CAPÍTULO 3
NOOSE
—Jodido Kent.
—Sí. —Snare entrecierra los ojos mirando al cielo, disfrutando del veranillo de San Miguel—. No me apetece hacer de recadero hoy. Podríamos estar devorando kilómetros.
—Tragando asfalto —digo.
Se gira hacia mí con una sonrisa.
Chocamos los puños de nuevo.
Buen día para estar vivo.
Golpeo el caballete con la punta de la bota y encaja en su sitio. Dejo que la Road King se asiente a un lado; el motor chasquea mientras se enfría.
Soy el único hermano con una King. Me encanta lo suave que va. Por supuesto, le he metido de todo para ganar velocidad. Los tubos de escape son más anchos que la cintura de una mujer.
Bueno, quizá no tanto.
Sonrío mientras me dirijo al banco donde se guarda el dinero del club. El gerente está comprado.
Guardará lo que sea por el precio adecuado. Road Kill MC siempre paga lo que hay que pagar. Es un cobarde patético. Pero mientras le untemos la mano, es nuestro perro con correa. Nos funciona.
Hay un montón de escoria de pandillas que creen que van a meterse en nuestro territorio y pisotearnos. Road Kill seguirá matando para mantener lo que es nuestro. Hay que ser proactivo con la enfermedad, da igual la forma que tome. Pandillas. Drogas. Tráfico. Lo que sea. El cáncer se extiende.
El dinero que no se puede blanquear tiene su propia red de seguridad.
Miro el letrero. Un gran logo de llave se cierne en lo alto, imponente, queriendo transmitir esa sensación de seguridad. En realidad estamos a un tiro de piedra de Covington. No es el agujero de mierda en el que se ha convertido Kent, pero compite por la segunda posición.
Sacudo la cabeza con mi desdén habitual. Nada es seguro.
Atravieso la entrada y Snare escanea las salidas y todo bicho viviente. Un buen sargento de armas siempre cuenta entradas y salidas, amenazas potenciales.
Este banco es nuevo para nosotros. El de Tacoma cambió de manos y ahora tenemos que lidiar con el nuevo lacayo.
El Prez quiere que se haga, así que vamos a Kent para la nueva cuenta. Una pequeña presentación. Es el tamaño de ciudad adecuado para tapar mierda: grande, pero no tanto como para perder de vista lo importante.
Vince, alias Viper, es Presidente del Road Kill MC desde antes de que me votaran hace cinco años, y su intuición rivaliza con la mía. Hacemos un buen equipo.
Igual que Snare y yo.
Los instintos mantienen vivo a un hombre. No el cerebro. No la educación. No la actitud. Todo eso es puro teatro. Dejarte llevar por las tripas te da una vida larga. Los hombres conectados con su lado primitivo sobreviven.
Suelta un silbido bajo que solo yo puedo oír, y me tenso.
—¿Qué? —suelto en un susurro apenas audible.
—Mira a esa tía.
Reprimo las ganas de poner los ojos en blanco. Yo voy a lo mío. Terminar con este asunto del dinero y largarnos. Ya tuve coño para desayunar.
Entonces la veo, y el tiempo se detiene.
Me duele la polla con solo mirarla. No es una sola cosa de ella, sino un millón.
Sí, tiene unas tetas. Pero he visto tetas, docenas de tetas en las que correrme. No soy de los que van por partes; me fijo en el conjunto. Y esta tía lo tiene todo: ojos de cierva exóticos tan marrones que casi son negros, y pelo rubio oscuro más claro que el mío, pero con ese tono rico de la miel.
Me la imagino deslizándose por mi cuerpo como ese dulce néctar.
—¿A que sí? —jadea Snare, lleno de lujuria.
Le doy un codazo en las costillas.
Resopla. —Que te jodan, Noose.
—Vamos.
Levanto una bota tras otra.
Nunca estoy nervioso con las tías. Son solo un sitio donde aparcar la polla.
Me lamo los labios, preguntándome por primera vez en una eternidad qué coño me he puesto hoy.
Bueno, el chaleco de cuero, para empezar.
Snare y yo nos quedamos de pie junto a la cuerda de seda trenzada. Leo el letrero. Por favor, espere al siguiente cajero disponible.
Me llega un mensaje y saco el móvil del bolsillo de los vaqueros.
Es el pelota del gerente, Ned.
Vaya al cajero número tres.
Críptico de mierda.
No le respondo. ¿Adivinas quién es la cajera número tres? Acertaste: morena, delicada y deliciosa.
Es como un puto éclair de chocolate. La lengua me asoma y me recorre el labio, delatando mis pensamientos.
Ella levanta la vista.
Se me suben los huevos. Joder.
—¿Puedo ayudarle? —pregunta.
Joder, sí.
Tiene una de esas voces de contralto grave que hace juego con el resto. Sus palabras me queman por dentro.
Snare me da un codazo en el costado.
Avanzo. —Sí.
Arquea una ceja color caramelo, y mis ojos le recorren todo el cuerpo, empezando por las tetas.
No es ninguna zorra. Está mejor hecha que cualquier tía que haya visto en mi vida, pero va vestida con recato. Hostia puta, parece que acaba de salir del instituto.
Finalmente, mis ojos vuelven a su cara. Esos ojos.
Oh sí, esta es peligrosa.
Un leve rubor le recorre los pómulos.
La he avergonzado. Me da igual. Solo es una cajera.
Enderezo la espalda.
Ned se acerca sigilosamente por detrás de ella y le pone una mano en el hombro con familiaridad. Un dedo le sube por la piel del cuello, y observo cómo lucha por no apartarlo de un tirón.
Mi lujuria se convierte en ira. Perfecto. La emoción despeja la niebla de mi mente. Puedo pensar de nuevo. Joder, menos mal.
—Rose —dice Ned—, estos son los clientes especiales de los que te hablé.
Rose, susurra mi mente como una plegaria.
El miedo asoma en sus ojos mientras me examina igual que acabo de hacer yo con ella.
Entrecierro los ojos. Deben de ser los tatuajes. O el chaleco. O yo.
Probablemente yo.
Miro de reojo a Snare. Tiene los ojos clavados en el escote que asoma de su blusa roja de bombero.
Capullo.
—Sí, gracias, Ned.
Me parece oír: Vete a la mierda, Ned. Quizás sean imaginaciones mías. Él parece darle un apretón cariñoso, y ella se estremece.
¿Placer?
Una mueca de asco le cruza el rostro y desaparece casi antes de que me dé cuenta.
No. Repulsión.
Fulmino con la mirada al bueno de Ned, y se encoge. Lo observo hasta que desaparece en su despacho acristalado.
—Puedo ayudarle —dice en voz baja.
Meto la mano en el maletín plano de cuero que llevo y deslizo una bolsa con cremallera y candado sobre el mostrador, entre los dos.
Los dedos de Rose tiemblan al cogerla, con cuidado de no tocarme.
Su miedo me cabrea. Jamás le haría daño a una mujer, aunque me lo suplicara. No soy uno de esos cabrones sádicos.
¿Por qué coño me importa si Rose me tiene miedo? Somos el Road Kill MC; mucha gente nos tiene miedo.
Miro a Rose; su cabeza de pelo color miel oscuro se inclina sobre el dinero mientras lo mete en una contadora automática. No me gusta que ella me tenga miedo.
Eso me cabrea aún más.
Es solo una mujer, como cualquier otra. Todas tienen coño. Sirven para follar. Eso es todo.
La polla me palpita. Y aquí estoy otra vez, pensando, joder. ¿Cómo coño ha vuelto a asomar esa puta costumbre?
Termina y levanta la vista. Pestañas como encaje ámbar bajan y se abren en abanico sobre el rosa suave de sus mejillas. Me mira desde debajo de ellas, y se me corta la respiración.
Sus labios se mueven, y pienso en besarlos.
—¿Qué? —digo como atontado.
Está claramente molesta por tener que repetirse.
—Tengo su recibo.
Asiento y extiendo la mano. Me entrega el trozo cuadrado de papel. Echo un vistazo a la cifra.
Correcto.
Mis dedos envuelven los suyos, y el recibo se arruga entre nosotros.
Noto los latidos de su corazón a través de mi mano.
Nuestras miradas se cruzan.
—Gracias —dice en voz baja. Se le tensan los rasgos.
—De nada —logro decir, y le suelto la mano.
Se queda ahí sentada, aturdida.
Deslumbrante.
Me doy la vuelta para irme, y Snare me sigue, lo bastante listo como para mantener el pico cerrado.
Meto el recibo en la bolsa de seguridad y la tiro dentro del maletín que me cruza el cuerpo en diagonal.
Snare abre la puerta de un empujón delante de mí, y paso primero.
He estado en combate y he quitado vidas. He rozado la muerte tan de cerca que podía saborear la podredumbre en la lengua.
Pero hoy me ha deshecho una cajera de banco.
Estoy perdiendo la puta cabeza.
—¿Qué coño ha sido eso? —pregunta Snare mientras recorre el aparcamiento con la mirada.
Ningún matón salta de ningún escondite. Se me relajan los hombros.
—¿Qué? —pregunto, haciéndome el tonto a propósito. Odio explicar mierdas que ni yo entiendo. Ni a mí mismo. Ni a otros.
—La puta tía de ahí dentro —señala con la cabeza hacia las puertas por las que acabamos de pasar—. Se te estaba saliendo el cerebro por las orejas. Y —dice, bajando la voz— la cagaste asustándola. Bien hecho, Noose. Menudo encanto.
—No todos podemos ser guapos.
Snare resopla.
—No es eso, payaso de mierda. Es que estabas ahí todo intenso sin abrir la boca, ¿y luego depositamos cien de los grandes? Muy discreto, eso es lo que digo.
—Ajá. Deja de usar palabras tan complicadas, Snare. Me duele el cerebro.
—No tanto como la polla, por lo que se ve.
Me giro hacia él y lo señalo con el dedo.
—Escucha, no es para tanto. Solo estoy distraído.
Snare asiente, nada convencido.
—Tú nunca te distraes, colega.
Me conoce.
Nos subimos a las motos. Abro el baúl y tiro dentro la bolsa vacía del dinero. Tamborileo con los dedos sobre el muslo.
Snare espera. Me doy la vuelta, incapaz de distinguirla a través del cristal tintado.
Quizás Rose me vea. Quizás me esté mirando. Solo pensarlo me dan ganas de hacerme una paja.
—Joder. Entra ahí y tírale los tejos, Noose. ¿Qué tienes que perder? —Se da una palmada en los muslos con sus manazas. Suelta un bufido de frustración.
Nada. No tengo nada que perder porque no lo voy a intentar. Rose es una tía con clase. Las zorras son fáciles, y no solo para el sexo. Tienen una sola cosa que me interesa. Y con eso me basta.
Niego con la cabeza y Snare acepta mi respuesta sin más. Bajamos los caballetes y arrancamos.
Justo cuando salimos del aparcamiento, entra una Fat Boy.
Chaos Rider.
Odio a esos cabrones.
Miro fijamente al tipo, que me resulta vagamente familiar. No sé de qué. Road Kill conoce todos los clubes de Washington y los estados de alrededor. Este tío no deja muy bien a los suyos. Parece dejado, como si ducharse fuera un lujo que nunca se permite.
Mientras salimos, me jode dejar el banco sabiendo que un motero de un club rival va a entrar y comerse con los ojos a Rose.
Una oleada de rabia me recorre el cuerpo.
Joder.
Ya estoy pensando en Rose como si fuera mía. Pero eso es para hermanos que quieren atarse. Que lo necesitan.
Y ahí está el problema. No es mía.
No quiero ser dueño de nadie.