5
BECCA
Mi maquillaje cuidadosamente aplicado para parecer que no llevo nada desapareció hace rato.
Los niños fueron lo peor.
Sin pelos en la lengua, solo querían saber cuándo volvería James. Responder «nunca» no fue fácil. Porque mi respuesta era más que una simple contestación seca.
La respuesta era reconocer mi nueva realidad. Una realidad permanente.
James no va a volver, les dije a veinte niños de infantil.
Racionalmente, había dicho que James no volvería porque era la verdad. Emocionalmente, pronunciar esa cruda realidad hizo que mi nueva situación se volviera real, y eso me hizo llorar.
Y todos lloraron conmigo.
Las bailarinas se apiñaron alrededor de su profesora y lloraron con ella. Porque James había sido todo eso y más.
Grande.
Estruendoso.
Lleno de vida, vibrante.
Ya no.
Tras la última despedida entre lágrimas, salgo y me apoyo contra la puerta que restauré cuando usar disolventes habría sido un desastre total por mi embarazo.
Cierro los ojos, exhausta.
Lo conseguiste, Rebecca. Solo te queda el resto de tu vida por delante.
Lo que no sabía era que el resto de mi vida no iba a esperar a que superara mi duelo.
La vida no espera a nadie.
Mac
Estamos en nuestro escondite, ese donde los que van con exceso de velocidad no nos ven hasta que nos tienen encima.
Esta es la parte de mi trabajo que menos me gusta, aparte del papeleo.
La autopista 167 es una mierda que necesita una buena reforma. Como cualquier borracho empedernido, la carretera aparenta funcionar hasta cierto punto, hasta que tienes que usar de verdad una autopista que no se ha tocado en casi sesenta años.
Entonces no es más que un borracho hecho un desastre.
Rory silba desafinado y frunzo el ceño.
Mis ojos recorren inquietos el aburrido paisaje de coches pasando a toda velocidad, árboles de hoja caduca como malas hierbas, y un sol que arranca sin piedad la última luz del día.
He estado inquieta últimamente. Si fuera de las que se confiesan a sí mismas (y joder, no lo soy), diría que he estado rara desde el accidente de Johnson. Desde Rebecca; no consigo quitármela de la cabeza.
Al principio lo llevé bien. Devolví los efectos personales y no me vine abajo.
Inspiro hondo, aguanto el aire y luego lo suelto de golpe.
Ese abrazo.
El contacto físico fue más o menos cuando la cosa se puso seria. Para mí, al menos.
Ahora no soy más que una acosadora, pienso con amargura.
—¿Qué te tiene tan ensimismada? —pregunta Rory, masticando su enorme bola de chicle como un idiota insoportable.
O quizá es que soy una borde de mierda.
Seguramente eso.
Rory levanta la pistola de radar y apunta al azar a un coche que pasa zumbando.
—Ciento ocho —dice Rory, dejando la pistola apoyada en el muslo un momento.
Niego con la cabeza.
—Paso.
—Venga, Flint, tenemos que pillar a alguien —vuelve a levantar la pistola de radar.
Putas cuotas. Me vuelvo hacia él, armándome de valor. No rehuyo las conversaciones difíciles. Eso iría en contra de mi política de «transparencia total».
—No he estado bien desde ese accidente de tráfico —evito nombrarlo deliberadamente. Como si eso fuera a servir de algo.
—Hemos tenido tres en las últimas dos semanas —dice Rory, girándose para mirarme—. Sé qué te tiene el tanga hecho un nudo.
—No uso tanga.
Rory arquea las cejas con gesto sugerente, sonrisa irónica.
Le hago una peineta.
Esto es el pan de cada día; a Rory le encanta tocarme las narices. Es como su hobby.
—Rebecca Johnson. La chica del ballet.
No sé por qué, pero que Rory se burle de Rebecca me da ganas de pegarle.
Se lo digo.
Alza las cejas. Esta vez sin el gesto sugerente.
Con aire casual, deja la pistola de radar medio apoyada en el salpicadero y me mira fijamente.
—¿Qué coño, Flint?
Aparto la mirada.
—Ya lo sé, Rory. ¿Crees que no le he dado mil vueltas? Joder, no puedo dormir.
—¿Cuánto tiempo llevamos trabajando juntos?
—Cinco años —gruño.
Resopla.
—No hay nadie mejor en esta agencia, Mac. Eres dura de cojones. No titubeas, no vas de sentimientos. Mencionar romance y tu nombre en la misma frase es un sacrilegio.
Verdades.
Excepto lo de «hombre», aunque entiendo por dónde va. Más o menos.
—Déjame que te recuerde los hechos, Mac.
—Por favor, no lo hagas —le pido con cansancio, sabiendo que sus verdades pueden ser más de lo que estoy dispuesta a aceptar.
Niega con la cabeza, un gesto seco y rotundo. —No. Necesitas que alguien te baje los pies a la tierra antes de que hagas algo realmente estúpido.
Últimamente he estado pensando cosas realmente estúpidas. También he pasado mucho tiempo con el portátil.
Me dije a mí misma que perdería el interés si averiguaba más sobre Rebecca Johnson.
Pues no. Solo me hundió más.
—Esta tía es mayor que tú.
Lo sé. —No mucho —digo.
—Algo.
—Le gustan los tíos —dice Rory con un énfasis seco y brutal.
Ese abrazo.
Recuerdo la presión de Rebecca contra mí. El aroma de su pelo lavado con el champú barato del hospital.
Y no había importado. Ni un poco.
—Sí —respondo sin ánimo.
—Aunque fuera la mujer más gay del planeta, ¿su marido de cuántos años acaba de palmarla?
—Veinte.
—Me cago en todo —suelta Rory, con los ojos entrecerrados clavados en mí como navajas.
—¿Eso lo pillaste de información suelta, o has estado investigándola?
Mi silencio pétreo es respuesta.
Rory silba.
—Ay, Dios bendito, estás coladita por ella. —Sus ojos oscuros se abren como platos de incredulidad mientras escrutan mi expresión buscando pistas de lo que pienso. No debe de ser muy difícil.
Le lanzo una mirada de asco a Rory. —Que te jodan, no me he puesto en contacto, no he actuado de forma inapropiada, no he hecho nada.
—¿Quieres hacerlo? —Sus ojos permanecen fijos en mi cara.
Sí. Inspiro con un temblor; suelto el aire con un sonido áspero. —Sí.
Ajusta la pistola de radar apoyada en el salpicadero y vuelve su atención hacia mí. —¿No hay forma de quitártela de la cabeza?
Mis ojos se clavan en los suyos. —Yo no puedo quitármela de la cabeza.
—Vaya mierda.
Sí.
Entonces la pistola de radar canta, avisándonos de que alguien pasa a toda velocidad a...
Ochenta y dos.
—Hostia puta, vamos a trincar a este cabrón.
Liberada de la conversación incómoda, enciendo las sirenas y salgo disparada de nuestro escondite.
Becca
Tengo una cita con algo de vino. O con una botella entera.
Ah, cierto. Estoy embarazada.
Nada de vino para ti, Rebecca.
Mi bebé me salva de ahogarme en una botella, otra vez.
No veo nada; mi mente está completamente ocupada con lo de hoy.
Ni siquiera voy a pensar en mañana.
No puedo.
Con la cabeza apoyada en el reposacabezas, conduzco como alma que lleva el diablo, volando hacia casa para ganarle al tráfico de la hora punta.
No puedo permitirme todo ese tiempo a solas, tiempo muerto en el coche para darle vueltas a las cosas.
Como James.
Oigo las sirenas antes de verlas; mis ojos van automáticamente al velocímetro y luego al retrovisor.
La sensación de que se me revuelve el estómago es tan real que creo que voy a vomitar otra vez.
Ya vomité bastante esta mañana.
Cuarenta y tantos días, y ya tengo náuseas matutinas. O náuseas que te pillan cuando menos te lo esperas.
El velocímetro marcaba ochenta cuando miré. En una zona de sesenta.
Genial.
Tomo aire con un sollozo húmedo y entrecortado, a punto de echarme a llorar, y pongo el intermitente para detenerme en el amplio arcén.
Intentar recomponerme es lo más difícil que he hecho en mi vida.
No se me ocurre ninguna excusa.
Lo siento, agente. Iba con exceso de velocidad porque no puedo con esto. Era la primera vez que volvía al trabajo desde que murió mi marido, y simplemente no me importaba.
No pensé. Debería haberlo hecho.
En lugar de usar la cabeza, mi mente se queda en blanco. Entumecida. Espero, pensando que simplemente aceptaré lo que me caiga.
¿Qué es uno más?
La grava cruje cuando el coche de policía se detiene detrás de mí, y mis ojos van al espejo lateral.
Tardo un segundo en reconocer a quien camina hacia mí. Pero solo un segundo.
Porque nunca la olvidaré.
La agente MacKenzie Flint crece en mi espejo lateral a medida que se acerca, y luego se detiene.
Estoy bastante segura de que no ve mis ojos en el espejo, pero su paso vacila.
Deslizo la mano hacia la manija y abro la puerta del coche.
Su mano se mueve automáticamente hacia su arma.
Se me llenan los ojos de lágrimas porque lo único que recuerdo es que ella fue la única persona después de James. La primera persona después.
Sé cuándo me reconoce; veo su expresión cambiar de cautela a reconocimiento.
No hay sonrisa.
Por un momento, juro que veo el dolor cruzar su rostro angular como un prisionero fugado. Luego una neutralidad estoica se asienta en sus rasgos. —Hola, Rebecca —dice desde unos dos metros de distancia.
El tráfico pasa a toda velocidad; los coches se cambian al carril izquierdo para dejar espacio a la infractora con su atuendo de ballet y a la agente de la ley.
En medio de uno de los peores días de mi vida, con las costillas protestando, algo mareada, exhausta, de pie junto a una autopista transitada, no puedo pensar en nada más que en ese abrazo que compartimos.
Había sido como tener a James en mis brazos.
Pero no.
Quiero volver a sentir eso.
Aspiro hondo y contengo el aliento. Entonces la culpa me ataca por la espalda, me roba el oxígeno, me impide respirar, pensar.
Reconozco un ataque de pánico en cuanto lo tengo. Oh, no. Con un elefante sobre el pecho, debo parecer tan sorprendida y asustada como me siento.
El estoicismo desaparece del rostro de la agente Flint; la preocupación borra la expresión como si nunca hubiera existido.
La agente que me salvó se apresura hacia mí, y yo voy a su encuentro.
Me agarra con suavidad y se inclina desde su considerable altura.
—¿Estás bien?
Intento reírme. No, no estoy bien.
James se ha ido.
Yo estoy aquí.
No puedo respirar.
Las lágrimas se me escapan. Tengo el pecho tenso por el dolor de las costillas, por no poder respirar.
De alguna manera, la agente Flint se pone en cuclillas, me levanta y me sienta en su regazo.
Me aparta el pelo de los ojos.
Tiro de ella hasta tenerla tan cerca de la cara que puedo oler el jabón que usa.
Ella deja escapar un suave gemido y me atrae contra su cuerpo, más grande que el mío.
—Dime qué hacer —susurra contra mi sien.
Y justo entonces me doy cuenta de que me siento segura por primera vez en dos semanas.
Por primera vez desde que murió James, no siento que yo también tenga que morir.
Vuelvo a respirar y lloro un poco por el dolor.
La agente MacKenzie Flint me sostiene.
Me sostiene cuando ya no lo necesito.