Dime lo que piensas Capítulo 28
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Capítulo 28

Cuando el taxi las deja frente al hotel de Lisboa y las dos mujeres se bajan del vehículo se estremecen en un escalofrío.

Hace un día muy despejado sin una sola nube en el cielo, pero el frío es de esos que te atraviesan el abrigo y se te mete por el cuello de la camisa, aun así, después de hacer el registro y dejar las maletas en una de las habitaciones, deciden que irán hasta las oficinas de Nauta paseando.

En parte, todo lo que hacen les recuerda la vez que estuvieron aquí hace apenas un mes, pero sienten que todo ha cambiado por completo.

El hotel es el mismo y el trayecto que hacen caminando también, pero ellas ya no lo son.

La última vez que vinieron cada una ocupó su propia habitación y Olga estaba tan nerviosa por pasar tanto tiempo al lado de Marina que apenas era capaz de concentrarse y mirar donde ponía los pies.

Estaba expectante ante cualquier detalle que saliera de su jefa, a sus gestos y a sus comentarios, incluso a sus gustos, absorbiendo información como una esponja porque Olga estaba acostumbrada a verla en ambiente de oficina, pero fuera de ella no la conocía de nada.

Ahora, su maleta está esperando a que la deshaga encima de la cama que las dos compartirán esta noche, y Olga ya no se siente desorientada a su lado porque conoce mucho mejor a esta mujer con la que ha pasado noches y días enteros en los que han hablado mucho y compartido momentos que no se le borrarán de la memoria nunca.

—¿En qué piensas? —pregunta Marina devolviéndola al presente, justo cuando se detienen en un semáforo para cruzar.

Olga mira entre ellas y se da cuenta de que están cogidas de la mano, y al parecer ha sido un gesto tan natural, que ni siquiera puede decir en qué momento ha pasado.

—En nada —miente, y Marina gira la cabeza hacia ella con una ceja levantada—, bueno, pensaba en nosotras, en la otra vez que estuvimos aquí —admite sonrojada.

—¿Y vas a compartir esa información conmigo o tengo que seguir caminando en silencio con mi chica?

«Mi chica».

Olga tropieza en el escalón de la acera cuando el semáforo se pone verde para cruzar, y Marina tiene que apretar más el agarre de su mano para estabilizarla.

—Perdón —murmura sin mirarla, roja de vergüenza.

—Se está convirtiendo en una costumbre muy fea esto de tropezar, Olga. Tienes que vigilar más o algún día nos darás un susto.

—Lo sé —Olga parece encogerse sobre sí misma—, me he despistado.

Marina curva los labios ligeramente.

—Eso lo he notado.

—Ya, pero esta vez ha sido culpa tuya —susurra tan bajito que Marina ha tenido que acercar el oído para escucharla.

—¿Perdona? Culpa mía... ¿Qué se supone que he hecho?

—Has dicho «mi chica» y me he puesto un poco nerviosa.

La vicepresidenta vuelve a sonreír.

—¿Esperabas que dijera otra cosa? ¿Mi novia era mejor? ¿O prefieres que no lo mencione?

Olga suelta una risita nerviosa.

—Puedes decirlo como quieras, es solo que todavía hay veces que me cuesta creerlo. Tanto tiempo enamorada de ti y ahora estoy paseando por Lisboa contigo de la mano. Es... No sé... —La asistente no encuentra la expresión para definirlo.

En esta ocasión, Marina no dice nada porque no sabe qué contestar. Jamás le ha pasado nada parecido a lo que ha sentido Olga. Ella nunca ha vivido un enamoramiento en secreto y las dos veces anteriores que se enamoró, fue correspondida, así que no puede ponerse en su lugar.

Se suelta de su mano para recolocarse el bolso y Olga se siente huérfana por un momento, pero Marina enseguida extiende el brazo y la busca con una naturalidad que tiene a Olga alucinada.

Ella es la primera mujer con la que sale la vicepresidenta y ha aceptado este cambio en su vida sin complicarse ni agobiarse, cosa que a ella —con su timidez excesiva— probablemente se le habría hecho muy cuesta arriba.

—Vamos a quitarnos esta reunión de encima y después tendremos el resto de la tarde para nosotras —dice Marina, deteniéndose al lado de la puerta de Nauta. Se gira hacia ella y le pone una mano en la mejilla, notando que la cara de Olga está ardiendo a pesar del frío.

—¿Y qué haremos? —pregunta Olga suspirando de anticipación.

—Lo que tú quieras, soy toda tuya en cuanto salgamos de aquí.

Marina le da un beso en los labios y la guía con la mano en la espalda para reanudar la marcha.

Es Duarte quien baja a recibirlas de nuevo con la misma sonrisa amplia de la última vez, solo que Marina ya no es tan amable.

—Bienvenidas otra vez —dice el hombre—. ¿Qué tal el vuelo?

—Corto.

El cambio en la expresión de la vicepresidenta es radical en cuanto cruza la puerta y Olga solo quiere reírse de la cara de circunstancias de Duarte ante una mujer a la que no deberían haber intentado tomar el pelo.

Las llevan a una sala de reuniones diferente a la anterior, donde Ferrán Roca ya está sentado a la cabecera de la mesa con las gafas de leer entre los dedos. Se levanta en cuanto las ve y extiende la mano hacia Marina.

—Señora Cardona.

—Señor Roca.

El apretón es corto y Marina va directamente hacia una silla en el lado izquierdo de la mesa, y Olga la sigue a paso rápido después de saludar al hombre.

Saca sus cosas, conecta el portátil a la pantalla de la pared y se sienta al lado de su jefa mientras Marina se conecta en videollamada con Javier Montoya, que quiere estar presente en la reunión.

—Buenos días, señores —dice Javier, aflojándose el nudo de la corbata y recostándose en su silla como si se estuviera preparando para ver un partido de fútbol—. Marina, cuando quieras.

Olga abre la carpeta que ha traído y reparte copias de un documento entre los presentes con el resumen de cartera que Nauta les entregó en octubre.

—Ribeiro, Baltar, Nogueira y los dos de Setúbal —enumera Marina con un tono casi congelado que está poniendo mucho a Olga—. Estos cinco clientes suman el treinta y cinco por ciento de la facturación recurrente y aparecen como contratos estables, sin condiciones particulares.

Roca se pone las gafas y lee por encima.

—Pero en esa documentación también faltaban los mismo anexos que Olga detectó en la última reunión y que se nos enviaron después.

Roca se remueve con incomodidad y Duarte se recoloca la corbata.

—Fue un despiste, un error en la documentación que no tuvimos ningún problema en subsanar en cuanto fue detectado —dice Roca como si le tuvieran que dar las gracias.

—Tras analizar esos anexos —sigue Marina, mirándolo fijamente como si no le importara lo que ha dicho—, descubrimos que estos clientes tienen descuentos por volumen de entre el doce y el diecinueve por ciento, dos tarifas congeladas para los próximos tres años y en Baltar y Nogueira hay salida sin penalización si cambia la propiedad de la empresa.

Dice que es un error, pero me parece un error muy conveniente por su parte porque de no haberlo visto, habríamos pagado un precio por la cartera que está por encima de su valor.

—Es documentación operativa que se archiva por separado —sigue Roca con calma—. Si hubo un fallo en el volcado de los expedientes, lo lamentamos y lo asumimos, pero aquí nadie ha ocultado nada.

—Un fallo en el volcado —repite Marina—. Son ciento cuarenta contratos, señor Roca, y solo hay condiciones especiales en los únicos cinco que no nos entregaron desde el principio.

Olga ve a través de la pantalla cómo a Javier le tiembla el labio al intentar contener una sonrisa satisfecha.

—Esos cinco contratos son un tercio de la facturación, así que explíqueme el criterio de ese error porque yo llevo días pensando en ello y no lo encuentro.

La sala se queda en silencio un momento durante el que Marina se deleita observando la cara de todos los presentes, pero sobre todo las de Duarte y Roca, el primero rojo de vergüenza y el segundo probablemente de ira al sentir que no tiene escapatoria.

—Lamentamos el descuido —dice Duarte al fin.

—Estoy segura de ello —responde la vicepresidenta.

—¿Qué proponéis? —pregunta Roca con la voz un poco estrangulada, como si estar ahí sentado viendo cómo una mujer lo aplasta fuera más de lo que puede soportar.

—Estudiamos la cartera con los anexos incluidos y lo que suponen esas cláusulas, recalculamos sobre la facturación real y ajustamos el precio de compra a la baja —responde la vicepresidenta—, con una parte aplazada y sujeta a que esos cinco clientes sigan con nosotros dentro de dieciocho meses.

Si son tan fieles como nos dijeron cuando empezamos esta negociación, no debería preocuparles.

—La desconfianza me parece excesiva —dice Roca.

—La desconfianza la habéis generado vosotros al intentar ocultar información. Esta es nuestra oferta ahora. Si no hay nada más que aportar, podemos dar por concluida la reunión.

Marina mira de reojo hacia la pantalla por si Javier quiere añadir algo, pero el hombre niega con la cabeza, recostado con comodidad contra su silla mientras disfruta del espectáculo.

Las dos mujeres abandonan el edificio al cabo de cinco minutos, y cuando ponen un pie en la calle y la puerta de Nauta se cierra a sus espaldas, Olga se gira hacia Marina con una sonrisa enorme.

—Joder, ha sido muy divertido —asegura en un ataque de sinceridad—, es una pena que no pudiera reírme ahí dentro. ¿Has visto la cara de Roca? Se iba transformando conforme hablabas, y Javier... Se ha estado aguantando la risa durante toda la reunión.

—Me alegra haberos divertido tanto —dice Marina, dejando que sus labios se curven un poco.

Comen en el mismo restaurante de la vez anterior y cuando salen pasean por la ciudad sin ningún tipo de prisa, parándose en escaparates, haciendo fotos de algunas vistas y hablando sin parar.

Terminan el recorrido en un mirador, cenan en un restaurante en el que la entrada parece de una casa y regresan al hotel agotadas.

Pasan por delante de la habitación de Olga y se miran con complicidad mientras siguen hasta la de Marina, donde la vicepresidenta suelta el bolso y se quita los zapatos antes que el abrigo.

—¿Cansada? —pregunta Olga.

Marina cuelga el abrigo en una percha y se sienta en la cama, dejándose caer hacia atrás para probar el colchón.

—Depende de para qué.

Olga suelta una risa nerviosa por la nariz y se tumba a su lado. Marina gira la cabeza para verla y se encuentra con sus ojos verdes fijos sobre ella.

—¿Alguna propuesta? —pregunta al mismo tiempo que la mano de Olga resbala hacia su nuca.

—Se me ocurren un par de cosas —asegura antes de besarla.