CAPÍTULO 22
GRETA
Abro los ojos de golpe.
Alerta.
Preparada.
Paredes de cemento desnudo saludan mi visión borrosa. Una bombilla pelada lanza su resplandor sobre cada superficie. La sombra de una silla de madera en la esquina se alarga hacia donde yazgo, como un abrazo huesudo.
Tengo el cuerpo tan entumecido por el miedo que este fluye por mis venas junto con mi sangre helada.
Soy lo bastante lista como para no mover la cabeza. Sé que vomitaré o me desmayaré. Hay quien tarda un momento en volver en sí después de un golpe en la cabeza.
Yo solo recuerdo el antes.
No voy a entrar en pánico. Recuerdo adónde me llevó eso la última vez. La voz de Gia emerge como un fantasma que se desliza sobre mi piel húmeda.
No había nada que pudieras haber hecho, Greta.
Intento tragar, pero la garganta la tengo seca y apenas me queda un resto de saliva que se me atasca. Tiro de las muñecas y los tobillos.
Inmovilizados.
Una lágrima que no puedo permitirme derramar resbala por mi ojo. Traza un rastro brutal de fuego sobre las heridas de mi cara.
Las bridas de plástico muerden salvajemente mi piel tierna y cicatrizada.
Zaire Sebastian no pudo haber pensado que esto era parte del Club Alpha.
Gia me prometió que no habría detonantes. Esto va mucho más allá de un detonante; no puedo ni respirar.
Esto es una repetición de mi tortura anterior.
La respiración se me entrecorta en un sollozo incompleto. Otra lágrima se une a la primera. Me muerdo el interior de la mejilla hasta que el sabor metálico me inunda las encías y los dientes. Llorar no me ayudará a escapar.
Sobrevive, Greta.
El sonido del agua me rodea por todas partes, perturbando el silencio sepulcral como si estuviera encerrada en un barco sin ventanas.
Parpadeo para contener las lágrimas. Gia sabe que me han herido. Conseguirá ayuda. Me muerdo el labio, pensando en lo obvio.
Puede que la ayuda no llegue a tiempo.
Cuando Tor entra pavoneándose, no le concedo ni un parpadeo de reconocimiento.
Aprieto los dientes.
He pasado la última hora mirando las cuatro paredes de cemento y oliendo mi propia orina seca.
Sé algunas cosas.
Estoy cerca del agua. Puedo olerla y oírla a mi alrededor. La humedad se filtra en las esquinas de mi prisión de cemento como lágrimas de agua salada. La bombilla pelada que cuelga sobre mí ilumina los daños de mi cuerpo.
Noto la cara hinchada, deformada, y no puedo ver por uno de los ojos. Sé que la mejilla se me ha inflamado hasta cerrarme el ojo, donde Tor me estampó contra la pared.
La curiosidad arde como un virus en mi cerebro; sin embargo, permanezco en silencio. La barbilla me palpita, y doy gracias a un Dios indiferente por que el suelo de mi habitación de hotel estuviera alfombrado.
—Greta —llama Tor con suavidad.
Cabrón.
Una lágrima traidora de rabia frustrada me resbala por la cara, aunque tengo los labios fuertemente apretados.
De repente sus dedos me agarran la barbilla sensible, girándola con violencia, y grito a pesar de todos mis esfuerzos por contenerme.
—Me prestarás toda tu atención.
Clavo la mirada en sus fríos ojos verdes, como un mar despojado de calidez.
Me recuerdan el tono verde esmeralda brillante de Paco. Abiertos, resplandecientes de alegría de vivir y, así lo creí, de tenerme cerca.
A diferencia de los de Paco, los ojos verdes de Tor son glaciales, velados por la indiferencia, y relucen con sus intenciones.
He aprendido mucho de una mirada.
—Que te jodan —digo entre dientes.
Me abofetea la mejilla maltratada y la cabeza me golpea contra el colchón. La agonía instantánea me arranca un jadeo ahogado entre los dientes.
—Un golpecito de amor, Greta. ¿Ya has olvidado cómo se siente mi puño?
Odio que me salga la voz tan débil.
—No.
—Entonces harás lo que yo diga.
—¿Por qué? —Mi único ojo lo sigue mientras junta las manos a la espalda y se yergue sobre mí.
Respiro con más facilidad cuando no se cierne sobre mí.
La sangre me corre por la cara y se acumula en el hueco de la clavícula.
Quiero tanto proteger mi cuerpo, cubrirlo, que la piel se me eriza de urgencia.
Tor parece percibir mis pensamientos en un pulso no deseado de telepatía.
—Estás bastante desnuda, Greta —su voz es un zumbido tranquilizador. Sonríe, y sus dientes parecen vagamente vampíricos en sus rasgos crueles.
Me pongo rígida.
Sus ojos recorren mi cuerpo y se detienen en mi entrepierna.
Nunca he deseado esconderme tanto como en este momento.
—¿Por qué estás aquí? —pregunta en tono burlón—. ¿Por qué te llevé hace dos años? ¿Qué pregunta te gustaría que respondiera primero?
¿Llevarme? ¿Cómo qué, a un picnic? No, la violación en grupo no es algo que Tor pueda minimizar.
Habla en un tono de voz completamente razonable, como si yo no estuviera atada en un sótano de cemento en algún lugar.
—¿Por qué me violaste? —Las lágrimas brotan y me corren por las mejillas. No puedo contener el recuerdo de lo herida que estaba, y que sigo estando.
Como un duelo líquido, las lágrimas manan de mí en un río interminable, ardiendo sobre mi cara lacerada, sellando las heridas con mi desesperación.
Por supuesto, Tor permanece impasible.
—Estoy en deuda con alguien por tu destrucción. Pieza a deliciosa pieza.
¿Qué? —¿Quién?
Levanta una palma, ligeramente enrojecida de tanto golpearme.
—A su debido tiempo —dice.
Su boca se tuerce en una mueca tensa.
Tor une las yemas de los dedos bajo la barbilla, como si rezara. Sé que este hombre no ha rezado ni un solo día en su vida.
—Nuestros padres fueron socios durante muchos años. Cuando mi desafortunada evaluación psiquiátrica llegó a oídos de mi padre… —Tor duda unos segundos, pensativo—. Junto con ciertas pruebas de mis inclinaciones desviadas, habría hecho que me internaran. Desheredado —añade.
Niega con la cabeza.
La humedad de mis recuerdos se seca en las mejillas mientras escucho sus palabras. Lo escucho mientras lo odio. Su engaño. Mi vulnerabilidad.
—No podía permitirlo —dice con voz reflexiva.
Las piezas del rompecabezas encajan con macabra sincronía.
—¿Mataste a nuestros padres? —pregunto lentamente, recordando de pronto cuánto parecía querer decirme algo papá en su lecho de muerte.
Tor baja las manos y pone los ojos en blanco.
—Tu terco padre se negó a morir en el accidente de tráfico que tan convenientemente había planeado —comenta con fingida paciencia.
Tor se encoge de hombros, y una burbuja de risa histérica me sube por la garganta.
Nota mi expresión y se detiene un instante, curioso, antes de continuar con la cabeza ladeada hacia la izquierda.
—Así que, lo que una autopista resbaladiza no pudo lograr, lo consiguió una almohada de plumas de ganso.
—¿Asfixiaste a mi padre? —susurro, aunque en mis entrañas ya lo sé.
Tor se mete las manos en los bolsillos y me taladra con la mirada.
—Claro.
¿Claro?
Trago saliva, y el chasquido seco es el único ruido además del goteo, goteo del agua que se abre paso hacia mi nuevo infierno.
Haz que siga hablando.
—¿Y tu padre?
—El accidente de su jet privado se planeó con más cuidado. No soy, como decís los estadounidenses, lento de entendederas.
Tor va a matarme. Lo siento hasta la médula, y la vejiga se me contrae con la certeza de mi muerte inevitable. Es lo que podría pasar antes de morir lo que me tiene empapada en sudor y temblando.
Tor confiesa sin reparos porque no tendrá que rendir cuentas. Da una palmada y doy un respingo. Los dientes de plástico de las bridas me muerden la piel, carne cicatrizada y sensible desde la última vez.
Las heridas de mi mente son más profundas que las de mi cuerpo.
—¡Empecemos!
—¿Empezar? —logro articular con la garganta cerrada.
Tor echa la barbilla hacia atrás.
—¿Hablas francés? —pregunta de pronto.
Lo suficiente. Asiento con lentitud mecánica, desconcertada.
—Déjà vu, Greta —dice en voz baja, y me guiña un ojo con astucia.
Un escalofrío me recorre el cuerpo desnudo.
—No —niego.
—Pues sí —dice Tor, genuinamente perplejo—. ¿Creíste que jugué contigo, me gané tu confianza, te descalabré esa bonita cabecita y luego te traje aquí para confesar mis pecados?
Tor se agarra los codos y se balancea sobre los talones mientras suelta una carcajada fría y falsa.
No, no pensé eso. No había llegado tan lejos.
He estado demasiado preocupada por mi estado, herida y vulnerable, y por la posibilidad de que me ocurran cosas peores de las que ya he sobrevivido.
Reprimo el miedo.
—Dime por qué me han torturado y golpeado. Ahora que has matado a nuestros padres, puedes quedarte con la herencia de tu padre. Yo sobro en todo esto.
Niega con la cabeza. El cobre oscuro de su pelo brilla bajo la luz amarillenta y enfermiza de la bombilla fluorescente que se balancea suavemente sobre mi cuerpo.
—No. Mi padre era brillante. Me desheredó.
Entre mis pasatiempos inusuales y mi coeficiente intelectual, creo que pensó que era demasiado peligroso dejarme suelto, o legarme un céntimo —suelta una risa oscura—.
Sin embargo —agita la mano con desdén—, dejó provisiones para el mejor sanatorio de Europa.
Su mirada burlona se encuentra con la mía.
—Solo el mejor manicomio para un Aros.
Dios mío. Un ojo se me abre de par en par por el terror; el otro sigue hinchado y cerrado, pero se me escapan lágrimas involuntarias.
Tor está loco de verdad.
Obligo a mi cuerpo a calmarse. El conocimiento es poder, Greta.
—¿En qué te ayuda retenerme? —pregunto.
Estoy orgullosa de conseguir que la voz no me tiemble.
La primera sonrisa genuina que le he visto —porque todas las que me había dedicado hasta ahora eran una máscara— le ilumina el rostro.
—Esta es la parte más deliciosa para mí, Greta —dice con pasión, y empieza a pasearse por la pequeña habitación—. Con tu muerte, el fideicomiso —como todos los fideicomisos noruegos— pasa al siguiente pariente vivo.
Sé que está dando vueltas en torno a alguna revelación demente mientras yazgo aquí, golpeada y desnuda, apestando a orina. El odio me infunde valor. Digo lo obvio, con el corazón desbocado.
—No somos parientes —digo.
Tiro de las ataduras.