Epílogo
Marina está tumbada en el sofá con los pies cubiertos por unos calcetines gruesos apoyados sobre los muslos de Olga. Tiene el brazo derecho estirado a su lado con la mano cerca de la copa de vino blanco que tiene en la mesa baja.
Hace una hora que han cenado carne en salsa preparada por Olga, que le ha pillado el gusto a seguir recetas de TikTok y en consecuencia ha convertido a Marina en su catadora oficial —lo cual la tiene encantada—.
Al plato se han añadido varios aperitivos que la vicepresidenta ha preparado, y una vez han terminado de cenar y recogido la cocina, se han venido al sofá y Olga ha puesto un programa de esos que le gustan mientras esperan hasta las uvas.
La asistente —que pronto dejará de trabajar para Marina porque se ha sacado dos certificaciones que la empresa le pedía para entrar en el equipo de análisis en cuanto termine el máster que comenzó en septiembre— la mira de reojo con una sonrisa en los labios.
Recuerda que el año pasado Marina le dijo que no solía llegar despierta a las uvas, y hoy ha cumplido su palabra porque hace casi una hora que se ha quedado traspuesta.
—Marina… —la llama Olga dándole un suave apretón en el pie.
—Mmm.
Olga sonríe.
—Amor, van a dar las doce, deberías espabilarte un poco —insiste Olga.
La vicepresidenta abre los ojos y bosteza con pereza. Mira primero hacia la pantalla y después hacia Olga, intentando reprimir un segundo bostezo sin éxito.
—No hace falta que te quedes, vete a la cama, anda —dice la asistente.
—No, te dije que este año me comería las uvas contigo y yo cumplo mis promesas.
Tercer bostezo y Marina se incorpora y se sienta con las piernas recogidas a un lado. Después mira su copa de vino y la descarta porque debe de estar caliente.
—Vale, espera aquí.
Olga camina descalza hacia la cocina y regresa con los dos cuencos de uvas, dos copas y la botella de cava bajo el brazo.
Marina la observa y cuando termina de dejar las cosas sobre la mesa, Olga levanta la vista y al sentir sus ojos azules sobre ella las mejillas se le tiñen de rojo.
Eso sigue sin cambiar, la asistente se ruboriza bajo la mirada de Marina y se sigue poniendo igual de nerviosa que al principio, y Marina la adora por ello.
—Vale, doce uvas peladas para ti y doce sin pelar para mí. —Olga coloca un plato delante de cada una.
—No sé cómo puedes comértelas con piel, es imposible tragarlas antes de que se acabe el tiempo.
Cuarto bostezo.
—Y aun así te ganaré —sonríe Olga.
—¿Perdona? —Marina se espabila de golpe porque no hay nada que le guste más que un reto.
—Que te voy a ganar, me juego lo que quieras a que me las acabo antes que tú, y a tiempo.
Marina levanta las cejas. Hace años que no se come las uvas con el estrés de las campanadas y está desentrenada, pero se trata solo de masticar un poco y tragar.
—Eso ya lo veremos.
—Si te gano, mañana vamos a la Barceloneta y nos metemos en el agua —propone Olga.
A Marina la atraviesa un escalofrío solo de pensarlo.
—Eso no, elige otra cosa.
—Si estás tan segura de que vas a ganarme, debería darte igual —la provoca, y la vicepresidenta se pasa la lengua por el labio hasta terminar sobre la cicatriz.
—De acuerdo.
Olga sonríe satisfecha. Cuando faltan dos minutos le suben el sonido al televisor y ambas se sientan frente a su plato como si en lugar de comer uvas estuvieran esperando el pistoletazo de salida para una carrera.
Marina descorcha la botella de cava, llena las copas hasta arriba y la deja en una esquina para que no moleste.
—¿Y si ganas? ¿Qué propones tú? —pregunta la asistente.
—Lo decidiré después y ya te lo diré.
—Eso no vale —protesta Olga—, tiene que ser ahora o…
Suenan los cuartos y Marina bebe un trago para aclararse la garganta y que las uvas —que no le apetecen ni le gustan— le pasen mejor.
—Va a empezar. —Olga le da un suave codazo antes de coger su bol y ponérselo delante, con la primera uva entre los dedos.
Marina la observa sonriendo e imita su posición.
Las campanadas empiezan y la vicepresidenta va bien durante las cuatro primeras, pero en la quinta ya se atrasa, para la séptima tiene los carrillos llenos y está intentando masticar y meterse otra al mismo tiempo.
Para la novena se atraganta y hace un ruido raro que hace que Olga se gire hacia ella, metiéndose con parsimonia la siguiente uva y guiñándole un ojo cuando traga.
Marina cae en la trampa y la risa hace que tenga que inclinarse sobre el plato y escupir todo lo que tiene en la boca para no esparcirlo por todas partes.
Olga, estoica, la observa de reojo, aguantándose la risa hasta que con la duodécima campanada se mete la última uva en la boca y se la traga.
—Joder, ha sido peor que cuando yo escupí el vino —dice riendo, mientras Marina termina de limpiarse la boca con la servilleta.
—Las mías eran más grandes, por eso…
—Nada de excusas. —Olga se acerca y le pone los brazos sobre los hombros—. Feliz año.
—Feliz año, cariño.
Se abrazan con el ruido de los petardos de fondo, y mientras están así, Marina vuelve atrás en el tiempo, a hace un año exacto cuando estaba tirada en este sofá viendo una película, incapaz de dormirse porque no dejaba de pensar en ese beso que Olga le había robado unos días antes.
—El año pasado a esta hora me escribiste un mensaje —susurra contra su oído.
Olga asiente sobre su hombro y le besa el cuello.
—Sí. Lo escribí y lo borré mil veces sin saber si era adecuado después de lo que había hecho, pero necesitaba felicitarte el año y supongo que, de alguna manera, quería que supieras que en ese momento en que todo el mundo salta y se felicita, yo pensaba en ti.
Marina contiene la respiración, emocionada.
—Yo también estaba pensando en ti —confiesa la vicepresidenta.
—¿De verdad? —Olga se separa para mirarla a los ojos.
—Sí. —Marina le aparta un mechón del flequillo hacia un lado—. Pensaba en el beso, aunque te dije que no lo haría, nunca dejé de hacerlo.
Olga la besa y, mientras lo hace, su mente recuerda que aquella noche estaba en su piso aterrorizada porque pensaba que había echado a perder lo único bueno que tenía, o que hace siete meses firmó ante el notario la escritura de su apartamento y que salió de allí y lo primero que hizo fue llamar a esta mujer.
—¿En qué piensas? —pregunta Marina, levantándose y tendiéndole la mano para ir a la cama.
—En que el último año ha sido el mejor de mi vida.
La comisura de Marina tira hacia la izquierda.
—Ah, ¿sí? —pregunta seductora.
—Sí —afirma con una sonrisa juguetona—. Y también pienso en que has perdido la apuesta y mañana tendrás que meterte en el agua.
A Marina se le borra la sonrisa de golpe y se pega más a ella, maldiciendo esa tradición de darse un baño en la playa que nunca ha comprendido.
—¿Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo?
Le da un beso tierno y lento en el cuello y la escucha suspirar.
—Lo siento, pero por muchas ganas que tengo de acostarme contigo, el sexo no te va a servir para librarte.
Olga la deja en medio del salón y se dirige hacia la habitación.
—¿En serio? —pregunta Marina, siguiéndola.
A las ocho de la mañana están en la playa con los pies descalzos hundidos en la arena fría y húmeda.
Marina ha mirado la temperatura del mar y ponía que estaba a unos quince grados, y eso no le hubiera parecido malo si al menos hiciera sol, pero es tan temprano que ni siquiera ha salido todavía, eso por no hablar de que el cielo está encapotado y hace un frío del demonio.
—No me puedo creer que hagamos esto —murmura mientras se quita la ropa.
Olga solo se ríe, incapaz de decirle todavía que es su primera vez, que Silvia se lo ha propuesto varios años y que ella se ha negado porque no se le ocurría una manera peor de empezar el año que mojada y congelada, pero con Marina le apetece, quiere entrar, tiritar hasta que le castañeteen los dientes y después de gritar mucho, abrazarse a su chica y besarla.
Marina, con la piel de gallina cuando se quita la última prenda, mira un momento a su alrededor sin comprender que haya tanta gente.
—Vale, ¿entramos? —sugiere Olga, que por primera vez en mucho tiempo tiene las mejillas blancas por el frío.
—Sí, ve delante, yo iré detrás de ti…
—Y una mierda. —Olga le coge la mano y a su izquierda se escuchan los gritos de un grupo de al menos veinte personas que corren hacia el agua con un gorro de Papá Noel.
Olga aprovecha esa euforia y da un tirón de Marina, que se ve a sí misma mover las piernas hacia el agua como si la estuvieran persiguiendo.
Cuando meten el primer pie, las dos gritan al mismo tiempo, pero ninguna se detiene y avanzan hasta que el agua les llega a las pantorrillas y se lanzan con las manos por delante.
Marina es la primera en sacar la cabeza y limpiarse los ojos, y sonríe con euforia —y la mandíbula temblando— mientras ve salir a Olga con la expresión desencajada y los músculos rígidos.
La vicepresidenta la coge de la mano, la guía hacia fuera y coge la toalla enorme que han traído, pasándosela por su propia espalda y cerrándola por delante con Olga rodeada con sus brazos.
—¿Contenta? —Olga asiente con una risa temblorosa y Marina la abraza más fuerte—. El año que viene podríamos repetirlo, ha sido divertido.
La asistente levanta la mirada.
—El año que viene también ganaré, y mi premio será hacer cualquier cosa menos esto.
Marina suelta una carcajada y le da un beso en el oído.
—Haremos lo que tú quieras, cariño.