Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

AHORA - ROTH FAIRCHILD

Al instante, el pedazo de mierda levanta la mano mugrienta del mango de aluminio de la bomba manual que corona nuestro pozo.

—Que sean las dos manos —añade Tia con voz despreocupada.

No me atrevo a mirarla porque este cabrón y su grupo podrían interpretar esa distracción como señal de que no necesitan toda mi atención cuando, de hecho, la necesitan y mucho.

Mi esposa sostiene una escopeta idéntica en espejo a la mía, pero alterna la mira entre los cabrones dos y tres, que están hombro con hombro y ligeramente detrás del Número Uno.

—Oye, tío —suplica el Número Uno, con sus ojillos saltones moviéndose entre nosotros dos—, tenemos mucha sed. Solo déjanos mojar el gaznate y nos vamos, lo juro.

Tia imita mi gesto anterior con la escopeta. —Os vais ahora.

—Joder —aúlla con furia evidente, echándose hacia atrás el largo flequillo grasiento.

Un momento después, un mechón lacio vuelve a caer en su sitio, tapándole un ojo como un parche mal puesto mientras nos fulmina con la mirada.

Doy un paso hacia él, reduciendo la distancia a escasos dos metros, con el arma tan firme como mi determinación.

—Tia.

—Sí, semental —responde sin vacilar.

Sonreiría ante el apodo cariñoso si pudiera encontrar algo de gracia en mí. Por desgracia, eso escasea desde hace un par de años, así que opto por la acción.

—Prepárate.

—Sí.

Por el rabillo del ojo, veo a Lars removerse en la mochila portabebés. Nuestro bebé mira en dirección contraria por muchas razones.

No pensé que esta situación sería una de ellas.

Cansado de matar, digo con voz desprovista de emoción: —Marchaos ahora o morid.

—¿Nos matarías por un trago de agua? —interviene el tipo detrás del Número Uno, con los ojos como platos.

—Sí —responde Tia, moviendo el cañón de la escopeta hacia él con suavidad, apuntando al blanco más grande, el torso, como le enseñé.

—Eso es muy frío, joder, no voy a mentir —suelta el que aún no había abierto la boca.

Sí, sí lo es. Pero la experiencia nos ha enseñado que son ellos... o nosotros. Muchas veces.

Seguimos eligiéndonos a nosotros.

—¿Qué coño es eso? —el Número Uno señala hacia mi izquierda.

No me giro.

—Un perro.

Retrocede un paso. Listo el tío. —Ese perro es jodidamente grande.

Mi sonrisa es sombría. —No le hacen gracia los desconocidos.

Gage empieza a gruñir. Claro, sabe cuándo enseñar los dientes, así que surte efecto.

El Número Uno mantiene las manos en alto mientras retrocede despacio.

—Hay un arroyo a un kilómetro y medio hacia el este —ofrece Tia mientras él se aleja de nuestra posición.

Blandengue.

—La gente ha contaminado los ríos, tío —dice uno de los tres.

Cierto. Observo al trío con más atención. Tienen más o menos la edad de Luke. Instintivamente, tenso las riendas mentales. No tengo tiempo para el duelo, ni para emociones, ni para nada. Aún tengo una familia que proteger. Eso no ha cambiado. Y mientras respire, no cambiará.

—¿Tenéis filtros? —pregunta el más callado de los tres.

—No —responde Tia, mintiendo con tanta soltura que hasta a mí me sorprende.

Nos fulmina con una última mirada. —Vamos —dice el Número Uno con asco—, seguimos buscando.

No tengo que mirar a Tia para saber que mantiene una expresión neutra.

Se alejan a regañadientes por nuestro camino de grava de cuarenta y cinco metros, con los ojos escudriñando en todas direcciones.

Veo lo que ellos ven.

Solo dos personas y un perro, más uno. Larson. Un huerto se extiende a lo largo de toda nuestra cabaña de troncos. Es estrecho, con una serie de bancales elevados, y en esta época del año todo ha germinado en pequeñas cabezas verdes que buscan el sol intermitente del oeste del estado de Washington.

Resulta casi irónico que hace dos años lo valláramos todo para mantener alejados a los ciervos. Ahora los ciervos escasean porque los han masacrado a todos.

Todavía nos queda carne en conserva.

Cuando los intrusos no son más que puntos de colores en la distancia, me permito cerrar los ojos un largo segundo, recordando la interminable temporada de caza que llevé a cabo cuando llegamos a nuestro refugio.

Tia había sido mi compañera en todo. Literalmente.

No hicimos más que destripar piezas de caza, despellejarlas y aprovechar todo menos las pezuñas, para después pasarnos meses haciendo conservas.

Cuando nos quedamos sin espacio en casa, excavamos una bodega y, con algunos árboles talados de la finca, construimos estanterías rudimentarias donde empezamos a almacenar los tarros conseguidos en una redada afortunada.

—Roth, se me ha dormido el brazo.

Joder. —Vale, ya puedes bajar el arma.

Giro la cabeza y observo a mi esposa y a mi hijo. El sentimiento feroz y familiar de protección me invade.

Gage trota hasta mi lado. Ha dejado de gruñir en cuanto los hombres han desaparecido de la vista.

Me da un empujón con el hocico y le acaricio el pelaje sedoso. —Buen chico —digo en voz baja.

El muñón de su cola se menea.

Creemos que es un Schnauzer gigante. En realidad, no lo sabemos. Antes, lo habrían considerado un perro de refugio.

Suponemos que escapó durante el colapso y nos encontró por casualidad.

A veces me pregunto quién rescató a quién.

Con cuidado, Tia baja la escopeta mientras Lars empieza a quejarse.

—Tengo que darle de comer al bebé. —Tiene esa mirada perdida.

Aparto la mano de la cabeza de Gage y camino hacia ella mientras echo la escopeta a un lado, con el cañón apuntando hacia fuera.

Le doy unas palmaditas en la cabecita oscura a Lars, y él suelta un resoplido de protesta, felizmente ajeno a lo cerca que han estado sus padres de la violencia, preocupado solo por el vacío en su estómago.

—Ven, déjame ayudarte.

Dejo la escopeta en el suelo, agarro las correas que le estrangulan los hombros y levanto.

Tia se agacha y se desliza agradecida fuera del artilugio con un gemido de alivio.

—Ya pesa tanto que seguramente es demasiado grande para la mochila portabebés.

—Creo que no habríamos podido hacer lo que había que hacer sin ella.

Otro hallazgo afortunado en una de nuestras muchas incursiones.

Después de dejar el armazón ligero en el suelo, Lars suelta otro balido de protesta, y Gage se acerca, abre la bocaza y le da un largo lametón al bebé desde la mandíbula hasta la sien.

—¡Argh! —grita Lars como un pirata ofendido.

Nos reímos, nos miramos y nos reímos más fuerte.

Cuando por fin recuperamos algo de control, digo entre jadeos:

—Somos unos padres horribles, dejamos que Lars se muera de hambre mientras nos reímos a su costa.

Tia niega con la cabeza, sonriente.

—Qué va. No nos habíamos reído así desde hace...

Intercambiamos una mirada; el humor se escapa del momento como de un globo pinchado.

Tras unos segundos, me aclaro la garganta y termino su frase:

—...mucho tiempo.

—Sí —responde Tia en voz baja.

Se inclina y forcejea para sacar a nuestro regordete hijo de diez meses de la mochila portabebés.

Sin ceremonias, se sienta en el suelo con las piernas cruzadas. Se sube la camiseta interior de seda de manga larga y coloca a Lars en dirección a su pezón.

Él se lanza y empieza a succionar con voracidad.

—Sí, muriéndose de hambre —digo con mi sarcasmo habitual.

Examino la zona y decido que todo está bien por el momento —Gage tiene mejor oído y olfato de los que jamás tendré—, así que me siento en un trozo de hierba junto a mi esposa y mi hijo, y lo observo mamar, con la escopeta al alcance de la mano.

Pasan unos minutos en el silencio absoluto: sin el zumbido de las luces, sin coches, sin aviones, sin actividad de nada que funcione con electricidad; solo nos acompaña el chirrido incesante de nuestros engranajes mentales.

—Hace mucho que no tenemos visitas —comenta Tia en voz baja.

Visitas es nuestra palabra en clave para intrusos, interpreto de inmediato.

Llevamos casi dos años viviendo en la propiedad de inversión que compré hace diez años.

Cada céntimo que gané fue a parar a esta vía de escape.

Sin pensión para mí. Sin plan de jubilación.

Tenía una visión diferente, y probablemente fue lo único por lo que Tia y yo discutimos desde el día en que nos casamos.

Eso ya no es motivo de discusión.

¿Cuántos veranos pasamos aquí, aprovechando cada día de baja por enfermedad acumulada y de vacaciones para talar árboles, descortezar y colocar troncos, y conseguir electrodomésticos de la sección de taras de los grandes almacenes más cercanos?

Un montón de tiempo.

Aquí fue donde le enseñé a Luke a cazar y a pescar.

—Supongo que ha habido muchas bajas por culpa del chip.

Arranco una brizna de hierba mustia que lucha entre todo el verde brillante que brota de la tierra fértil.

Tia suelta una risa cansada, y Lars se remueve y la mira con los ojos entrecerrados, a punto de caer en la borrachera de leche.

Al momento siguiente, Lars abandona la lucha; los bracitos le caen inertes a los lados, pero su boquita sigue succionando.

Tia le aparta con ternura los rizos negros como el azabache que le brotan por toda la frente.

—Mama incluso dormido —comenta con una especie de asombro.

—No lo culpo —digo con sentimiento.

Vaya vida que se pega el crío.

—Eres un pervertido —me reprende Tia con una voz llena de cariño.

—Culpable —respondo al instante, con los ojos aún recorriendo el horizonte por donde se fueron los jóvenes hace casi una hora, cuando lo que de verdad quiero es ver el calor en su mirada.

Tia sigue mi mirada.

—¿Te preocupa que vuelvan?

Un poco.

—No.

Vuelvo la cabeza hacia ella y la observo. Ha cambiado en los últimos dos años. Demasiado delgada, para empezar. Antes tenía un cuerpo suave, con curvas donde tenía que haberlas, exactamente lo que cualquier hombre querría.