Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) 7
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MAC

—¿Qué coño ha sido eso? —pregunta Rory en cuanto nos metemos en el coche patrulla.

Yo haciendo el imbécil, me digo. Pero en voz alta respondo:

—Solo intento ser sensible.

Ladeo la cabeza y lo miro desafiante.

Aprieta la mandíbula.

—Y una mierda sensible. No serías sensible ni aunque te lo metieran por el culo.

Le lanzo una mirada fulminante.

—Vale, ya sé que estoy cambiando de actitud.

—Un árbol entero, más bien.

Es justo, supongo. Suelto un suspiro de frustración.

—Tengo que llegar hasta el final con esto.

Rory entrecierra los ojos mirándome, y apartando la vista de su mirada penetrante un momento, observo a Rebecca poner el intermitente y colarse en un hueco del tráfico. Nuestra presencia seguro que ayuda a despejar el camino, pienso con una sonrisa para mis adentros.

—¿Llegar hasta el final con qué?

Me vuelvo hacia él.

—Supongo que la mejor respuesta es que no tengo ninguna buena. Siento algo por ella: química, compasión... no sé exactamente qué, pero quiero explorarlo.

—No es gay, Flint.

Bajo la barbilla y me quedo mirando los dedos largos mientras tamborilean sobre el material oscuro de los pantalones del uniforme, un azul marino tan profundo que parece negro.

Sí.

Arranco el motor, pongo el intermitente y salgo aprovechando el amplio espacio que nos dejan los demás vehículos, pasándome al carril izquierdo. Nadie quiere pegarse mucho al azul.

Acelero y pongo rumbo a la comisaría.

—Lo sé —respondo al fin con voz tensa.

—Entonces, ¿por qué insistes con esto?

—Imagina que estuvieras soltero —empiezo, con la vista fija en la carretera para no ver la condena en la cara de mi compañero.

—He estado soltero. Ya sabes, antes de echarme la soga al cuello.

Rory quiere a su mujer y a sus hijos. Eso lo tengo claro. Ignorándolo, sigo:

—Y conoces a alguien...

—¿Tío o tía?

Hago un gesto cortante con la mano entre los dos.

—Da igual.

—Sí que importa.

—Escucha.

—Joder, vale. Odio estas charlas de «y si...».

Lo miro.

—Sígueme el rollo.

Su silencio es toda la respuesta que necesito.

—El caso es —continúo— que conoces a alguien que hace que el tiempo se pare. Tu vida parece detenerse solo porque esa persona existe en el mismo espacio que tú.

—Eso es jodidamente profundo.

Aprieto los dedos de la mano izquierda en el volante. Maldita sea.

—Vale. Desembucha.

Rory se echa hacia atrás en el asiento, y tras una pausa cabreada, continúo:

—Y sabes —me llevo la mano al pecho, sobre el corazón—, simplemente lo sabes, que podría ser la persona indicada.

—Santo Cristo —murmura Rory, pasándose la mano por la cara.

—¿Sentiste eso con Marti?

Gruñe.

—No, pensé que estaba buena y me casé con ella.

Vale.

—¿Puedes admitir que podría haber otra forma de ver a una pareja?

—Bueno, claro, cada uno es diferente.

Ahora sí que avanzamos, y entonces me pregunto si de verdad importa que Rory entienda cómo funciona mi cabeza.

Tamborileo con los dedos sobre el muslo otra vez. Sí. Los compañeros necesitan entender el «porqué» de las acciones del otro.

—Podrías salir herida —dice Rory en voz baja.

—Lo sé. Odio exponerme para que me pisoteen.

Pero por lo visto, no lo suficiente.

—¿No puedes simplemente... —hace un gesto vago con la mano mientras yo mantengo la vista en la autopista 167— tantear si le van las tías?

—¿Si le van las tías? —resoplo, lanzándole la mirada que merece ese comentario—. Explícate.

—Te aviso: esto va a sonar políticamente incorrecto a más no poder —se remueve incómodo.

Qué sorpresa. Tuerzo los labios.

—Adelante.

—A ver, mira, si un tío acepta que le metan una polla por el culo, es gay de sobra —se encoge de hombros.

Lógica de Rory.

Suelto una carcajada y de repente conducir se convierte en todo un reto. Me limpio los ojos y, tras unos segundos, consigo calmarme.

Rory no se ríe.

—¿Y para una chica? —pregunto, todavía con una sonrisa en los labios.

—Supongo que es la prueba del coño.

Vaya. —Que conste, este es el lenguaje más arcaico que he oído en una década. ¿«Carpet-crunching»? —Le lanzo una mirada de incredulidad mientras tomo el desvío hacia la comisaría.

—Sí. Si una tía está dispuesta a comerse el coño de otra tía —se encoge de hombros—, suficientemente gay.

Problema resuelto en el Mundo de Rory.

Lo miro fijamente un momento y luego vuelvo la vista a la carretera para no matarnos. —No creo que ese detallito vaya a ser una pregunta para romper el hielo en mi futuro.

—Tienes que saberlo, Flint. No querrás pasarte tres meses en una relación intensa y que luego Rebecca decida largarse.

—Nada de esto es fácil. Su marido murió el mes pasado, claramente no es gay, está fuera de mi liga.

—El corazón quiere lo que quiere.

—¿Crees que es guapa? —Nunca le he preguntado a Rory por una posible candidata.

Nunca ha habido ninguna, la verdad. He tenido algún que otro rollo, pero nunca he encontrado a nadie con quien quisiera comprometerme, con quien pensara que podría comprometerme.

A los treinta y tres, el reloj biológico corre, pero no tan deprisa.

Rory sonríe. —¿De verdad quieres saberlo?

Ahora sí.

—Sí, tendrías que estar ciego. Tiene todo ese rollo «delicado».

Sí. Tomado nota. —Parece tan frágil —coincido en voz baja.

—¿Quieres protegerla? —pregunta Rory con una perspicacia incómoda.

—El impulso está ahí.

—Normal. —Rory respira hondo para darse fuerzas—. ¿Quieres tirártela?

Y tanto, pero le lanzo una mirada agria mientras llegamos a la comisaría. —Qué finura.

—Solo estoy sentando las bases, Mac. O sea —se pasa los dedos por el pelo rapado—, si una tía está buena, eso es una cosa.

—Rory...

Levanta una mano. —Escúchame.

Asiento con un gesto seco.

—Entonces, si quieres tirártela, está eso. Si te está dando fuerte el tema de los sentimientos, con el impulso de protegerla, de acercarte a ella... básicamente, si empiezas a implicarte emocionalmente, se acabó.

Meto la palanca en punto muerto y me giro hacia él. Paso el brazo por el respaldo de los asientos y le sostengo la mirada. —¿Te has sentido así alguna vez?

Porque Rory ha dado en el clavo con todo.

—Sí. Una vez. —Su sonrisa se ensancha—. Me casé con ella.

Cómo no.

—¿Sabes cómo llaman los tíos a una mujer que quieren tener empalada en la polla las veinticuatro horas?

—Me da miedo preguntar —respondo con sequedad.

—Coño complicado.

Suelto una carcajada y abro la puerta. —Tiene sentido.

Entramos. Todas mis preguntas tienen ahora respuestas incómodas.

Becca

Un mes después del accidente

—Primera posición —indico con voz baja y clara.

Mis seis bailarinas juntan los talones con gracia, puntas hacia fuera.

—Segunda.

Los talones se separan, puntas aún hacia fuera.

—Brazos.

Las chicas añaden los brazos, siguiendo la secuencia de la posición de pies.

—Excelente.

Aplaudo enérgicamente, dos veces, y hago una ligera mueca cuando las costillas protestan por el movimiento. —A la barra.

Las chicas deshacen las poses y corretean hacia la barra para más ejercicios.

Una puerta se abre con un susurro a mi espalda.

—Becca.

Me giro y me recibe la amplia sonrisa de Tori. —La policía está aquí, pregunta por ti.

El corazón me da un vuelco.

Me vuelvo hacia mis bailarinas, sus imágenes triplicadas en los espejos que cubren todas las paredes.

—Bailarinas, estiramientos.

Quejas por todos lados.

Otro doble aplauso y las quejas cesan. Si mis bailarinas preadolescentes quieren bailar en pointe en los próximos seis meses, tendrán que ser disciplinadas o no progresarán.

No hay bailarina en el mundo que no quiera las puntas.

Empiezan los estiramientos en la barra y sigo a Tori fuera del estudio, hacia el pasillo.

Cruzo los brazos bajo el pecho y pregunto en voz baja: —¿Hay algún problema? —Mis ojos se dirigen hacia la entrada del estudio. Pero hay una columna que sobresale de la pared y me impide ver la recepción desde donde estoy.

Tori se encoge de hombros. —No estoy muy segura. ¿Algo de información nueva?

Frunzo el ceño, pensando de inmediato en la agente Flint y en que llevo tiempo queriendo ponerme en contacto con ella, pero una culpa vaga e innombrable me frena. —De acuerdo —echo a andar por el pasillo y cruzo la puerta hacia la recepción.

Un aleteo de sorpresa se instala en mi vientre ante lo que veo. La agente Flint y su compañero no están aquí. Hay otros agentes que no conozco.

Recorro con la mirada a la pareja desconocida.

—Señora Johnson.

Ya no soy «señora de», pienso con amargo reconocimiento. Trago saliva con dificultad. —Sí.

Los ojos astutos del hombre se posan en Tori, y ella capta la indirecta, nada sutil. —Les dejo intimidad.

Esto no me gusta nada. —Salgamos —digo en tono neutro, pensando en que alguna bailarina podría entrar y encontrarse en medio de lo que sea que vayan a revelarme.

—Como quiera —dice él.

Me fijo en su placa al pasar junto a él. Mullen.

El otro agente tiene un apellido corriente, como el mío: Smith.

Salimos del estudio y mi hermosa puerta retro queda bien cerrada tras nosotros.

Me vuelvo y cruzo los brazos. —¿Qué pasa?

—Tenemos nueva información sobre el accidente del mes pasado.

¿A qué viene tanto secretismo? Lo que me faltaba. Justo lo que necesito. Tengo bailarinas dentro. Mis emociones están a flor de piel. El embarazo no es para pusilánimes.

Soy una Gran Hormona.

James ya no está.

¿Qué información podrían tener que mejore las cosas?

Resulta que la información lo empeora todo.

El oficial Smith anuncia: —Hay pruebas de que el alcohol tuvo que ver con el accidente.

Mi conmoción debe de notarse.

Mullen levanta la mano. —Eso es lo que dice el informe del laboratorio. Solo los hechos, señora.

Mi mirada va de uno a otro como quien excava frenéticamente en la nieve.

—James no estaba borracho —me sale la voz ronca de furia por la injusticia de mi pérdida—.

Íbamos camino de un restaurante —repito con los dientes apretados.

James y yo compartimos una copa de vino antes de salir; cada uno dio un sorbo y guardamos el corcho para un tablero de recuerdos que yo iba a hacer con los diecinueve aniversarios anteriores.

En realidad, él se había bebido casi toda la copa porque yo solo podía dar un sorbo.

Me llevo la mano al vientre plano, y los ojos de ambos hombres reparan en el gesto.

—No hace falta ponerse a la defensiva —dice el oficial Smith.

Ya. Claro. Gilipollas.

No puedo evitar que me tiemble la voz. —Fue la placa de hielo.

—Escuche, señora Johnson, usted comprende que cuando el informe sale con el alcohol como factor, ese resultado reclasifica automáticamente el siniestro mortal —Smith extiende los brazos, tratando de parecer razonable.

Repito como una autómata: —James no estaba borracho.

La mirada parda de Mullen se vuelve acerada. —Necesitamos que venga a comisaría a prestar declaración en ese sentido.

El estómago me da un vuelco lento y ardiente.

—¿Qué está pasando aquí, Mullen? —exclama la agente Flint mientras se acerca a grandes zancadas, con Rory pisándole los talones, y fulmina al otro agente con la mirada y un cortante—: ¿Smith?

Se me encoge el pecho al ver a Mac Flint mientras la primera lágrima caliente y húmeda me rueda por la mejilla. Me la seco con un dedo furioso, pero no antes de que Mac Flint vea el gesto y clave sus ojos de acero en Mullen.

Su expresión no cambia, pero Mac se interpone entre Mullen y yo.

—¿Qué está pasando aquí, Flint?

—Lo que pasa es que llego a mi turno y te has apropiado de mi caso.

Lo que oigo es: lárgate, gilipollas.

Salgo un poco de detrás de Mac, y Mullen entorna los ojos mirándome. —¿Hay algo que no me estés contando, Flint? —Sus ojos color barro se clavan en mí, gélidos de animosidad.

Frunzo el ceño. Está claro que me he perdido algún detalle importante.

—Hablemos de esto en otro momento —interviene el oficial Rory con tono conciliador.

—Sí, Mullen, deja que Rory y Flint cierren esto —dice el oficial Smith, dándole la razón a Rory con suavidad.

Mullen se acerca más a Flint, hasta casi rozarse los torsos, como he visto hacer a los hombres cuando están a punto de pelearse.

Esto no puede estar pasando. Son todos agentes de policía.

Paseo la mirada entre los cuatro cuerpos tensos. —Eh, vamos... iré a comisaría... con los agentes Flint y Rory —ofrezco, tomando partido automáticamente sin pensarlo, con la esperanza de desactivar el tenso altercado que se está gestando ante mis ojos.

La mirada inexpresiva de Mullen se posa en mí. —Manténgase al margen, señora.

—Vete a la mierda, Mullen —suelta Mac al instante.

Dios mío.

De repente, se agarran el uno al otro.

Rory y Smith se ponen a gritar.

Retrocedo ante la violencia, sin saber cómo ha empezado tan rápido.

Sin saber cuándo acabará.