Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) 31
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BECCA

La muñeca me palpita con una agonía brutal. Una sensación de déjà vu me recorre la nuca, recordándome que, hace apenas unos meses, estuve en esta misma clínica por una razón muy diferente.

Tengo la cabeza tan llena de preguntas que no logro identificar cuál es la más importante. Rory había venido a verme unas horas antes en su papel de médico, sin entrar en detalles, pero consiguió decirme que Mac iba a estar perfectamente.

Ni un solo hueso roto.

Había caído en un sueño intranquilo, sin descansar del todo porque me moría por ver a Mac.

Por el rabillo del ojo veo movimiento y giro la cabeza. A pesar de la medicación que gotea por el gotero, el lado herido de la cara me palpita por el roce con el ladrillo áspero. Un dolor de cabeza sordo no termina de desaparecer después del golpe contra aquella superficie implacable.

Mac está tan quieta que no habría sabido que estaba allí de no ser por la bata blanca de la Dra. Winters, que distingo a través del gran ventanal.

Nuestras miradas se cruzan, con tantas emociones que no logro capturarlas todas.

Mac desaparece un instante y el corazón se me acelera.

Por favor, entra... ¡Estoy despierta!

Estoy demasiado maltrecha tras la operación para moverme.

Entonces Mac cruza la puerta.

Tiene el cuerpo lleno de moratones de pies a cabeza. Un ojo está completamente hinchado, cerrado. Un hematoma con forma de signo de exclamación le decora la garganta, con una huella de dedo perfectamente formada donde estaría el «punto».

Me trago las lágrimas al ver a mi amante tan maltratada, y el odio que siento por estar a oscuras sobre tantas cosas.

¿Quiénes eran esos criminales? ¿Por qué Mullen estaba tan desquiciado? Vale, los celos profesionales son una cosa... ¿pero intentar hacer daño a una viuda embarazada solo para herir a Mac?

Mac rodea la cama. Vaqueros desteñidos, zapatillas Converse y una camiseta azul marino que dice Inténtalo y Verás en letras microscópicas bajo una cara de troll clásica me hacen sonreír.

—Mac —digo con la voz tomada.

Sus ojos recorren mi cuerpo, cubierto por una manta de hospital barata, y luego se desplazan a mi cara, deteniéndose en la herida del lado que chocó contra el ladrillo.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta con esa voz grave y serena que he aprendido a amar.

Levanto la mano ilesa y Mac se inclina sobre mí para que pueda acunarle la barbilla.

Mac cierra los ojos, apoyándose en mi caricia, y digo con sinceridad:

—Ahora que estás aquí, perfecta.

Se endereza y encaja el trasero en el pequeño hueco junto a mi torso.

—Tu cara —digo, evaluando la magnitud de la paliza que ha sobrevivido Mac.

Las lágrimas empiezan a rodar por la cara de Mac, claramente contra su voluntad, mientras agarra el pañuelo y se las seca con rabia a medida que escapan de sus ojos.

—Pensé que te perdería —dice.

Su rostro se alza y me encuentro con el gris ahumado de su mirada. Me trago mis propias lágrimas.

—Justo después de encontrarte.

—No —niego en voz baja.

Pone su mano sobre la mía.

—Lo siento mucho.

Con una fiereza impropia de mí, exijo:

—No te atrevas a culparte por el psicópata de Mullen.

Suelta una carcajada tapándose la boca con el puño.

—Psicópata Mullen. Me gusta —asiente Mac, visiblemente complacida.

Sonreímos juntas, y veo que el labio partido de Mac le molesta; la ira vuelve a encenderse.

—Cuéntamelo todo: quiénes eran esos hombres, qué estaban haciendo.

Mac levanta nuestros dedos entrelazados y me da un beso suave como un susurro en los nudillos.

Duda.

—Tu expresión —digo en voz baja, leyéndole el rostro—. Rory no me contó nada. Dijo que no le correspondía a él contarlo.

Mac asiente y pregunta:

—¿Seguro que estás bien? Acabas de salir de la operación ayer...

Niego con la cabeza, quitándole importancia. Estoy viva. Jamie está vivo.

—Sí, estoy bien. Bueno, la Dra. Winters dice que todavía no estamos fuera de peligro.

Mac me aprieta la mano con suavidad, pero no habla de inmediato.

—No. No hay garantías.

La conversación se detiene un momento; cada una escucha las cosas que quedan sin decir, con los ojos fijos en la otra.

—Lo sé mejor que nadie —digo de inmediato, y añado—: Nada de lo que me cuentes me impedirá quererte. Nada.

Una exhalación profunda termina en un sollozo y Mac se desmorona ante mí. Los sollozos le sacuden el cuerpo maltrecho, entrando y saliendo como una tormenta contenida durante años, liberada por primera vez.

—Cariño —digo con la voz rota, y atraigo hacia mí a esta mujer obstinada, valiente y hermosa que amo.

Sus lágrimas se derraman como sangre, empapándonos a las dos en un dolor que ya no puede seguir dormido.

—Smith es de Asuntos Internos, y no tenía ni idea hasta hoy —empieza Mac cuando puede hablar. Una de las heridas en lo alto del pómulo ha empezado a supurar contra el vendaje.

Nadie puede llorar hasta vaciarse y esperar tener buen aspecto después.

Y menos aún alguien tan brutalmente golpeada como Mac.

—¿Smith es...? ¿Puede ser policía también?

—Todo su papel era una tapadera. Smith estaba infiltrado. Todo era fachada. Lo de asociarse con Mullen, todo.

—¿Entonces los de arriba sospechaban de Mullen?

Mac asiente.

—¿Lo que pasó entre él y yo? Eso fue solo parte de los tejemanejes de Mullen. Mullen aceptaba sobornos, usaba prostitutas... todo lo corrupto que oyes sobre ese pequeño porcentaje de policías que son manzanas podridas, Mullen lo hacía.

—Pero estaba obsesionado contigo.

—Lo estaba, con la ayuda de los tres opioides diferentes a los que calculan que era adicto.

Suelto un silbido bajo.

—Vaya. ¿Y qué pasa con los desgraciados que contrató para hacerme daño?

Mac me toma la mano, respirando acompasadamente. Tras un minuto entero, admite en voz baja:

—Esos eran los tipos que... me violaron.

—¿Qué? —digo en voz alta. Mi mente da vueltas—. ¿Cómo... cómo iba a saberlo Mullen? —Mis ojos taladran los suyos porque no logro comprender nada de esto—. ¿Cómo pudieron?

—Mullen tenía a un informático que hackeó mis expedientes de menores y encontró ese jugoso detalle para regodearse. Cuando descubrió que los agresores habían salido de prisión, Smith dijo que habían contactado entre ellos y descubierto que tenían algo en común. Odiarme.

—Vale, Mullen el Psicópata no era un apodo lo bastante fuerte —digo entre dientes.

Mac suelta una risita ante eso, con la luz habitual de sus ojos apagada.

—Mi móvil —digo con una revelación repentina.

—Sí. El mismo informático hackeó algunos móviles clave.

El tuyo y el mío —admite Mac, levantando la barbilla, y mis ojos captan un pequeño parche de piel intacta—.

Pudo desactivar el tuyo, dejando pasar solo el mensaje falso de «Laura» para incitarte a salir de la seguridad de tu casa y dejarte expuesta.

Me estremezco ante todo lo que tramaron para herir a Mac, para herirme a mí.

—¿Está bien?

—¿Laura? Sí.

Mi cuerpo se relaja y luego vuelve a tensarse.

—Smith liquidó a Mullen.

El rostro de Mac se endurece, las heridas vuelven la expresión más alarmante.

—Situación de rehenes. Medidas extremas, luz verde.

—¿Estás en problemas? —pregunto en un susurro, conteniendo la respiración. Me doy cuenta de que es una forma un poco infantil de expresarlo, pero quiero saber a qué nos enfrentamos.

—No lo creo —dice lentamente—, pero tendré unas pequeñas vacaciones hasta que Asuntos Internos se asegure de que no hice nada fuera del protocolo.

Mac suelta una risita avergonzada y sacude la cabeza.

—¿Qué? —pregunto, aunque las preguntas se me amontonan en la cabeza como tortitas.

—Han puesto verde a un agente novato porque fue uno de los primeros en llegar a la escena y no respaldó a su compañera.

Frunzo el ceño.

—Ah, ¿y por qué no lo hizo? ¿Rory no movilizó a todo el mundo?

—Lo hizo. Pero este chico...

—¿Chico?

Mac sonríe con suficiencia.

—Novato, más verde que una lechuga.

—Ah —sonrío. Dios, qué bien tenerla a mi lado.

Así de rápido, Mac me lee el rostro, y nos miramos fijamente durante un momento cargado de emoción. Luego dice:

—Me grabó luchando por ti.

—Dios mío, Mac.

—Debería haber estado cubriéndome las espaldas. Tuve la suerte de ser la última en pie, y no gracias a él.

—Rory me contó lo que les hiciste —digo en voz baja.

—Los habría matado a todos si no hubiera estado tan jodidamente preocupada por ti, Rebecca.

Me pone la mano sobre el vientre con la suavidad de un susurro.

—Y por Jamie —añade tan bajo que me cuesta oír sus palabras.

—Uno de los tipos tiene la cuenca del ojo hundida —digo, recordando las palabras de Rory.

Los jodió bien, Becca.

—No debería haberse cruzado con mi codo, entonces.

Mac se encoge de hombros, con los ojos brillantes como el acero.

El grandullón no respirará muy bien desde que le tocó las costillas como un piano.

Repito lo que dijo Rory.

—De todos modos, su corazón tampoco funcionaba tan bien; al diablo con la protección de órganos internos.

Las palabras de Mac nunca han sido más duras; su contacto mientras me sostiene la mano, nunca más tierno.

Le regaló una fractura expuesta. Ese tipo no volverá a limpiarse el culo solo en la vida.

—Oí cómo se le rompía el brazo —admito—. Estaba tumbada allí. Mullen me había lanzado

—un tic aparece en la mandíbula de Mac al oírlo, y me apresuro a continuar—

y te vi girarlo y machacarle la parte de atrás del brazo.

—Rory tiene razón.

Sus ojos brillan de rabia.

—No necesita ese brazo para limpiarse el culo; tiene dos.

Respiro de forma superficial. Todo me duele tanto que ni siquiera me atrevo a respirar.

—¿Sabes lo que pienso?

Sus ojos serios se oscurecen hasta el color del peltre, a la espera de mi respuesta como si fuera la única en el planeta que pudiera importar.

—No.

—Creo que acabamos de presenciar cómo el karma se llevaba por delante a unas cuantas personas que se lo merecían.

Mac suelta el aliento contenido, asiente sin hablar, con los ojos en nuestros dedos entrelazados.

Nuestro silencio es cómplice.

—Subió el vídeo a YouTube.

—Dios mío, ¿estás de broma?

Mac niega con la cabeza.

—No, perderá el trabajo.

—¿Por qué haría eso? No ayudarte en su momento y, para colmo, subir este vídeo de otra agente de policía recibiendo una paliza.

Levanta el rostro, el ojo firme.

—Esa es la cuestión, me dieron una paliza, pero yo les hice daño.

Se lleva un puño al pecho, justo sobre donde le late el corazón, tapando la palabra see de su camiseta.

—Una mujer les hizo eso a tres hombres.

—Vale. Eso no debería haber sido más importante que ayudar a una compañera con una proporción de tres contra uno. Nunca quise que hicieras eso —admito, y me siento culpable al ver lo maltratada que está Mac.

—Lo haría de nuevo —dice Mac al instante, y alarga la mano para retirar un mechón que yo no había notado de mi pómulo, apartándolo con suavidad de mi rostro.

Su contacto no me abandona, sino que recorre el nacimiento de mi pelo, con cuidado de no rozar las heridas del lado derecho de mi cara, hasta detenerse en mi barbilla.

La suave caricia en la punta de mi mandíbula hace que se me escape otra lágrima, y observo cómo resbala por los estragos de su rostro y cae, formando un círculo húmedo y perfecto sobre el azul intenso de su camiseta.

—Te quiero, Mac.

Sus dedos se deslizan desde mi barbilla hasta la piel desnuda de mi garganta.

—¿Qué te hizo Mullen? —pregunta en un susurro apenas audible—. Porque todo lo que veo en tu cuerpo me dan ganas de volver a matarlo.

Cierro los ojos.

—Me hizo esto en la cara —empiezo—. Luego me arrastró del pelo, el muy cavernícola hijo de puta.

Mac se ríe.

Abro los ojos y esbozo una sonrisa diminuta.

—No soy tan malhablada como tú.

—Suena raro cuando dices tacos —admite Mac.

—No cambies, Mac Flint —mis palabras salen cargadas de intensidad—. Ni una sola palabra de las que usas, ni una sola parte de ti. Te quiero entera.

—Qué va. Tengo una novia que más o menos piensa que no estoy mal.

—Mucho más que bien, y «novia» suena demasiado informal.

Los ojos de Mac buscan los míos.

—No siempre vamos a quedarnos donde estamos ahora, Rebecca.

Suena tan convencida.

Le llevo la mano a mi rostro y beso el centro intacto de su palma.

—Eso espero —digo, con las palabras teñidas de toda la ternura que siento por dentro.

Mac aparta la mirada de mi escrutinio, y sé que mis palabras la han desconcertado.

Nos cogemos de la mano, con los dedos entrelazados entre mis pechos, que suben y bajan con cada respiración.

—¿Qué más? —pregunta.

Ordeno mis pensamientos. Quiero contarle los hechos sin aumentar el sufrimiento de Mac, aunque parece necesitar saber todo lo que pasó antes de que me salvara.

—El grandullón...

—¿El señor Capitán del Equipo?

Asiento.

—Fue el que no paraba de pegarme.

—Dios mío —le tiembla la voz—. Tenía que saber que estabas embarazada... ¿Cómo pudo?

Su mano suelta la mía y se cubre la cara.

El llanto quedo de Mac me llega mientras una mano reposa protectora sobre mi vientre.

—No... cariño, no es culpa tuya. Estamos vivas... estamos vivas.

Su otra mano cae.

Desde el rostro de Mac, sin maquillaje, amoratado y enrojecido de tanto llorar, una rendija gris se asoma por el ojo hinchado y me busca.

—Cuando vi ese zueco rojo ahí fuera... pensé... pensé que ya no estabas. Fue tan parecido al accidente de James, y lo único que podía pensar era que te habías salvado una vez y que esto era el equilibrio del universo. Entonces te vi sujeta contra aquella pared.

Su ojo sano me lanza un destello plateado.

—Y supe que moriría antes de dejar que te tocaran.

—Como te tocaron a ti —añado en voz baja.

—Sí —sisea Mac—. Exactamente eso.

Mi mano se desliza hasta la suya sobre mi vientre ligeramente abultado.

—Mi heroína —digo, y se me llenan los ojos de lágrimas, nublándome la imagen de Mac sentada frente a mí—. Nos salvaste a Jamie y a mí. Sin ti, estaría muerta o algo peor. Jamie no habría nacido. Y creo que está destinada a nacer.

—Hay cosas peores que la muerte —dice Mac con la convicción de quien lo sabe por experiencia.

Solo puedo asentir, porque ella me protegió de esas cosas.

Mac me sostiene hasta que me quedo dormida.