Capítulo 27
Marina abre los ojos con pesadez y los vuelve a cerrar.
Así pasa diez minutos intentando despertarse, hasta que de repente ve que entra luz por la ventana y se incorpora sobresaltada pensando que se ha dormido.
Escucha un quejido suave detrás de ella y el corazón se le detiene, lo que la hace girarse de inmediato, y solo cuando ve a Olga tumbada de lado en su cama, su cuerpo se relaja y entiende que hoy no tiene que ir a trabajar.
—¿Qué pasa? ¿Has tenido una pesadilla? —Olga saca el brazo de debajo del edredón y busca la mano de Marina.
—Peor, pensaba que tenía que ir a la oficina. —La voz de Marina sale baja y angustiada, y Olga se ríe mientras abre los ojos—. Siento haberte despertado.
—No pasa nada, ¿qué hora es?
La vicepresidenta coge su móvil y mira la pantalla, entornando los ojos mientras enfoca unos segundos hasta que los números empiezan a ser nítidos.
—Las siete y media —responde, pensando que no puede seguir retrasando la visita al oculista porque cada vez le cuesta más ver las letras pequeñas.
—Uff, qué pronto. —Olga se acurruca y Marina vuelve a tumbarse a su lado, y se quedan dormidas en apenas un minuto.
Cuando se vuelve a despertar, se sobresalta de nuevo, pero esta vez porque son casi las once de la mañana.
—Olga, despierta, son...
Se queda callada cuando descubre que está sola en la cama y se queda tumbada boca arriba mientras su mente termina de despertarse y ella intenta recordar la última vez que se levantó tan tarde.
Le resulta imposible; lo normal es que los fines de semana se despierte a una hora muy parecida a los días laborales, como si se hubiera tragado un reloj interno cuya alarma funciona todo el año.
Se pone un pantalón largo y una sudadera después de pasar por el baño y sale al pasillo atusándose el pelo.
—Buenos días —saluda Olga, a la que se encuentra llevando platos que huelen de maravilla hacia el salón.
—¿Qué es? —Marina la detiene rodeando su cintura con un brazo mientras apoya la barbilla en su hombro y examina el contenido.
—No es gran cosa, tienes la nevera bastante vacía —explica divertida—, pero estaba muerta de hambre. Espero que no te importe.
—Claro que no —la anfitriona le besa el cuello y la suelta—. ¿Hace mucho que te has despertado?
Olga mira su reloj de pulsera.
—No, media hora más o menos, lo justo para hacer esto.
Se sientan a la mesa y Marina agradece que al menos le quedaran huevos, un poco de bacon, unas lonchas de queso y tomate que Olga ha partido en rodajas.
—Voy a hacer la compra los viernes, pero ayer fue literalmente imposible.
—Podemos ir después de comer… Si quieres —dice, y se pone roja de golpe.
Marina levanta la vista de su plato y le dedica una sonrisa.
—Estaría bien, sí, la verdad es que ahora no tengo ganas de hacer nada.
—Pues te toca fregar los platos —suelta Olga, y Marina se queda mirándola un momento—. Bueno, no hace falta, claro… —balbucea sofocada—. Es tu casa, puedes hacer lo que quieras, por supuesto, yo no…
—Olga.
—¿Qué? —jadea con el tenedor tan apretado que la mano le tiembla.
—Deja de avergonzarte por opinar. Tú has hecho el desayuno y lo justo es que yo recoja cuando acabemos. ¿Vale?
—Eh, sí, vale. Gracias.
Marina sonríe y la da por imposible, y terminan de comer en silencio.
Olga porque todavía está nerviosa por creer que ha dicho algo que no está segura de tener derecho a decir, y Marina porque le ha sorprendido mucho lo doméstico que le ha sonado el comentario, pero sobre todo porque no le ha importado nada. Le gusta tener a Olga en su casa.
—¿Estás enfadada? —pregunta la asistente al cabo de un rato, cuando Marina está terminando de enjuagar el último plato antes de meterlo en el lavavajillas.
—¿Por qué iba a estarlo? —responde girándose.
Olga se encoge de hombros.
—No sé, estás muy callada. A lo mejor he dicho algo que…
Marina suelta un resoplido que le levanta los mechones del flequillo.
—Ven —exige, extendiendo la mano hacia ella.
Olga no duda en cogerla y sus dedos se entrelazan como si fuera la única manera en que sus manos pueden estar unidas. Marina la guía hacia el salón y ambas se sientan en el sofá, giradas hacia la otra.
—Vamos a ver, Olga —Marina se pasa la lengua por las muelas un momento, echando de menos destrozar un caramelo—. Tienes derecho a decir lo que piensas, aquí y en cualquier sitio, y no tienes que avergonzarte por ello; al menos, no conmigo.
—Ya lo sé, es que…
—¿Te intimida que sea tu jefa?
—Aquí no eres mi jefa —balbucea Olga, sin entender del todo de qué hablan.
—Aquí no, pero en el trabajo sí, y no sé si lo que pasa entre nosotras es un problema para ti cuando estamos allí. Piénsate la respuesta, no quiero que me digas lo que crees que hará que esto funcione.
Olga se pone muy seria y los hombros se le tensan.
—No me intimidas, nunca lo has hecho…
—¿No? —Marina arquea una ceja y trata de contener la risa—. ¿Crees que debería trabajar en eso?
—Eres idiota. —Olga le da un empujón suave en medio de una carcajada.
—Sí, perdona, no ha tenido gracia —dice, con los ojos achinados por la risa—, pero ahora en serio, no quiero que…
—He dicho que no —la interrumpe tajante, y la ceja de Marina se levanta con sorpresa—. Va en serio, nunca me has hecho sentir inferior, y me gusta trabajar contigo.
—¿Más que con Ricard?
—Ricard era un carcamal —se le escapa a Olga.
—Joder, cuando se te suelta la lengua dices cosas muy interesantes —se mofa la vicepresidenta, y Olga la mira boquiabierta.
—Deja de tomarme el pelo, has dicho que diga lo que pienso, ¿no? Bueno, más o menos…
—Lo he dicho, sí. Dime lo que piensas siempre, por favor —insiste Marina, tomándoselo en serio.
—Pues eso, yo estoy bien contigo allí.
—Mmm —Marina mueve los labios mientras piensa y Olga decide que ese tipo de sonidos deberían estar prohibidos para su jefa, porque son demasiado sensuales—. Vale, ¿y aquí?
—¿Qué? Oh, ¿te refieres a si estoy bien contigo aquí? ¿En tu casa? —la risa se le escapa.
—O en la tuya, me da igual, pero sí, fuera del trabajo.
—Claro que estoy bien, estoy mejor que bien. Llevo enamorada de ti demasiado tiempo, soñando con pasar tiempo contigo, y ahora, bueno, ahora hago mucho más que eso —los colores le suben de golpe y Marina se inclina para besarle la mejilla de forma sonora.
—Me encanta que te pongas roja, no sé si te lo he dicho.
—A mí me parece terrorífico. ¿Sabes lo mal que lo pasaba cuando no sabías nada? Me sentía como una banderita andante que te decía que estaba colada por ti sin necesidad de abrir la boca; menos mal que en eso eres un poco corta.
La boca de Marina se abre y se muerde la lengua de forma visible mientras sonríe, profundamente divertida por la situación porque sabe que ahora Olga intentará arreglarlo, se volverá torpe y dirá cosas sin sentido que a ella le encantan.
—Bueno, no quería insinuar que eres corta siempre, o sea, tú eres lista, claro, y yo… Joder.
Se tapa la cara con las manos y Marina se las aparta, cogiéndole las muñecas.
—Sé lo que querías decir, y además tienes razón, era tan evidente que me pasó por encima sin que lo viera —no le suelta las manos y Olga busca sus palmas para colocar las suyas encima, sintiendo que encajan a la perfección—.
Necesitamos saber qué es esto —sigue Marina, y la asistente levanta la mirada de golpe.
—¿Te refieres a lo que somos?
—Llámalo como quieras. No es que necesite una etiqueta, pero sí necesito que dejemos claro lo que queremos porque si vamos a seguir, hay que dar parte en Recursos Humanos, siempre que estés bien con eso, claro.
—Yo quiero seguir, me gustas, ya lo sabes —la asistente coge aire—, creo que tenemos química en la cama y…
—Mmm —vuelve a murmurar Marina, y a Olga se le corta la respiración.
—No hagas eso, por favor.
—¿El qué? —pregunta sin entender a qué se refiere.
—Ese sonido que haces cuando piensas o cuando… Bueno, eso que haces.
—¿Por qué no debo hacerlo?
—Porque es demasiado sexy —confiesa Olga, manteniéndole la mirada.
—En la cama nunca me has pedido que no lo haga.
Olga arde como si le hubieran disparado con un lanzallamas, después se tapa la cara y empieza a reírse con un nerviosismo que contagia a Marina, y ahí es donde la vicepresidenta se da cuenta de que Olga tiene razón: tienen química, en la habitación y fuera de ella.
—Hablaré con Nuria de Recursos Humanos entonces.
—¿Qué le vas a contar exactamente? —pregunta Olga con una mezcla de curiosidad y diversión en la mirada.
—Pues no mucho —Marina se encoge de hombros—, solo que estoy saliendo contigo, no necesita más detalles.
A Olga le fascina la facilidad de su jefa para asumir su nueva situación teniendo en cuenta que en cuarenta y cinco años jamás se había fijado en una mujer.
—¿No te preocupa lo que pueda decir? Todos allí piensan que eres hetero, ya sabes.
—No veo por qué tiene que decir nada, lo que hago con mi vida es cosa mía, y en todo caso, tuya también; lo que opinen los demás me importa entre poco y nada.
—Ojalá tuviera yo un poco de tu seguridad.
—Y yo un poco de tu vergüenza, porque al parecer no tengo ninguna.
Olga suelta una carcajada mientras la mira, pensando que es una ventaja, porque una compensa las carencias de la otra.