Capítulo 25
Olga avanza por el pasillo como si flotara en una nube, sintiendo que tiene la capacidad de levitar y que sus pies no toquen el suelo a pesar de que oye perfectamente el sonido de sus pasos.
Es jueves de la última semana de enero y, aunque han pasado casi siente días desde la cena, le resulta imposible borrar la sonrisa de su cara.
Marina se quedó a dormir el viernes por la noche después de que pasaran a la habitación para continuar lo que empezaron en el sofá, y podría decir que prácticamente no salieron de ahí hasta el domingo, cuando Marina anunció entre risas que tenía que marcharse a su piso.
—Necesito poder darme una ducha sin que nadie me interrumpa, prepararme la ropa para mañana y repasar un par de cosas para la reunión de las nueve.
Tenía los labios de Olga pegados al cuello mientras lo decía y su risa se cortó con un jadeo cuando deslizó una mano entre sus piernas.
La asistente no recuerda haber tenido una maratón de sexo como esa, probablemente porque jamás la ha vivido, pero pasarse el fin de semana con Marina entre las sábanas, interrumpidas solo por el sueño o por el hambre, es sin duda lo mejor que le ha pasado nunca.
No han vuelto a quedar desde entonces, están casi en la fase final del proyecto y Marina se está quedando hasta tarde cada día.
—Menos mal que los hombres son muy cortos e incapaces de adivinar que esa cara de alegría permanente se debe a lo bien follada que te dejó —suelta Silvia cuando Olga llega junto a ella en la máquina de café.
En otra ocasión, se escandalizaría y le diría a su amiga que no fuera vulgar, pero le resulta imposible; su sonrisa tonta sigue ahí y Silvia tiene razón: Marina la dejó muy satisfecha, la folló de tantas maneras y con tanta atención, que durante el lunes y el martes estuvo dolorida, pero fue el dolor más agradable que ha tenido nunca.
Quedó con Silvia el martes por la tarde y estuvo casi una hora sin parar de hablar, contándole que su cita con Marina había ido mejor que bien mientras soportaba la vergüenza cuando su amiga aplaudía emocionada y soltaba aleluyas mirando al techo.
—Entonces, ¿estáis saliendo? —indagó Silvia cuando se calmó.
—Emm, pues no sé, no creo.
—¿Qué te pasa? Follar con Marina te ha dejado sin neuronas, ¿cómo no vas a saberlo? —preguntó con incredulidad.
Olga soltó una risita nerviosa antes de responder.
—Digamos que no hablamos mucho durante el fin de semana.
Los ojos de Silvia se agrandaron.
—¿Se quedó el fin de semana en tu casa? Joder, las lesbianas sois tan intensas como dicen.
La asistente soltó una carcajada.
—Supongo que sí.
—¿Y en tres días no tuvisteis tiempo de hablar de eso?
Olga volvió a sonreír y las cejas de Silvia se levantaron, después silbó y por último levantó la mano para chocarla con Olga como si fueran dos adolescentes.
—Estoy impresionada —dijo divertida—, dos años con la boca cerrada y cuando la abres, te comes a tu jefa de forma literal.
La carcajada de la asistente le hizo botar los hombros.
—¿Cómo lo lleváis? —pregunta Silvia con curiosidad mientras espera a que salga su café.
Olga mira a un lado y a otro del pasillo y mueve un hombro mientras niega con la cabeza.
—Bien, supongo. No hemos vuelto a quedar todavía, pero ayer comimos juntas en su despacho.
—Qué bonito —se burla Silvia.
La asistente pasa la tarjeta para sacar su café, pensando que sí, que es bonito, y que le encanta cuando Marina la llama desde su despacho y se la come con los ojos cuando entra.
Que le gusta más todavía cuando llega por las mañanas y se inclina sobre su mesa con la excusa de ver algo en la pantalla.
—Hueles muy bien —susurró el lunes mientras inspiraba de forma ruidosa con la cara casi pegada a la cabeza de Olga.
Ella dejó de respirar y estuvo a punto de caerse de la silla cuando Marina le rozó la nuca con los dedos antes de meterse en el despacho.
También le gustó el martes, cuando ella abrió un cajón del archivador en su despacho para buscar un contrato y Marina le puso una mano en la cintura al pasar por detrás de ella, haciendo que se le olvidara lo que estaba buscando; o el miércoles, cuando coincidieron en la máquina de café y había gente y, aun así, Marina se puso a su lado y le rozó los dedos con los suyos, provocando que una corriente le atravesara la columna y su sonrisa se ensanchara sin motivo.
Así están todos los días, buscándose con la mirada y aprovechando cualquier momento para robarse una caricia, y Olga, que ya está sentada a su mesa mientras filtra los correos de Marina para dejar solo los que de verdad necesita leer su jefa, sonríe a la pantalla cuando ve por el rabillo del ojo que esta sale del despacho.
—Esto es para archivar, Olga —dice Marina, mostrando una carpeta verde, pero en lugar de dejarla sobre su mesa y marcharse, se queda detrás, a su lado.
—Podría haber entrado yo a buscarla —dice, girándose hacia ella.
—Sí, pero me apetecía estirar las piernas y aprovechar para verte teclear. He descubierto que me gusta mucho ver cómo mueves esos dedos.
—¡Marina! —jadea Olga, conteniendo la voz.
Ella se ríe con su sonrisa torcida y se vuelve a su despacho hasta que Olga entra media hora después, cuando termina de imprimir el informe que al fin han enviado los analistas.
—Análisis ha terminado el cruce de los anexos que faltaban de Nauta.
—Ya era hora —murmura Marina, levantando la vista de la pantalla—. Siéntate, vamos a revisarlo antes de comer.
—¿Cierro la puerta? —pregunta la asistente.
Marina la mira fijamente y Olga siente que podría entrar en combustión ahora mismo.
—Mejor que no. Anda, ven.
A Olga solo le falta caminar dando saltitos mientras rodea la mesa, arrastra la silla que Marina tiene detrás junto a la ventana y la coloca a su lado.
—¿Tú lo has leído ya? —pregunta la vicepresidenta.
—No.
Trabajan en silencio durante los siguientes veinte minutos, con Marina inclinada hacia Olga, leyendo por encima de su hombro.
—Aquí —señala Olga, moviendo el cursor por la columna—.
Ribeiro, Baltar, Nogueira y los dos de Setúbal, en los cinco pasa lo mismo.
El anexo tres recoge condiciones pactadas por escrito con el cliente que no aparecen en ningún otro sitio de la documentación: descuento por volumen, tarifas congeladas durante los próximos dos ejercicios y, en dos de ellos, salida sin penalización si cambian de propiedad.
—Es decir, que los contratos que nos vendieron como recurrentes ni son tan recurrentes ni facturan lo que pusieron en el resumen.
—Eso parece.
Marina se echa hacia atrás en la silla y se queda mirando la pantalla con la mandíbula apretada. Después coge un bolígrafo y empieza a darle vueltas entre los dedos mientras piensa.
—¿Estás enfadada? —se gira Olga.
Ella la enfoca con sus ojos azules brillando como si fueran a lanzar relámpagos.
—Bastante. Me molesta mucho que me tomen el pelo.
Que en cinco contratos entre tantos falte la misma hoja puede ser una casualidad, baja, pero puede; pero que dicha hoja tenga cláusulas que favorecen al cliente y no a nosotros ya no es un hecho aislado, es mala fe, y una manera de pensar que soy estúpida.
—No eres estúpida —asegura Olga.
—¿No? —la sonrisa de Marina se curva y ladea un poco la cabeza.
A la asistente se le seca la boca y el calor le invade las mejillas.
—No.
—Mmm —el murmullo de placer de la vicepresidenta humedece a Olga, que cierra las piernas de golpe.
—Bueno, ¿qué hacemos? —pregunta, intentando pensar en otra cosa que no sean los labios de esta mujer.
—Tú, dos cosas —la vicepresidenta se yergue y se pone en modo trabajo—. Convoca una reunión con Javier y Jordi, si es posible, que sea para esta tarde misma, y me imprimes tres copias del informe, por favor.
—Claro.
Olga se levanta, deja la silla contra la pared y sale del despacho.
La reunión está convocada a las seis y cuarto, y diez minutos antes, Marina sale con las tres copias en la mano.
—Vamos —dice, tendiéndoselas a Olga.
Ella la mira confundida.
—¿Adónde?
—A la reunión.
—¿Yo? —Olga se señala, sorprendida.
Suele acompañar a Marina a muchas reuniones, pero a ninguna de este tipo donde se va a discutir una estrategia o tomar una decisión de retirada, y menos con el CEO de la empresa.
—Tú fuiste la que descubrió que faltaban los anexos, es justo que estés ahí, a no ser que prefieras quedarte aquí haciendo fotocopias.
—¿Qué? No —Olga se levanta de un salto y le arrebata las copias de la mano.
—Lo suponía.
Caminan juntas hasta el ascensor y cuando entran se colocan al fondo, Marina detrás y Olga delante de ella porque hay otras cuatro personas en el interior.
El aparato baja tres plantas cuando ellas necesitan subir, pero a ninguna le importa.
Las cuatro personas bajan en esa planta y no hay nadie esperando para entrar —algo raro porque siempre suele haber gente—, así que Olga pulsa el botón para que se cierren las puertas y, cuando va a pulsar el botón de su planta, aparece el brazo de Marina y su dedo índice aprieta el botón de la planta baja, la del aparcamiento.
—¿Qué haces? Pensaba que…
—Hay tiempo de sobra.
Antes de que Marina pueda decir nada más, el aparato se detiene en la planta siguiente y suben dos personas que las saludan al entrar y pulsan un botón dos plantas más abajo.
Marina vuelve a ponerse en el fondo y Olga se coloca delante de ella, y se pone rígida como un palo cuando nota los dedos de Marina rozando los suyos.
La vicepresidenta se acerca a ella, casi pegando el pecho a su espalda, y Olga empieza a sudar, rezando para que las dos personas no se giren.
—Tranquila… —susurra la vicepresidenta sin moverse, pero ahora le ha cogido la mano y le está acariciando los nudillos con el dedo.
La puerta se abre y las dos personas se despiden sin girarse y, cuando se cierran de nuevo, Marina tira de la mano de Olga, la hace girar y le pone una mano en la nuca.
—Tengo muchas ganas de hacer esto —dice antes de besarla.
Olga sonríe contra su boca, pero no tarda ni un segundo en devolverle el beso, con la suerte de que nadie más llama al ascensor y llegan hasta abajo con los labios hinchados de comerse.
—Esto ha sido… —empieza Olga con una risita nerviosa.
—Imprudente —termina Marina—, pero necesario.
—Muy necesario, sí —corrobora, y las dos se echan a reír.
Marina pulsa el botón de la planta correcta y esta vez se pegan cada una a una pared lateral, Marina con los brazos cruzados y Olga retorciéndose las manos.
—¿Quieres que nos veamos mañana? —pregunta la vicepresidenta, y Olga se siente desnuda ante la intensidad de su mirada.
—Claro. ¿Dónde? ¿Mi casa? ¿La tuya? —empieza como una ametralladora—. ¿O prefieres salir a algún sitio?
—La mía. Creo que antes de salir por ahí, deberíamos tener una conversación y dejar claro lo que es esto.
—Eh…, sí, por supuesto.
Las puertas se abren y ambas salen a la vez.
—A las ocho. Trae ropa para pasar el fin de semana si no tienes más planes.
Marina lo suelta y empuja la puerta de la sala de reuniones como si nada, manteniéndola abierta para Olga.
—Vamos a tener que despachar esto rápido —dice Javier tras saludar a los presentes—. Tengo otra reunión a las siete.
La vicepresidenta no contesta, Olga le entrega una copia del informe a él y otra a Jordi, y resume el problema mientras ellos se centran en las líneas que la asistente ha dejado subrayadas.
—¿Qué cojones? —dice Jordi.
—Lo tienen firmado con sus clientes. A nosotros nos entregaron los contratos sin esa hoja —remata Marina.
—¿Y estamos seguros de que solo pasa con estos cinco? ¿De que no nos la han colado con nada más? —pregunta Javier.
—Está corroborado. Olga, que fue la que se dio cuenta de la ausencia de estos anexos, buscó en todos los contratos y el equipo de análisis ha estado cruzando datos con las copias originales para ver lo que faltaba. No hay nada más.
—Qué hijos de puta —masculla Javier.
—No veo a Duarte tan atrevido como para esto —comenta Jordi.
—Puede que él no, pero Roca es perro viejo —dice Marina—. En cualquier caso, quien lo haya hecho no importa; lo que hay que hacer ahora es decidir si seguimos adelante o si nos retiramos.
—¿Tú qué propones? —le pregunta Javier.
—No nos retiramos —responde la vicepresidenta sin dudarlo, apoyando los antebrazos en la mesa—.
Nos sentamos con ellos y les ponemos esto delante.
Sin acusar a nadie, sin usar la palabra fraude y sin poner mala cara.
Simplemente renegociamos el precio de la adquisición.
Ellos necesitan vender y la operación ya está bastante avanzada.
—¿Y esos cinco clientes? —pregunta Jordi.
—Preparamos una oferta llamativa que haga que quieran quedarse con nosotros, pero con nuestras condiciones. Si aceptan, no perdemos nada y ganamos el descuento que habremos conseguido tras poner a los de Nauta rojos de vergüenza; si se van, nos quedamos igual.
—Me gusta —dice Javier—. Preparad esa reunión, te quiero en Lisboa la semana que viene poniendo a estos cabrones en su sitio. Buen trabajo, tú también… Olga —añade tras pensar para recordar su nombre.
—Gracias.
Javier abandona la sala y Jordi cierra su portátil para correr a la siguiente reunión.
—Nos vemos, señoras —dice antes de salir y cerrar la puerta mientras Marina empieza a recoger los papeles que tiene delante.
—Estás muy guapa cuando te enfadas —la voz de Olga la hace girarse con una sonrisa.
—Y tú te estás volviendo muy atrevida.
Olga se pone roja, pero ya no aparta la mirada ni trata de esconder el temblor de sus manos.
—Entonces, ¿contacto con ellos para la reunión y busco los vuelos? —pregunta la asistente.
—Sí, y hotel, no quisiera dormir en la calle —bromea la vicepresidenta—. Supongo que no hace falta que te diga que vienes conmigo.
Olga sonríe por lo bajo y va tomando notas.
—Será un desperdicio de dinero para la empresa, reservar dos habitaciones cuando solo vamos a utilizar una —suelta la asistente, y Marina se pone de pie y se apoya en la mesa a su lado, mirándola desde arriba.
—Me pone muchísimo que seas tan descarada, en serio, no te pega nada y es muy sexy —confiesa en voz baja.
Olga ahoga una risita y se levanta con las mejillas ardiendo, y casi levita de felicidad cuando Marina le pone una mano en la espalda baja para que pase delante por la puerta.