PRÓLOGO
Plenitud.
Eso es graduarse con honores y, por fin, ir a por lo que quiero ser en esta vida.
Marketing. Viajes internacionales, llevando al límite los cuatro idiomas que domino. Perfección.
Chicos guapos.
Arqueo las cejas. Hablando del rey de Roma.
Ahora mismo tengo uno en el punto de mira.
Un hombre cruza la sala con agilidad y se sitúa justo en el extremo opuesto de la enorme barra.
Su vaso de cristal, lleno de líquido ámbar, atrapa la luz.
Por su tono de piel, parece latino o una mezcla española exótica.
Con su metro noventa y pico, tiene un cuerpo hecho para moverse, bailar. .. y otras cosas.
Se me curvan los labios con la parte de otras cosas de mi monólogo interno. Tengo muchas ganas de descubrir a qué viene tanto revuelo con el sexo. Por lo que cuentan, te cambia la vida. Ya va siendo hora.
Se acabaron los estudios... ahora es el Momento de Greta.
Nuestras miradas se cruzan y sonríe. Un hoyuelo profundo le marca la mejilla, y una hendidura parte su mandíbula cuadrada y cincelada.
Unos preciosos ojos verdes, enmarcados por espesas pestañas negras, son las ventanas de su alma.
Se detiene, y yo digo sí con los ojos.
Por favor, acércate.
Se me corta la respiración, como un pájaro atrapado en la garganta.
Qué hombre tan guapo.
Agarro con una mano la suave madera curvada de esta barra de lujo; con la otra sostengo un vaso corto de licor de melocotón.
Doy un sorbo, hago una ligera mueca y dejo la bebida.
La gente fluye entre nosotros mientras nos miramos a través de la sala, y lo pierdo un momento cuando el desfile de cuerpos me bloquea la vista.
Estiro el cuello y muevo la cabeza de lado a lado, buscándolo. Me recuerdo que no estoy aquí para conocer a un hombre. Estoy aquí para reunirme con mis compañeros de promoción y celebrar nuestra graduación en la universidad más prestigiosa del estado de Washington.
Alguien se sienta a mi lado, pero no es él. Miro por detrás del otro hombre.
Alto, moreno y guapo ha desaparecido.
Doy otro sorbo distraída y luego me bebo el resto de mi dulce bebida de un trago. La decepción me arde en el estómago junto con el alcohol. ¿Adónde se ha ido? Me contengo para no hacer pucheros.
Me levanto. Aunque sé que no debería, estoy decidida a buscarlo sin ningún pudor, cuando una oleada de mareo me golpea.
La mano me vuela hacia la barra y me agarro. Miro frenéticamente hacia la entrada, esperando que lleguen mis amigas. Aunque soy conocida por mi puntualidad aterradora, ninguna de ellas comparte ese rasgo.
Levanto las yemas de los dedos de la superficie pulida y me toco la frente. La retiro húmeda y temblorosa.
La alarma me recorre el cuerpo. ¿Qué me pasa?
Me olvido del hombre de los ojos verde profundo... y de mi bebida y de mis amigas... cuando otra oleada de mareo sigue a la primera.
Me tambaleo hacia atrás, hacia mi asiento, las rodillas chocan contra el taburete y me dejo caer de golpe.
—¿Señorita? —murmura una voz grave a mi lado.
Giro la cabeza, pero noto el cuello flojo, como si fuera de goma.
El rostro de un hombre oscila frente a mí; sus rasgos se unen y se fragmentan ante mis ojos.
—¿Se encuentra bien?
¿Bien? No. Sacudo la cabeza y serpentinas de color me cruzan la vista. Gimo, con náuseas, mientras el mareo aumenta.
Siento presión en el codo, luego un agarre. ¿Estoy caminando?
—¿Está ella...? —pregunta una voz de barítono, profunda y melódica.
—La tengo yo. —Cortante. Definitivo.
—¿De acuerdo?
—Bien —dice la voz incorpórea a mi lado.
Me deslizo. La cabeza se me inclina hacia atrás, contra un pecho cálido.
Todo se funde a negro.
Paco
De pie junto a la barra. Doy un sorbo a la sidra espumosa.
Mi guardaespaldas, Robert Tallinn, permanece junto a la salida mientras vigila la entrada.
Aunque llevo muchos años estudiando en Estados Unidos, sigo creyendo que es el país más agresivo del mundo. Me mantengo alerta cuando viajo.
Mi jet sale hacia Costa Rica a primera hora de la mañana, y por eso solo bebo algo sin alcohol.
Tallinn se opuso a mi impulso espontáneo de visitar el salón del hotel de lujo en el que nos alojamos.
El café es grande en Seattle. Muy grande. Estoy aquí para seducir a los magnates locales del café y conseguir su dinero a cambio de mis granos... un intercambio perfecto, a mi parecer.
A Tallinn le horroriza la falta de seguridad del hotel. Le dije que mantenerme a salvo es su trabajo.
Su sonrisa fue tensa al oír eso.
Levanto el vaso hacia él, y frunce el ceño.
Me río, doy un sorbo y dejo el vaso sobre la superficie pulida de madera de la barra.
Entonces la veo, y la espalda se me pone rígida como una vara.
La multitud es densa. Gente elegantemente vestida se mezcla con otros a quienes considera de su mismo nivel.
Pero ella destaca como un ángel entre demonios.
Tiene la cabeza inclinada sobre una bebida de color ámbar pálido. Su cabello platino está recogido en un moño suelto en la nuca. El tamaño del moño me indica su longitud... pero no cómo sería tenerlo entre mis manos.
Su esbelto cuello se inclina mientras contempla el vacío. Parece congelada en el tiempo. Esperando.
Me levanto, olvidando la bebida, y contemplo a la mujer más hermosa que he visto en mi vida.
Levanta el rostro como si hubiera percibido instintivamente mi mirada.
Unos ojos del color de un cielo de finales de verano se encuentran con los míos, y el pecho se me oprime.
Un rubor rosado le tiñe la piel clara, y siento cómo me excito con solo una mirada.
La atracción va más allá de la simple lujuria.
Siento como si la gravedad se hubiera impuesto y me arrastrara hacia su órbita.
Tengo que conocerla.
Mientras seguimos mirándonos, la gente pasa entre nosotros, y otro hombre se sienta a su lado, tan corpulento que me bloquea la vista.
Dejo el vaso en el borde de la barra y echo a andar hacia ella.
Por un instante veo su rostro, que busca el mío mientras ella se asoma por detrás del torso del hombre que nos impide vernos.
Soy vagamente consciente de que mi acercamiento no es casual.
Alguien se interpone en mi camino.
—¡Oh, discúlpeme! —dice una mujer.
La rodeo con impaciencia.
El ángel se levanta. Parece alterada, indispuesta.
Me detengo.
El hombre a su lado se levanta, de espaldas a mí, y la toma del codo. Ella queda oculta tras él.
Vacilo, pensando en la conexión, en la química electrizante de una sola mirada. Vuelvo a caminar.
Los intercepto. El otro hombre prácticamente la lleva en brazos, con el brazo firmemente ceñido a su estrecha cintura.
Sin embargo, mis ojos no se apartan de ella mientras le pregunto al hombre:
—¿Está...?
—Yo me encargo —dice en tono cortante. Definitivo.
—¿...bien? —termino mi pregunta.
Tiene las mejillas sonrojadas y la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el hombro de él. Los ojos azules que tanto admiré permanecen ocultos tras los párpados cerrados. Las pestañas rubio oscuro le acarician los pómulos.
Es evidente que él está con ella. Debería dejarlo.
No puedo.
—¿Qué le pasa? —Mis ojos siguen recorriendo a la mujer, sin prestar al hombre toda mi atención.
El hombre se vuelve.
—Borracha.
Lo miro de frente.
Me guiña un ojo; hay algo profundamente extraño en el gesto.
Se da la vuelta y la conduce hacia la salida. Y los dejo marchar.
Tallinn aparece de repente a mi lado.
—¿Qué coño ha sido eso?
Niego con la cabeza.
—No estoy seguro.
Tallinn los observa pensativo. Tras un minuto entero, dice:
—Ese tipo no me ha gustado.
A mí tampoco.
Me quedo mirando el espacio vacío que acaban de dejar.
Greta
Unos dedos brutales me agarran las nalgas y me abren. Un grito ronco brota de mis labios agrietados.
Vuelve a hundirse en mí.
Mis músculos se tensan al instante en torno a la intrusión, aunque mi virginidad desapareció hace mucho.
Una humedad resbaladiza me cubre la cara interna de los muslos hasta las rodillas.
Más tarde descubro que es semen.
Sudor.
Y sangre.
Las embestidas continúan.
El silencio es el único sonido. Los gritos me llenan la cabeza porque tengo la boca amordazada.
Jadeos.
Lo único que rompe el silencio son los gruñidos de su éxtasis.
Me dan la vuelta sin miramientos, dejándome boca arriba. Cuatro rostros con antifaces se ciernen sobre mí, borrosos ante mi visión distorsionada.
—No —digo con agonía amortiguada por centésima vez, alzando el antebrazo para cubrirme el rostro maltratado.
Uno de los hombres me golpea y me aplasta la cara contra el colchón manchado.
Otro se echa encima de mí y me penetra la vagina herida como si me apuñalara.
—Sí —dice uno de los agresores mientras me usa.
Me deslizo adelante y atrás sobre el colchón mientras él embiste mi cuerpo reacio. Otro me separa las mandíbulas y me fuerza a abrir los labios. Arranca la mordaza de un tirón y me mete el miembro en la boca.
Una esencia salada y repugnante me llena la boca. Me tiran la barbilla hacia atrás y el líquido caliente se desliza garganta abajo.
Me ahogo.
Se retira de mi boca y me la cierra de golpe mientras me pellizca la nariz.
Tengo que tragar o no podré respirar. La garganta me convulsiona y él me suelta la mandíbula.
Grito mientras aspiro oxígeno precioso, con gorgoteos a través de su semen.
—¡No!
El siguiente golpe me aplasta la otra mejilla contra el colchón mientras me levantan las caderas y un nuevo hombre me asalta. Su pene me desgarra y me quema donde nadie ha entrado jamás.
«No puedo sobrevivir a esto», pienso.
Pero sobrevivo.