Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

PACO

Mis sentidos embotados despiertan.

Cada parte de mi cuerpo está tensa por las heridas, torpe en sus reacciones, agotada por el esfuerzo de sanar.

Mantengo los ojos cerrados, permanezco completamente inmóvil y me aferro al hecho de que sigo vivo.

Tallinn no dejaba de advertirme.

Decía que había un animal dentro de mí: un animal primitivo, visceral, de instintos salvajes, que dormía a la espera.

Ahora lo siento, merodeando.

Esa parte de mí había dormido toda mi vida hasta este momento.

Quizás Zaire, un amigo de mi primera infancia, siempre vio esa parte oculta de mí al acecho en las sombras de la civilidad a la que todos los hombres hemos sido moldeados.

El dueño del Club Alpha me ha dado el mayor regalo de mi vida o me ha condenado al final más absoluto.

Las ataduras se me clavan en las muñecas y los tobillos. Por el tacto sé que son de plástico, no de material orgánico.

Con cuerda, cordel o algo que pudiera estirarse hasta ceder, habría podido hacer algo.

Abro los párpados lentamente. Ambos están hinchados. Todavía siento la marca de un tacón en la cara.

El mar es el primer sonido que percibo conscientemente. Se desliza bajo mi cuerpo. Es casi como la respiración de un ser vivo. Me llama, como si anhelara arrullarme de nuevo hacia el sueño con un abrazo de tumba.

Lucho contra esa atracción y abro los ojos del todo para examinar mi entorno.

«Tallinn está muerto». La frase atraviesa mi mente como un viento robado. Esa certeza detiene mi inspección durante un instante denso que no puedo permitirme.

Si de verdad está muerto, ¿qué desearía Tallinn más que nada si estuviera aquí, ahora mismo? «Mi vida».

Continúo mi inspección de la «habitación».

El espacio es en realidad una caja de hormigón.

El agua se filtra por las esquinas, y una bombilla desnuda se balancea ligeramente en una corriente de aire invisible que se cuela por el mal aislamiento.

Tiemblo de frío mientras localizo la única salida.

Una puerta de madera de cinco paneles completa la prisión. Sin ventanas.

Mi mirada tropieza con la figura encorvada de un hombre en un taburete. Está recostado hacia la esquina, los brazos musculosos cruzados, la cabeza echada hacia atrás en el hueco que forma el rincón.

Los ronquidos suaves son el segundo sonido que oigo, como si el mar y este hombre hubieran conspirado para crear una melodía discordante.

Termino de examinar mi alojamiento y mis ojos vuelven a posarse en la puerta. Una salida.

Me muevo ligeramente y hago una mueca. Estoy tan dolorido que no sé cuál de mis lesiones es peor: ¿las costillas? ¿La cabeza destrozada, el corte en uno de mis ojos que me afecta la visión? Demasiadas para elegir solo una.

Pero que no me hayan matado no es buena señal. No se puede torturar a los muertos. Habría sido mucho más fácil matarme. Por lo tanto, si todavía respiro, debo servir para otro propósito.

Levanto la cabeza y miro a lo largo de mi cuerpo: me han depositado sobre un colchón sucio. Miro primero los pies y luego voy revisando lentamente cada centímetro hacia arriba.

Muevo los dedos de los pies. Falta un zapato. Frunzo el ceño, absurdamente ofendido por el calzado perdido. Levanto una rodilla y reprimo un gemido. Reconozco una contusión profunda en cuanto la noto.

Termino mi análisis y bajo la cabeza.

Los ronquidos de mi «guardia» continúan.

Centro mi cuerpo y dejo que mi mente baraje los pensamientos como un mazo de cartas, recordando lo que me han enseñado.

—Paco, en el improbable caso de que tu trasero latino esté inmovilizado... —Tallinn se ríe—. Quiero que hagas esto, asumiendo que te han atado por delante del cuerpo porque son perezosos.

Me recuesto en mi silla de escritorio y observo a Tallinn con ojos entornados.

—¿Y tú no serías «flajo»? —pregunto con una sonrisa de suficiencia.

Su sonrisa parece más bien un enseñar los dientes, pero sus ojos brillan con interés.

—¿Perezoso? Ni apostando. No cuando hay tortura de por medio.

Frunzo el ceño. No entiendo la expresión, aunque el significado es claro.

—Ven aquí. —Tallinn curva los dedos en un gesto de invitación.

Me pongo de pie y camino con soltura hasta donde está.

—Brazos arriba.

Levanto los brazos.

—Muñecas juntas.

Nuestros ojos se encuentran.

No me gusta la idea de que me aten.

Tallinn sonríe.

—¿Ves? —Mueve los dedos—. Un tío de verdad no va a dejar voluntariamente que nadie lo ate. —Se ríe—. A menos que sea una tía buena. Con las mujeres hacemos excepciones.

Mis labios se curvan. Junto las muñecas.

—Muy civilizado de tu parte, Paco.

El amago de sonrisa se desvanece.

El largo cordón de plástico opaco se aprieta con el sonido de un acordeón al cerrarse.

El plástico se me clava en la carne. Tiro con fuerza. Nada se mueve ni cede.

—¿Cómo piensas escapar? —Sus ojos me observan como discos gemelos, de un marrón tan oscuro que compite con el negro, el blanco como la nieve.

—Si hicieras tu trabajo, el tutorial de «escape» sería innecesario —señalo.

El rostro de Tallinn se endurece con expresión sombría.

—«Haré» mi trabajo. Pero si alguien me interrumpe mientras lo hago, entonces aprendes «esto» hasta que venga a rescatarte.

—Hmmm. —Giro y doblo las muñecas.

Nada.

No soy un hombre débil, en parte porque Tallinn ha fomentado el entrenamiento combinado de una manera que me hace odiarlo. También respeto profundamente al hombre.

Tallinn observa mi intento de novato y emite un gruñido de desaprobación.

—Nah, eso es para mariquitas. —Sus ojos vuelven a encontrarse con los míos.

Lo fulmino con la mirada y él se ríe.

—Tendrás que hacerte daño para escapar. No hay forma de salir de esta que no duela.

Me levanta los brazos atados por encima de la cabeza. —Ahora haz como si quisieras juntar los omóplatos.

Junto los hombros con fuerza.

—Ahora baja las manos como si dieras un golpe de judo. —Esbozo una sonrisa burlona y obedezco, deteniendo el impulso a la altura de la cintura.

—Bien —dice Tallinn, pensativo—. Ahora, a la tercera, en vez de frenar el movimiento hacia abajo, abre los brazos hacia fuera con fuerza. Como esos saltadores de acantilado.

Tallinn señala con el pulgar hacia la vista perfecta que tengo del acantilado.

Sigo con la mirada la silueta ágil de un saltador mientras se prepara para lanzarse. Sus brazos se abren como cuchillas en direcciones opuestas. Se juntan formando un diamante perfecto de precisión para hendir la superficie del océano.

Me vuelvo hacia Tallinn y levanto las muñecas atadas como un martillo por encima de la cabeza. Los músculos de los hombros se me contraen por lo forzado del movimiento.

Una.

Las levanto otra vez.

Dos.

El aire me roza la cara al bajar los brazos atados. Los bajo de golpe.

Golpe. Tres.

Separo las muñecas de golpe y la brida salta, azotándome la piel.

Siseo de dolor mientras me froto las muñecas en carne viva y miro a mi instructor.

Levanta las palmas en gesto inocente. —Cómo Escapar de los Malos 101.

Lo fulmino con la mirada, pero mi ira se disipa al ver el plástico cortado a mis pies.

Se me tuerce una comisura de los labios.

—Sobresaliente, Paco. —Tallinn me guiña un ojo.

Hago lo que me enseñó mientras lanzo una mirada furtiva al hombre dormido.

Solo necesito las manos libres para matarlo.

No me entristece saber que tendré que quitar una vida. La parte despierta de mí se siente vigorizada ante su muerte inminente.

Levanto los brazos con un movimiento brusco hacia arriba.

Atrás. Adelante.

A la tercera, la brida de plástico sale disparada como una goma elástica. Me tenso por lo ruidoso que suena el plástico en la quietud de una habitación donde solo se oyen las olas que lamen la orilla y el suave ronquido del guardia muy flajo.

Miro en silencio la tira destrozada de atadura blanca como la leche que yace entre nosotros.

Me doy la vuelta en el colchón.

El material está cubierto de manchas color óxido y otros restos de fluidos corporales. Parece que este lugar ya se ha usado para otros compromisos.

Me pongo de pie.

El hormigueo de la sangre que vuelve a circular me clava agujas de dolor en músculos y articulaciones ya maltratados. Mis oponentes fueron bastante minuciosos, aunque maté a dos de mis asaltantes antes de que me derribaran.

Una sonrisa que no creía posible me cruza el rostro. No voy a luchar para defender. Voy a luchar para incapacitar.

Examino los tobillos, aún atados, y busco en mi cuerpo desarmado algo con que liberarme.

Salto del colchón y me balanceo con los brazos para recuperar el equilibrio. Me estabilizo y lanzo una mirada rápida al durmiente.

El ronquido bajo continúa. Miro al hombre, tan pacífico en su mundo inconsciente. Recorro con la mirada, casi con cariño, cada cosa que puedo usar para matarlo. Finalmente, veo una coleta bien atada en su nuca: el asa de su destrucción.

Salto hacia él a la pata coja, usando los brazos como un equilibrista de circo. Cuando estoy a medio metro, se le abren los ojos de golpe.

Su mano va hacia la chaqueta donde tiene el arma cuando mi palma izquierda se aplasta contra el costado de su mandíbula en un movimiento que parece que le estoy apartando la cara.

Empujo con fuerza hacia su izquierda mientras la otra mano le agarra la coleta y tira en dirección contraria, girándole la cabeza de golpe.

Un nuevo ruido llena el espacio resonante: un crujido seco, pero el arma que cae al suelo con un estruendo inconfundible me hace rebuscar en sus bolsillos en busca de un cuchillo.

Los dedos rozan metal. Saco el cuchillo del bolsillo. Se desploma hacia delante.

Me inclino, abro la hoja y corto la brida entre los tobillos.

La puerta se abre de golpe a mi espalda. Giro como un bailarín, me lanzo los dos metros hasta el colchón, lo uso de trampolín y embisto al asaltante mientras una bala me roza a centímetros.

Le golpeo el brazo del arma hacia un lado y se la aparto.

Me lo pone fácil al intentar aferrarse al arma. Le aplasto el empeine con el pie que aún lleva zapato. Aúlla y, por reflejo, me baja la culata del arma hacia la cabeza.

Me agacho, le golpeo la garganta con los nudillos, y cuando se echa hacia atrás, levanto el codo como si fuera a echar a volar y se lo estrello en la nariz.

La sangre salpica. Me agacho mientras la mano que sostiene el arma empieza a caer. Le golpeo la muñeca, le quito el arma del puño flojo y le bajo la culata sobre la nuca.

Cae, y giro para encarar un corredor a oscuras, levantando el cañón como una extensión de mi brazo.

Unos gritos de agonía me atraviesan.

Mi mente se niega a creerlo, pero mi corazón sabe quién emite esos sonidos enloquecidos.

Greta.