aparezca por la esquina de la cama.

Desnuda.

Mis pies golpean el suelo.

Me guiña un ojo, abre la puerta del baño en suite y desaparece dentro.

Tira de la cadena y sale.

Estoy justo ahí, sin aliento, con el sudor cayéndome por la cara.

Tia suelta un gritito. Sobresaltada, los ojos azules abiertos de par en par.

—No puedes provocar así a un hombre, mujer —le digo.

Le miro los pechos y compruebo que sigo teniendo tanta hambre de su cuerpo como siempre.

Soy un hombre con suerte.

Ella sonríe.

—No eres un hombre cualquiera. Eres mi marido.

Atraigo su pequeño cuerpo hacia el mío, donde siempre ha encajado como un guante.

—Me ducho y dejamos que se queme el desayuno.

Niega con la cabeza y baja la voz.

—Tómame así, sudado.

Qué suerte la mía.

Tia

Me corto el dedo y siseo. Me meto la punta en la boca y chupo la sangre. Maldita sea, con todo el tiempo que llevo preparando verduras, ya podría no cortarme.

Pero no, tenía que comprarme este juego de cuchillos de cerámica. Son mágicos.

Y yo soy la bruja que lanza hechizos en la cocina. Sonrío para mis adentros. Hay que mantener la imaginación a tope.

Sobre todo con un tío tan viril como Roth.

Me sonrojo solo de pensar en nuestro ejercicio matutino. Ja. Es el único movimiento que hago.

Me gusta cocinar, y a veces, cuando me apetece, hasta me acerco al parque. Hago como que me importa la figura.

Me saco el dedo de la boca y miro el pequeño corte en la punta del índice. Qué tontería. Aunque peor es rallarme el nudillo con el cortador de queso, que lo hago bastante a menudo.

Termino de cortar los pimientos de colores, la cebolla dulce y la salchicha italiana (que cociné anoche) y lo echo todo en la vieja sartén de hierro fundido de mi madre.

Echo una cucharada de grasa de tocino en el centro de la sartén y subo el fuego. Me recompensa el sonido de la grasa chisporroteando. Paso lo que he cortado de la tabla a la sartén y empiezo a remover la delicia con mi espátula de bambú.

Una manada atronadora de búfalos baja por la estrecha escalera que desemboca en la cocina.

Bueno, no son animales salvajes, es mi hijo Luke. Un metro ochenta y ocho y ochenta y seis kilos de borde de dieciocho años.

Baja los últimos escalones justo cuando estoy echando los huevos revueltos en la sartén, junto con un chorrito de nata que se une al resto de ingredientes.

Da una palmada en el marco de madera del último escalón y se queda colgado ahí.

Lo miro de reojo. El pelo castaño rebelde, tan oscuro que podría pasar por negro, le cae sobre la frente y le tapa un ojo de ese verde musgo con toques de marrón chocolate.

—Tronco —dice a modo de saludo.

—Luke —digo en tono de advertencia.

—Tranqui, mamá. No soy racista. Ya hemos hablado de eso. Como unas ciento cuarenta y dos mil veces.

—Claro.

Bajo el fuego de la vitrocerámica y me vuelvo hacia él con los brazos cruzados.

—Por eso tiene gracia —dice, y sus cejas oscuras se alzan.

Incorregible. Y nada preocupado por la corrección política. En. Absoluto. A Luke le va traspasar límites y burlarse de todo lo que preocupa a la sociedad; simplemente porque a él no le preocupa.

Luke pasa a mi lado y se mete un trozo de queso rallado en la boca.

—El desayuno llega tarde.

El rubor me sube de golpe y siento que la cabeza me va a estallar en llamas.

Imágenes de Roth moviéndose sobre mí —dentro de mí— afloran en mi mente.

Luke me lanza una mirada rara.

Me encojo de hombros y aparto la vista.

—Empecé tarde.

—Ajá —dice Luke, metiéndose más queso.

—Para ya, cerdito.

Luke resopla.

—¿Y tú te preocupas por mi innato sentido de la corrección política? —se lleva una mano al pecho—. ¿Qué hay de mi frágil ego masculino?

—Tienes algo de sangre afroamericana, ¿sabes?

Luke mira dentro de la sartén. Me quita la espátula de las manos y remueve los huevos, los golpea y les da la vuelta hasta que parecen estar en su punto.

—Ajá. Por eso los comentarios políticamente incorrectos tienen gracia.

Niego con la cabeza.

—Tienes ego para dar y tomar. El mundo entero podría alimentarse del Ego de Luke.

Sonríe sin responder.

Roth ha estado aquí todo el tiempo, absorto en su dispositivo Pulse, con el pulgar sobre el puerto.

Luke se gira, observa a su padre en la mesa del rincón y dice:

—Unidad Paterna.

Roth baja el dispositivo Pulse y deja pasar un instante de silencio. Luego:

—Tronco.

Luke suelta una carcajada.

Me rindo.

—Roth, deja de darle cuerda.

Roth me lanza una mirada que me hace pensar otra vez en el dormitorio.

—Mamá, deja de ponerle ojitos a papá aunque sea dos segundos. Los huevos se están quemando.

—Su mejor amigo es negro, Tia. Creo que solo intenta ser gracioso.

Hombres.

Me vuelvo hacia mi hijo, al que acabo de incluir mentalmente en esa categoría. Luke no puede haberse hecho ya mayor.

Es un boca. Nunca se pone serio.

Me llevo la mano a la boca. Luke se gradúa la semana que viene. El instituto ya es puro trámite a estas alturas.

Los chicos solo van a clase para cumplir antes de la ceremonia de graduación. El paso oficial a la edad adulta. Ya tiene dieciocho años, casi diecinueve.

Siento una punzada de arrepentimiento que no había sentido en mucho tiempo. ¿No habría sido genial tener más hijos?, me pregunto.

Luke remueve los huevos.

Miro a Roth.

Por supuesto, eso no es posible. Luke será siempre nuestro único hijo.

Ese hombre es psíquico, lo juro. Me hace un leve gesto de asentimiento, como si supiera exactamente lo que estoy pensando.

Una de las mil razones por las que quiero a Roth.

Roth

Reconozco a una esposa melancólica en cuanto la veo. Tia está mirando a nuestro chico como si quisiera otro hijo. Ya me siento un poco viejo para esas cosas. Aunque tampoco es que haya esperanza.

Y Luke tiene dieciocho años. Solo los locos tienen hijos con tanta diferencia de edad.

Pero haría lo que fuera por borrar esa sombra de tristeza de su cara. Sí, lo haría.

No se puede cambiar el destino. La vida es una mierda y luego te mueres, como dice el dicho.

Vuelvo la atención hacia Luke, que se está zampando su segundo plato de huevos revueltos con queso a toda velocidad. Una pequeña montaña de pimientos de colores vivos se amontona en el borde del plato, excluida del festín.

El chico odia todo lo que sea verde.

Tia le echa la bronca para que se coma las verduras, pero él está demasiado ocupado haciéndose el gracioso como para escuchar sermones sobre vegetales.

—¿Has hecho la ronda del sótano?

Luke levanta la vista, hosco por un momento.

Lo entiendo perfectamente. Odio tener que bajar allí y comprobar que todo está en orden. ¿Están los paneles solares alimentando la cisterna y reforzando la calefacción? ¿El generador de emergencia muestra luz verde?

¿Hay algo fuera de lo normal?

Yo me encargo del turno de noche. Después del trabajo, llego a casa, bajo al sótano a hacer la comprobación y duermo como un bebé.

Luke se encarga de la mañana, antes del instituto.

Desde mi punto de vista, la lista de comprobación es poca cosa a cambio de mucha tranquilidad. No quiero que nos pillen con los pantalones bajados.

—Papá —gime Luke, y se bebe medio vaso de zumo de naranja de un trago antes de soltar el resto de su brillante sabiduría—. ¿Puedo simplemente... no hacerlo? O sea, ya aguanto bastante bien tu paranoia...

—Preparación —interrumpo.

Luke pone los ojos en blanco con un exceso de dramatismo típico de él.

—Vale —murmura, soltando el tenedor en el plato y apartando la silla de la mesa de un empujón.

Va pisando fuerte hasta el fregadero, raspa las escasas migajas de su plato en el triturador y monta todo un numerito yendo hacia la puerta del sótano y bajando las escaleras como una tromba.

La puerta se cierra de un portazo.

Tia hace una mueca.

—Cariño —empieza.

Levanto la mano.

—Ni hablar. El chico va a ser un hombre algún día. Joder, si nos fiamos de nuestro gobierno, ya lo es.

—Tú no te crees nada de lo que dice el gobierno, cariño.

—Creo en la constitución de los Estados Unidos de América y en nuestro derecho divino a ser libres.

Nuestros ojos se cruzan.

—No habré sido un verdadero padre para él si no es autosuficiente, Tia. Mira a todos esos blandengues que no saben si son un él o una ella, o un elle. O sea, ¿qué pasa con la puñetera biología?

Resoplo.

Tia suelta una risita nerviosa.

—Ya lo sé.

Sacudo la cabeza, completamente impasible y sin el menor interés en los sentimientos, como diría Luke, de toda esa iluminación de género.

Yo nunca he tenido esa confusión.

Sonrío con suficiencia.

—Si nos pasara algo, sabría despiezar un animal para comer. Cazar, disparar. Joder, Luke sabe hacer muchas cosas, Tia.

—Es solo que está... en esa edad, ¿te acuerdas?

Arquea una ceja oscura.

Me paso la mano por el pelo rapado.

—Joder, sí. Lo sabía todo entonces. Omnisciente. Como Dios.

—En realidad no sabía nada —termina ella por mí, con una sonrisa de Mona Lisa en sus labios carnosos.

Me río entre dientes y cruzo los brazos.

—Menudo desayuno, esposa.

La sonrisa de Tia se ensancha, y esa expresión todavía me calienta las entrañas.

Nos inclinamos hacia delante y nuestras manos se deslizan hasta encontrarse. Entrelazamos los dedos; mis manos grandes y callosas envuelven las suyas, más pequeñas.

Es un momento que recordaré el resto de mi vida por lo que ocurrió justo después.

—¡Papá!

Suelto las manos de Tia y giro la cara hacia donde viene la voz de nuestro hijo.

No me gusta el tono de Luke. Salgo de la silla y llego a la puerta del sótano antes de tomar el siguiente aliento.

Abro la puerta de golpe y llamo hacia abajo:

—¿Sí?

—Algo pasa con la energía de reserva del generador.

Frunzo el ceño. No es una emergencia. Pero, joder. Me había dejado la piel para conseguir que todo el sistema de supervivencia pasara a tecnología Pulse cuando salió hace casi un año.

La transición había sido un coñazo.

Con casi cuarenta y dos años, enseñarle trucos nuevos a este perro viejo fue todo un desafío.

Pero lo había hecho, por la familia. Nada de nuestro sistema eléctrico funcionaría sin las nuevas actualizaciones de tecnología mental que instalé, ni la VPN con la que blindé todos nuestros sistemas para mantener el anonimato.

Solo tres señales Pulse funcionan con nuestra red solar independiente. Luke y Tia.

Y yo.

El cerebro de nadie más controla nuestros aparatos. Como debe ser.

—Ya voy —digo, mientras bajo por los empinados peldaños, estrechos como un ataúd. Pulso el interruptor de la pared y el LED no se enciende de inmediato, sumiendo el descenso al sótano en la oscuridad.

Oscuridad total.