Dime lo que piensas Capítulo 29
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Capítulo 29

Dos meses después.

Olga está en la cocina de Marina con un café en la mano mientras mira por la ventana hacia la Diagonal.

Los carriles están completamente llenos de vehículos y se escucha el sonido de una ambulancia acercándose.

No le molesta ese ruido, es el mismo que se escucha en su piso y está tan acostumbrada que nunca es consciente de él salvo en momentos así, cuando realmente se centra en ello.

Apura el último trago y se sienta a la mesa mientras su chica sale del baño, y aprovecha para repasar en su móvil la agenda del día para ir adelantando trabajo y tenerla lista para imprimir cuando llegue.

—Buenos días.

Olga levanta la mirada y ve a Marina entrando en la cocina; ya está duchada y vestida, y viene descalza porque no le gusta molestar a los vecinos con el sonido de sus tacones.

—Hola. —Olga se levanta, acercándose a ella para besarle los labios y aprovechar el momento para hundir la cabeza en su cuello y aspirar el olor de su loción corporal, al que también se ha vuelto adicta—. Tienes ahí el café, lo he servido hace un momento.

—Gracias, cariño.

Marina coge la taza y se apoya en la encimera, cerrando los ojos con el primer sorbo.

—No sé qué haría sin café —dice, inhalando el aroma—. ¿Has dormido bien?

—Sí, genial. ¿Y tú? —pregunta la asistente.

—También, aunque hoy es un día de esos que me quedaría en la cama hasta las doce.

Olga se ríe, una carcajada corta y baja que hace que Marina también estire los labios porque le gusta escuchar ese sonido a primera hora de la mañana.

—Tú no te levantas a esa hora ni en fin de semana.

—Pero me gustaría. —Los labios de Marina tiemblan un poco antes de curvarse hacia la izquierda.

No viven juntas, pero ya han tomado por costumbre pasar los fines de semana en uno de los pisos, y desde que volvieron de Lisboa, también han incluido un día entre semana en el paquete.

La vicepresidenta, que se había acostumbrado a vivir sola desde el divorcio y apreciaba esa intimidad que te da poder hacer lo que te da la gana sin tener en cuenta a nadie más, se ha dado cuenta de lo rápido que se ha adaptado a compartir parte de sus días con Olga, con una facilidad que a veces le cuesta comprender.

—Bueno, me toca usar el baño —anuncia la asistente, besándole la mejilla antes de salir de la cocina.

Mientras Olga se ducha, Marina se termina su café mirando también por la ventana y después entra en el baño para darse un último retoque en el espejo.

No le pide permiso para entrar —algo que también es costumbre entre ellas— y, al mismo tiempo que se repasa los labios, Olga sale de la ducha y se envuelve el cuerpo con una toalla mientras la vicepresidenta la observa de reojo.

—¿Qué? —pregunta Olga, con los colores invadiendo sus mejillas.

—Nada.

—Estás pensando algo —la acusa Olga—, te sale una arruguita en los ojos porque los entornas cuando lo haces.

Marina se gira hacia ella y se cruza de brazos, apoyada en el mármol en una pose demasiado seductora como para que Olga no se acerque.

—Yo no tengo arrugas.

Por primera vez, la asistente es la que levanta las cejas antes de ponerle las manos en la cintura.

—Vale, alguna puede que haya… —admite la vicepresidenta en voz más baja.

—¿Y me vas a decir lo que estabas pensando?

—Mmm, tal vez —dice con aire misterioso—. Depende de lo que estés dispuesta a pagar por saberlo.

Olga deja caer la toalla.

—Joder —sisea Marina, con los ojos tan abiertos como oscurecidos—. Vas a hacer que lleguemos tarde —susurra, ladeando la cabeza para buscar sus labios.

—Ni hablar, antes la información. —Olga le pone una mano en el pecho y da un par de pasos atrás, y Marina maldice entre dientes y la contempla, todavía sorprendiéndose por estos arrebatos de su chica, que se muere de vergüenza cuando ella la mira demasiado, pero se quita la ropa sin reparo cuando están en casa.

—Vale —asiente la vicepresidenta, estirando la mano para coger la de Olga y acercarla a su cuerpo de nuevo—.

Estaba pensando que me gusta tenerte aquí, que me encanta despertarme por la mañana y ver que estás en mi cama.

Y entrar en la cocina y tomarme el primer café contigo o pelearme por el baño para ver quién se ducha primero.

Antes llegaba al fin de semana con ganas de que acabara para volver al trabajo, y ahora cuando llega lo que quiero es que se alargue porque sé que vas a estar conmigo.

Los ojos de Olga están húmedos, tiene la boca abierta y las manos cerradas con fuerza sobre la cintura de Marina. Ahora mismo desearía estar vestida, porque escuchar semejante declaración de su chica estando desnuda le parece un poco raro, pero tampoco piensa mucho en ello.

—¿Es solo un pensamiento o me estás proponiendo algo?

Marina inspira con fuerza y mantiene el aire en los pulmones unos segundos. No se ha levantado hoy pensando en esto, ni siquiera se lo había planteado con seriedad, pero ahora que ha salido el tema, decide lanzarse.

—Era un pensamiento que se ha convertido en propuesta. ¿Quieres vivir conmigo? No hace falta que me respondas ahora, tómate tu…

—Sí que quiero —asegura Olga.

Marina le acuna las mejillas y la besa, tragándose el aire de su risa nerviosa. La coge por la cintura y la gira, y después la agarra por las nalgas para que Olga se siente sobre el mármol.

La asistente se impulsa y no solo se sienta, sino que abre las piernas para que Marina se encaje entre ellas.

—Antes de devorarte, tengo una última propuesta.

Olga abre la boca, sorprendida.

—¿Qué propuesta?

—Mañana cerraremos oficialmente la operación con Nauta.

La sonrisa de Olga se ensancha y exhala el aire de golpe cuando recuerda que esa adquisición fue la que realmente las unió, que gracias a ese montón de horas extra que pasaron trabajando en Navidad y al primer viaje a Lisboa, pudo conocer a Marina de verdad y al parecer enamorarla sin saberlo.

—Sí, al fin se acaba —confirma la asistente.

—Exacto, y eso significa que podemos cogernos las vacaciones que nos quedaron pendientes en Navidad, además de una semana extra cortesía de Javier por haber logrado un descuento importante en el precio.

—¿En serio? —Olga se ríe y, si no fuera porque está abierta de piernas ante su jefa y deseando que la folle, se pondría a dar saltos de alegría.

—Sí. —Marina le pasa el pulgar por el labio inferior y Olga se queda muy quieta—. Quiero usar parte de esos días para ir a Tenerife a ver a mi madre, y me gustaría que vinieras conmigo.

El color abandona las mejillas de la asistente.

—¿Quieres que conozca a tu madre? —Sus ojos se desorbitan de la impresión.

—Te diría que te puedo presentar como una amiga, pero ya le he hablado de ti, así que no colará, pero si te parece mucho o tienes otros planes, no pasa nada, lo dejamos para otra ocasión.

—No, es decir, sí… —Olga se atropella con sus propias palabras—. O sea, sí que quiero ir. Nunca he estado en Tenerife y me apetece ir contigo, pero ¿podemos quedarnos en un hotel? No creo que pueda sobrevivir a conocer a tu madre y compartir techo con ella en el mismo viaje.

Marina suelta una carcajada.

—Tranquila, nunca me quedo en su casa cuando voy a verla.

—Ah, ¿no? —Olga la mira, perpleja.

—Mi madre es encantadora, pero todavía tiene la costumbre de entrar en mi habitación sin llamar, y eso con diez años me parecía bien, con quince era un fastidio y con mi edad es inviable. Simplemente no puedo permitirlo.

Olga acaba llorando de la risa.

—Vale, entonces me apunto.

—¿Sí? —Marina se pega a ella mientras se quita la blazer y la deja sobre el mueble.

—Ajá —jadea la asistente, y exhala con la respiración entrecortada cuando Marina arrastra el taburete del baño y se sienta sobre él.

Olga enreda sus dedos en su melena recogida con una pinza, sin importarle despeinarla porque está tan excitada que no puede permitirse que Marina la torture besando sus muslos o jugando entre sus pliegues con los dedos como hace cuando quiere castigarla, la necesita ahí y tampoco tienen mucho tiempo, así que echa las caderas hacia delante al mismo tiempo que la empuja hacia ella, y gime con fuerza cuando la lengua de Marina la presiona antes de sorber.

Llegan al trabajo con el tiempo justo, cruzando la puerta del edificio cogidas de la mano, saludando al guardia y corriendo hasta el ascensor, donde se sueltan entre risas, se besan una última vez y se dan un repaso para asegurarse de que la ropa de ambas está bien.

Marina informó de la relación en Recursos Humanos.

Lo hizo en cuanto volvieron de Lisboa en una conversación de apenas diez minutos que tuvo con Nuria, a la que le respondió algunas preguntas que eran puro trámite y le firmó el documento que le pidió.

Desde entonces, la mitad de la plantilla ya sabe que son pareja, no porque lo vayan pregonando ni se den muestras de afecto mientras trabajan, es porque simplemente no se esconden y, en cuanto ponen un pie fuera del edificio, sus manos se unen para irse juntas a dar un paseo antes de separarse para ir a sus respectivos pisos, aunque dentro de poco ya no tendrán que hacerlo.