Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) 17
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MAC

Se acabaron por completo las contemplaciones.

Atacando su coño, le doy a Rebecca todo lo que tengo.

Labios.

Lengua.

Dientes.

Rebecca responde tan bien a los mordisquitos en sus labios que añado más sin pensarlo.

—Mac —dice con voz ronca, agarrando los mechones cortos de mi pelo y hundiendo mi cara en toda esa dulzura cálida y húmeda.

Redoblo mis esfuerzos, abriéndole los pliegues con la nariz y dándole largas lamidas desde la entrada hasta su botón resbaladizo.

Un momento silencioso de aliento contenido en el que está completamente inmóvil entre mis manos, y entonces Rebecca estalla.

—¡Ah! —grita mientras su coño empieza a contraerse, y voy reduciendo el ritmo de mi lengua para sincronizarme con sus pulsaciones.

Finalmente, cuando la última contracción se desvanece, me siento sobre los talones mientras su cabeza cae lánguida hacia un lado.

—Dios mío —dice Rebecca.

Su mano cae entre sus pechos mientras la respiración vuelve poco a poco a la normalidad.

—Te ha gustado —afirmo, sintiéndome genial.

Su risa es sensual, satisfecha. Rebecca carraspea dos veces.

—Sí, cuando puedes hacerme correr en dos minutos justos, diría que amor es la palabra clave.

Presiono las manos sobre la piel desnuda de la cara interna de sus muslos y clavo los dedos una vez en su carne firme.

—Quédate aquí.

—Sí.

Voy corriendo hasta la entrada, compruebo que la cerradura está echada y recojo la bolsa de deporte del suelo. Con un giro ágil, vuelvo por el largo pasillo y dejo la bolsa a los pies de su cama.

Los ojos luminosos de Rebecca buscan los míos. Aunque la luz del dormitorio es tenue, distingo el tono casi transparente de su mirada.

—¿Es lo que creo que es?

Asiento, pensando que a estas alturas ya sobran los disimulos.

Inspira hondo, pensativa.

—Estoy lista.

Me inclino sobre Rebecca, apoyando los codos a cada lado de sus sienes. Nuestras miradas se cruzan.

—¿Lista para el sexo, o lista para el sexo con una mujer?

Me toma el rostro entre las manos.

—No le des tantas vueltas. Estoy lista, y punto.

Empiezo a desabrocharme la blusa mientras el corazón me martillea en el pecho como si quisiera salirse. Me saco la camisa, me quito las Converse de una patada y después me deshago de los vaqueros desteñidos.

De pie con un tanga de algodón liso, blanco inmaculado, a juego con un sujetador deportivo sin costuras ni florituras, observo cómo Rebecca me mira.

Al cabo de un par de segundos, empiezo a moverme, pero su voz me detiene.

—Déjame admirarte —dice Rebecca, y un instante después su dedo está entre sus piernas tonificadas, acariciando despacio el clítoris que acabo de adorar con mi lengua.

Rebecca se toca, recorriéndome el cuerpo con la mirada, y la imagen es jodidamente excitante.

Lentamente, me quito el sujetador y lo lanzo sobre el montón de ropa a mis pies. Mis pechos pequeños responden al ligero frío del dormitorio y los pezones se me endurecen.

Con toda la calma del mundo, me bajo las bragas por las caderas estrechas, tan distintas de las curvas de reloj de arena de Rebecca. Un cuerpo que me parece devastadoramente atractivo.

Me doy la vuelta y abro la cremallera de la bolsa de deporte que solo uso para guardar mis juguetes.

Saco el arnés y ajusto todas las correas como deben ir, colocándome todo en su sitio.

Este modelo tiene un estimulador para mí, aunque no sé cómo funcionará con Rebecca. Cada embestida genera fricción contra mi clítoris. La teoría del diseño es genial; ¿en la práctica? Quién coño sabe.

Tengo la cara interna de los muslos resbaladiza de lo excitada que estoy. Me muero por follarme a Rebecca.

Sus ojos se clavan en la polla de mentira, erecta y lista.

—Me estoy acercando otra vez.

Me mira a los ojos sin dejar de tocarse y añade:

—Sigo lista.

Pongo una rodilla entre sus piernas, el consolador oscilando con el movimiento, mientras su dedo índice traza círculos expertos sobre el clítoris.

Deslizo las manos bajo su trasero desnudo y tiro de Rebecca hacia mí, alineando su entrada brillante con los dieciocho centímetros de polla sujetos a mi pubis.

Rebecca abre las piernas tanto que casi hace un split, y la imagen me hace estremecer de anticipación.

Aprovecho para deslizar el primer centímetro grueso de la polla en su interior húmedo.

Becca

Una no se da cuenta de cuánto echa de menos el sexo hasta que lleva un tiempo sin él.

Mi cuerpo se arquea involuntariamente cuando Mac tira de mí hacia ella, haciendo que la polla se hunda más adentro.

James tenía un tamaño normal, un pene que me encajaba a la perfección y me daba todo tipo de placer, excitación y satisfacción.

El «pene» de Mac es de otro tamaño, y solo he conocido uno durante veinte años.

Hasta ahora.

El miembro que usa Mac es algo más largo y grueso de lo que estoy acostumbrada, y me llena gloriosamente hasta el fondo.

Mi dedo vuela sobre el clítoris resbaladizo mientras Mac hunde el «pene» más adentro con cada vaivén de sus caderas.

—Mac —jadeo, completamente alucinada por la sensación y lo real que se siente todo.

Abro los ojos de golpe y su expresión seria e intensa no vacila ni un instante.

Sonrío, y ella me borra la sonrisa al hundirse otro centímetro dentro de mí.

Jadeando, me retuerzo bajo ella mientras Mac embiste despacio, adelante y atrás.

—¿Bien? —pregunta en un hilo de voz.

Como respuesta, le rodeo la nuca con los dedos y atraigo sus labios hacia los míos.

Nos besamos con un beso ardiente y húmedo, entrelazando las lenguas mientras ella desliza hasta el último centímetro dentro de mí.

—Fóllame, Mac.

Apoya su frente contra la mía.

—Gracias a Dios. Pensé que nunca me lo pedirías.

Se mece hacia delante, besa la entrada de mi vientre con la punta del falo y luego retira el gran juguete de mi cuerpo, solo para volver a embestir, poseyéndome por completo.

Encerrando mi cuerpo con el suyo, Mac se apoya sobre los codos, entrando y saliendo con embestidas suaves y plenas.

Mi dedo vuelve a mi clítoris, pero mis ojos no se apartan de ella.

—¡Dios! —grito cuando apenas dos docenas de embestidas me arrastran hasta la dorada orilla del orgasmo, nublándome la visión, rindiéndome la voluntad, tensando mi cuerpo en un éxtasis inmóvil mientras Mac se cierne sobre mí, observando cada microexpresión que cruza mi rostro mientras lucho por respirar.

Por hilar un pensamiento.

Cuando el último escalofrío se desvanece, Mac retira suavemente el falo de mi cuerpo.

Me maravillo. Me maravillo de lo genuino que puede ser un encuentro, independientemente del género.

Empieza a desabrocharse el juguete, e incluso eso resulta sexy mientras lo lanza sobre una toalla que espera junto a la bolsa que había traído.

—No me dejes —digo, alargando una mano para tocarla, cualquier parte de ella.

Los ojos de Mac se cierran un momento, como si sintiera dolor.

—Nunca —susurra, y luego se desliza a mi lado, las dos con las piernas colgando del borde de la cama.

Mac

El sexo fue tan magnífico como imaginé que sería.

Levanto nuestros dedos entrelazados, los suyos mucho más pequeños que los míos, y los contemplo a la suave luz de la lámpara de noche, que ilumina nuestras manos unidas.

Suspirando, me giro de lado y le suelto la mano. Deslizo un brazo bajo Rebecca y la atraigo hacia el centro de la cama, acunándola contra la curva de mi cuerpo más alto. Luego hago lo que he querido hacer desde que la conocí: rodeo su cuerpo más pequeño con el brazo y le cojo una teta con la mano.

—Ahora esto sí que es la gloria —digo con sentimiento.

Se ríe.

—¿El qué, hacer cucharita?

Asiento.

—Eso seguro, pero ¿tocarte así? Dios.

Le aprieto suavemente el pecho.

Suspira de placer.

Tras unos cuantos latidos de silencio, Rebecca pregunta:

—¿Puedes quedarte?

¿Para siempre o solo esta noche?

—Claro.

Su mano libre envuelve la que le sostiene el pecho izquierdo.

—Esto es maravilloso.

Sí que lo es.

—Solo hay un problema.

Joder.

Rebecca empieza a girarse, y suelto el agarre que tanto me había gustado.

Apoyándome sobre el codo izquierdo, la miro desde arriba, esperando lo peor, porque soy de las que ven el vaso medio vacío.

Rebecca se pone boca arriba, nuestros cuerpos formando una larga línea de piel contra piel.

—No pongas esa cara, Mac, es algo bueno.

Mis hombros se relajan un poco.

—Suéltalo.

Rebecca sonríe, y es tan guapa, tan fuera de mi alcance.

Cállate, Mac. Acaba de dejarte que te la follaras; puede que piense que no estás tan mal.

—No he hecho nada por ti.

Retrocedo la cabeza, sorprendida.

—No necesito nada ahora mismo.

Su dedo me roza la mandíbula, y cierro los ojos ante la caricia tierna. Aquí es donde Rebecca llega a lo más profundo de mí.

No puedo resistirme a su dulzura porque yo no tengo ninguna. Esa parte de ella es tan adictiva.

Y sus curvas.

Y su cara preciosa.

Abro los ojos y recorro su cuerpo con la mirada.

Ella.

Es solo ella. Quiero a Rebecca, a la mujer entera, no solo un puñado de cosas superficiales que cualquiera podría ver.

Examino sus rasgos, recordando los gemidos suaves y sensuales que Rebecca emitió mientras la follaba con la extensión de mi cuerpo.

Ella cedió, y yo tomé.

Y me gustó: tomar.

Me gusta actuar. Siempre me ha gustado. Nunca me han follado; siempre he sido yo la que folla.

No es cierto, me corrige la mente al instante.

Hubo una vez que me follaron.

Violada, susurra mi mente. Aquel incidente único marcó tanto quién soy y dónde estoy que pienso en mi vida como antes del ataque y después.

No hay durante.

Este es mi momento con Rebecca, nuestra primera vez, y lo quiero perfecto, no contaminado por mis recuerdos sucios.

Aparto ese hilo de pensamiento y vuelvo al momento con ella.

—Claro que tienes necesidades, Mac. Déjame ayudarte.

Rebecca empieza a moverse como si fuéramos a retomarlo.

Le agarro las muñecas y se las inmovilizo por encima de la cabeza.

Jadea sorprendida, con los ojos muy abiertos.

—No. Luego. Esta vez tenía que tenerte o me habría desmoronado —digo con sinceridad.

Rebecca parpadea, intenta encogerse de hombros y dice con ligereza:

—Vale, pero quiero mi turno con ese cuerpazo tuyo.

Sonrío.

—Esta no es la única noche que vamos a tener, ¿verdad? —pregunto, solo medio en broma, sin poder creerme que esto sea real, que pueda tener una oportunidad con alguien como ella.

Sacude la cabeza tan rápido que un rizo largo le cae sobre el puente de la nariz. —No —responde Rebecca en voz baja, y luego frunce los labios y sopla hacia arriba para apartarse el mechón de pelo oscuro—. Eh... me tienes sujetas las muñecas.

Ladeo la cabeza. —Supongo que puedo quitarte ese pelo de en medio —le digo en tono juguetón.

—Sí, listilla.

Me incorporo sin soltar sus manos y paso la pierna por encima de sus caderas hasta quedar a horcajadas sobre ella.

El pulso de Rebecca aletea en el hueco de su garganta y su respiración se acelera. —Mac...

Nuestras miradas se cruzan cargadas de tensión sexual.

—Tengo otro diferente —ofrezco en voz baja. He traído tres arneses solo para ella, sin saber si el polvo y el ajuste iban a funcionar. Cosas de prueba y error.

El siguiente podría hacerme correr a mí también. Aunque es difícil, porque cada uno funciona de forma distinta según la mujer.

—Por favor —suplica, y solo con ese tono mi coño se moja.

Que quiera que la folle otra vez, y que yo pueda hacerlo, me pone al borde de la explosión.

Le suelto las muñecas poco a poco, avanzo de rodillas hasta la bolsa y saco otro. Este tiene un estimulador de clítoris diferente. Uno que me hará correr seguro, junto con mi preciosa novia.

Me gusta cómo suena eso. Novia.

Vuelvo a donde está tumbada, con las piernas abiertas, expectante.

Joder, está buenísima. No quiero que esta noche acabe nunca.