CAPÍTULO 1
PACO - DOS AÑOS DESPUÉS - ACTUALIDAD
Francisco Emmanuel Lewis Castillo.
Dejo el bolígrafo y me echo hacia atrás, contemplando a mi buen amigo y cómplice.
Está terminado.
Le he vendido el alma al diablo. Ya no me acecha desde los rincones oscuros de mi mente. Este demonio en particular se yergue a plena luz del sol, sin más burlas.
Zaire suelta una risita, pasándose una mano por el cabello de un rubio tan oscuro que roza el castaño. Se encasqueta el sombrero vaquero sobre toda esa melena despeinada.
Unos ojos avellana claros me observan divertidos.
No digo nada.
Zaire Sebastian lleva cinco años detrás de mí, desde que dirige la empresa a la que finalmente sucumbo.
Club Alpha.
Pone la palma sobre el papel y gira las hojas hasta tenerlas de frente. Baja la mirada y clava un dedo en mi firma.
—Cuidado, vas a hacer que sangre, amigo —comento en voz baja.
Zaire se ríe.
—Siempre tan críptico, Paco.
Chasquea la lengua en señal de reproche.
—¿Cuánto tiempo hace que te conozco?
Desde siempre.
Lee mi expresión y asiente.
—¿Y es ahora cuando descubro que tienes cien nombres?
Bajo la barbilla levemente.
—Solo cuatro.
Gruñe a modo de respuesta y me sorprende lo diferentes que somos Zaire y yo.
Él perpetúa la fantasía.
Yo fabrico café exótico para gustos exóticos, incluido el mío.
Es mi gusto por lo exquisito y mi necesidad de algo extremo —algo fuera de mi control— lo que finalmente me ha llevado ante el señor Sebastian.
Zaire se pone de pie y me tiende la mano.
—¿Tenemos claros los términos?
Estudia mi rostro.
—Compláceme —añade mientras se la estrecho brevemente.
Extiendo las manos, disfrutando de cómo se desliza mi traje de lino, confeccionado a la perfección para no entorpecer ningún movimiento, como una segunda piel.
Me encojo de hombros.
—¿Quieres que repase los detalles?
—Claro que sí, Paco. Eres un tipo muy particular.
Cierto. Sonrío y Zaire esboza una amplia sonrisa.
—Tendré tres meses para que esta fantasía se materialice. Dispongo de tres días desde la firma para entregar el cuestionario de veinte páginas sobre lo que me hace único.
Las cejas de Zaire se disparan hacia la línea del cabello.
—Será una revelación honesta —digo.
—Bien. Me gusta que mi telepatía siempre funcione entre nosotros.
Los modales toscos de Zaire son pura fachada, una pantalla para el hombre agudo como pocos que se oculta bajo la superficie. Hace girar los dedos, animándome a continuar.
—He aceptado una cláusula de exención de responsabilidad a tu favor, incluso en caso de mi muerte, en relación con las… actividades que puedan surgir o no.
—¿Y?
Zaire pasa los dedos por el ala del sombrero, cuya curvatura delata el hábito.
—No se lo diré a nadie. Entiendo y he aceptado la cláusula de confidencialidad.
Zaire hace el gesto universal del dinero, frotando el pulgar contra los otros dedos.
—Pagaré la mitad en el momento estipulado y el resto al término de los tres meses, sea cual sea el resultado.
Zaire da una palmada.
—¡Estupendo!
Sus ojos me brillan como estrellas atrapadas.
—Estoy deseando ponerte a prueba, Paco. No te voy a mentir: llevo queriendo cazarte desde el principio.
Me acaricio la barbilla; mis dedos encuentran la hendidura y la presiono.
—Lo sé, Zaire.
—Y aun así aceptaste.
Asiento.
—¿Por qué? Ya has firmado, así que ahora tengo que preguntártelo. ¿Por qué arriesgarte así? Seré directo contigo: no me importa tu dinero.
Hace una pausa y alza la mirada al techo.
—Bueno, sí me importa. Lo que quiero decir, amigo, es que tienes mucho que perder.
Niego con la cabeza.
—Cuando un hombre tiene todas sus necesidades cubiertas, incluso las que no sabía que tenía, lo que queda es un vacío.
Ladeo la cabeza y me llevo las manos a los bolsillos del pantalón.
—Parece que quisieras disuadirme de nuestro acuerdo.
Zaire niega con la cabeza.
—No. Dijiste, y cito: «Tu corazón late, pero no vive».
—Sí. Conozco bien el conformismo, pero no tengo trato íntimo con su primo lejano: la alegría.
Una sonrisa lenta se extiende por el rostro de Zaire mientras un aleteo de emoción me recorre las entrañas. Inquietud.
Acojo el sentimiento inusual. Durante demasiado tiempo no he sentido más que el lento y serpenteante fluir del tiempo. Doy la bienvenida a cualquier emoción que haga emerger mi alma de las aguas turbias de mi autocomplaciente mediocridad.
Zaire niega con la cabeza y una risa queda escapa de sus labios.
—Vas a ser un sujeto interesante.
Pasea la mirada por la habitación hasta posarla en el amplio ventanal que ocupa toda la pared. Desde esta altura, setenta pisos por encima del suelo en el Columbia Center, las nubes parecen al alcance de la mano. El gris Puget Sound se agita bajo nosotros como peñascos de agua embravecida.
Me acerco a Zaire. Nuestras estaturas son similares, aunque nuestra herencia es distinta.
—¿Por qué haces esto?
Sin volverse, Zaire apoya un antebrazo en el cristal. Contempla la ciudad, el mar embravecido más allá.
—Sé lo que es ser rico. Tan rico que podrías instalar un incinerador en casa y quemar dinero las veinticuatro horas del día.
No digo nada, esperando a que llegue al grano. Zaire Sebastian lo hará.
Ladea la cabeza sobre el antebrazo para mirarme.
—Esto no es un juego, Paco. Una vez que empecemos, con la excepción de los marcadores mensuales, será tu nueva vida. Tengo gente en todas partes. Pueden encontrarte en cualquier lugar del mundo.
Asiento. Cuento con ello. Viajo constantemente para supervisar la producción de mi café. Puedo estar en Costa Rica un día y en Brasil al siguiente.
Se incorpora, apartándose de la ventana.
—Tu examen físico preliminar salió excelente, por cierto.
Esboza una media sonrisa.
—Mis técnicos estaban apostando cuánto tiempo dedicas a ese cuerpo.
—¿Ah, sí?
Arqueo una ceja.
—Sí.
Zaire se gira y me lanza un puñetazo. Tenso el abdomen, me echo hacia atrás, le atrapo la muñeca y se la retuerzo mientras me acerco a él con un quiebro.
—¡Mierda!
—¿Y? —pregunto.
Forcejea, pero le encajo el puño entre los omóplatos y le sujeto el codo con la otra mano.
Aprieto.
Zaire me da unas palmadas en la pierna.
Le suelto el brazo y retrocedo, fuera de su alcance.
Nos miramos fijamente.
—Dijeron dos horas, todos los días.
Respira con dificultad.
Yo, en absoluto.
—Se equivocan.
—¿Cuánto tiempo, Paco? ¿Cuánto tiempo dedicas a la perfección física?
Bajo la mirada. Demasiado.
Cuando levanto la vista, se está frotando el brazo. Una sonrisa perversa le cruza el rostro solemne.
—No adoro mi cuerpo; lo uso. Lo he entrenado para que obedezca. Hay una diferencia entre hacer mil abdominales y doblegar el cuerpo a tu voluntad.
—¿Lo has doblegado?
—pregunta Zaire.
—Absolutamente.
Zaire resopla.
—¿Sabes que te he clasificado como riesgo de nivel cinco en el formulario?
Por primera vez desde que comenzó nuestra reunión, siento una descarga de emoción, como una corriente eléctrica. Una tensión vibrante me recorre el cuerpo y me hace hormiguear los dedos de pies y manos con la anticipación de lo desconocido.
—Sí.
—Eso significa que estás en el nivel más alto en combate cuerpo a cuerpo, juego con cuchillos…
Se me tuercen los labios.
—No existe eso de jugar con cuchillos.
Me mira fijamente un momento antes de continuar.
—Armamento especializado y formación en diversas artes marciales.
—Sí.
—¿Es exacto?
Un instante de silencio se instala entre nosotros, denso como una bomba a punto de estallar.
—Sí.
—Supervisaré personalmente tu caso y elegiré a la chica yo mismo.
Abro la boca y vuelvo a cerrarla.
La amplia sonrisa de Zaire me enfurece.
—¿Te ha comido la lengua el gato?
No conozco la expresión, aunque hablo varios idiomas.
—No tienes ni voz ni voto en esta fantasía, Paco. Para esto estás pagando un dineral. Esto es una agencia de emparejamiento del más alto nivel. Encontraremos a tu pareja perfecta.
Creo que el amor es imposible para mí. Sin embargo, me guardo mi escepticismo.
—Lo trivializas.
—digo, y oigo el tono hosco de mi propia voz. No consigo quitármelo de encima.
—No se trata de lo que puedas conseguir, Paco. Podrías tener a las mujeres más espectaculares del planeta. Joder, las tías huelen el dinero a kilómetros, te rodearían como abejas a la miel. Pero no es eso lo que está en juego aquí.
Zaire se dirige a la puerta y yo lo sigo sin prisa.
Se gira y hace un gesto amplio con el brazo que no le retorcí.
—Esto va de que un hombre rico, o una mujer, sepa que quien le dice sí, quiero lo quiere de verdad por quién es, no por lo que tiene. Esta fantasía está diseñada para poner a prueba su valía hasta el límite. Nadie puede fingir en las circunstancias que yo creo en el Club Alpha.
Responde a mi silencio con el suyo.
—Tres días, Paco. Tienes tres días para echarte atrás. Si no sé nada de ti, puedes dar por hecho que habré revisado tu cuestionario, que lo habré encontrado en orden y, salvo cuestiones legales pendientes, tu fantasía comenzará.
—¿Y tu tasa de fracaso?
—pregunto, aunque ya lo sé.
—Cero.
Ninguno de los dos menciona que algunos candidatos han sufrido lesiones durante sus singulares pruebas de fantasía.
Los he entrevistado a todos personalmente. Sus respuestas son las mismas: lo harían de nuevo.
—Nunca habría adivinado que eras un abogado que dirige un servicio de emparejamiento de fantasías para ricos, Zaire.
Me lanza una mirada dura.
—Y yo nunca habría adivinado que eras un magnate del café exótico con cinturón negro de noveno dan.
Le guiño un ojo.
—He sido… ¿cómo lo decís? Ah, sí, blandito contigo.
La mirada que compartimos es la de dos hombres que se preguntan cómo sería enfrentarse de verdad.
—¿Qué arte practicas?
—pregunto.
—Jiu-jitsu.
—responde Zaire.
Nos hacemos una reverencia mutua, sin apartar la mirada, como debe ser. Nunca pierdas de vista a tu oponente.
—Ahora —dice Zaire, enderezándose—, si no tienes ninguna pregunta…
—Tengo muchas preguntas.
Zaire arquea una ceja y las comisuras de sus labios tiemblan. —¿Que pueda responder?
—No.
Abre la puerta y cruzo el umbral. —Entonces hemos terminado.
Me giro mientras cierra la puerta. Detengo el vaivén de la sólida madera de abeto con la palma de la mano.
—Te veré en Halloween.
—Truco o trato.
Zaire cierra la puerta. El pestillo encaja suavemente a mi espalda.
En tres días, comienzan los juegos.