CAPÍTULO 32
ROSE
Mis padres no me hablan. Me siento abandonada. Drake tiene a Charlie este fin de semana por visita ordenada por el juez.
Toda la noche.
Charlie nunca ha dormido fuera salvo en casa de mis padres.
Noose ha sido genial.
Como ahora.
Lo abrazo. No he parado de llorar desde que me enteré. No puedo arreglar esto.
Noose no puede arreglar esto.
Drake gana. Se queda con el hijo de Anna, y la he traicionado al no protegerlo. Ni siquiera pude hacer eso.
La moto devora la cinta negra de la carretera. Juro que vamos demasiado rápido en cada curva. El calor y la solidez de la moto quedan anulados por el viento que azota mis costados desprotegidos. Los olores y sabores del aire de principios de otoño me llenan de vida.
Apenas puedo sostenerme. No merezco esto.
No merezco a Noose.
No merezco nada.
Dejé a Charlie en casa de mis padres, y lo metieron dentro en silencio. Ninguno me dirigió la palabra.
Tenían los ojos clavados en Noose, sentado con indolencia en su moto. Dejé mi coche en su casa y me fui con él.
Supongo que vamos al club, pero pasamos de largo el gran edificio encajado entre otros almacenes comerciales idénticos.
Rumbo al centro de Kent, pasamos el mercado ecológico y las gasolineras que han cambiado de dueño tantas veces que ya solo son carteles y surtidores.
En Kent Station, Noose reduce la velocidad.
Llegamos a un edificio de hormigón ultramoderno de diez plantas. Alzo la vista. Anodino. El letrero dice Top Shelf en una elegante escritura de neón ondulante, como hielo bañado en azul glacial.
Noose me cubre los dedos helados con la mano un momento y luego rebusca en una bolsa sujeta al manillar. El emblema cromado HD brilla tenuemente bajo las farolas.
Mañana es el Día de la Hispanidad y no tengo que trabajar. Nada de enfrentarme a Ned, ni recibir la lástima de Naomi, ni llevar a Charlie al colegio.
He cogido mi cerebro, le he quitado el polvo y lo he dejado en una estantería dentro de mi mente. Necesito sentir y apagar esa parte de mí que piensa.
Noose dijo que me ayudaría.
Pulsa un botón en una caja rectangular y la puerta de un garaje subterráneo se eleva. El rugido grave de su moto se intensifica mientras nos deslizamos bajo tierra.
Las luces LED brillan tenues sobre nuestras cabezas mientras pasamos junto a coches y motos.
Encuentra su plaza y se mete en ella.
Noose apaga la moto y baja la pata de cabra con el talón. Se apea de un salto, me tiende la mano y me quito el casco. Me sentí claustrofóbica las primeras veces que lo usé. Ahora me sentiría desnuda sin él.
Le paso el casco a Noose y él camina hacia una fila de jaulas con valla de alambre. Se saca un llavero del bolsillo, escoge una llave diminuta y la mete en un candado. Entra, y yo me bajo de la moto dando un saltito al aterrizar.
Lo sigo al interior de una especie de trastero con forma de casillero.
Estantes hechos a mano cubren el fondo y los laterales del pequeño espacio.
Piezas de moto, aceite, el delicioso WD-40 que siempre huelo en él y un montón de herramientas variadas decoran las baldas.
También hay guantes, sudaderas con capucha y otras prendas de abrigo.
—Práctico.
Noose se gira al oír mi voz y, de repente, estoy en sus brazos, volteada en un solo movimiento. Me aprieta contra el fondo de la jaula y choco contra el tablero perforado lleno de herramientas.
La mano de Noose amortigua mi impacto y las herramientas caen al suelo como lluvia metálica.
—¿Qué? —pregunto, pero su boca está sobre la mía. Saboreando. Provocando. Matándome con su brutal insistencia.
Quiero llorar. Quiero golpear con los puños al enemigo invisible del destino por llevarse primero a mi hermana y luego a mi sobrino.
Pero Noose es real. Está aquí. Donde el destino quita, devuelve.
Me levanta sin esfuerzo agarrándome del trasero y le rodeo la cintura con las piernas.
—¿Estás bien con esto, Rose? Porque tengo que... Tengo que... —Me aplasta la boca con la suya.
—Sí —logro decir sin aliento.
Ni siquiera hemos llegado a su apartamento y lo único en lo que puedo pensar es en su erección apretada contra mi vientre y en sus manos fuertes acunándome el trasero, abriendo la cuna de mis caderas para recibirlo.
—¡Noose! —digo contra su boca.
Me baja la cinturilla de los pantalones de yoga y desliza un dedo entre los pliegues de mi sexo en un solo movimiento. Suspiro aliviada.
Lo necesito. Lo necesito así. Exactamente lo que está haciendo.
Mueve el dedo adelante y atrás, inmovilizándome contra el tablero perforado. Una llave inglesa o algo así se me clava en la espalda y el dolor de la herramienta se mezcla con la fricción de su dedo.
Al final cae, desalojada por el vaivén de su dedo entre mis labios. Estoy empapada.
Hunde la punta del dedo dentro de mí y grito. La sensación es tan cruda, tan necesaria, que echo la cabeza hacia atrás y empujo las caderas hacia delante, buscando más.
Su dedo se hunde hasta el nudillo dentro de mí y gemimos juntos.
—Me estás matando —dice él.
—Ajá —digo, aferrada a sus hombros mientras subo y bajo sobre su dedo.
Añade otro y me quedo quieta, con las caderas todo lo adelantadas que puedo. La frente se me va hacia delante y choco con la suya.
Los muslos de Noose me sujetan las rodillas desde abajo, sosteniendo el peso de mi cuerpo, y se lanza a ello, follándome con los dedos mientras estoy abierta contra la pared.
—Por favor —susurro.
—En ello, nena —dice, y su pulgar se hunde en mi clítoris mientras sus dedos trabajan en lo más profundo.
—Córrete para mí, Rose.
No había pensado en que estábamos en un lugar público hasta ese momento. Pero la mera idea de que alguien nos pille mientras estoy abierta y expuesta me hace correrme en grandes pulsaciones profundas alrededor de su dedo.
—¡Ah! —grito, y Noose me tapa la boca con un beso mientras afloja la presión sobre mi clítoris.
Palpito alrededor de sus dedos, que se mueven suavemente dentro de mí.
—Noose —susurro, algo avergonzada ahora que el calor del momento empieza a disiparse.
—Qué va, nena, te corriste en mi mano. Podría hacerte esto dos veces al día durante el resto de mi vida y jamás me cansaría.
Abro los ojos y su mirada luminiscente se clava en mí.
—¿En serio? —pregunto con la voz ronca de deseo saciado.
—¿Mejor? —pregunta.
Me río en vez de llorar. Él se da cuenta.
—Nada de lágrimas, Rose. Acabo de hacerte gozar con la mano.
Me río con más ganas y por fin logro decir:
—Desde luego que sí, Noose.
Sus dedos se retiran despacio, con sumo cuidado. Lo observo lamerse los dedos como un gato satisfecho.
—Qué coño más dulce.
Se me encienden las mejillas.
—Gracias, supongo.
Noose arquea sus cejas castaño dorado.
—Sé de lo que hablo, Rose.
Cruzo los brazos y él me sube los pantalones de yoga y me baja despacio al suelo. Su corpulencia me hace sentir diminuta.
—No siempre piensas antes de hablar.
Noose se encoge de hombros.
—El mejor coño que he probado.
—Bueno, tu polla es la mejor que he probado.
Noose me acorrala contra el tablero perforado con sus poderosos brazos.
—¿Sí? ¿Has chupado muchas pollas?
Sus ojos son astillas de plata.
Lo dejo sudar durante unos segundos.
—Rose —dice con voz peligrosamente baja. Se acerca, toma un grueso mechón de mi pelo y lo enrolla en su dedo hasta que su mano queda presa en él, atrapada en mi nuca.
—¿Y bien?
Sus ojos arden como metal fundido y le pregunto:
—¿Qué tal te sienta pensar que he tenido un montón de pollas con las que comparar y que la tuya es la mejor?
Frunce el ceño.
Me río.
Su ceño se acentúa hasta convertirse en una mueca.
—No lo hagas.
—Hmmm. Pues mira, sé que has estado con un desfile de coños. No hace falta que lo menciones.
Noose suelta una carcajada.
—¿Desfile de coños?
Asiento.
—Sí.
Me atrae hacia él.
—Puede ser, pero solo hay un coño que quiero.
Luego me baja los pantalones de yoga hasta el tobillo y me coloca la pierna sobre su hombro.
—Noose, no. Alguien podría... —gimo cuando se arrodilla, metiendo el dedo dentro de mí otra vez y aplastando la lengua contra mi clítoris.
—Oh, Dios.
La cabeza se me cae hacia atrás contra el tablero perforado.
Noose es implacable; lame mi coño con una precisión que me hace correrme en dos minutos.
Tararea grave en su garganta, con los labios sellados a mi clítoris, y la vibración de su voz desata otra oleada de suaves pulsaciones que se hunden en mi piel y en mi alma.
Me envuelve la boca de Noose, su dedo hundido en mí, su voz vibrando a través de mi carne, y olvido todo excepto a él.
El hombre.
El momento.