Capítulo 26
Olga sale del metro y el viento le atraviesa el abrigo con tanta fuerza que por un momento siente que no lleva nada debajo. Se estremece por el frío y castañea los dientes un segundo hasta que su cuerpo se empieza a adaptar al cambio de temperatura.
Cuando Marina le abre la puerta de su piso, está descalza y terminando una llamada con su madre por teléfono.
—Pasa —susurra la anfitriona con una sonrisa que hace que el vientre de Olga sufra un par de espasmos seguidos.
Marina cierra la puerta, le dice a su madre que la llamará en un par de días y al fin se despide.
—Hola —su sonrisa se tuerce y el color rojo aparece en las mejillas de Olga de inmediato.
—Hola, llego un poco tarde, lo siento, el metro…
Olga no puede terminar de disculparse porque Marina la agarra por el abrigo, la empuja contra la pared y la besa con todas las ganas que ha estado acumulando esta semana.
Y ahí termina todo lo que Olga iba a decir, porque su mente se apaga y su cuerpo se olvida del frío.
Marina le sujeta la cara con las dos manos y las de la asistente ya se están colando por debajo de su jersey cuando suena el interfono y las hace dar un bote del susto.
—Mierda —masculla Marina con la respiración descontrolada.
—¿E-esperas a alguien? —tartamudea Olga, con las piernas temblando.
—La cena —solloza, con un suspiro dramático que hace reír a la asistente mientras Marina apoya la frente contra la de Olga antes de estirar el brazo hacia el telefonillo.
Olga se ríe, se lleva las manos a las mejillas que siente a punto de explotar y después se agacha a recoger el bolso, que ni siquiera ha notado que se le había escurrido del brazo.
Ambas han salido tarde de la oficina. Marina ha tenido el tiempo justo de llegar, darse una ducha y llamar para pedir la cena antes de recibir la llamada de su madre.
Y lo de Olga ha sido parecido: ha ido a su piso, se ha duchado, ha cogido la mochila con un par de mudas que ya había dejado lista la noche anterior y ha salido para tomar el metro y venir.
—He pedido sushi, no tenía tiempo para ponerme a pensar y sé que te gusta. Me hubiera gustado cocinar algo, pero… —Marina suspira, exhausta.
Últimamente trabajan hasta muy tarde y siempre llega arrastrando los pies.
—Tranquila, el sushi es perfecto —asegura Olga con una sonrisa.
Ni siquiera preparan la mesa grande; ambas están tan agotadas que cenan en la pequeña, sentadas en el sofá.
—Tienes un piso muy bonito —observa Olga.
—Gracias.
Marina mira su salón. No es una decoradora profesional, pero se le da bastante bien y le gusta cambiar el diseño de vez en cuando, sobre todo en ese espacio, que es la estancia donde más tiempo pasa.
—Ah, por cierto. He dejado cerrado lo de Lisboa antes de salir —Olga se limpia la boca con la servilleta y hace una pausa para beber un sorbo de vino blanco, el favorito de Marina y al que ella también se está volviendo adicta—.
Tengo los vuelos y la reserva, y la reunión se ha movido a las doce en lugar de las once, lo cual es mejor porque al menos podremos pasar por el hotel a dejar las maletas.
—¿A qué hora sale el vuelo?
—Emm —Olga trata de recordar—. El miércoles a las siete y cuarto, tocará madrugar.
—Ya veo —Marina hace una mueca de disgusto; está tan cansada últimamente que lo último que le apetece es madrugar más de la cuenta.
—Lo siento, el siguiente salía demasiado tarde.
Marina se gira hacia ella y le sonríe, después se acerca y le besa la mejilla.
—No es culpa tuya, soy yo —suspira—, estoy deseando cerrar esta operación para cogerme los días que nos deben.
—Yo también —admite Olga—, y estaba pensando…
La vicepresidenta se gira cuando Olga se interrumpe, y se le estiran los labios cuando ve el rubor subirle por el cuello.
—¿Qué pensabas? —la anima Marina.
—Bueno, que como tenemos que madrugar tanto, a lo mejor, ya sabes… —señala entre ellas y a esas alturas tiene la cara como un tomate.
Marina se limpia la boca, divertida.
—Pues la verdad es que no lo sé —asegura, levantando una ceja.
En realidad, sí que intuye lo que Olga quiere decir, pero le encanta verla así, titubeando, nerviosa y adorable.
—Emm, pues he pensado que a lo mejor podríamos dormir juntas la noche del martes también. Así salimos del mismo sitio, no tenemos que hacer dar vueltas al taxi…
—Me parece bien.
—¿Sí? —los ojos de Olga se abren mucho.
—Claro —Marina se mete un trozo de sushi en la boca y le guiña un ojo, y a Olga le da tal tirón en el estómago que se asusta y suelta el que tiene en la mano, con la mala suerte de que cae dentro de su copa de vino y lo salpica todo.
—Dios mío —dice espantada, sin poder creerse su torpeza.
A Marina le entra un ataque de risa que la obliga a tener que escupir la comida en la servilleta para no atragantarse, y a Olga le parece algo tan sorprendente que se le pasa la vergüenza y acaba riendo a carcajadas.
—Joder —Marina se abanica con la mano, acalorada—. Eres terriblemente torpe, pero me encantas así.
Marina le pasa un brazo sobre los hombros, la atrae hacia ella y le besa la sien de forma sonora, y Olga solo quiere deshacerse entre sus brazos.
Terminan de cenar y llevan los platos a la cocina. Tienen una conversación pendiente que a Marina le gustaría dejar zanjada cuanto antes, pero cuando Olga bosteza sin poder contenerse, concluye que pueden esperar a mañana.
—¿Nos vamos a dormir ya? —propone, terminando de secar el mármol con el trapo.
Olga cierra el lavavajillas y aprieta el botón para ponerlo en marcha.
—¿No te importa? Estoy muy cansada.
—En absoluto, yo también estoy deseando tumbarme.
Minutos después, Olga ya está en el baño lavándose los dientes con el pijama puesto y la puerta abierta.
—¿Puedo entrar un momento? Me he dejado la crema —pregunta Marina desde el pasillo.
—Claro, pasa.
La vicepresidenta pasa por detrás de Olga, que lleva una camiseta ancha como pijama y las piernas completamente desnudas. Marina se detiene sin poder evitarlo y se pega a su espalda para besarle el cuello mientras ella se seca la boca con la toalla.
El jadeo que escapa de la boca de la asistente hace que a Marina se le encienda algo que pensaba que se había apagado cuando las interrumpió el timbre de la puerta, y cuando levanta la mirada y Olga la ve a través del espejo, deja de respirar.
—¿Estás muy cansada? —pregunta con las pupilas dilatadas.
Olga exhala algo parecido a un jadeo que no tiene nada que ver con el cansancio.
—Ya no.
Salen del baño a trompicones, cruzan el pasillo y llegan a la cama de Marina sin pijama, solo con las bragas.
—Túmbate —pide Marina, con la respiración tan acelerada que sus pechos suben y bajan ante la mirada sedienta de Olga.
La asistente no se tumba como le ha pedido; se sienta en el borde de la cama, separa las piernas y se deja caer hacia atrás porque esa es su forma de pedir lo que de verdad le apetece ahora mismo.
Marina se queda mirando y traga saliva con dificultad.
—Si te resulta incómodo o…
—No empieces, Olga —la corta la vicepresidenta sin poder apartar la vista de su abertura.
Camina un par de pasos y simplemente se arrodilla. El sexo de Olga brilla de humedad y Marina lo encuentra ardiendo cuando le pasa los dedos para abrirla. La mandíbula se le tensa al mismo tiempo que la atraviesa un escalofrío y sus labios se separan mientras intenta respirar.
El fin de semana pasado ya hizo esto y devoró a Olga con unas ganas que la sorprendieron, pero no pudo disfrutarlo del todo porque estaba demasiado centrada en hacerlo bien, en calcular la fuerza de su lengua y prestar atención a las reacciones de su amante con cada movimiento.
Ahora lo tiene más o menos claro: sabe que Olga se correrá en cuanto la penetre también con los dedos, así que se permite recrearse, todavía sorprendida por lo mucho que la excita hacer esto.
Desea tanto aspirar su aroma y volver a sentir su sabor que incluso tiene ansiedad cuando se dobla y la lame por primera vez.
Olga arquea la espalda con el primer roce y retuerce las sábanas con las manos mientras el calor le recorre el cuerpo entero. Marina pasa la lengua un par de veces, se detiene, le sopla —y ella jadea— y después la sorbe con fuerza para empezar otra vez.
—Me encanta hacer esto —suspira Marina sin ser consciente de que lo dice en voz alta, haciendo que Olga pierda la cabeza cuando la escucha y suelte un sonido agudo y avergonzado que le sale sin que pueda detenerlo.
—Así, no pares de hacer eso —suplica mientras se retuerce.
Marina obedece e intensifica la presión, y a Olga la atraviesa el orgasmo de repente, un subidón que le provoca vértigo y la recorre de arriba abajo como una descarga eléctrica, haciendo que suelte un par de gritos que trata de ahogar contra su propio brazo mientras el cuerpo se le tensa bajo la boca de Marina.
Su jefa no se retira hasta que las contracciones se detienen. Después sube besándole el vientre, las costillas, los pechos y la garganta, y entonces le retira el brazo de la cara.
—No te cubras —susurra, y le besa la comisura de la boca.
Olga la mira; tiene las mejillas hirviendo y los ojos húmedos, y necesita un minuto entero para poder articular una palabra.
—Ponte ahí —dice, empujándola por el hombro con suavidad hasta que Marina se tumba de cara al techo.
La asistente se pone a horcajadas sobre ella, le coge las manos y se las sujeta contra el colchón por encima de la cabeza.
—Déjalas ahí —ordena, y Marina tiene que esforzarse para obedecer, porque lo que desea es cogerla por la nuca y atraerla para besarla.
—¿Sabes que te cambia la cara cuando te corres? —pregunta, y Olga suelta la risa por la nariz.
—¿Y es mejor o peor?
—Es muy sexy, pareces más joven, más despierta; no sabría decir, pero me encanta —confiesa la vicepresidenta.
Olga le sonríe y se pone de pie frente a ella, cogiéndola por debajo de las rodillas para arrastrarla por el colchón hasta dejarla donde quiere.
—Voy a ver si a ti también te cambia; el otro día no me fijé.
La asistente se arrodilla y a Marina la recorre una ola de placer incluso antes de que la toque.
—Joder —murmura cerrando los ojos cuando nota el aliento caliente de Olga al acercarse.
Entonces Olga la chupa de forma muy superficial, y cuando Marina abre los ojos atravesada por una corriente subterránea de placer que la hace tensar los músculos, la asistente le mete dos dedos sin que se lo espere y ella empieza a palpitar contra ellos con una intensidad que apenas la deja respirar.
—¿Te vas a correr? —pregunta Olga, impresionada por el temblor de Marina.
—Sí, no pares ahora, cariño... —suplica jadeando.
Obviamente, Olga no para y, cuando Marina estalla con un gemido largo que le raspa la garganta y le deja el vientre convertido en un volcán, Olga deja la boca pegada y se traga hasta la última gota de su placer.