CAPÍTULO 25
GRETA
Un sollozo suave me despierta.
Como un barco que llega a la orilla, la tristeza suaviza los bordes del sueño inducido, como olas que lamen el casco de mi mente nublada.
Poco a poco, abro los ojos. Gia aparece enfocada, y si no estuviera tan aturdida por lo que sea que me corre por las venas, saltaría de la cama para abrazarla. En cambio, me limito a mirar en silencio, asimilando la escena. Me duelen la cara y las costillas. Pero por lo demás, me encuentro bien.
El llanto quedo de Gia es por lo que podría haber pasado. Otra vez.
Pero no pasó.
No hace falta ser una psicóloga brillante para entender que se culpa a sí misma. Se nota en cada línea de su cuerpo, que tiembla con sollozos de arrepentimiento.
Mi mirada recorre la habitación. Todavía en Noruega.
Pero un hospital es un hospital. Los olores son los mismos en todo el mundo: medicinales, estériles y, de algún modo indefinible, definitivos, lo que me entristece.
Debo de haber hecho algún ruido, porque las manos de Gia caen de su rostro bañado en lágrimas y me mira fijamente durante un segundo entero antes de abalanzarse sobre mí.
—¡Greta! —grita.
Abro los brazos y ella aterriza encima de mí, con el pecho aún sacudido por los sollozos.
—¡Lo siento mucho! Todo esto es culpa mía…
Estoy débil por el agotamiento y por los medicamentos, que son una pasada, pero consigo apartarla y mirarla a la cara.
Niego suavemente con la cabeza.
—No. Yo quería participar en Club Alpha.
El rostro de Gia se contrae en una mueca de desconcierto.
—¿Qué?
Se deja caer lentamente en la silla moderna junto a mi cama. Más que una silla, parece una percha; encaja con la decoración de la habitación, pero tiene pinta de ser insoportablemente incómoda.
—Parte de esto no fue cosa de Club Alpha, Greta.
Me toca a mí hacer una pausa. Me incorporo. La cabeza me da vueltas y respiro hondo para superar el vértigo repentino.
Su mano me toca el antebrazo.
—¿Estás bien?
Asiento mientras respiro de forma pausada.
—¿Qué parte?
Me agarro a los reposabrazos de la cama.
—He hablado con Zaire y me ha dicho que el juego ha terminado. Oficialmente.
Pongo los ojos en blanco mientras hago inventario de mi cuerpo maltrecho.
—Menos mal.
Una sola lágrima rueda sin mi permiso. La mirada triste de Gia la sigue mientras dejo escapar una exhalación temblorosa que arrastra mis emociones desbordadas.
—Todo fue una trampa —una leve sonrisa asoma en sus labios carnosos.
—¿Qué parte?
Veo un vaso de agua con una pajita flexible, lo levanto con cuidado y sorbo el delicioso líquido, que alivia mi garganta reseca.
—Lo del narco... todo.
Al instante, recuerdo a los hombres hispanos en la escalera y le cuento el incidente a Gia.
—Zaire —dice con una sonrisa cómplice.
Me quedo boquiabierta.
—Entonces, ¿él organizó que el cartel mexicano lo falsificara todo?
Gia se encoge de hombros.
—En realidad, hizo más que eso. Zaire contrató a algunos de sus hombres para que viajaran a Noruega y supervisaran todo, sin que supieran qué papel jugaban Tor y Lisbeth.
—¿Pero ellos sí lo sabían? —pregunto.
Gia asiente.
—Tor y Lisbeth se enteraron de algún modo de lo de Club Alpha. Su plan estaba entrelazado con el de Zaire, sin que él lo supiera. Se ha llegado a la conclusión de que la pareja usó Club Alpha para llevar a cabo su plan enfermizo.
—¿Y el médico?
Gia aprieta los labios.
—Muerto.
Contengo el aliento.
—Se suponía que tenía que falsificar que Lisbeth había sido asesinada por el narco... por Paco.
Gia asiente con tristeza.
—Lisbeth lo mató.
—Sí.
La cabeza me da vueltas.
—¿Y los hombres de la escalera?
—Encontraron a Tallinn. Te estaban vigilando, no acosando.
Niego con la cabeza y me recuesto contra las almohadas. La maraña es demasiado enredada para que pueda desenredarla.
—¿Y lo del intento de violación?
—pregunto en un susurro apenas audible. Tengo los ojos clavados en el techo, pero lágrimas ardientes me surcan la cara. No puedo detenerlas.
No puedo quitarme de la cabeza el recuerdo de sus manos sobre mí.
La voz de Gia tiembla ligeramente.
—Obviamente, Zaire no tuvo nada que ver con ejercer violencia contra ti. El plan de Club Alpha iba a ser mucho menos violento… lo del narco era un recurso argumental para juntaros a ti y a Paco.
Paco.
La última escena se reproduce en mi cabeza como una mala película de terror: me veo a mí misma desnuda, acercándome por detrás a Lisbeth y golpeándola en la cabeza con un trozo de taburete.
Luego lo uso con Tor. Su diente aterriza sobre Paco.
Nunca olvidaré cómo me miró Tor, con la muerte en sus ojos pálidos.
Me estremezco y Gia abre la boca. Pero hablo antes que ella, desterrando los recuerdos por el momento.
—Entonces mi propia hermana me quería muerta, ¿y Tor qué? ¿Se apuntó al plan sin más?
La traición es lo peor. Tor ya me había violado. Por ella.
Me estremezco.
Y planeaba hacerlo de nuevo, con Lisbeth mirando todo el rato. Mi muerte y que ella heredara por defecto no bastaban como explicación.
Gia me explica el resto: el plan de Lisbeth de suplantar mi identidad, su matrimonio con Tor y cómo eso aseguraba a la perfección la fortuna de ambos.
Así que Tor decía la verdad.
Lisbeth necesitaba vengarse porque nuestro padre me había elegido al azar como heredera oficial. Ella habría tenido que esperar para recibir el mismo reconocimiento.
Esperar no iba con ella.
La habitación queda en silencio cuando Gia termina de explicarlo todo. Cuando me pregunta en voz baja si he sabido algo de Paco, niego con la cabeza.
Después de todo lo del Club Alpha, no ha quedado en nada.
Puf.
Cincuenta millones de dólares por una fantasía que nunca se cumplió.
Gia toma mi mano.
—Él te salvó.
Asiento.
Tengo mi vida. Aunque esté vacía.
Entonces digo lo más importante.
—Y me salvé a mí misma.
Nos sonreímos justo cuando se abre la puerta.
Hablando del rey de Roma.
Paco entra, y mi corazón cobra vida.
Paco
—Ese cabrón de Zaire —dice Tallinn, y luego tose con una mueca de dolor.
Me inclino para colocarle las almohadas, y él dice:
—Vete a la mierda, Paco, no soy ningún blandengue.
Sonrío y lo hago de todos modos.
—Sé que no eres ningún blandengue —respondo, y él sacude la cabeza ante mi terrible uso de la palabra—. Pero recibiste una bala por mí.
Su sonrisa se desvanece, al igual que la mía.
—Valió la pena —dice.
Le toco la mano brevemente, y él sonríe con suficiencia.
—No te pongas ñoño conmigo.
Inclino la cabeza y me llevo el puño a la boca.
—Ni se me ocurriría.
Tallinn ve que estoy ocultando una sonrisa.
—Sí que lo harías. Eres latino y esas cosas. Vosotros os ponéis muy melosos. Lo he visto con mis propios ojos.
Pongo los ojos en blanco.
—Creo que estás perfectamente, amigo.
Tallinn frunce el ceño.
—¿Qué? ¿Eso es todo? ¿Una visita corta, una palmadita en la mano y te largas trotando? Ni hablar.
Bajo más la barbilla y dejo caer el puño, revelando el humor que no puedo ocultar, la emoción que me embarga.
Tallinn entrecierra los ojos con suspicacia.
—¿Qué?
—Te darán el alta pronto, ¿verdad?
Tallinn asiente.
—Sí. No puedo esperar a salir de aquí. Malditos hospitales, son espeluznantes. Aunque las noruegas están buenas y tienen que cuidarme —mueve las cejas.
Sonrío.
—Entonces no puedo quedarme. Tengo que ver a Greta.
La expresión de Tallinn se vuelve seria al instante.
—¿Cómo está?
El oficial Fett amplió lo que Zaire no pudo contar. Los acontecimientos de las últimas semanas son tan enrevesados que no sé por dónde empezar.
Tallinn debe de ver algo de eso en mi cara.
—Solo dame lo esencial. Estilo Reader's Digest.
Lo hago. Todo.
Media hora después, termino.
Tallinn da un silbido bajo.
—Vaya, ¿esa es la versión corta? —entrelaza los dedos y mete las manos anudadas debajo de la cabeza, con una mueca—. No puedes inventarte esa mierda.
Suelto una risa sin ganas.
—No. Por lo visto, Zaire paga mejor al Narco que yo.
—Sí —sus ojos se deslizan hacia los míos—. ¿Y qué pasa con esos tarados, Tor y Lisbeth?
—Muertos.
Tallinn resopla.
—Nunca me cayó bien esa perra.
Coincido.
Tallinn suelta un suspiro áspero.
—¿Volvieron a hacerle daño a Greta?
Niego con la cabeza.
—Pero probablemente siga destrozada.
Asiento. No creo que pueda ser de otra manera.
—¿Tú mataste a Tor?
Una sonrisa espontánea ilumina mi rostro.
Tallinn se ríe.
—Lo encontraste, Paco.
Clavo los ojos en su cara, ligeramente sorprendido.
—¿A quién?
—A tu animal interior.
Levanta la mano y la cierra en un puño.
Se lo choco. Es inmaduro celebrar haber quitado una vida. Pero se siente tan natural, tan correcto. Tor Aros era un ser humano malvado. Había herido de forma irreparable a una mujer a la que estoy unido.
O esa es mi esperanza.
Me pongo de pie. Estoy decidido a averiguarlo.
Los ojos de Tallinn reflejan comprensión.
—Hazlo, tío. Demuéstrale lo que vales, Paco.
—No se trata de mostrar, amigo mío, sino de hacer.
Tallinn sonríe con suficiencia.
—Entonces, ¿qué haces aquí con mi culo peludo? Venga, a ello.
Me alejo sin decir palabra y cierro la puerta en silencio tras de mí.