Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

PACO

Estrecho a Amelia contra mí. —No llores, chica. No te harán daño.

Las lágrimas inundan sus grandes ojos marrones. Su madre limpiaba y cocinaba en esta casa antes que ella. Amelia es solo unos pocos años más joven que yo. Prácticamente crecimos juntos.

Los narcos son descuidados.

La hermosa joven con la que planean atraerme lejos del paraíso me es completamente desconocida.

A Amelia, y a unos cuantos parientes más, les tengo mucho cariño. Un poco de investigación por su parte habría revelado ese dato tan elemental.

Entonces, ¿por qué viajo al norte helado a asesinar a alguien a quien ni siquiera conozco?

Porque voy a salvarla, no a acabar con ella.

Los narcos creen que soy su marioneta. Qué equivocados están.

Aparto a Amelia de mí y le entrego mi pañuelo de seda. —Quédatelo, como recuerdo.

Amelia sorbe por la nariz mientras aferra la tela verde esmeralda. —No significará nada si vuelven a hacerme daño, Paco.

Suspiro y apoyo la frente contra la suya. Le beso cada mejilla y le limpio una lágrima con el pulgar. —Ve a Lo De Marcos, Nayarit. Tómate unas vacaciones. Haré que Moisés vigile la casa.

Asiente rápidamente y retrocede.

—Sí, de acuerdo. —Mira a Tallinn, que le devuelve una sonrisa, un destello de dientes blancos en su cara franca.

Tallinn cambia al español. —Tengo que irme, Paco. —Su voz suena a disculpa, pero su mirada es seria.

Amelia suelta una risita.

—¿Qué? —pregunta Tallinn, con las manos en las caderas.

—Acabas de decir que tienes que ir al baño con tu español, amigo.

La piel oscura de Tallinn se torna de un rojo ladrillo. —Vaya, maldita sea, pensé que estaba luciendo mis dotes de lingüista.

Se me tuercen los labios. —Todavía no.

Mi atención vuelve a Amelia. Le tomo la mano, le pongo cuarenta mil pesos en la palma y le cierro el puño sobre los coloridos billetes.

Suelta un pequeño sollozo y su mano se cierra convulsivamente sobre la mía. —Es demasiado.

Niego con la cabeza. —Ni de lejos es suficiente. Tómalo. Vete ya. Te llamaré cuando puedas volver sin peligro.

Amelia nos mira alternativamente.

Asiente y me echa los brazos al cuello.

—Cuídate, Paco.

—Tendré cuidado, lo prometo.

Se limpia los ojos y traga saliva.

Me doy la vuelta, odiando tener que irme. Y sin embargo, al mismo tiempo, me emociona emprender este viaje. ¿Será esto una maniobra del Club Alpha? Si es una entidad tan poderosa que puede manipular a los criminales de más alto nivel en todo mexicano, ¿qué otros recursos tendrán a su disposición?

Tallinn y yo subimos a la limusina y hacemos el trayecto de media hora hasta el aeropuerto, donde nos espera mi jet privado.

Nunca he estado en Noruega. Siempre ha sido un lugar lejano de icebergs y gente fría.

Pero un pulso de calor arde con fuerza y me calienta.

Si mi futuro está allí, iré adonde me lleve.

El noruego no es uno de los cuatro idiomas que hablo. Me desenvuelvo bastante bien en francés y portugués, y solo un lingüista detectaría mi acento en inglés. Aunque me han dicho que se me nota el español en el inglés cuando estoy enfadado o cansado.

Me esforzaré por parecer lo más estadounidense posible en este viaje. Un estadounidense llamará mucho menos la atención que un mexicano.

Tallinn ha decidido ser un incordio durante todo el trayecto, acribillándome a preguntas sobre jerga. Nunca me ha entusiasmado manejar los coloquialismos del habla estadounidense.

Tamborileo con los dedos de la mano izquierda sobre el muslo. La derecha sujeta el único vaso de alcohol que me permitiré; necesito mantenerme alerta. Volar es un mal necesario.

—Paco, tío, repasémoslo otra vez.

Me llevo la mano a la barbilla, ladeo la cabeza y asiento levemente.

—No me pongas esa cara de póquer. Tienes que mantenerte concentrado. Comprometido. Como cuando te hago levantar pesas.

Ah, sí, eso. El levantamiento de pesas, aunque efectivo, es como pasarse el hilo dental.

Mi mente se muere de aburrimiento. Al menos cuando corro, mi mente puede divagar libremente.

En la colchoneta, activo todos mis sentidos, como una conexión sensorial total.

El levantamiento de pesas es completamente insulso.

Mientras corro, le doy vueltas a la infinidad de proyectos que tengo en plantaciones de café por todo el mundo: cómo gestionar de forma más eficaz, resolver problemas y diseñar estrategias para el futuro. Siempre estoy pensando.

El levantamiento de pesas da resultados físicos, pero mi mente se marchita.

Suspiro.

—Hablas de forma tan formal que se nota a la legua que no eres estadounidense hasta la médula. —Se golpea el pecho con el puño.

Le lanzo una mirada cortante. Bajo la mano de la cara y me yergo en el lujoso asiento del avión. —No lo soy. Soy mexicano.

—Bueno, ese gilipollas de Manuel parecía pensar que eras otra cosa.

—En Mazatlán somos una gran mezcla de pueblos. Muchos de nosotros tenemos orígenes muy diversos.

—Exacto —dice arrastrando las palabras—, ¿entiendes lo que quiero decir?

La turbulencia hace que el whisky se me derrame por el borde del vaso. Aprieto los dientes.

Quiero asesinar al piloto. No es sensato ni racional, obviamente: sin él, ¿quién pilotaría el avión?

Tallinn se ríe entre dientes. —Me encanta que te pongas tan nervioso con lo de volar.

—¿Alterado?

—¿Ves? —Tallinn me señala mientras Tiffany limpia lo derramado—. Tienes que prestar atención a cómo habla la gente.

—Presto atención a lo que lo merece.

—¡Dios! —Se da una palmada en la frente—. Eres un caso perdido.

Lo fulmino con la mirada.

—Guarda esa mirada seductora para las damas, Paco.

—No estoy poniendo mirada seductora —. Incluso yo puedo oír el insulto en mi voz.

Tiffany se ríe.

Giro la cabeza hacia ella.

Un rosa pálido le tiñe los pómulos. Asiente, cubriéndose la boca con los dedos.

—Definitivamente seductora.

—Podría volverme un creído con ese tipo de comentarios —bromeo en voz baja.

—¿Podría? ¡Ja! Ya lo eres…

—Silencio —le advierto entre dientes.

—Ajá. ¿Estás arrastrándome a los Países Bajos para qué? ¿Para…? —Lanza una mirada a Tiffany.

—Eso es todo, gracias —le digo, despidiéndola sin mucha sutileza.

Tiffany sabe que es mejor no enfurruñarse por mi necesidad de privacidad. ¿Cuántos trabajos de guardia pagan ochenta mil dólares al año por volar dos docenas de veces?

Ninguno.

Se marcha sin protestar.

Tallinn se inclina hacia delante, con las manos colgando entre los muslos musculosos.

—Como estaba diciendo —señala con el pulgar hacia donde se fue Tiffany—, antes de que el bombón se largara, se supone que debes matar a esta chica. Y sé que no vas a hacerle nada.

Asiento. Si Tallinn lo sabe, el narco debe sospecharlo. Aun así, nunca les he plantado cara en todos los años que he trabajado con ellos. Era rico y pagaba. Punto. Así se hacían las cosas, y eso mantenía a mi familia a salvo.

—¿Te eligieron para matarla por qué razón? —Frunce el ceño—. La están vigilando. Es Club Alpha. Lo sé. Es demasiado raro para no serlo.

—Quizás —. Recorro las nubes con la mirada mientras se deslizan. Hay razón en la locura, y es mi trabajo desentrañar cada misterio para alcanzar el premio al final. El viaje resulta tan intrigante.

—¿Qué?

Me vuelvo hacia Tallinn.

—No estoy convencido de nada. No creo que Club Alpha tenga los medios para usar entidades criminales de alto rango para perpetuar una farsa de esta envergadura.

—Oh, Paco —Tallinn sacude la cabeza, sonriendo.

No le veo la gracia.

—¿Hmm?

—Es tu forma de hablar, no puedes ser estadounidense. Es un no rotundo.

Resoplo y le clavo los dedos en el muslo como una pinza.

Aúlla.

—¿Creíble ahora?

Su mano cubre la mía y se desliza hasta mi muñeca. La rodea con una tenaza de acero. Le suelto el muslo y giro la muñeca con fuerza contra su agarre dominante.

—¡Eh!

Retira la mano.

Tallinn se ríe y se pasa la mano por el muslo que le apreté.

—Eres lo bastante agresivo para ser estadounidense.

Me recuesto.

—Dejé Mazatlán cuando tenía ocho años. Me internaron en un prestigioso colegio preparatorio de la Ivy League en la Costa Este. Tengo el porte de alguien muy instruido; no es pecado hablar con formalidad.

—No, pero eso no va a hacer que nadie se crea tu tapadera, Paco. Y ya que estamos, no vas a presentarte como Francisco, ¿verdad?

Entrecierro los ojos.

—¿Qué tiene de malo mi nombre?

Tallinn se recuesta y cruza los brazos sobre el pecho.

—Los cuatro.

Tiene algo de razón.

—Paco es lo único informal que tienes. Quedémonos con eso.

—Oh, bueno, gracias por tu permiso.

Una sonrisa lenta se dibuja en el rostro de Tallinn.

—De nada.

Frunzo el ceño.

Me señala.

—Te pillé.

Pongo los ojos en blanco. Incorregible.

Tallinn recorre nuestra enorme habitación de hotel. La suite del ático ocupa toda la planta superior del hotel.

La vista es increíble, incluso para mi mirada indiferente.

Me avergüenza haber imaginado el norte como frío y desolado.

Su belleza no es fácil de cuantificar. Austera y verde, la ciudad de Oslo se extiende bajo nosotros.

El mar, más allá, es un manto de agua azul centelleante rodeado de árboles que parecen joyas.

Tejados de colores variados salpican el camino hacia la costa.

Los noruegos son extremadamente respetuosos con su historia y su medio ambiente. El hotel está construido con piedra autóctona y diseñado según la arquitectura de los edificios históricos de los alrededores.

Es pintoresco.

Sin embargo, siento que vivo con un vacío en el alma. Estoy sumamente satisfecho. Para los no iniciados, la satisfacción es felicidad. Puedo ser autosuficiente hasta el extremo, pero mi vida sigue apagándose en los márgenes.

Una vida no compartida con un amor no merece la pena.

Ahora que estoy participando en la peligrosa ilusión de Club Alpha, no puedo negar mi motivación.

Soledad.

El dinero no compra la felicidad.

—Joder, este sitio es elegancia con E mayúscula —dice Tallinn, acariciando el grueso cubrecama que envuelve la cama extragrande.

Palpo el sobre dentro de mi americana y lo saco. Cojo la foto de la mujer y la dirección y las dejo en la mesita de noche. —Está genial.

Tallinn se ríe. —Ya es algo. Casi suenas normal.

Resoplo.

—Tallinn es gracioso, ¿eh? —asiente—. Lo sé, el rey de la comedia. —Se golpea el pecho con los puños imitando a un gorila gigante. Me mira con los ojos entrecerrados.

—Vamos a machacar hierro. —Mueve las cejas.

Gimo. —Tengo menos de cincuenta horas para localizar a esta mujer y salvarla. Por no hablar del jet lag.

—Buaa-buaa. Escucha, caballero andante, estoy aquí para decirte que necesitas refuerzos. Contratemos matones. Yo consigo las armas. Estarán vigilando, ¿no? ¿No hay algún médico corrupto preparado para certificar la muerte de esta pobre chica?

Sí.

Tallinn escudriña mi expresión cautelosa y continúa: —Así que habrán investigado un poco sobre ti. Saben que eres un tío íntegro. Entrarás ahí a salvar a la chica, te pegarán un tiro y te colgarán el muerto de alguna gilipollez.

Mis propias palabras a Zaire me vienen a la mente: He aceptado una cláusula de exención de responsabilidad a su favor, incluso en caso de mi muerte… —¿Por qué?

—No seas ingenuo, Paco. No va contigo.

Mi mente trabaja a toda velocidad. —Las plantaciones de café.

—Exactamente.

Hago una mueca al oír su acento.

Tallinn me fulmina con la mirada. —Stoner no me lo hace todo, Paco. No me limpia el culo.

Arqueo las cejas. —¿Stoner?

—Rosetta Stone.

Me río, imaginando el programa de idiomas entregándole papel higiénico cuidadosamente doblado.

—Si te quitan de en medio a ti y a tu rico culo, y te endosan algo de lo que no quieren hacerse cargo, pueden echarle el guante a tu café.

—Entonces... ¿prudencia?

Tallinn asiente, visiblemente aliviado. —Sí. No vamos a entrar ahí como pollos sin cabeza. Nos acribillarán. Ellos ganan.

Intercambiamos una mirada de complicidad. —Podría ser cosa del Club Alpha. Parte de la fantasía.

Se encoge de hombros. —¿Quieres arriesgarte?

No. Me froto la cara y niego con un gesto breve y decidido.

—¿Puedes llamar al tal Sebastian y averiguarlo?

Me río. —Ni de coña. Dará la respuesta que dijo que daría.

Tallinn ladea la cabeza, frunciendo el ceño. —¿Y cuál es?

—No lo sé.

Tallinn gruñe. —Vaya, eso es jodidamente útil.

Sonrío ante el comentario sin tapujos de Tallinn. —Sí.

Nos quedamos en silencio, pensativos.

—A la mierda. Cámbiate, que vamos a reventar su gimnasio de pijos.

Me estiro y la camisa de seda se me engancha en la cinturilla del pantalón.

—Desahógate, Paco. Sé que llevas un hijo de puta feroz ahí dentro, deseando salir y partirla.

Me quito la chaqueta y la dejo con cuidado sobre la cama.

No digo nada.

Tallinn gira el pomo.

—Eso es lo que me da miedo —admito en voz baja.

Me guiña un ojo. —No tengas miedo. El miedo es para pringados. Plántale cara a tu potencial. A tope.

Cierra la puerta y me deja a solas con el hervidero de mis pensamientos.