14
BECCA
Feliz. Eso es lo que Mac me hace sentir. Últimamente no he tenido mucho de eso en mi vida. ¿Y cómo pude ser tan arrogante de creer que solo James era capaz de algo así?
El pensamiento traicionero se cuela como un criminal entre nosotras, y sin darme cuenta retrocedo para estudiar el rostro angular de Mac.
Ladea la cabeza hacia la izquierda, y esos labios carnosos que tan hábiles fueron en mis rincones más íntimos se curvan en las comisuras. —¿Qué?
Sacudo un poco la cabeza. —Es solo que... soy... prisionera de mis pensamientos, nada más.
—Ah —dice. Me suelta y se sienta sobre los talones.
Nos miramos y me aparto un mechón grueso de pelo detrás de la oreja, cayendo de pronto en la cuenta de que mi falda es una especie de tutú improvisado alrededor de mi vagina casi desnuda, completamente a la vista.
Intento resistir el impulso de bajarme la falda y ocultar mis partes femeninas, pero fracaso enseguida y hago una especie de contoneo sutil mientras ajusto torpemente la tela arrugada.
Mac frunce el ceño. —Me estaba gustando la vista —dice, curvando los labios.
Suspiro. —No quiero que nada estropee nuestro... —agito la mano vagamente—. Interludio —consigo decir al fin.
—¿Pero? —Alza una ceja fina de color miel oscuro. Sus rasgos empiezan a endurecerse con resignación.
—No —digo con suavidad, negando con la cabeza ante lo que veo en su expresión—, no me cierres las puertas. Tengo que asimilar esto... lo nuestro.
—Está bien —dice Mac lentamente mientras se pone de pie, irguiéndose sobre mí—. Y no quiero que jueguen conmigo —añade, encogiéndose de hombros.
¿Qué?
Ese comentario me enfurece sin más.
Me levanto de un salto, olvidándome por completo del desastre de mi falda. Le señalo el pecho con un dedo, echando la cabeza hacia atrás. —Dame un respiro. No he estado con nadie más en veinte años, y tú también eres mujer —digo, y en cuanto lo suelto, me doy cuenta de que la he cagado.
El rostro de Mac empieza a cerrarse.
Maldición. —Espera, lo siento. No quería decir que haya un problema con que seas mujer... con que seamos mujeres —añado.
Dios. Becca, eres tonta.
Pero Mac ya está recogiendo la mesa con movimientos eficientes. Se lleva nuestros deliciosos postres a la cocina y, con un estruendo, arroja la cristalería al fregadero como si fuera basura, sin mirarme.
No la sigo.
Cuando la primera lágrima ardiente me resbala por la mejilla, me la quito de un manotazo furioso.
Estoy harta de llorar.
Mac vuelve al salón y se para en seco. Ve mis lágrimas y se planta con las manos en las caderas.
Manos que me defendieron.
Que me salvaron.
Que amaron mi cuerpo.
Me tiembla el labio. —Lo siento mucho —susurro—. Nunca he hecho esto antes —separo las manos del cuerpo y me trago una risita—. Vengo en son de paz.
Se planta con los pies separados, el rostro solemne como el de un cura. —No hay ni una puta cosa pacífica en lo nuestro. La relación, la química, lo que me haces sentir... nada.
Mac deja caer las manos a los costados y avanza hacia mí con el pecho agitado. Me fulmina con la mirada y luego, como si fuera contra su voluntad, me atrae con fuerza contra su pecho.
Me enreda los dedos en el pelo e inclina mi cabeza para tener mejor acceso a mi boca. Sus labios se posan sobre los míos, tan duros e implacables como delicada fue con mi sexo minutos antes.
Abro los labios al saqueo y ella devasta mi boca; nuestras lenguas se retuercen y se hunden, pura intensidad húmeda y caliente mientras toma mis labios suaves y los moldea en un beso que literalmente me deja sin aliento, con las rodillas flojas.
—Mac —gimo contra su boca cuando por fin encuentro oxígeno.
Se aparta al instante, y si no llega a ser por su mano sujetándome el codo, me habría desplomado allí mismo.
—¿Eso te ha parecido jodidamente pacífico? —gruñe Mac junto a mi sien.
No. No, no lo es. Es un beso que me hace querer follármela. La cruda verdad de esa emoción me hace temblar, y sacudo la cabeza, incapaz de articular una respuesta.
—Entonces, ¿dónde nos deja eso? —pregunta Mac con el rostro a centímetros del mío.
Por primera vez desde que conocí a Mac, le digo una verdad difícil: —No puedo permitir que me hagan daño, Mac. No puedo volver a enamorarme tan pronto después de... —Dilo, Becca.— Después de James —termino en voz baja.
Resopla, mitad risa, mitad desdén. —A veces la vida no espera a que el momento sea perfecto, ni a que las estrellas se alineen, ni a cualquier otra mierda que el universo nos eche encima.
Se me escapa una risa. —¿Alguien te ha dicho alguna vez que hay cierta poesía en lo que piensas?
—No —dice Mac, cruzándose de brazos—. Lo que más oigo es «Mac, eres jodidamente directa», o mi favorito personal: «Dinos cómo te sientes de verdad, Flint».
—¿Así te llama la gente? ¿Flint?
Se encoge de hombros, un gesto que podría significar todo o nada. —Algunos. Muchos compañeros de la agencia nos llamamos por el apellido.
Alza la mano y, antes de que me dé cuenta, me coloca en su sitio ese mechón rebelde que se ha escapado de detrás de la oreja.
Suelto una risita nerviosa. —Mi pelo tiene voluntad propia.
Sus ojos grises se oscurecen hasta un tono peltre mientras me mira. —Qué pelo tan bonito.
Con delicadeza, Mac me toma la cara con ambas manos mientras sus ojos recorren mi rostro centímetro a centímetro. —Nunca me cansaré de mirarte.
No sé qué decir. «Gracias» no parece suficiente. En lugar de hablar, entrelazo mis dedos con los suyos y beso suavemente el centro de su palma. Al darle la vuelta a su mano, sé que es la dominante porque cada nudillo está en carne viva, con costras que empiezan a cicatrizar.
Mullen. —Ese idiota —digo en voz baja, y voy dejando besitos sobre cada nudillo.
—Lo volvería a hacer, ese puto imbécil.
Levanto la cabeza de golpe y nuestras miradas se cruzan. —¿Os metisteis en problemas?
—Esto no es el parvulario, Rebecca.
Dejo caer la mano y cruzo los brazos. —Deja de ser condescendiente, no sé cómo expresar bien lo que quiero preguntar. O sea —me apoyo en una pierna y abro una mano—, no es normal que los polis se peguen entre ellos, ¿no? ¿Hubo consecuencias por lo que pasó?
Mac niega una sola vez con la cabeza. —No, ninguna de las dos es tan llorona como para denunciar a la otra.
—Eso es bueno, supongo.
El silencio se instala entre nosotras.
—Mullen me la tiene jurada desde que era novata —admite en voz baja.
Se me relajan los hombros ante su tono conciliador. Mac no pretendía ofenderme, es solo que me ofendo con facilidad últimamente. Como si un montón de emociones estuvieran aflorando. Soy un desastre. No es que una cosita como la muerte de mi marido y estar embarazada tenga nada que ver. Para. Nada.
Y empezar una relación con mi amante lesbiana.
Empujo toda esa mierda al fondo de mi cerebro y animo a Mac a abrirse. —¿Por qué?
Mac se pasa los dedos fuertes por el pelo corto y de punta, y los mechones se estremecen al contacto. —Le gané en todas las pruebas. Armas, combate cuerpo a cuerpo, todo. Me imagino que le jodió vivo. —Sonríe con suficiencia.
—Oh —digo en voz baja—. Cuando una bailarina es mejor que otra, no nos pegamos. Normalmente. —Sonrío.
Mac no.
Se me borra la sonrisa.
—Probablemente. Pero nosotras no somos bailarinas.
Estamos metidas hasta el cuello en un ambiente estresante, cargado de testosterona.
Emocionalmente blindadas por lo que vemos, lo que paramos.
.. lo que no podemos parar. El trabajo es una mierda; también mola.
Pero la mayoría elegimos esta vida porque no teníamos otra salida.
En realidad, las fuerzas del orden eligen al agente.
—Es lo más largo que te he oído hablar de una vez —digo asombrada.
—No soy de muchas palabras.
Vuelve mi sonrisa. —Sí, ya me he dado cuenta.
—¿Te molesta? —pregunta Mac con cierta brusquedad.
Levanto la mano y ella no se mueve mientras le acaricio suavemente la mandíbula. —No —respondo en voz baja—. Nada de ti me molesta.
De hecho, la única molestia que me provoca es del tipo que quema.
Me pongo de puntillas y le doy un beso suave en los labios. Ella gime y me atrae hacia sí.
Cuando le rodeo el cuello con los brazos, Mac me besa y luego apoya su frente contra la mía. —Vas a matarme.
—¿Yo?
Su sonrisa sardónica aparece al instante. —Puede que parezcas una cosita frágil, pero has desatado una tormenta en mi corazón, Rebecca Johnson.
—¿Ves? —digo—. Poética.
Mac se inclina y vuelve a besarme. —Antes no lo era.
Apoyo la cabeza entre sus pechos y me relajo con el reconfortante latido de su corazón contra mi mejilla.
Nos quedamos así en silencio un rato, y cuando se aparta, esta vez no hay tensión entre nosotras.
A menos que cuente la tensión sexual.
Mac
Es jodidamente difícil ver esas luces traseras parpadear al doblar la esquina mientras su Escarabajo desaparece de mi vista.
Las ganas de decirle a Rebecca que me mande un mensaje cuando llegue a casa son tan jodidamente maternales que no me lo creo. Porque no me siento maternal con ella.
Qué va.
Aún más difícil fue resistir el impulso de llevarme a Rebecca al dormitorio y follármela. Tengo que repetirme el mantra de que no es un rollo de una noche en el que me corro y paso página.
Y eso me asusta de cojones.
Rebecca me tiene las tripas hechas un nudo.
Me aparto de la ventana, voy a la cocina y hago mi ritual TOC de siempre: lavar los platos que ya están limpios y meterlos en el lavavajillas igualmente.
La rutina familiar me calma mientras paso toda la mierda mental que me agobia por el lavavajillas de mi cabeza.
Hay mierda que nunca queda limpia. Mullen y yo llevábamos evitándonos sin esfuerzo desde nuestro encontronazo de hace tantos años.
Smith y Rory probablemente ayudaron a eso.
Pero sería muy propio de ese cabrón remover la mierda.
Por desgracia, ahora sabe que Rebecca es más que un caso.
Antes nunca había conseguido tocarme las narices, pero nuestra pelea sacó a la luz una vulnerabilidad que desconocía y que ahora puede usar en mi contra.
Cuando me la sudaba todo, no había nada que ese gilipollas pudiera usar contra mí.
Me quito de encima la inquietud por la posible mierda de Mullen y pienso en Rebecca.
Su olor, su belleza.
Su sabor cuando me la comí como una mujer hambrienta en un bufé fue exquisito.
Sé que será alucinante llevar lo nuestro hasta el final, como quería, pero no tuve agallas para presionar.
Me persigue una punzada de inquietud. Hay algo que no estoy viendo, como un fantasma en mi punto ciego.
Tengo una intuición vaga pero no logro identificarla.
Estamos pasando por los típicos baches de ajuste (creo) que tienen la mayoría de las parejas cuando se están conociendo.
Entonces, ¿qué es esa nube oscura y esquiva que intenta formarse en el horizonte de mi mente?
A la mierda. Tenemos una segunda cita. Esta vez en su casa, aunque me avisó de que no está tan ordenada como la mía.
Como si me importara.
Quizá lleve una bolsita con sorpresas.
¿O quizá sea ir demasiado rápido?
Se me escapa un largo suspiro. Esta mierda de las relaciones es agotadora. Es emocionante e impredecible, ardiente. Pero desde luego no es para débiles.
Y eso es justo lo que me siento ahora mismo: débil.
Débil porque esta mujercita ha puesto mi mundo patas arriba.
Esta noche, cada vez que quería enfadarme con ella por algún desaire imaginario o tropiezo emocional, me miraba con esos ojos azul cielo como si yo fuera la única persona en la tierra.
La única que importaba.
No me extraña que su marido la amara. Es un don poderoso: hacer que otro ser humano sienta que es el único en el planeta. El único.
A menos que no sea un don, sino la pura verdad.
Algo que tengo claro de Rebecca: no tiene doblez.
Y otra cosa que tengo clara: me estoy enamorando.
Hasta el fondo.