9
BECCA
—¿Cómo van las náuseas? —pregunta la Dra. Winters. Sus claros ojos marrones parecen los de un búho detrás de unas lentes con ligero aumento.
—Bastante mal por la mañana, pero tengo que decir...
Levanta la vista de la ecografía, con la sonda lista para continuar, y emite un sonido interrogante:
—¿Hmmm?
—Algún idiota inventó el término «náuseas matutinas».
—Totalmente cierto —bromea Winters mientras continúa con la sonda.
Se concentra en el sonograma, donde mi bebé aparece como un gran cacahuete con extremidades de alienígena y un cordón umbilical encogido.
—Demasiado pronto para determinar el sexo —dice con ligereza.
—Está bien.
—Vamos a sacar una foto.
Winters gira unos botones, pulsa varios controles, y a lo lejos algo que suena como una impresora cobra vida.
La Dra. Winters me da la espalda al girar en la dirección opuesta y saca unos cinco pañuelos de una caja para que pueda limpiarme el gel del vientre.
Me los entrega y empiezo a quitarme el gel.
—Estás más delgada de lo que me gustaría —dice con franqueza.
—Normalmente peso unos cincuenta kilos —me encojo de hombros—. Pero con las náuseas... y James muerto, añado mentalmente, comer no es precisamente mi prioridad.
Winters gira de nuevo para mirarme y me toca la mano con suavidad; luego levanta los dedos y apoya la palma en su muslo.
—Has pasado por mucho, Becca.
Sí.
—¿Cómo tienes las costillas?
Doloridas. —Mejor.
Winters frunce el ceño, pero continúa:
—Intenta obligarte a comer varias comidas pequeñas a lo largo del día, así no te agobias con grandes cantidades de una sola vez.
Me río.
—Esta es la conversación más rara que he tenido en mi vida.
—¿Por qué? —la buena doctora arquea una ceja perfectamente perfilada.
—Tengo tiempo de sobra para engordar.
—Sí, pero con el trauma que has sufrido... —se encoge de hombros y la bata blanca se mueve rígida con el gesto—. Necesito decírtelo.
Consulta mi historial, que tiene en el regazo.
—Por la fecha de tu último ciclo, podrías estar de siete a ocho semanas; la ecografía lo confirma.
Siete a ocho semanas. —Entonces, ¿cuándo salgo de cuentas?
—Tu último ciclo fue el 31 de agosto, así que el 7 de junio.
—Parece tan lejano.
Winters sonríe.
—Llegará antes de que te des cuenta —golpetea el bolígrafo contra el labio inferior y añade—: Me gustaría verte dentro de un mes, más o menos.
—De acuerdo —respondo mientras me bajo de la camilla y cojo los vaqueros que cuelgan de un perchero.
—Y hay algo más que comentarte.
Meto un pie en una pernera, luego el otro, me los subo y todavía consigo abrocharme los vaqueros.
—¿Qué? —me vuelvo, cojo la camiseta del perchero donde tenía la ropa, me la paso por la cabeza y me la bajo, ajustándome el bajo.
—Tendrás que decidir si quieres hacerte las pruebas genéticas.
Me vuelvo hacia ella.
—Tienes más de treinta y cinco.
Bastante más; cumpliré los treinta y nueve unos cinco segundos después de que nazca el bebé.
—¿Amniocentesis?
Winters asiente.
—No es obligatorio, pero tengo que informarte de que existe esa opción. Es el protocolo estándar para cualquier mujer mayor de treinta y cinco.
—Eso significaría que si el bebé tuviera algún problema por mi «edad avanzada», tendría que interrumpir el embarazo.
Me llevo una mano protectora al vientre, todavía plano.
A los ojos perspicaces de Winters no se les escapa mi postura defensiva.
—Esa es una opción, por supuesto, pero en realidad sirve para estar preparada si decides seguir adelante con el embarazo aunque el resultado no sea el ideal.
Sé en qué consiste el procedimiento. No pienso dejar que me claven una aguja en el vientre y perforen el saco amniótico del bebé. Ni hablar.
—Gracias, doctora —digo con desenfado mientras me calzo los zuecos que uso con las mallas cuando salgo del estudio.
—De nada. No tienes que decidirte hasta que estés entre las quince y las veinte semanas.
—¿Dónde firmo para rechazar el procedimiento?
Intercambiamos una mirada cargada de significado; luego Winters rompe el silencio:
—Traeré el formulario.
Es el bebé de James.
Mi mano se posa suavemente sobre mi vientre. Mi bebé.
Espero unos minutos hasta que suena un mensaje en el móvil.
Bajo la vista y veo un mensaje corto.
Nuevo contacto: Soy Mac Flint.
Suelto un suspiro que aparta un mechón de pelo de la nariz, aunque vuelve a caer en el mismo sitio al instante. Con dedos ágiles, la añado rápidamente como contacto.
Dudo sobre qué nombre ponerle y al final escribo Ángel en lugar de «Mac» o «Flint» o «agente ___». Porque siento que Mac ya me ha salvado dos veces. En realidad, es más como un ángel de la guarda que vela por mí.
Yo: Hola.
Ángel: Hola.
¿Y ahora qué? Tamborileó con el pie en las baldosas del hospital. El sonido resuena y me detengo, mirando la puerta. La Dra. Winters no ha vuelto. Vale.
Vuelvo a mirar la pantalla del móvil.
Yo: ¿Quieres que quedemos para tomar un café?
¿Qué estoy haciendo? Me muerdo el labio, avergonzada, asustada y confundida.
Ángel: Claro.
Yo: ¿Conoces el Starbucks de East Hill Village?
Ángel: Sí.
Dios. Es como sacarle las muelas. Es tan callada. Una mujer de acción, pienso.
Yo: ¿Tienes un descanso o...?
Ángel: Puedo quedar contigo de una a dos.
Yo: ¿Hoy?
Ángel: Sí. ¿Te va bien?
Un revoloteo de mariposas estalla en mi estómago, amenazando con alzar el vuelo.
Yo: Me gustaría. De todos modos tengo que volver al estudio a las tres.
Ángel: Nos vemos entonces.
Yo: Vale.
Joder, lo he hecho.
Al instante, le mando un mensaje a Laura contándole lo que ha pasado.
Siento que le estoy siendo infiel a James. ¿Le estoy siendo infiel? Me muerdo el labio otra vez.
Antes de que pueda sentir demasiado, la Dra. Winters entra resuelta y me entrega un papel.
—Firma junto a la X para indicar que no participas —dice. Sonríe de repente—. Aquí tienes una foto del pequeñín.
Dejo el papel sobre la bandeja con ruedas y cojo con cuidado una esquina de la foto.
—Parece un cacahuete deforme.
La sonrisa de la Dra. Winters se ensancha. —He oído eso muchas veces. No hay mucho desarrollo en esta etapa, pero aun así es una señal de que está creciendo. Le pedí a Jessie que te enviara la versión digital por correo.
—Gracias, doctora.
—De nada.
Dejo la foto con cuidado, garabateo mi firma junto a la X, la recojo de la pequeña bandeja y me dirijo a la puerta.
—Cuídate, Becca.
Me giro y le sonrío, consciente de que es una de las primeras expresiones naturales de felicidad que consigo desde que murió James.
Mac
Con dedos que tiemblan un poco, deslizo el móvil en su sitio en el cinturón de servicio.
Son las doce en punto.
Una hora.
Entonces lo sabré.
No he podido dejar de pensar en el no que me dio Rebecca. El no que significaba que no estábamos en la zona de amigos.
Más bien como un sí, en realidad.
—¿Quién es? —pregunta Rory, sorbiendo ruidosamente los últimos restos de la coca-cola que acabamos de comprar.
—Rebecca Johnson.
Silba.
—Te lo dije: nada de zona de amigos.
Gira la cabeza hacia mí, con la pajita entre los labios. La suelta. —¿Crees que ella solo estaba —ladea la cabeza— malinterpretando las cosas?
Mi memoria evoca una imagen nítida de sus mejillas sonrosadas cuando Rebecca admitió su intención íntima.
No. No hubo ningún malentendido. —No —digo, y me lanzo a la autopista 167 mientras nos dirigimos al escondite de siempre para pillar a los corredores aficionados.
—¿No puedo convencerte? —pregunta, dando un último sorbo exasperante y dejando caer el vaso gigante ya vacío en el portavasos.
—No —digo con rotundidad, metiéndome en nuestro hueco habitual y poniendo punto muerto.
—Mullen va a ser un problema.
Pongo la mano a las doce en el volante y me giro hacia él. —¿Para Rebecca?
Rory hace una mueca de asco. —No si sabe lo que le conviene. Diré—
—¿Qué?
—Déjame terminar —suelta un suspiro frustrado—. Que él sabe que tienes interés personal en ella. Ese cabrón tiene olfato para esas cosas. Seguramente no esté pensando en todo el asunto.
Rory hace un pequeño movimiento de cadera.
—Joder, Rory, madura de una vez.
Sonríe con suficiencia. —Lo único que digo es que eres un tío frío y habrías manejado las cosas de otra manera con Rebecca Johnson si no te gustara. No como si fuera una tía cualquiera de la que necesitabas una declaración.
Verdad. —Sí.
—Ha sido un capullo desde hace tiempo —anuncia Rory como si fuera una novedad.
—No me digas —arqueo las cejas.
Se ríe. —Listillo.
Rory apoya la pistola de radar en el salpicadero y la orienta hacia el tráfico que viene. —Quiero saber cómo te va.
—De acuerdo.
—Pareces tensa —comenta Rory sin mirarme.
Sí.
—No quiero cagarla —admito.
—Bienvenida a mi mundo: todos los hombres se sienten así.
Resoplo.
—No soy un tío.
Rory ladea la cabeza, estudiándome.
—Eres el «hombre» en una posible relación, ¿no?
Baja los dedos de las comillas en el aire; la pistola de radar se balancea torpemente con el gesto.
Me lo pienso. Mis instintos con Rebecca son protectores y sexuales. Bastante directos.
—Es simplificar demasiado las cosas, pero se aproxima.
—A todos los tíos del mundo les suda el culo la primera vez que salen con una chica.
Se me escapa una carcajada.
—¿«Les suda el culo»?
Rory asiente con aire de sabio.
—Sí, tío: sudor nervioso en el culo.
—Yo no tengo ese problema —digo con una pequeña sonrisa.
Se encoge de hombros.
—Hay que tener pelo en el culo para eso, supongo —me guiña un ojo.
Gimo.
East Hill Village es un centro comercial moderno que los promotores esperaban encajar en la zona este de Kent para darle un toque de clase al barrio.
Fracaso total.
Rory y yo nos pasamos por este Starbucks con cierta frecuencia. Él pide su combinación azucarada de siempre mientras yo pido mi café negro como el alquitrán.
Localizo a Rebecca al instante. Su silueta forma una curva suave sobre la mesa, las piernas no solo cruzadas sino enroscadas entre sí mientras se inclina hacia delante apoyada en los codos, con la mirada fija en el móvil, un dedo elegante suspendido que desliza mientras ojea.