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DOS SEMANAS DESPUÉS - BECCA
Hay muchas primeras veces. Antes. Después.
Cuando muere tu marido, con quien llevas veinte años, hay un antes de James y un después de James. Es el después lo que me deja sin aliento. Eso, y las costillas que aún se curan.
Pero el espectáculo debe continuar. Literalmente.
Me llevo la mano al vientre, todavía plano. Mi apetito, aún marchito.
Las últimas dos semanas han sido un auténtico infierno. Nadie entiende que, en medio del dolor asfixiante por perder a tu compañero de vida, a tu mejor amigo y protector, tienes que demostrar su existencia.
Su muerte.
Decidir cómo disponer de sus restos.
Cierro los ojos para no ver los terribles recuerdos que afloran al lidiar con la parte práctica de la muerte.
Mantengo los ojos cerrados cuando los recuerdos hermosos se superponen a los terribles. Cómo olía James cuando me sujetaba contra la cama y me hacía el amor con tanta intensidad que pensaba que nunca podríamos separarnos.
Cómo me hacía tortitas cuando sabía que estaba triste.
Sonrío.
Cuando me enviaba la foto de un vestido nuevo que me había comprado.
Todo. Desaparecido.
Aspiro hondo y me obligo a abrir los ojos. Dos semanas es todo el tiempo que me he permitido.
Todo. Nada. Hoy es mi primer día de vuelta, y me presentaré en el estudio. Luego me reuniré con nuestro abogado de sucesiones. Lo he estado posponiendo.
Ya no puedo más.
Pero primero, haré acto de presencia en Movement. Mis estudiantes necesitan verme, tocarme.
Todos conocían a James.
Lo echarán de menos más personas que yo; no puedo seguir siendo egoísta con mi dolor.
El trayecto hasta el estudio no es largo porque James y yo habíamos renunciado a formar una familia hace mucho tiempo; compramos un ático cuando Kent Station empezó a construirse y nos aseguramos uno cerca de donde trabajamos. El espacio y tener propiedades no eran una prioridad.
Los impuestos sobre la propiedad son de infarto, pero las ventajas son muchas.
Eran.
Ahora estaremos el bebé y yo en ese espacio. Intento no pensar en lo que James habría querido de haber sabido lo del bebé.
Mi estudio de danza está en el límite entre el deteriorado Renton y Kent: un salto a la autopista 167 y ya estoy allí.
Conduzco y dejo que el paisaje borroso pase de largo, sin pensar en nada. Mi Volkswagen Beetle no es práctico, pero me encanta.
Mientras conduzco hacia Movement, la brillante flor de plástico sujeta al salpicadero en un pequeño florero asiente con sabia aprobación.
Antes, James había amenazado con comprarme algo más seguro que mi pequeño escarabajo. Si hubiera sabido lo del bebé, el Beetle estaría aparcado en su propio hueco del garaje subterráneo de Top Shelf, acumulando polvo.
Nuestro ático viene con tres plazas de aparcamiento. No quiero pensar en que una de ellas albergaba un vehículo que nunca volveré a tocar.
Cierro los ojos con fuerza. Respira, Becca. Solo respira. Supera este día.
Sobrevive al día siguiente. Charla motivacional floja, pero es todo lo que tengo.
Al llegar al estudio, me impacta lo afortunada que soy de tenerlo.
El edificio se construyó a finales de los años cincuenta y conserva el techo plano y bajo de la época: vidrio sin templar, ventanas rectangulares y estrechas que bordean la fachada, orientada hacia un raro cinturón verde boscoso protegido por normativas medioambientales.
El edificio está alejado de la carretera, y los impuestos de la parcela de un cuarto de acre son altísimos.
Me encanta el edificio y lo que representa.
El VW avanza despacio por el camino de entrada, bastante largo. Giro a la derecha y sonrío por primera vez desde el accidente al ver el aparcamiento lleno de coches de estudiantes.
Mis hombros se relajan. Gracias a Dios por Tori. Si no la tuviera, nunca habría podido tomarme el tiempo para llorar a James.
Dos semanas no son ni el principio de lo que creo que tendré que soportar para dejar de ahogarme en el mar de mi dolor.
Aparco en mi plaza, la del cartel con su toque de humor: un dibujo de una corona.
No me siento precisamente una reina. El siguiente pensamiento irrumpe en mi conciencia como un invasor. No siento nada.
Respiro varias veces, corto y acompasado, mientras mis ojos se fijan en el cartel que indica que aquí aparca una reina.
No soy de la realeza. Pero James instaló ese cartel el primer día que nuestro estudio de danza, nuestro sueño, dio beneficios en lugar de pérdidas.
Me limpio los ojos, apago el coche despacio y espero mientras el motor se enfría con su tic-tic-tic; me seco los ojos de nuevo con el pañuelo.
Abro la puerta del coche y salgo con cuidado, apoyándome en la puerta abierta para mantener el equilibrio. Nadie me dijo que las costillas se usan a cada segundo del día.
Cada vez que me muevo, duelen. Al menos, ya no es como respirar cristales.
El Dr. Steinman, el del trato tan encantador con los pacientes, dijo que lo peor ha pasado.
¿Lo peor de qué cosa?
El dolor con tantas caras es otro componente horrible de las secuelas del accidente. Estoy tan triste por James, y me duele tanto, que la mayoría de los días me despierto preguntándome por qué yo sobreviví.
Entonces pienso en mi bebé.
Nuestro bebé.
Y lo sé.
Me dirijo despacio a la puerta principal, con la mirada recorriendo el banco donde sobre todo niñas, y algún que otro niño, esperan a que sus madres los recojan después de clase.
El nombre del estudio en letras cursivas, Movement, cuelga bajo, casi al alcance de la mano, sobre la entrada.
Me detengo ante la puerta principal que restauré yo misma en los primeros años.
Los paneles de vidrio burbuja ámbar dejan pasar la luz, pero tienen ese aire retro de finales de los sesenta y principios de los setenta que tanto me gusta.
Fue un infierno limpiar las flores talladas en forma de roseta de toda la pintura mostaza incrustada para revelar el hermoso abeto de Douglas de veta vertical que había debajo.
La puerta reluce ahora y anuncia ese toque de «extravagancia» que tanto me va.
Un pensamiento fugaz sobre el odio de mis padres a todo lo de los setenta cruza mi mente. Probablemente porque ellos lo vivieron. Yo solo crecí después. Para mí, es una nostalgia que no me pertenece. Para ellos, es vómito visual.
Una pequeña sonrisa asoma a mi rostro durante un instante antes de desvanecerse.
Al abrir la puerta, suena un tono grave para avisar en recepción de que alguien ha entrado.
Idea de James.
Respiro de nuevo. Profundamente. Inspiro y espiro. El dolor me devuelve a la realidad.
Cuando Samantha ve que soy yo, chilla, sale disparada de detrás de la partición semisegura y me envuelve en un abrazo aplastante.
Suelto un quejido.
—Oh, mierda —dice en voz baja y con cuidado.
Sus amables ojos castaños claros escudriñan mi rostro—. Lo siento mucho, olvidé lo de tus costillas.
—Está bien. Tengo suerte —me oigo decir, como un eco de lo que el personal del hospital me repetía cada día.
La mirada cómplice de Samantha recorre mi rostro de nuevo y niega con la cabeza con un gesto triste.
—No. En realidad no.
Me abraza de nuevo, con suavidad, y susurra:
—En realidad no.
Entonces lloro.
Porque alguien por fin entiende que no me siento afortunada por haber sobrevivido.
En absoluto.
Mac
—No te muevas —le digo al delincuente, con la rodilla clavada en el centro de su espalda y el brazo de él retorcido detrás del cuerpo.
Se retuerce.
Aprieto más, lo que de paso le aplasta la cara contra el sucio suelo de cemento de la tienda que intentaba robar.
Deja de moverse.
Rory hace el gesto inútil de estrangularse con las manos, y niego con la cabeza.
Idiota.
Sonríe.
Vienen refuerzos, pero mientras tanto, no puedo dejar que este cabrón maltrate al chaval de diecinueve años que trabaja de cajero en el 7-Eleven del barrio porque quiere Tastykakes, esas bolas de nieve rellenas de crema.
Hay una avalancha de asquerosas bolas rosas esparcidas por el suelo porque, cuando el delincuente no pudo llevárselas gratis, destrozó todo el expositor.
Llamada típica al 911.
Sonrío con sorna. «El glamur».
Sí, agente, por favor, venga a salvar al cajero del ladrón de bolas de nieve.
Joder.
Otra hora menos.
Rory se mete en la boca la última de esas jodidas bolas rosas horribles y se lame el pegote de los dedos.
—¿Supongo que eso cuenta como almuerzo? —pregunto con una mueca.
Niega con la cabeza.
—Qué va, solo estoy calentando motores.
—Genial. Porque técnicamente estamos en el descanso...
Rory echa la cabeza hacia atrás con expresión ofendida.
—¿Qué pasa, Flint? —gruñe—. ¿Te molesta el festín que me acabo de dar?
Me río.
—Solo digo que si hay algo con azúcar y es gratis, no hay quien te pare.
Rory asiente.
—Voy a citar a mi hijo de tres años.
Allá vamos.
—Mi mujer y yo íbamos al parque, los últimos días libres. El niño empieza a llorar porque tiene hambre. Paramos en McDonald's...
—No me sorprende...
Rory me fulmina con la mirada.
—Eh, no te metas con los arcos dorados.
—Vale, joder, no me toques los cojones.
Rory sonríe ante mi ironía característica y sigue hablando. Como si alguien pudiera frenar la verborrea que le provoca el azúcar.
—En fin —dice, lanzándome otra mirada fulminante.
Me río.
—Pedimos la cajita feliz, partimos la hamburguesa con queso en tres y le damos un trozo a Mason.
Ya me tiene enganchada.
—¿Qué dijo Mason? —Este niño dice las cosas más graciosas.
—Bueno, oigo todos esos ruiditos que hace, como hmm, ñam, bla bla.
Espero.
—Entonces digo: «¿Por qué haces tanto ruido ahí atrás?». Pero en realidad, Marti y yo estamos tan jodidamente contentos de que la rabieta haya parado que es una pregunta retórica; y entonces va y dice, te lo juro: «Me gustan todos los bocaditos ricos dentro de mí».
Me carcajeo y mi risa llena el coche.
—Entonces... ¿qué? —le pregunto, dándole la razón—. ¿Ahora tienes un montón de bocaditos ricos dentro de ti?
—Ahora lo pillas. El crío de tres años lo pilla.
Se pone serio—. Sabes, Mac, no todo el mundo tiene tu disciplina de hierro.
No menciono lo obvio. En las fuerzas del orden, las mujeres todavía tenemos que demostrar nuestra valía. Toda esta mierda de la igualdad suena muy bien, pero en el cuerpo, los hombres siguen viendo a las mujeres como inferiores.
A esta mujer no. He sacado la máxima puntuación en todo. Combate cuerpo a cuerpo, armas. Si hay algo en lo que destacar, lo he conseguido.
No hay ningún hombre en nuestra agencia que haya destacado como yo, también en lo físico.
—Necesito tener disciplina, Rory. Ya sabes por qué.
La sorpresa le cruza el rostro. —Joder, ¿en serio? ¿Todavía hay gilipollas que te tocan los cojones por ser mujer?
Se me ocurren algunos. —No muchos, ya no —admito con una mueca irónica.
Rory resopla. —Seguro que es porque puedes patearles el culo.
Seguramente.
—Venga —dice Rory—, acabemos con la cuota de multas y vámonos a casa. Me vendría bien una cerveza.
Hago una mueca.
—Eh, no lo desprecies hasta que lo pruebes.
—¿Cerveza para bajar las bolas de nieve?
Asiente y suelta un leve resoplido. —Joder, sí.
Salimos del aparcamiento de la comisaría y nos dirigimos a la autopista a pillar a los que corren demasiado.