CAPÍTULO 31
NOOSE
Rose parece frágil. Derrotada.
Me recuesto y echo los brazos sobre el respaldo del banco. Conozco al juez. Está comprado. No había nada que pudiera hacer para evitarlo. Ya lo tenían en el bolsillo mucho antes de que yo supiera siquiera que Rose existía.
Estoy que ardo en la última fila, y la rejilla de ventilación debajo del banco que me sopla aire caliente en el culo no ayuda nada. Me colé en el último asiento justo después de que empezara el procedimiento.
Escuché a Diablo decir que solo quería ver a su hijo, que era trágico que Anna Christo ya no estuviera aquí, pero ¿acaso Charlie no merecía la atención de un padre biológico si aún quedaba uno con vida?
Dios, qué bueno es. Lo habían aleccionado, por supuesto. Joder. Preparado hasta el último detalle.
Me encanta el cuello alto. No puedo evitar sonreír cuando se lo ajusta como si fuera una corbata. Seguro que le está irritando el cuello de cojones.
Bien.
Mi sonrisa se desvanece cuando cae el veredicto. Rose se da la vuelta y encara la puerta con valentía.
Se llevan a rastras a su padre mientras la madre llora y gime de fondo. Un puto desastre.
Me tenso cuando Diablo se acerca a Rose y me pongo de pie cuando le dice algo. Estoy intentando contenerme. Perder los estribos en un tribunal solo me llevará a acabar entre rejas. Eso no ayudará a Rose. Diablo no la tocará. No aquí.
Los guardias me lanzaron algunas miradas extrañas, pero no he hecho nada malo, solo he captado su atención. Mindundis.
Acaricio la pequeña cuerda en mi bolsillo, con ganas de rodear cierto cuello. El movimiento familiar me calma. Me ayuda a concentrarme.
Los nudos siempre lo hacen.
Diablo avanza por el pasillo, estrecha manos, sonríe como un payaso. Seguro que se siente como si hubiera ganado.
No lo ha hecho. A menos que ganar una sentencia de muerte sea lo que busca.
Rose lo sigue como si flotara, con la mirada vacía y aturdida.
Diablo por fin me ve, y su paso seguro titubea.
Sabe quién soy. La máscara no oculta nada. Solo me permite cumplir mi promesa a Rose de no mostrar la cara.
Es una máscara de demonio. Un juego con su apodo de motero. Porque Diablo significa demonio.
Y si de mí depende, irá directo al infierno.
Rose observa nuestro enfrentamiento. La veo con el rabillo del ojo; su mirada va de uno a otro.
Finalmente, se escabulle hacia la puerta.
Diablo invade mi espacio personal, y me muero por atarlo con la cuerda y tirar fuerte, apretar ese nudo hasta que se encuentre con el otro en perfecta simetría. Difícil negar la perfección de la fantasía.
Respiro hondo para controlar la sensación. El impulso es tan fuerte que huelo la cuerda y siento el ardor del cordel bajo mis dedos desnudos.
—La perra es mía —murmura Diablo tan suavemente que nadie más que yo puede oírlo.
No me pillará así. Si Diablo piensa que voy a perder los estribos aquí, no sabe a quién se enfrenta.
Sonrío, y mis mejillas empujan la máscara hacia arriba. Los guardias se mueven inquietos a nuestro alrededor.
Sin decir nada, me doy la vuelta y salgo de la sala, tras Rose.
Cuando mis pies dejan atrás el último escalón de mármol, troto hasta ella y la agarro del brazo.
Hago que Rose se dé la vuelta. Tiene las mejillas mojadas de lágrimas. Se ha mordido el labio hasta casi partírselo para no sollozar abiertamente. Una gota de sangre reposa como una gema roja en su labio inferior carnoso.
Me arranco la máscara y la dejo caer al suelo, luego la estrecho entre mis brazos. —Está bien, nena. Estoy aquí.
—No se suponía que —traga un sollozo y se ahoga— mostraras tu rostro.
—No lo hice. —Siento que la cara se me va a partir de tanto sonreír.
Se aparta, riendo a pesar de todo, y luego su expresión se desmorona tan rápido como llegó la risa. —Ha ganado. Drake puede ver a Charlie. —Su voz es apenas un hilo de sonido que me remueve por dentro de formas que no sabía posibles.
Las lágrimas contenidas hacen que le brillen los ojos. Sus ojos oscuros centellean de dolor.
No puedo decírselo. Va contra las normas del club. —Superaremos esto, Rose. —En realidad, la solución es tan simple que no debería ni tener que mencionarla.
Diablo morirá, y entonces no habrá ninguna visita.
Rose no será cómplice de asesinato en caso de que las cosas se tuerzan. Mi habilidad con los nudos no pasará desapercibida para la policía si encuentran su cuerpo.
Puede que tenga que agudizar el ingenio para esconder el cadáver.
Rose ha asumido todo este tiempo que se trataba del niño, que la venganza de Diablo ha sido por recuperar lo que considera suyo.
Creo que se ha obsesionado con Rose, como lo estuvo con su hermana. La cosa va más allá de querer recuperar lo que es suyo.
Diablo quiere a Rose. Y no la va a conseguir.
Le paso un brazo por los hombros y la atraigo hacia mí, alejándola de los escalones de entrada, poniéndola a cubierto.
Mis ojos recorren todo a la vez. Lariat, Snare y Trainer están aparcados al otro lado de la calle. Mi mirada se desliza hacia la derecha.
Los Chaos Riders a media manzana. Road Kill se dirige hacia Chaos. Las motos están ahí; los tíos están todos cara a cara. Se está liando parda.
—Quédate aquí, Rose.
Se aferra a mi manga. —No lo hagas, Noose. No le des lo que quiere. Le encantaría que te metieras en problemas y acabaras entre rejas.
Meterme en problemas.
Sonrío al ver que la brillante máscara roja sigue en el suelo, a cierta distancia. —No te preocupes, Rose. No te dejaré desprotegida. Soy impulsivo de cojones, pero la cabeza me funciona.
Asiente lentamente. Pero no como si me creyera.
Me doy la vuelta y me dirijo hacia Chaos y Road Kill.
Parece que no puedo tener uno sin el otro.
Miro a la derecha justo antes de llegar al círculo cerrado de hombres fanfarroneando y veo a Rose acurrucada junto a su madre. Su padre sigue sin aparecer.
No puedo culpar al tipo. Ver al asesino de su hija conseguir la custodia de su único nieto tiene que ser una putada. No estoy en posición de darle garantías.
«No se preocupe, Sr. Christo. Voy a cargármelo» probablemente no le traería ningún consuelo. Sí me metería en la cárcel. Y entonces, ¿quién cubriría las espaldas a Rose? No. Tengo que mantener la puta calma cuando lo mío es ir siempre a tope. Totalmente en contra de mi naturaleza. Necesario.
Me doy la vuelta, confiado en que Chaos no se llevará a Rose a plena luz del día.
Uno de los motoristas de Chaos tiene la nariz con esparadrapo.
Bien. Reconocería uno de mis cariñosos golpes de nudo en cualquier parte. Le dedico una sonrisa y el dedo. Me devuelve la peineta y se acerca pavoneándose hasta donde estoy, con los puños cerrados.
—Maldito cabrón —sisea.
Solo veo una imagen de su polla sobre la boca de Rose, con las muñecas atadas detrás de la cabeza.
Respiro hondo para controlar la rabia, buscando el Zen y quedándome a años luz.
Me apoyo contra una farola y cruzo las piernas a la altura del tobillo. —¿Te pica algo? Ven a rascarte, gilipollas.
Parpadea. Puto idiota. —Apuesto a que no eres tan duro sin tu cuerda, gallina.
Mis manos se consideran armas letales. Podría acabar en la cárcel si le doy una paliza a alguien. Lo mismo con las armas.
O los cuchillos.
No digo esa mierda. Creerlo es más importante. El conocimiento es confianza. Y con eso basta.
No hay actuación cuando eres un asesino. Solo hay acción.
Wring me lanza una mirada perspicaz. No es exactamente un guiño, pero el gesto me dice que deje al cabrón soltar mierda por la boca.
¿Por qué no? Ya ha probado mi nudo; hay más de donde salió eso si le apetece seguir.
Yo siempre tengo ganas.
El viejo Nariz Rota capta el potencial y no retrocede exactamente, pero se mantiene justo fuera de mi alcance, con gesto burlón y agresivo. Su actitud me aburre.
Diablo camina lentamente hacia donde estamos enfrentados. Me señala. —Considérate marcado, cabrón.
Descruzo los pies y me enderezo.
—Noose. —Wring no tiene que advertirme. Noto cómo me deslizo hacia ese espacio silencioso en mi cerebro al que voy cuando necesito matar.
Planto los pies bien separados, con los brazos sueltos y listos.
—Rose es mía. Es mi propiedad. Lo que es suyo es mío.
—Lo declaro sin pestañear, incluyendo a Charlie en esa red de propiedad.
No hay espacio para negociaciones ni opiniones.
Estoy reclamando lo que es mío. A Rose. A su sobrino. Están bajo mi protección.
Los murmullos estallan como una sinfonía de estática.
—¿Qué coño? —Diablo echa la barbilla hacia atrás y sacude la cabeza—. Esa zorra siempre fue mía. Solo que no lo sabía. Es incluso más dulce que su hermana. —Se mete el dedo en la boca, lo chupa hasta el nudillo y lo desliza hacia adelante y hacia atrás.
—Está intentando provocarte, Noose. Que le den. —Snare fulmina a Diablo con la mirada.
El plan de Drake para irritarme está funcionando. ¿El problema? No está fanfarroneando. Su dedo ha estado en el coño de Rose, sin su permiso, mientras ella estaba atada y no podía hacer nada para impedirlo.
Le debo la muerte solo por eso.
Camino hacia él, y me sale al encuentro a medio camino. Las voces airadas a nuestro alrededor se desvanecen hasta que solo queda el hombre frente a mí. Sus ojos color barro me miran con una malicia fría.
—No tuve que violar a Rose para follármela. —Eso son hechos, cabrón. Ahógate con eso.
Diablo abre los ojos de par en par. Lo veo luchar por controlar su temperamento. No voy a presumir de Rose como si fuera una conquista. Ella no es algo que se pueda ganar.
Rose es la mujer que amo. Y este cabrón no volverá a amenazarla. Con hacerle daño. Con violarla. Con el lento destripamiento de su familia.
Ha quedado advertido. Si va a por Rose ahora, irá a por la propiedad de otro hombre, un hombre que ya la ha tenido y sabe que una eternidad no sería suficiente.
Diablo supera la cima de su rabia como un corredor de maratón que conquista su última colina. Sus ojos se desplazan detrás de mi hombro.
Sé que tiene a Rose en el punto de mira. Veo cómo su determinación se construye frente a mí, pieza a pieza.
No tocar a Diablo mientras clava la mirada en Rose con esa intención es una de las cosas más difíciles que he hecho.
No matarlo en el acto se lleva el primer puesto.
Sin decir otra palabra, Diablo gira sobre sus talones y se va. Chaos lo sigue.
La energía vibrante y sin gastar me domina. Mi necesidad de destriparlo es tan fuerte que la visión se me estrecha en los bordes. Una luz gris mortecina nada en la periferia.
—Noose. —La voz de Snare suena a mi lado.
Me doy la vuelta como si estuviera en cámara lenta. —Sí.
—Larguémonos de aquí. A reagruparnos.
Asiento.
Pero primero, me acerco a donde están Rose y su madre. Tienen los ojos muy abiertos.
La mirada de su madre me condena.
—¿Quién es este hombre, Rose? —Arruga la nariz.
¿Nada de «hola, ¿qué tal?»? Antipatía instantánea. A primera vista, seguro que le parezco clavado a Diablo.
No era así como quería que fuesen las presentaciones. —Soy Noose —digo, y le tiendo la mano.
Con los ojos como platos, la madre de Rose mira mi mano como si le hubiera ofrecido una serpiente.
—Mamá, este es Sean King.
La madre de Rose se queda mirando.
Bajo la mano y flexiono los dedos una vez.
Rose señala con la mano hacia su madre, una versión mucho más vieja de Rose.
¿Qué...? ¿Tenían noventa años cuando tuvieron hijos?
—Noose, esta es mi madre, Norah.
—Encantado de conocerla, señora. —De nuevo, el entrenamiento. El ejército no solo me enseñó a matar; también me inculcó buenos modales.
Norah sale de su estupor. —Hola... ¿Sean? ¿O es Noose? —pregunta, con una mirada fría y cortés.
Miro a mi alrededor, perdido. Los chicos se largaron en cuanto los Chaos Riders se fueron.
Preferiría enfrentarme a ellos que a la mirada inquisitiva de Norah Christo.
—Noose es mi apodo de motero. Soy de Road Kill MC. —Señalo mi moto con el pulgar y me aparto el chaleco con un dedo para lucir el parche de Road Kill.
—¿Está interesado en mi hija, señor King?
Y se acabaron las contemplaciones. Joder, qué rápido. —Sí. —No me ando con rodeos ni respuestas elaboradas. Mi lenguaje monosilábico habla por mí. La madre estirada de Rose tendrá que aguantarse.
Puedo protegerla mejor que nadie en el mundo. Y Rose necesita que la protejan.
Me ignora por completo, se vuelve hacia Rose y parece recomponerse. —Si haces esto, dejas de tener padres. ¿Lo entiendes? Tu padre y yo no podemos pasar por otra Anna.
Rose traga saliva y nos mira alternativamente.
Finalmente, asiente. —Lo sé, mamá. —Las lágrimas le resbalan por las mejillas.
Los ultimátums son una mierda. Su madre ha bajado varios puntos en mi estima por ponerle uno.
Se quedan congeladas, mirándose fijamente. Norah mata a Rose lentamente con la mirada.
Me quedo donde estoy. No obligo a nadie. No va conmigo.
Rose extiende la mano hacia mí como si fuera un salvavidas.
Entrelazo mis dedos con los suyos. Ni siquiera lo pienso; es tan automático como respirar.
Su madre baja la mirada hacia nuestras manos entrelazadas y, sin decir palabra, se aleja.
Atraigo a Rose hacia mí mientras llora.
Ninguna mujer había conseguido que confiara en ella.
Hasta ahora.
Moriría por Rose Christo.