15
BECCA
Con las manos cruzadas detrás de la espalda, me apoyo contra el espejo del ascensor, la cabeza echada hacia atrás mientras miro al techo, pensando en nada.
—Entonces, ¿qué tal fue? Me estoy muriendo de curiosidad, Flint.
Mis labios se curvan en una sonrisa secreta. Como si fuera a ir contando intimidades por ahí, aunque sea Rory. Hasta ahora he sido una tumba. Pero no puedo evitar un resoplido de satisfacción y le lanzo una migaja:
—Genial.
—Genial, dice, genial —gruñe—. Venga, suelta, tío.
—Pues sigue adivinando —digo, haciéndome un poco la interesante, saboreando mi información privilegiada.
—Eso no es justo, Mac. He sido tu... mierda... —se queja Rory, con la mirada clavada en el techo mientras busca la palabra perfecta.
—Confidente.
Bajo la cabeza cuando suena el timbre del tercer piso; nosotras vamos al sexto.
—Sí. Eso —Rory sonríe con suficiencia—. Entonces, ¿es lo bastante gay?
Asiento. Vaya que sí, podría ser «lo bastante gay» para las dos.
—Creo que sí.
Arquea las cejas.
—¿Lo esperas o lo crees?
Lo sé.
—Seguro.
Las puertas se abren con un siseo y una palma carnosa y fuerte golpea el marco de la puerta del ascensor para mantener abierta la puerta plegable.
Mullen entra sin hacer el menor esfuerzo por respetar el espacio personal, plantando su culo casi encima del mío.
Smith lo sigue, con la mirada saltando entre nosotros antes de posarse en Rory.
Retroceder sería demasiado fácil. En lugar de eso, vuelvo a mi postura despreocupada de antes, estudiando el techo.
No pienso dejar que ese capullo sepa cuánto me cabrea su mera existencia.
Las puertas del ascensor se cierran con un siseo.
Smith pulsa el botón iluminado del noveno piso.
Me concentro en el patrón de las placas acústicas del techo, llenas de agujeritos aleatorios que llevan ahí tanto tiempo que los cuadrados, antes blanquecinos, se han amarilleado con los años.
—¿Has cerrado ese caso, Flint? —pregunta Mullen.
—Eso lo acota mucho —comento con sarcasmo apenas contenido, sin apartar los ojos del techo.
—Johnson. La bailarina.
—Sí, está cerrado.
Y no gracias a ti, imbécil insufrible.
—El informe toxicológico seguía dando alcohol —Mullen me lanza el comentario como una flecha cansada.
Bajo la barbilla y giro la cabeza para enfrentarlo. Nuestras narices están tan cerca que podríamos darnos un beso esquimal.
—¿Y? —mi voz corta el aire como un cuchillo.
—Mac... —dice Rory.
—Mullen... —intenta Smith.
Pero somos dos toros trabando cuernos en este momento. Que le den a la bandera roja.
—De hecho, me sorprende que apareciera algo. El testimonio de Rebecca Johnson dice que compartieron una sola copa de vino antes de la cita.
Mullen suelta una risita despectiva.
—Compartieron más que eso.
Aprieto la mandíbula.
—¿Por qué estamos hablando siquiera de esto?
—Porque me han dicho que te dedicas a comer coño, lo que te hace blanda con el caso... puede que hasta con los resultados de las pruebas.
¿Pero. Qué. Cojones?
Los labios carnosos de Mullen se estiran en una sonrisa de gato de Cheshire. Pagado de sí mismo. Importante.
Me quedo completamente quieta un instante antes de explotar al siguiente.
Rory me agarra pasando los brazos por debajo de los míos y me sujeta contra él justo cuando me lanzo hacia delante para otro intento.
—Uy —dice Mullen, levantando las palmas—. Qué susceptible.
Suena el timbre del sexto piso, pero nuestras miradas no se han separado ni un instante.
—Vete a la mierda, Mullen —siseo entre dientes.
El sexto piso está casi vacío, pero no sin que algunos agentes pillen a Rory sujetándome y la sonrisa engreída de Mullen.
Mullen se gira con deliberación y le da la espalda al pequeño público. Se lleva los dedos índice y corazón a la boca formando una «V». Saca la lengua entre ellos y la mueve arriba y abajo.
—¿Qué eres, ¿un crío de cinco años? —pregunta Rory con voz asqueada.
Mullen baja la voz.
—Apuesto a que a la pequeña Becky le encantaría estar con un hombre de verdad otra vez. Parece bien flexible.
—No muerdas el anzuelo, Flint —dice Rory en voz baja.
Una neblina roja me nubla la vista.
Mullen ladea la cabeza y me estudia como si fuera un gusano.
—Tú no te empinas para nada, ¿eh, Flint?
Hijo de puta.
—Rory.
A mi señal, Rory me suelta.
Me planto delante de Mullen, pecho con pecho.
—No te acerques a ella. ¿Dónde coño está tu compasión, Mullen?
Con una sonrisa de tiburón, se inclina hacia mí.
—¿Y dónde está la tuya?
Echo la cabeza hacia atrás como si me hubiera abofeteado.
No con la mano.
Con sus palabras.
Las vagas dudas que tenía sobre lo de Rebecca y yo acaba de ponerlas en palabras un hombre al que detesto.
Ese hecho no los hace menos ciertos.
—¿Crees que solo estaba fanfarroneando? —le pregunto a Rory en cuanto se cierran las puertas del ascensor y empezamos a subir al noveno.
Nos dirigimos a nuestro cubículo compartido. Nuestra «oficina» no tiene nada de glamurosa. Tampoco hace falta; nunca estamos en ella.
Rory se rasca el pelo negro, cortado al rape. —No sé por qué te tiene tanta manía, pero tío... vaya si la tiene —. Emite un silbido bajo.
Me detengo y él también.
—No me has respondido.
—Sí —admite.
Nos miramos.
—Es un poli como nosotros —dice Rory.
Joder. —¿Pero?
Rory niega con la cabeza, mira de reojo a los agentes que nos observan y se gira para seguir caminando hacia nuestro cubículo.
Todas las miradas siguen nuestro avance.
Cuando llegamos al cubículo de tres paredes endebles, continúa: —Pero... no me extrañaría que ese cabrón le hiciera alguna putada menor a Becca solo para joder.
—¿Putada menor? —me hormiguean los dedos.
Solo de pensar que ese pervertido cabrón pueda pasarse por su casa para intimidarla o acosarla de cualquier forma, la visión me tiembla y los bordes se vuelven grises—.
Ella no puede soportar eso. Sea lo que sea que ese maldito cabrón crea que va a cabrearme, si se mete con Rebecca, lo que pasó entre nosotros parecerá una pelea de críos en el recreo.
—Quiere exactamente eso, Flint. Mullen no desea otra cosa que echarte del cuerpo sin motivo. Está usando tus emociones en tu contra.
Ignoro el psicoanálisis y voy al grano de lo que me tiene tan tensa. —¿Y si va a por ella?
Rory mueve la mandíbula de un lado a otro. —Ni siquiera Mullen es tan estúpido como para dejarse pillar acosando a una viuda reciente —. Pone los ojos en blanco.
—¿Y lo de que dijo que no tenía compasión?
Rory niega con la cabeza. —Ese tío se follaría a una cabra si le diera el punto.
Suelto una carcajada. —Bonita imagen.
Se encoge de hombros como diciendo ¿y?
—Entonces, ¿no crees que esté coaccionando a Rebecca?
—Joder, no. Es una mujer hecha y derecha —. Los ojos de Rory se mantienen firmes en los míos, y mientras los míos se llenan de lágrimas, una emoción ardiente amenaza con desbordarse.
—Flint —dice Rory, ignorando deliberadamente las lágrimas que tercamente nunca derramaré—, ¿la estás violando?
Frunzo el ceño. —Nunca. Joder. No me puedo creer que hayas dicho esa palabra en la misma frase que mi nombre.
Rory levanta una palma como diciendo solo hago de abogado del diablo.
—Jamás le haría daño. Mataría a cualquiera que la tocara —. Aprieto la mandíbula.
Esboza una sonrisa triunfal.
Me doy cuenta de lo que he dicho.
—Estás metida hasta el cuello. Cuando amas a una mujer, no le haces daño.
—No he dicho nada de amor.
Rory sonríe con suficiencia. —No hacía falta.
Joder.
Una semana después
Becca
Me giro de lado, y como mi trabajo implica diez millones de espejos en todos los ángulos imaginables, conozco íntimamente cada centímetro cuadrado de mi cuerpo.
Una curva apenas perceptible asoma en mi vientre. La forma es el contorno más vago, pero está ahí, donde hace un par de meses había un vientre perfectamente plano.
Las náuseas omnipresentes se han tomado el día libre, gracias a Dios.
Porque Mac viene a cenar.
Y mucho postre, pienso con mucho más que una pizca de emoción.
Mientras contemplo mi reflejo en el espejo de cuerpo entero, un sutil rubor rosado tiñe la piel clara de mis pómulos marcados.
Con un pequeño suspiro de frustración, me aparto del espejo y de mi vanidad fuera de lugar.
El sujetador y las bragas escarlata son un guiño a lo que pensé que le gustaría a Mac. El mismo proceso mental que hacía para James, ahora lo hago para ella.
Lenta y cuidadosamente, elijo mi atuendo, ya decidida mentalmente a acostarme con MacKenzie Flint.
Recuperar mi vida.
Han pasado casi tres meses desde la muerte de James, tan poco tiempo y tanto a la vez.
Mis ojos se desplazan hacia las fotografías enmarcadas del hombre al que amé con cada pedazo de mi corazón, ahora destrozado.
Entonces Mac entró en mi vida, y me doy cuenta de que ha sido mi pegamento desde aquel primer momento gélido de lucidez.
Con cada caricia.
Cada mirada.
Cada palabra.
Ella es el pegamento que repara el frágil cristal cuarteado de un corazón que antes solo latía por él.
Y ahora empieza a latir por ella.
Estoy nerviosa.
Mi espacio es un desastre, lo cual es más o menos normal.
Ovillos de lana de colores vivos están metidos en un conjunto de cestas bajo el alféizar profundo de la ventana, con la vista centelleante de la ciudad al fondo de mi ático.
Mis ojos tropiezan con las agujas de tejer clavadas en una madeja gruesa y colorida que lleva a medio hacer desde hace tiempo.
He vivido en Kent toda mi vida. Cuando era zona rural, podía ir en bicicleta por todas las carreteras. Ahora hay que coger esas mismas carreteras secundarias entre el mediodía y las dos solo para hacer cualquier recado.
Un rugido sutil me arranca de mis pensamientos y me hace mirar hacia delante, mientras un poderoso estruendo me impulsa a correr hacia el balcón. Abro la puerta corredera de cristal, salgo y me inclino sobre la barandilla moderna y elegante que enmarca los paneles de cristal templado.
Un coche rojo entra suavemente en la fila de plazas de aparcamiento reservadas para visitantes de Top Shelf.