Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) 28
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MAC

Busco a Mullen con la mirada, recorriendo el tapiz humano en movimiento de todos los que conozco y quiero (y algunos no tanto).

Por fin lo localizo. Ahí.

Los hombros empiezan a destensárseme poco a poco; me siento mejor solo con haberlo visto.

Rory está a mi lado, dándole sorbos a su primera cerveza de la noche. Con un polo y vaqueros oscuros, y sin un envoltorio ni coca a la vista, lo está llevando bien.

Gruñe por lo bajo.

—Marti está haciendo tamales ahora mismo. No se ha cortado ni un pelo —resopla—. Me ha dicho que lleva desde esta mañana haciéndolos desde cero, nada de versión exprés.

Tuerce el gesto.

Me hace gracia. Rory y su comida.

Me llevo la cerveza oscura a los labios y doy el sorbo más pequeño que permite la cortesía. No quiero beber. No esta noche. Quiero mantenerme alerta, concentrada. No se me ha quitado la mala vibra que lleva todo el día pegada como olor a mierda, todo el turno.

Le he puesto de los nervios a Rory. Sobre todo porque sabe exactamente lo que significa uno de mis «presentimientos» y no le gusta.

Como ahora. Me observa con los ojos entornados y dice en voz baja:

—¿Le has mandado un mensaje a Becca?

Asiento con un gesto seco. Otro sorbo de cerveza.

—Vale, todo bien —hace una pausa; el momento pesa entre nosotros como un péndulo—. Ya sabes, podrías haberle dicho que andas con eso de —hace girar el dedo de forma vaga— tu famosa intuición femenina.

—Ni de coña —digo, negando con énfasis—. Lo que me faltaba, que Rebecca se preocupe o se estrese por un presentimiento.

—Joder, Flint, me tienes a mí preocupado. Siempre has tenido buen olfato. Intuición femenina —resopla.

Esta vez no le hago la peineta; en su lugar, me paso los dedos por el pelo de punta.

—Lo siento —digo con voz avergonzada, a modo de disculpa por mi comportamiento brusco durante todo el turno.

—Has estado incluso más encantadora que de costumbre, que ya es decir.

Arqueo una ceja.

—Supongo que no puedo hacerte la peineta cada vez que abres la boca.

—No cada vez —Rory se ríe y echa un vistazo alrededor—. ¿Dónde está Smith?

Lo localizo al instante. Ahí. Parece el único de nosotros que no está en guardia, más relajado de lo que lo he visto nunca.

Esa misma idea que he tenido antes vuelve a aflorar... casi la tengo.

—Flint —dice Mullen a mi lado, y me sobresalto al instante.

Mullen sonríe con suficiencia ante mi reacción.

Naturalmente, eso me cabrea.

—Mullen —le devuelvo arrastrando las palabras.

Mira a mi compañero.

—Rory.

—Buena fiesta —dice Rory, echando un vistazo al enorme espacio abierto, las sillas, las mesas con velas flotantes como centros de mesa en las que nadie se sienta.

A lo mejor la comida está buena.

—El alcohol llega en nada —dice Mullen como si esa fuera la atracción principal.

Levanto la botella de cerveza a modo de excusa.

—Tengo suficiente por ahora.

Sus ojos, como canicas de barro endurecido, se clavan en los míos.

—Relájate un poco, Flint. No te va a matar.

¿No le encantaría eso? Le devuelvo una sonrisa tensa.

—No, tienes razón, solo que...

—Señoritas —interviene Rory rápidamente, pasándonos un brazo por los hombros y siseándome al oído—: Flint.

Joder. Frunzo el ceño.

Smith se acerca abriéndose paso entre la multitud y se detiene frente a nosotros, mirando a Rory como si fuera un loco recién escapado del manicomio.

—¿Todo bien?

Ni de lejos.

—Sí.

—Claro, campeón —dice Mullen con la sinceridad de una comadreja.

Smith entorna los ojos mirándome, pero no dice nada.

En su lugar, se vuelve hacia Mullen y señala con el pulgar hacia donde supongo que está la cocina.

—Necesito que te encargues de lo del alcohol.

Mullen se escabulle del agarre de Rory y, con paso animado y un saludo burlón a Smith, se va trotando hacia la cocina.

Los hombros se me relajan con cada paso que lo aleja de nosotros.

—Me alegro de que hayas venido, Flint —Smith se vuelve hacia mi compañero con un gesto de barbilla—. Rory.

—¿Todavía haciendo de árbitro? —pregunta Rory con ligereza, pinchando sobre la tensa historia entre Mullen y yo.

Smith mira el reloj de oro que le regalaron por la jubilación y da unos golpecitos en el cristal.

—Otras —me mira y vuelve la vista al reloj— cuatro horas y cuarenta y ocho minutos.

—Eres un buen poli, Smith —le digo, porque es la verdad; no siempre puedes elegir con quién te emparejan. Al menos no fueron compañeros mucho tiempo.

Asiente.

—Cuando puedo —y con ese comentario críptico, se pierde de nuevo entre la multitud de invitados.

Rory lo ve alejarse mientras da otro sorbo de cerveza.

—¿Por qué tengo la sensación de que ahí había un montón de mensajes ocultos?

Porque los hay.

De eso estoy segura.

Becca

¡Ping!

Laura, piensa mi mente automáticamente al oír el tono de mensaje personalizado.

Me levanto de estirar en el suelo, voy a la encimera de la cocina, cojo el móvil y apoyo los codos.

Laura: ¿quieres venir?

Frunzo el ceño. Qué raro que avise tan tarde. Miro a través de las grandes puertas correderas de mi apartamento, que dan a un balcón bastante amplio.

El crepúsculo se cierne como una boca hambrienta, devorando el día ante mis ojos.

Me muerdo el labio inferior. Mac dijo que llegaría sobre las ocho. Echo un vistazo a la hora en el móvil: 5:52.

Vuelvo la vista a la pantalla y tecleo mi respuesta.

Yo: claro, pero solo un ratito.

Laura: ¿viene Mac?

No, pienso, con una risita mental juvenil.

Yo: dijo que sobre las ocho

Miro mi ropa de ballet y sopeso si cambiarme ahora o justo antes de que llegue Mac.

Qué más da, voy hacia la puerta, me calzo los zuecos y me pongo el plumífero.

Noviembre aún no se ha decidido del todo, pero hoy ha optado por el frío. Con un escalofrío y dando gracias de que las náuseas casi hayan desaparecido, salgo y cierro con llave.

Subo los amplios escalones de hormigón de casa de Laura y aminoro el paso al llegar arriba.

Hay una luz encendida en el porche, pero la casa tiene ese aspecto vacío de cuando no hay nadie.

Qué raro.

Saco el móvil del bolsillo interior y vuelvo a mirar el mensaje y la hora a la que llegó.

Sí. Solo he tardado unos diez minutos en llegar.

Pulso el botón iluminado y el timbre resuena en el silencio ominoso. De repente ominoso porque mi amiga no aparece. Porque es de noche.

¿Paranoica, yo?

Se me escapa una risa nerviosa y miro alrededor, esperando como una tonta.

Envío un mensaje.

Yo: estoy aquí

Esperar unos minutos con la vista clavada en la pantalla apagada del móvil es una tortura. Y me inquieta que Laura me haya invitado y luego no esté.

Da igual, pienso, y dándome la vuelta, deshago el camino hacia el Volkswagen.

Aminoro el paso al acercarme al coche, que parece estar en un ángulo extraño. Recorro el VW con la mirada en la penumbra creciente, intentando averiguar por qué no parece estar recto.

Mi mirada se detiene en seco donde la goma toca el asfalto.

Los neumáticos tienen tajos abiertos en toda la superficie de goma; las llantas ya tocan el hormigón a través de las bandas de rodadura desinfladas.

Dios mío.

El corazón empieza a martillearme en el pecho y, por primera vez en un mes, las costillas me dan una punzada de dolor.

Con manos temblorosas, saco el móvil del bolsillo trasero del bolso bandolera y pulso el botón lateral para activarlo.

No me reconoce la cara con la poca luz del anochecer, así que tecleo el PIN.

Me tiemblan tanto los dedos que tengo que hacerlo dos veces.

Rápidamente, marco el 9-1-1.

Mac, pienso, deseándola tanto que casi puedo saborearlo mientras recorro los alrededores con la mirada. Al no ver nada, vuelvo la vista al móvil.

Se me cae el alma a los pies cuando, en lugar de conectarme con ayuda, el móvil responde tranquilamente: Sin servicio.

¿Qué? Miro esas dos palabras con una mezcla de pavor e incredulidad. Estoy en una ciudad de doscientas mil personas. Sin servicio... y una mierda. Hace un segundo había cobertura, cuando intenté contactar con Laura.

Guardo el teléfono en el bolso y vuelvo a mirar alrededor.

Cada árbol es sospechoso. Cada arbusto, una forma indefinible a punto de abalanzarse sobre mí.

Vamos, Becca, unos vándalos te han reventado las ruedas.

Me muerdo el labio inferior. ¿En silencio? Porque estuve en la puerta de Laura ¿cuánto? ¿Cinco minutos? ¿Las ruedas no silban cuando pierden aire?

¿No hacen ruido cuando las acuchillan?

Acuchilladas.

Me giro despacio, retrocediendo hasta que el trasero choca con la puerta del conductor.

Con la mirada saltando de un lado a otro, observo el vecindario tranquilo y pienso en todas las veces que me había encantado porque las parcelas eran anteriores a 1970.

De cuando Kent era muy rural y todo el mundo podía tener una casa en media hectárea de terreno.

Calculo rápidamente la distancia: estoy a casi cinco kilómetros y medio de mi apartamento, desde la colina este de Kent hasta el valle donde está Kent Station.

Puedo ir andando y, de camino, pararme en la primera tienda que encuentre para llamar al 911 desde su teléfono.

Tanteo hacia atrás con la mano, levanto la manija de la puerta y cojo las zapatillas de punta de donde cuelgan en el asiento trasero, mi concesión a la superstición.

Como un talismán de la suerte, me las echo al hombro. Algo tonta y claramente alterada, echo a andar.

Mac

A la mierda. Pongo una excusa y voy al baño. Entro en el cubículo, cierro la puerta de una patada, bajo la tapa del váter y me dejo caer encima.

Saco el móvil en el último segundo antes de sentarme y busco el contacto de Rebecca. De todos modos está la primera.

Pulso su foto y espero.

No conecta.

Frunzo el ceño. Joder con esto.

Giro el teléfono hacia mí, marco su número y activo el altavoz.

El icono del auricular parpadea, se ilumina y se atenúa, señal de que intenta conectar.

No lo hace.

De un solo movimiento me levanto y me guardo el móvil en el bolsillo.

Abro de golpe la puerta del baño, salgo y voy directo hacia Rory.

Es entonces cuando me doy cuenta de que el homenajeado está ausente, junto con Mullen.

Becca

Salgo y echo a andar por la calle 248 en dirección oeste. He recorrido esta calle una docena de veces, pero no desde la secundaria.

Apenas se parece a aquella época lejana.

Han añadido farolas muy separadas entre sí, pero el arcén es solo eso: un sendero suave, inclinado y con algo de grava.

Los coches pasan zumbando, y calculo que no llegaré a mi apartamento hasta dentro de al menos una hora.

Con eso en mente, me llevo la mano al vientre, donde Jamie crece dentro de mí, y las lágrimas amenazan con volver.

Me detengo un instante e intento recomponerme. Tengo que hacerlo. Estar a salvo ya no depende solo de mí.

No puedo hacer autoestop con un desconocido, porque ¿de quién te puedes fiar? No puedo darle vueltas a cómo alguien vino y me rajó los neumáticos mientras yo estaba ahí mismo, en la puerta de Laura.

¿Y si me están siguiendo?

Los porqués se apilan como una torre del terror.

Sin darme la vuelta, echo a andar deprisa. Paso la 124 a la izquierda, en lo alto de una colina muy empinada, bajo por la pendiente que tan bien conozco y luego vuelvo a subir. Al llegar por fin a la cima, me detengo donde la calle forma una T con la 120.

Tras debatirlo conmigo misma, decido seguir por la 248, aunque puede que haya una tienda más cerca por la otra ruta. De todos modos, no encontraré ningún comercio hasta llegar a Benson, y eso está a media hora andando, calculo.

Escudriño la penumbra y me quedo bajo una farola solitaria, sintiéndome vulnerable y expuesta. La luz se derrama deslumbrante a mi alrededor, justo donde está la calle 120. Antes era un camino lateral poco transitado, según recuerdo.

Ya no.

Mientras observo, los coches entran y salen, usando el tramo corto como atajo para llegar a la 240, más transitada.

No oigo nada fuera de lugar y, con un suspiro prolongado, sigo por la 248.

Solo treinta minutos hasta Benson y los edificios comerciales que abarrotan esa vía.

Y la seguridad que eso representa.

Mac

Con impaciencia, me pongo las manos en las caderas y miro fijamente a Rory.

—Bien, ¿así que Becca no contestó? —afirma Rory con neutralidad.

—Mullen y Smith están desaparecidos —digo, sin siquiera molestarme en responder la pregunta.

Suelta un bufido de incredulidad.

—¿Smith se ha largado de su propia fiesta?

Me encojo de hombros.

—Eso parece. Eché un vistazo rapidísimo y nada.

Abro los brazos como limpiaparabrisas furiosos.

—Joder —dice Rory, ya sin rastro de neutralidad.

—Vámonos.

Suspira.

—Me he tomado dos cervezas.

Me da igual.

—Yo he dado dos sorbos, conduzco yo.

Sin mirar atrás, dejamos el murmullo de voces y el tintineo de botellas de cerveza, y salimos al azul amoratado del anochecer incipiente.

Me doy la vuelta y observo el lugar, orientándome automáticamente. Una iglesia con un edificio anexo para eventos; está bastante cerca del apartamento de Rebecca.

Sin embargo, mi instinto no me dice que esté allí, aunque debería haber llegado a las ocho de esta noche.

Miro los números iluminados de mi reloj.

6:11

—¿Qué coño? —dice Rory detrás de mí.

Me giro hacia él y miro en la misma dirección. A primera vista solo veo lo obvio: nuestros dos coches aparcados uno junto al otro.

Entonces reparo en los neumáticos, con los flancos rajados y tan desinflados que parecen caras de goma hundidas y deformes.

Rory corre hacia mi coche y toca los jirones de goma que cuelgan.

Mi primer pensamiento es: Han profanado el Shelby.

El segundo es para Rebecca.

¿Quién coño vendría a un aparcamiento lleno de polis a joderles los coches?

Otro poli, eso es lo que pasa.