32
MAC
—¡Empuja! —digo en voz alta.
Rebecca me fulmina con la mirada.
La doctora Winters esboza una leve sonrisa desde entre sus piernas, en la clásica postura de receptor.
Rebecca grita de dolor y se arquea en la cama.
Sin soltar el agarre aplastante que mantiene sobre mi mano, echo un vistazo hacia donde está la buena doctora y veo cómo nuestra bebé viene al mundo.
La cabeza de Jamie asoma hacia delante y luego retrocede.
—Más despacio, Becca, o te desgarrarás.
Las cejas de Rebecca se alzan con clara alarma; respira entrecortadamente.
—¡Nada de desgarros!
—Compresa caliente —dice Winters.
Una enfermera le entrega un paño caliente escurrido y Winters lo coloca contra el perineo de Rebecca justo cuando otro pujo expulsa la cabeza.
Con cuidado, Winters gira los hombros mientras sostiene la cabeza del bebé.
Busco los ojos de Rebecca. Mechones oscuros y sudorosos se le pegan a los lados de la cara, los ojos muy abiertos por el miedo. El agotamiento. El júbilo.
Asiento.
—Un poco más y Jamie podrá saludar.
Rebecca no capta la broma, pero hace fuerza, y con un grito poderoso, el cuerpecito resbaladizo sale de ella.
Colocan a Jamie sobre el pecho de Rebecca, y se miran durante unos segundos mientras todos en la habitación lloramos.
Un milagro que casi no fue.
Jamie rompe a llorar, y nos reímos con cansado alivio.
Becca
—¿Otra vez? —vuelvo a hundir la cara en la almohada, con un ojo en el reloj.
2:39 a. m.
Mac me sacude con suavidad.
3:17 a. m.
Abro un ojo y le lanzo a Mac una mirada de gárgola. Entonces noto que Jamie está llorando.
—¡Oh! —digo, y me incorporo como un cadáver reanimado, que es exactamente como me siento—. Tiene hambre —balbuceo.
—Intenté esperar hasta estar segura de que no era solo un quejido o de que realmente necesitaba teta —dice Mac con cautela.
Me miro los pechos glamurosos y goteantes y lucho por no llorar.
Estoy tan agradecida.
Agradecida de alimentar a la bebé que nunca pensé que tendría.
Agradecida de estar a salvo.
Busco a Mac con la mirada en la penumbra del dormitorio, tan agradecida por su presencia que se me encoge el pecho de emoción mientras la sensación me abruma.
Es la hora de las brujas, la luz de la luna ilumina su perfil a la perfección. Ojos plateados, pelo de punta aplastado por un lado, y los restos de la brutalidad que sufrió, desvanecidos como si nunca hubiera ocurrido.
Sus brazos fuertes toman a Jamie de entre nosotras y me la pasan con suavidad.
Palpo con cansancio un pecho y luego el otro, y determino que el izquierdo, duro como una piedra, es el que toca vaciar.
Jamie se acerca a un centímetro de mi pezón y se lanza, enganchándose con un entusiasmo que me hace torcer el gesto. Unos segundos después, me baja la leche, y con un suspiro de alivio, me recuesto contra las almohadas mientras la bebé se alimenta.
Deslizo la mano por la cama y Mac la toma.
—Gracias —digo, acordándome de mis modales en el último segundo, agotada.
Nos tomamos de las manos mientras nuestra hija se alimenta. Porque así es como lo veo. Jamie es tan de Mac como mía.
—Eso es como un cuento de hadas —dice Laura, contemplando a mi hija acurrucada y dormida plácidamente.
Mi pie mece el portabebés. Jamie estaba dormida, así que no me molesté en sacarla y despertarla.
Eso sería de imbéciles. No he dormido una noche entera en los tres meses desde que llegó.
—Es tan dulce —dice Laura, cautivada.
Contemplo a Jamie dormida plácidamente, con el mechón oscuro de pelo que le sale disparado de la coronilla.
Color de ojos aún por determinar. Las mejillas sonrosadas dan paso a una boquita de piñón que ahora succiona el vacío.
—Está soñando que mama —observa Laura.
—Totalmente —me río bajito—. Come las veinticuatro horas del día, así que supongo que es lo normal.
Sonreímos.
—Escucha, solo quiero hablar del elefante en la habitación.
Respiro hondo y suelto el aire despacio.
—Adelante.
Laura frunce los labios.
—Mala elección de palabras.
«Quizás», pienso con una punzada macabra.
—El mes pasado fue el aniversario de la muerte de James.
Se me encoge el pecho dolorosamente, y de repente solo estoy mirando cómo mi pie mece a Jamie en el portabebés.
Adelante y atrás. Adelante y atrás. «Oh, James, habrías adorado a nuestra niña».
—Sí —respondo al fin.
—Asuntos Internos no encontró ninguna falta por parte de Mac.
Asiento. La investigación fue un puto circo burocrático de seis meses. Pero no digo eso.
Había salido mucho más sobre Mullen. Cada uno de sus diez dedos metafóricos había estado metido en un chanchullo diferente.
El hombre había sido un ser humano horrible.
A veces me avergüenzo de lo feliz que me hace su muerte.
Entonces recuerdo a mi familia, cientos de microrrecuerdos de Mac y Jamie —Jamie y Mac— afloran en un caleidoscopio de felicidad que me absuelve de la falsa culpa.
Esos recuerdos no existirían si Mullen estuviera vivo.
—Podéis seguir adelante.
Arqueo una ceja lentamente.
Laura se ríe y levanta una mano.
—Culpable. Qué le vamos a hacer. ¿Queréis casaros o hacer algo oficial, o qué?
He pensado mucho en eso, precisamente.
Habíamos superado el primer escollo de contárselo a la madre de James. Diane se había quedado en shock. Nunca supe qué la impactó más: que hubiera rehecho mi vida o que fuera con una mujer.
Cuando le pregunté si quería primero las buenas noticias o las raras, había dicho «raras».
Por supuesto, los medios habían caído como un martillo sobre el cristal, cubriendo de forma exhaustiva la paliza que recibí y cómo estuve a punto de morir.
El embarazo no se había revelado de inmediato, y me alegré porque ya había esperado demasiado para contárselo.
Diane había llegado al hospital, sus ojos evaluando cada magulladura, y luego me había abrazado con cuidado.
Con la boca seca, le conté sobre Mac. Le conté cómo me había salvado.
Luego le dije que no era solo a mí a quien había salvado. Me llevé la mano al vientre.
Los ojos de Diane habían seguido el gesto. Aquellos ojos avellana, sorprendidos, habían volado a mi rostro, viendo la respuesta a la pregunta que no se había atrevido a hacer. Imagínate.
Sí, había dicho. Voy a tener el bebé de James.
Se había tapado la boca con las manos, conteniendo el dolor, la alegría.
No había funcionado: la emoción rompió el dique de sus manos y nos cubrió a ambas de esperanza.
Cuando nos hubimos desahogado hasta la última lágrima, Diane había asentido y me había dicho: es lo que James habría querido.
Le había preguntado ¿qué?
Tu felicidad, había respondido simplemente.
Diane me dio un regalo precioso ese día.
Su aceptación.
Su bendición.
—¿Becca?
Levanto la cabeza de golpe; el pie se detiene contra el borde de la sillita. Luego vuelve al ritmo de mecer a Jamie.
—Lo siento.
—Vaya, ¿dónde te fuiste? —pregunta Laura.
—Estaba pensando en que la madre de James me dio su visto bueno.
Los labios de Laura se tuercen.
—Vas a darle a su única nieta. Creo que puede aceptar que tengas una amante lesbiana.
Pasan unos cuantos latidos.
—Mac es mucho más que eso —digo.
Laura baja la barbilla.
—Lo siento. No quise trivializarlo.
Niego con la cabeza.
—Perdona, es solo que... los medios... lo convirtieron todo en un espectáculo, y todavía estoy muy sensible.
—Ya se han olvidado de ti. —Laura se recuesta en el sofá, cruza las piernas y empieza a balancear el pie.
—Cierto. A por el siguiente desastre, buitres.
Intercambiamos una mirada.
—No lo sé, hemos seguido adelante, pero entre el nacimiento de Jamie y todo el lío con la policía, no ha habido mucho tiempo para nosotras.
—Seguro que Mac no quería que los detalles de su violación anduvieran de boca en boca.
—En realidad, Mac usó la publicidad a su favor, la convirtió en algo positivo. Muchas mujeres jóvenes han dado el paso, especialmente desde que el vídeo de YouTube se volvió viral...
Laura abre mucho los ojos e interrumpe:
—¿Lo has visto?
Niego con la cabeza.
—Mac no quiere que lo vea. Y no necesito revivir todo aquello: vi suficiente.
—Lo entiendo, pero, Dios, Becca, Mac era una tormenta violenta de peligro contenido. Castigó a esos cabrones.
—Sí.
Se lo merecían, pienso, pero no lo digo.
—Aunque algo bueno salió de todo esto. Le di a Mac parte del estudio. Ha empezado a dar clases de defensa personal.
—Eso es genial.
Nuestras miradas se encuentran.
—¿Y tú? ¿Puedes volver a bailar?
Nuestros ojos bajan hacia mi muñeca curada.
Mi mente repasa las costillas rotas, la fisura en el pómulo, cómo Jamie casi no llegó a nacer por los golpes recibidos.
—Volveré a bailar.
Mi sonrisa es acuosa, tarda en formarse. Presente.
Laura sonríe.
—Bien.
Observo su expresión.
—¿Qué?
—Solo pensaba que deberías sorprender a Mac.
—¿Con qué?
Nuestros ojos se encuentran y la comprensión me inunda mientras pasan los segundos.
—¿Lo has deducido tú?
Laura asiente.
—Ese trauma siempre la perseguirá a menos que pueda superarlo. Una relación normal y sana necesita incluirlo todo. Si Mac no puede soportar que la penetres, no podrá soportar a nadie. Eres la única para ella, Becca. Su última oportunidad de tener algo normal.
Digo en voz alta lo que no me había atrevido a decir:
—Tengo miedo de presionarla.
—La relación se estancará si esa última pieza del rompecabezas no encaja.
Sonrío mientras Jamie se remueve, levanta los bracitos y se estira. Sus ojos se entreabren y me regala una sonrisa lánguida y somnolienta.
Con el corazón a punto de estallar, doy la única respuesta posible: —Lo intentaré.
—Sé valiente, Becca. Sé valiente por ti.
Y por Mac, añado en silencio.