33
MAC
—Mac, gallina —dice Rory mientras caminamos hacia nuestro cubículo de siempre.
—Ya tengo una —replico.
Rory pone sus expresivos ojos marrones en blanco.
—Por favooor.
Sonrío. Por una vez, me siento casi normal.
—¿Pasas mucho tiempo en casa de Becca?
Nos colamos por el estrecho hueco que hace las veces de puerta en nuestro mundano cubículo-«oficina».
—Lo suficiente como para sentirme zombi.
Rory suelta una carcajada.
—Cómo molan esas tomas nocturnas —se inclina hacia mí y dice con voz de terror—: Son agotadoras.
Solo puedo asentir. Jamie ha convertido nuestro sueño, antes prístino y reparador, en queso suizo: lleno de agujeros.
—Hablo en serio, pídele que se case contigo. Sabes que la quieres con locura, ¿verdad?
Quiero tanto a Rebecca que a veces no puedo respirar ante la sensación de que alguien posea tanto de mi corazón.
—Sí.
—Qué entusiasmo.
Abro la boca para defenderme, pero Rory levanta la palma en un gesto apaciguador.
—Sé lo reservada que eres. Siempre has sido así.
Cansada de sus preguntas implacables (aunque bienintencionadas), rebusco en mi bolsa de equipo, saco una cajita y la dejo caer en la esquina de nuestro escritorio en forma de L.
—Quería algo diferente a lo que ya tiene.
—Joder —susurra Rory—. Y yo aquí, dándote la vara por ser tan blandengue... —agarra el estuche de terciopelo azul medianoche del escritorio y lo abre de golpe.
Silba bajito.
—Bonito.
—Sí.
Rory levanta la vista de golpe.
—Qué habladora eres.
—Como si eso hubiera funcionado alguna vez contigo —sonrío con suficiencia, satisfecha de que le guste mi elección.
Niega lentamente con la cabeza, mirándome fijamente.
—Ni en un millón de años —su mirada se cruza con la mía—. No hay mejor persona para tener a mi lado.
No un hombre; no una mujer.
Persona.
Cierra la tapa de golpe y empuja la cajita hacia mí. La guardo en un bolsillo interior de mi bolsa.
—Todo irá bien —Rory me da una palmada en el hombro.
Tiene confianza de sobra para los dos.
Le tomo prestada un poco.
La voy a necesitar.
«¿Debería llevarla a un restaurante elegante?». Descarto la idea al instante. Demasiado parecido a lo que ella y James intentaban hace más de un año.
No quiero que ningún eco del pasado ahogue nuestro momento, nuestro tiempo. No es que no podamos volver a pisar un restaurante. Es que quizá los momentos importantes no deban celebrarse allí.
Desde luego, nunca aniversarios. «Si es que llega a haberlos», pienso con mi típico pesimismo catastrofista.
Agacho la cabeza mientras mis dedos tamborilean en el volante del Shelby. Escucho el motor enfriarse con su tictac en el aparcamiento del edificio de Rebecca.
Una luz tenue en su ático me llama la atención.
El resplandor suave parpadea.
Vacilo. Mis dedos se aferran al volante.
«A la mierda». Agarro el tirador, tiro de él y empujo la pesada puerta del conductor hacia fuera.
Todo se estrecha hasta reducirse al camino que tengo delante, tanto el metafórico como el físico.
Cruzo la puerta de cristal que da al vestíbulo y marco el código de seguridad.
Una vez dentro, abro la puerta interior y la cruzo con los ojos clavados en las puertas del ascensor, como si estuviera atrapada en un túnel.
Pulso el botón iluminado de subida. Las puertas se abren con un susurro.
El corazón empieza a latirme más deprisa.
Entro, pulso el botón del último piso y me apoyo contra la pared de espejos.
Sin pensar en nada.
Pensando en todo.
Cuando las puertas se abren, me despego de la pared y camino con paso decidido hacia la puerta de Rebecca. Marco el código de seguridad que instalé yo misma.
Los números son el cumpleaños de Jamie.
Giro el pomo, empujo hacia dentro, y allí está Rebecca.
Inspiro con dolor. Mis oídos captan el silencio denso; mis ojos, su desnudez.
Mi mente, el objeto que tiene a su lado.
«No puedo», pienso. Los fantasmas del pasado me atacan con saña, inundándome con el impulso de luchar o huir.
Me acosan con sus imágenes, con las sensaciones que esas imágenes despiertan.
Mi terror.
Rebecca me observa el rostro.
Cuando estoy a punto de huir, ella se acerca. Camina hacia mí con tacones rojos y nada más.
Es entonces cuando sé que no puedo negarle nada a Rebecca.
En realidad, lo supe desde la primera vez que la vi.
Becca
El corazón me late con fuerza al captar el primer atisbo de miedo real que he visto en Mac.
Observo cómo sus ojos se fijan en el arnés que tengo a mi lado. Había pensado en ser más agresiva y ponérmelo directamente. Pero algo me decía que Mac se cerraría en banda.
Al ver su expresión, supe que había acertado.
Mac deja caer su bolsa de equipo y tiembla.
Camino hacia ella contoneando las caderas de forma provocativa, con los pechos pesados a pesar de haberme sacado leche como una posesa para vaciarlos y que Diane pudiera quedarse con Jamie unas horas.
Así Mac y yo podemos estar juntas.
Por fin.
Su mirada clara se oscurece hasta volverse de acero mientras me acerco. Cuando me planto justo delante de ella, Mac me rodea con los brazos de golpe.
Hunde el rostro en el hueco entre mi lóbulo y mi clavícula y murmura:
—¿Qué tramas?
—Todo —respondo en voz baja.
—No sé si puedo hacer lo que creo que quieres.
«Lo sé».
—¿Puedes intentarlo?
Su aliento sale como una oleada cálida con aroma a menta, erizándome los pelitos de la nuca que se empeñan en escapar de la pinza que llevo en la coronilla.
Tras un minuto entero, estoy a punto de darme por vencida cuando siento que Mac asiente suavemente contra mi cuello.
Le tomo la mano y llevo a Mac al dormitorio. Al pasar junto a la mesa auxiliar, recojo el arnés.
Dejo el arnés sobre la cama, me giro y empiezo a desabrocharle la camisa a Mac.
Sus ojos no dejan de desviarse hacia el pene de tamaño real una y otra vez.
Le toco la mandíbula con ternura, haciendo que esos ojos ansiosos se centren en mí.
—Normalmente estás bastante distraída cuando estoy desnuda.
Asiente sin responder.
—¿Te hice daño la última vez?
—Nunca —digo, recordando aquella primera vez tan tensa después del parto—. Ojalá no me hubiera subido la leche.
Suelto una risita.
—¿Y eso qué tiene de malo? —pregunta Mac, inclinándose para besarme.
Se aparta y me mira.
—Además, te sobra. Que vengan los orgasmos, digo yo.
Sonreímos.
—Sí. Me encantan —admito, pensando en lo diferente que es con Mac comparado con James, aunque no por el sexo en sí; eso siempre es diferente con cada persona, de todos modos.
Después le quito los pantalones, encantada de que no lleve ropa interior.
Nuestros ojos se encuentran y su sonrisa es pícara.
—Mmm —digo mientras me dejo caer sobre los talones, con la cara ahora junto al calor de Mac. Froto la nariz entre sus labios y oigo cómo toma aire bruscamente. Sonrío contra su carne húmeda.
Así que la vista la había excitado un poquito, incluso sabiendo que podía haber penetración.
Me lanzo a fondo y me agarro a los glúteos firmes de Mac, deleitándome con su solidez bajo mis manos.
La atraigo hacia mí y empiezo a lamerle el clítoris, alternando con succiones, mientras las caderas de Mac empiezan a moverse para recibir las húmedas caricias de mi lengua.
Atesoro cada gemido mientras le doy un castigo suave y húmedo, moviendo la lengua con un ritmo rápido y vibrante sobre su carne resbaladiza.
No me detengo cuando Mac se estremece por primera vez. Implacable, deslizo un dedo en su humedad con fácil familiaridad y añado un segundo justo después, con una precisión que sé que le encantará.
—Dios mío... Rebecca —jadea, agarrándome del pelo y manteniéndome la cara pegada a su coño.
Inclino la cara hacia abajo y hacia un lado, saboreando sus pulsaciones, hundiendo suavemente la lengua tan profundo como puedo hasta que empiezan a calmarse y la respiración de Mac se vuelve más lenta, más profunda, menos frenética.
Después de unos momentos, Mac me pone de pie.
Sus dedos índice y corazón me tocan los labios, brillantes por sus orgasmos, y una sola lágrima le resbala por la mejilla.
—No tenemos que hacerlo —digo, y un remordimiento repentino convierte mi voz en un susurro entrecortado.
—Sí, tenemos que hacerlo —responde Mac con tranquila intensidad.
—De acuerdo.
Me giro, recojo el juguete y me ciño el arnés firmemente a las caderas.
Mac se tumba en la cama, tan desnuda y vulnerable como se siente, si no me equivoco.
Coloco mi peso lentamente sobre Mac, acomodando mi cuerpo en ángulo para que el pene no quede centrado ni resulte amenazante.
—Está bien, Rebecca. Solo... —cierra los ojos un momento y luego los abre, con expresión resuelta— déjame ver que eres tú.
Le tomo la cara entre las manos.
—Siempre. Te. Quiero.
—No más que yo —dice.
Mac me hace rodar hasta una posición en la que es imposible mantener el pene alejado de donde tiene que ir.
El primer centímetro se desliza dentro.
Mac parece presa del pánico y se queda paralizada.
—Mírame —digo con voz tranquilizadora.
Gira la cara y sus ojos se clavan en los míos.
Avanzo un poco más. Levanta los brazos y apoya las palmas en mis nalgas.
—Déjame a mí.
Ajusta las caderas, abre más las piernas; cada pizca de terror, anhelo e incertidumbre le llena el rostro.
Le sostengo la mirada, esperando.
Mac asiente.
Me retiro, y cuando empujo hacia delante, la presión de sus manos en mis nalgas me guía.
—Vaya —dice mientras me hundo más.
Me detengo y busco su mirada.
—Es lo mejor —dice con asombro somnoliento.
Sonrío y retomo donde lo dejé, meciéndome hacia delante. Me muevo con embestidas lentas y profundas dentro del cuerpo de Mac, saboreando cómo su expresión de placer empieza a vencer al miedo.
Entonces ocurre un milagro. Su respiración se acelera y la excitación es lo único que veo en ella.
Acelero el ritmo y me muevo suavemente dentro de Mac, observando su expresión cambiante.
Cuando deslizo mi mano entre nosotras y mi dedo se abre paso entre sus labios, encuentro ese punto de placer que había mimado con mi lengua.
Mac gime con el contacto íntimo.
Embisto tan fuerte como me atrevo mientras mantengo el dedo presionado contra su clítoris, y siento a Mac rendirse en una oleada de éxtasis que la toma por sorpresa.
—¡Rebecca! —grita descontrolada, con los tendones del cuello tensos y los ojos apretados.
Beso los labios de Mac con suavidad y la acaricio con el pene como a mí me gustaría, como ella ya hizo conmigo.
Sus ojos se abren de golpe y la alegría inunda su expresión, disipando toda ansiedad, todo daño, toda expectativa, hasta que soy lo único que se refleja en sus iris plateados.
—Dios mío —susurra—. Así es como puede ser.
Me limito a asentir.
Seguimos unidas cuando digo:
—Gracias por confiar en mí.
Mac me aparta el cabello con el pulgar y enmarca mi rostro con ternura entre sus manos.
—Gracias por quererme.
Juntamos las frentes.
—Eso nunca fue un desafío —admito.
Mac
—¿A qué viene esa cara? —me pregunta Rebecca mientras bebemos vino.
Se está dando el gusto con su querido vino tinto. Levanta una copa sin pie y hace girar el merlot en ese vaso descomunal.
Yo soy más de cerveza, pero nos sentimos festivas, así que al diablo con todo.
Me señalo la cara.
—Esta cara.
Rebecca sonríe con suficiencia.
—Sí, pareces el gato que se comió al canario.
Da otro sorbo mientras sus ojos me recorren el rostro por encima del borde.
Me estiro desde mi postura encorvada y me pongo de puntillas con los brazos por encima de la cabeza, intentando tocar el techo. Dejo caer los brazos, tomo la mano de Rebecca, la levanto de su silla en la mesa de la cocina y le rodeo la cintura con un brazo.
—Estás genial —comento como quien no quiere la cosa—. No parece que hayas dado a luz hace tres meses.
—Gracias, pero no consigo engordar. Jamie me chupa la vida.
Me río entre dientes; no hay nada más cierto. Esa bebé mama como un demonio.
—Ni siquiera pregunté dónde está la pequeña bollito —admito, contrita.
—Te dejaste llevar por nuestra pasión —dice Rebecca, con palabras cargadas del calor que acabamos de compartir.
—Así es.
Inclino la cabeza, adivinando:
—¿Diane la tiene?
Rebecca asiente. Sin sus tacones, es tan bajita que puede meter la cabeza bajo mi barbilla y acurrucarse contra mí.
La rodeo con ambos brazos.
—Diane traerá a Jamie en una hora más o menos.
—Tenemos tiempo —afirmo.
Rebecca echa la cabeza hacia atrás ante la seriedad de mi tono.
—¿Quieres más tiempo?
La implicación es sexo.
—No —respondo, y añado—: Lo que compartimos fue ardiente, maravilloso, todo lo que nunca pensé que tendría después de lo que me pasó, pero estoy satisfecha.
La pregunta se le dibuja en el rostro antes de que Rebecca la formule:
—¿Tiempo para qué?
Con el corazón desbocado, me desenredo con cuidado de Rebecca y camino hacia mi bolsa de equipo tirada en el suelo. Me arrodillo con movimientos precisos, abro la cremallera y busco en los compartimentos internos.
Encuentro el que guarda mi vida. O la decisión más importante de mi vida.
Cuando me giro con el pequeño cubo en la mano, los ojos de Rebecca se abren como platos.
No hay forma de ocultarlo; el paquete es demasiado obvio.
Mierda. Fui demasiado rápida; va a decir que no.
En el movimiento más valiente de mi vida, camino hacia ella de todos modos.
Le tiendo la caja de terciopelo azul y observo cómo Rebecca la toma en silencio de mis dedos dóciles.
Con una lentitud agonizante, abre la tapa.
Cuando pasan los segundos sin que diga nada, muero por dentro mientras Rebecca contempla lo que hay en el interior.
Levanta el rostro, con los ojos anegados en lágrimas.
Entonces Rebecca pronuncia la única palabra que importa:
—Sí.