CAPÍTULO 30
ROSE
Los grandes ojos color avellana de Naomi parecen flotar sobre la mampara que separa nuestros puestos.
—Pareces diferente —se encoge de hombros mientras se muerde distraídamente la uña del pulgar—. No sé qué es, pero diría que te has acostado con alguien si no supiera que no es así.
El problema es que no tiene ni idea de lo acertada que está.
—Yo-yo...
Bajo la mirada hacia mis manos. Ya he organizado la caja dos veces. No tengo nada que hacer salvo soportar su inquietante intuición.
—Un momento, ¿es por la audiencia? —los ojos compasivos de Naomi intentan descifrar mi estado de ánimo.
No es la audiencia, en realidad no. No quiero hablarle de Noose. Confesar lo nuestro lo convierte en algo real, a él, a nosotros. Naomi sabe que a Anna la mataron a golpes y que andaba con motociclistas. Parecería una completa estupidez por mi parte seguir ese mismo camino.
Y sin embargo, aquí estoy.
Naomi y yo somos bastante cercanas. Las dos empezamos a trabajar en el banco recién salidas del instituto. Eso fue antes de que exigieran al menos dos años de universidad para trabajar con dinero en una entidad financiera.
Es raro que no nos escribamos durante el fin de semana. Aunque tengo a Charlie, Naomi y yo seguimos haciendo cosas juntas. A veces le envidio su vida libre.
Pero nunca renunciaría a Charlie.
No le escribí durante el fin de semana, y eso activó el Radar de Naomi. Echo un vistazo al reloj. Casi las nueve y media. No hay tiempo suficiente para todo lo que quiero decir, ni para todo lo que no quiero. Respiro hondo y suelto el aire lentamente.
—Hablemos en el almuerzo, ¿vale?
Sus cejas pelirrojas se arquean de golpe.
—No sé si podré aguantar. Tiene que ser para largo.
La miro.
—Desde luego. Pero... —hago una pausa de unos segundos—, son buenas noticias, y no, no estoy tan preocupada por la audiencia. Creo que Drake se presentará, será él mismo, y el juez le calará. Además, ya me concedieron la custodia completa de Charlie una vez.
Naomi se muerde el labio, estropeándose el pintalabios. Su melena rizada se balancea mientras asiente.
—Sí —se recoge el pelo en un moño.
Parecemos gemelas. Pero el suyo es una masa espesa y esponjosa de rizos salvajes.
No dice el resto. Naomi no necesita hacerlo. Drake estaba en la cárcel durante aquella primera audiencia, bajo sospecha de asesinato.
Por supuesto, salió libre. Pero para entonces, el juez ya había concedido la custodia de Charlie a la pariente más cercana de Anna. Yo.
La que no estaba entre rejas. Pero como Drake nunca fue condenado, básicamente tiene la ficha limpia. Es como volver a empezar de cero.
Carla se quedará con Charlie, así que no tengo de qué preocuparme. Su testimonio escrito sobre mis aptitudes como madre forma parte de mi documentación.
Mis padres también estarán allí. Por Anna. Por mí.
Niego con la cabeza. Por una vez llevo el pelo suelto, y me roza los hombros con el movimiento.
—No. No estoy preocupada.
Naomi asiente, esbozando una sonrisa tranquilizadora.
—Quiero todos los cotilleos en el almuerzo —se inclina sobre la mampara mientras empiezan a entrar los clientes—. Pero ¿cuándo le pasa algo emocionante a Rose Christo? —me guiña un ojo.
Se me encienden las mejillas, y Naomi suelta un gritito antes de dejarse caer en su silla de cajera.
—¡Me encanta! —canturrea.
No puedo mirarla. Revelaría demasiado.
Saco el cartel por la abertura de la ventanilla mientras se acerca el primer cliente.
Los ojos descomunales de Naomi parpadean. Motas verdes parecen flotar en sus iris.
—¡Me estás tomando el pelo!
Estamos almorzando bajo un viejo arce gigante que se salvó cuando construyeron el banco.
Sus vibrantes hojas naranjas y rojas parecen llamas contra el cielo azul intenso.
La madera de la mesa de picnic está marcada y áspera bajo las yemas de los dedos.
Aun así, las presiono contra la superficie, atreviéndome a mirarla a la cara.
—No. No te estoy tomando el pelo.
—Rose, vale, llevo tiempo presionándote para que acabes con tu sequía. Lo de Nick fue hace mucho, y con lo que le pasó a Anna...
No lleno el silencio de inmediato. Los pájaros y los coches que pasan al otro lado de la valla son un murmullo de fondo.
Desenlazo los dedos.
—Luché contra ello. Lo hice. Al final, ya no pude más —me pongo a la defensiva.
Si pudiera acostarme con hombres sin más, esto no sería para tanto. Pero cuando me acuesto con un hombre, me implico emocionalmente.
Naomi se planta con las manos en las caderas.
—Sé cuál es tu problema: estás salida.
Escupo el parfait sobre el césped. Trozos de yogur de albaricoque salpican la hierba, y me llevo la mano a la boca, horrorizada.
—¡Dios mío, mira lo que me has hecho hacer!
Naomi se ríe y cruza los brazos sobre su pecho casi plano. Siento una punzada de envidia y la aparto. A Noose le encantan mis pechos enormes. Me alegra que a alguien le gusten.
—Dime que me equivoco —sus cejas se arquean con picardía.
Dios. Clavo la mirada en el cuenco casi vacío de fruta, frutos secos y yogur, como si me interesara muchísimo lo que queda.
—No puedo —hasta a mí me suena lúgubre.
—¿Ha sido violento? —pregunta en voz baja.
Levanto la cabeza de golpe y la miro a los ojos. ¿Conmigo? No. Niego con la cabeza.
—De los tres mil quinientos millones de hombres en el mundo, elegiste a este tío. Y tengo una ventaja —da un golpe al aire con el dedo—. Lo vi a él y a su aterrador amigo cuando vinieron al banco la semana pasada. ¿Y qué coño es esto? —sisea Naomi, cada vez más alterada.
Aparto mi comida.
—¿No te acuestas con nadie durante cuatro años y luego, bum, aparece el motero y ya es hora de darle al asunto?
Me río. —No te cortes, Naomi.
Sus labios se curvan levemente.
No me hace mucha gracia lo rápido que han ido las cosas, pero nunca me había sentido tan viva como desde que conocí a Noose. Intento explicar lo inexplicable. —Me hace sentir segura, cachonda... feliz —susurro.
—¡Dios mío! —Naomi se tapa la boca con las manos. Sigue hablando desde detrás de sus dedos—: ¿Estás diciendo que lo amas? ¿A ese tal Noose? Y no me vengas con el nombrecito. —Levanta la palma en el aire.
Definitivamente. —Quizás. —Mis ojos buscan los suyos—. Estuvo en la Marina, era un Navy SEAL. —Intento dar algo parecido a una explicación.
Naomi silba y deja su sándwich. —Son tan atractivos, los SEAL. —Se le pone una mirada soñadora.
Me sonrojo al pensar en lo bueno que estaba Noose con su cuerpo dentro del mío. No sé si tuvo algo que ver con que fuera un SEAL. Creo que tuvo todo que ver con él. Noose es una fuerza de la naturaleza. Decir que tiene atractivo sexual se queda corto. Me estremezco.
Naomi apoya los codos en la mesa. —Entonces, ¿qué hacen los SEAL? —Se mete un Cheeto en la boca y unas migas naranjas salpican la mesa.
Me encojo de hombros. —No quiso contarme mucho. —Me río al pensar en los esfuerzos de Noose por ser conversador. Inexistentes—. No es muy hablador. —Se me escapa una sonrisa.
Naomi arruga la nariz. —Ajá. Ya me había dado cuenta, amiga. —Su risa grave hace que vuelva a sonrojarme.
Pienso en lo que Noose me contó: qué puedo decir, qué quizá no. —Sí me dijo que es un experto en nudos.
—¿Entonces el hombre sí sabe hablar? —pregunta Naomi con picardía.
—Déjalo ya. Sí, sabe hablar. —Eso me hace pensar en su lengua, claro. Trago saliva.
—¿Qué quieres decir con «nudos»? —Entrelaza los dedos y apoya la barbilla en ellos.
La nariz reventando sobre mi cuerpo está grabada a fuego en mi memoria: sangre cayendo como lluvia roja y cálida sobre el vestido azul metálico que Drake me obligó a ponerme. —Ah... sabe hacer diferentes nudos.
Se encoge de hombros. —¿Y eso por qué es importante?
Unos brazos fuertes rodean el cuello de Drake, unas muñecas gruesas que retuercen la cuerda. Los nudos en cada extremo sirven de ancla para estrangular.
—Creo que las cuerdas se consideran armas en el combate cuerpo a cuerpo —logro decir, arrancándome del recuerdo como si fuera arenas movedizas.
Su rostro se ilumina al comprender. —¡Ah! ¿Como un cuchillo o algo así?
—Algo así. —Los latidos se me atropellan.
Naomi arquea las cejas con picardía. —Tiene posibilidades.
Pienso en las medias que Drake usó para atarme y niego con la cabeza. —Probablemente no. —Suelto un suspiro tembloroso, reprimiendo un escalofrío.
—A mí sí que me va. Me encantaría probar eso de que me aten. —Naomi suena soñadora.
Me río. El sentido del humor de Naomi es contagioso. Antes de darme cuenta, el almuerzo ha terminado y el resto del día me mantiene ocupada con clientes. No me ha caído un rayo por confesar el pecado de Noose.
Ned no me ha dado cincuenta latigazos.
Solo cuando llego a casa y Charlie está acostado tengo tiempo para pensar.
Mi móvil está a oscuras.
Noose, ¿dónde estás?
Hace una semana, solo dormía, comía y existía.
Ahora soy como un planeta cuya órbita ha cambiado para girar en torno a una sola cosa, un hombre.
Quizá el verdadero pecado fue no haber vivido antes.
Me levanto y empiezo a prepararme dos horas antes de la audiencia de las diez, tan nerviosa que me tiemblan los dedos mientras me maquillo.
Cojo el pintalabios. Es el rojo que Drake usó para escribir en mi cuerpo.
Lo suelto como si me hubiera quemado.
El brillante tubo rojo rueda por el tocador de madera y cae al suelo con estrépito. Lo recojo con dos dedos, como si fuera algo asqueroso, y lo tiro a la basura.
No creo que vuelva a ponerme ese tono en la vida.
Me paso las manos por la ropa por vigésima vez, mirándome en el espejo: falda azul marino y salones, medias color carne y un tacón de siete centímetros y medio.
La blusa de cuello cerrado color crema debería apagar mi tono de piel, pero como mi pelo tiene un leve toque rojizo, hace que mi coloración parezca más rica.
Mis ojos son de un marrón aterciopelado en el mar de mi piel clara.
No quiero parecer que me estoy esforzando demasiado, así que me recojo parte del pelo con una pinza suelta en la coronilla y lo dejo secar al natural.
Cualquier cosa más es pura procrastinación.
No he sabido nada de Noose. Me tomó la palabra y me ha dado espacio hasta después de la audiencia.
Ojalá no me hubiera hecho caso.
Cojo un mechón de pelo y lo enrollo en el dedo. Tiro de él ligeramente, lo suelto y vuelvo a enrollarlo.
—Vamos, Rose. —Me acerco al espejo, aprieto los labios con su brillo nude y me armo de valor.
No quiero ver a Drake. Nunca.
No quiero que tenga a Charlie más.
Cruzo la casa, cojo el bolso de la mesita junto a la puerta principal y salgo. Cierro con llave y camino con determinación hacia mi Smart. Echo un vistazo al interior. Todo el papeleo está en una carpeta de cartón sobre el asiento del copiloto.
Nada va a interponerse en mi camino para conservar a Charlie, no si puedo evitarlo.
—Todos en pie —anuncia una voz aburrida.
Me pongo de pie. La mano de mamá aprieta la mía con tanta fuerza que me hace daño; la otra la tengo aferrada al respaldo del banco de madera pulida de delante.
—Mamá —susurro apremiante, y su agarre se afloja. Se me acalambran los dedos y los flexiono.
No puedo evitar mirar alrededor. Me digo que es para ver quién está aquí, pero en realidad busco a Noose.
Hace una semana, no existía Noose, Rose. Cierro los ojos con fuerza, controlo la respiración y recupero la calma.
—Preside el juez Jetson. —Entra con la toga negra rozándole los tobillos como agua oscura. El juez es superjoven. No sé si eso es bueno o malo para mí.
Tras un último vistazo sin encontrar rastro de Noose, se me escapa un suspiro. La decepción y el alivio colisionan y me dejan una opresión incómoda en el pecho.
Me sacudo la inquietud y busco a Drake. Recorro con la mirada la multitud, compuesta principalmente por personas cuyos casos se verán después del mío, pero no lo veo.
¿Podría tener tanta suerte? ¿Se habrá acobardado de repente? Entonces mi mirada se detiene y tropieza con Drake.
No es de extrañar que no lo reconociera.
Está irreconocible. Ha desaparecido el pelo largo y grasiento y el aspecto de no-me-baño.
En su lugar hay un impecable jersey marrón de cuello alto que oculta convenientemente la quemadura de la cuerda.
Lleva el pelo peinado y pegado a la cabeza.
Drake usa gafas que le dan un aire culto y distinguido.
Viste una chaqueta deportiva de tweed fino que combina con el color chocolate del jersey.
Solo sus ojos siguen igual. Mortales. Fríos.
Se vuelven hacia mí.
Su sonrisa lo dice todo mientras su mirada me provoca. Sobre todo, leo yo gano en esos ojos.
—Hijo de puta —susurra papá a mi lado.
Sí. Eso.
El asesino de Anna nos dedica un saludo burlón a mí y a mi familia.
Se me revuelve el estómago. En ese momento, podría matarlo yo misma.
Ocupo mi sitio ante el juez, con la presencia incómoda de Drake a solo unos metros de mí.
El juez escucha a ambas partes mientras revisa mi documentación con detenimiento.
Drake tiene un abogado elegante, refinado y pulcro, y de repente sé quién lo vistió y arregló.
Mi abogado es de oficio, con un traje arrugado y una actitud indiferente. Un malestar agudo se apodera de mí.
El juez Jetson por fin me mira. —No entiendo por qué al señor Corbin no se le ha concedido ninguna visita hasta ahora.
Me quedo atónita, pero logro soltar lo más importante. —Estaba en la cárcel durante la última audiencia, juez Jetson.
Sus ojos se clavan en mis pechos, y lo sé. Una leve mueca en los labios. Una inclinación de cabeza. Joder, el juez está comprado. ¿Por qué nunca se me ocurrió que esto era posible? Cuando Drake no pudo doblegarme, untó a quien debía. Un plan de contingencia perfecto.
El juez cierra la carpeta con mi documentación cuidadosamente organizada y tamborilea con un dedo sobre ella. Sus ojos azul pálido se encuentran con los míos.
—Sí, soy consciente de ello, señorita Christo. Fue una circunstancia desafortunada.
Abro la boca y él levanta un dedo.
—Los cargos contra el señor Corbin fueron retirados.
Mierda. —Sí, pero... —Las palmas me sudan y hormiguean.
—No ha vuelto a pisar la cárcel ni ha sido condenado por ningún delito desde entonces, es un ciudadano modelo que dona a organizaciones benéficas, ha mantenido el mismo trabajo durante los últimos cinco años y ha solicitado ver a su hijo.
Da un golpe seco con el mazo. —Visitas concedidas.
A papá se le escapa un jadeo y se abalanza sobre Drake, gritando contra la injusticia de la decisión.
Estoy de acuerdo mientras se llevan a papá de la sala.
Me quedo ahí, aturdida.
Drake está a mi lado en cuestión de segundos, y me aparto de él con un escalofrío. —Te pillé. —Su aliento sigue siendo fétido, y algo dispara un recuerdo que me inyecta adrenalina en las venas como gasolina ardiendo.
Sale de la sala, pero casi tropieza con una figura inmóvil como una estatua en la parte de atrás.
Noose.
O creo que es Noose. Difícil saberlo con certeza cuando lleva una máscara.