Capítulo 24 #2
—¿Desde cuándo? —pregunta, retirando los dedos de su barbilla.
—Hace mucho.
Marina ladea la cabeza, insatisfecha con la respuesta.
—Olga…
—Dos años o así, más o menos.
Los ojos de la vicepresidenta se abren de par en par.
—¿Dos años? —pregunta impactada—. ¿Y por qué no me lo has dicho antes?
La asistente hace botar los hombros otra vez, pero a Marina no le sirve como respuesta.
—Habla, por favor.
—¿Cómo iba a decírtelo? —estalla Olga—. Eras la directora regional, salías con hombres, ibas a las cenas de empresa con ellos y yo no tenía ninguna posibilidad.
Me pongo roja cuando me miras, me salen gallos, tiro cosas y para rematar, te escupo vino en la ropa, solo me ha faltado envenenarte con la cena —se le humedecen los ojos por el estrés y la frustración y parpadea varias veces intentando que no se note—.
Pensé que jamás te fijarías en mí, y prefería estar callada antes que decirte algo que solo podía ponerte en un aprieto.
—Pues me he fijado en ti —susurra Marina, acercándose un poco más.
Olga traga saliva.
—Quizá fue por aquel beso, que me dejó pensando en ello cada día, o a lo mejor fue porque pasar tanto tiempo contigo en Navidad me permitió conocerte mejor y descubrir que eres encantadora, además de muy guapa —añade, levantando las cejas—, aunque esto último lo he sabido siempre.
Olga lleva las manos hacia atrás y se agarra al mármol, temiendo que las rodillas se le doblen aquí mismo.
—¿Por qué me besaste tú? —se atreve a preguntar, y se aplaude a sí misma por su valentía.
—Porque me gustas y en ese momento me apetecía mucho hacerlo.
Marina no titubea, ella no necesita tiempo para pensar la respuesta, ni le tiemblan las manos ni dice estupideces o se pone roja, pero Olga no piensa en eso, ella solo piensa en lo que ha dicho.
«Me gustas».
—¿De verdad te gusto?
Su mirada se levanta en busca de la respuesta, pero lo que encuentra son los labios de Marina, que caen sobre los suyos con ansiedad. Las otras dos veces Olga estaba encantada con el simple roce de labios, pero ahora que tiene la lengua caliente de Marina dentro de la boca, está mareada de deseo.
Las manos de su jefa se posan en su cintura y Olga tensa todo el cuerpo un segundo, después se relaja y jadea contra sus labios cuando se aparta para respirar un instante antes de devolverle el beso, pasarle la lengua por los dientes y presionar ese músculo con la de su jefa, pero se detiene en seco —ahogando un gemido— cuando siente que Marina le saca la camisa del pantalón.
—Dios mío —murmura mientras mira entre ellas, como si no se lo creyera.
—¿Voy muy rápido? —duda la vicepresidenta, desconcertada.
—¿Qué? —Olga suspira y suelta el aire de forma entrecortada—. No, es decir, ¿tú?
—¿Yo qué?
La sonrisa de Marina se curva hacia la izquierda.
—Pensaba que tú solo, o sea, con hombres… Ya sabes. ¿Has estado con una mujer antes?
La vicepresidenta se humedece los labios, divertida.
—No.
—¿Y no te da miedo? —titubea Olga, sintiendo un intenso hormigueo por el vientre.
—¿Te lo da a ti?
—¡Claro que no! Yo quiero…
—¿Qué quieres?
Dios mío, ¿por qué para Marina todo es fácil y divertido y ella se ahoga solo de pensarlo?
—Esto —Olga señala entre ambas—, contigo. Quiero hacerlo. Mucho.
—Aah, mucho —repite Marina con su sonrisa torcida—. ¿Y por qué te cuesta tanto creer que yo también quiero?
Olga suelta una risita histérica que está segura de que ha bajado la libido de Marina de golpe.
—No sé, a lo mejor te da cosa si antes no…
—Olga. —Marina levanta una mano, la coloca de frente sobre su barbilla y le silencia los labios con dos dedos—. Me haces ser ordinaria, pero también tengo coño, ¿entiendes? Estoy bastante segura de que sabré cómo tocar el tuyo y de que podré hacer casi lo mismo con la boca que con los dedos.
Aparta la mano y Olga boquea como un pez, con las bragas empapadas.
—Ah —dice, y su mirada se oscurece de tal modo que su iris desaparece bajo el negro de sus pupilas—. Vale, entonces sí que quieres.
Antes de que Marina responda, se lanza a por su boca y, mientras su jefa le desabrocha los botones de la camisa por la parte de arriba, ella empieza por la de abajo.
En esto no va a fallar, con esto no puede titubear porque Marina está dispuesta y ella quiere complacerla para asegurarse de que tenga ganas de repetir.
La camisa acaba en el suelo y Marina la mira un momento antes de deslizar las manos y desabrocharle el sujetador. Olga la recibe con los pezones duros y rosados y la piel de la areola erizada.
—Joder —sisea Marina, que jamás se habría imaginado que unos pechos le provocarían estas ganas de metérselos en la boca.
Empieza con el pezón izquierdo y Olga casi grita cuando la corriente de deseo le recorre el cuerpo, bajando de su pecho hasta el centro de sus piernas.
—A lo mejor estamos más cómodas en el sofá —propone jadeando.
Marina asiente y la sigue, observando su espalda desnuda mientras se deshace de su jersey por el camino. Cuando Olga se gira y la ve en sujetador, se queda paralizada un momento para grabar esa imagen en su cerebro, y después decide que quiere verla entera.
—Quítatelo todo —ordena, y Marina casi se corre al escucharla.
—¿Te gusta mandar? —pregunta, desabrochándose el pantalón mientras se quita los zapatos.
—Puede que un poco.
Conforme la ropa va desapareciendo, los ojos de Olga recorren su cuerpo y Marina se siente como la mecha de un petardo, ardiendo con velocidad hasta que el calor del fuego se detiene por debajo de su vientre.
Está solo en ropa interior bajo la mirada de una mujer, y Marina jamás se ha sentido tan deseada por nadie como por ella.
—El sujetador —la voz de Olga sale ronca.
Marina no aparta los ojos de ella cuando se lleva las manos al cierre frontal y lo suelta, dejando que la prenda se deslice por sus brazos.
Ve a Olga tragar saliva, con la vena de su cuello tan hinchada que casi puede ver cómo le late el pulso, y desea chuparla, quiere morderle el cuello, meterse sus pechos en la boca de nuevo y casi trastabilla cuando descubre lo mucho que le gustaría ahora mismo arrodillarse ante ella para pasar la lengua entre sus piernas y descubrir a qué sabe.
—Dime lo que estás pensando —exige Olga.
Marina parpadea y se humedece los labios, después se los muerde.
—En que tienes demasiada ropa.
—Mentira.
La vicepresidenta se sorprende con esta versión calmada y autoritaria de Olga.
—No es eso, dime lo que piensas de verdad.
Marina se acerca a ella hasta que está justo delante. Sin tacones, son igual de altas y tiene la boca de Olga tan cerca que podría lamerle los labios sin moverse.
—En que quiero comerte entera, en eso pienso, así que quítate la maldita ropa de una vez.
Olga coge aire hasta que los mofletes se le inflan y le tiemblan cuando lo suelta. El gesto le ha servido para calmar un poco la ansiedad que siente, pero no el torrente de humedad que ha empapado sus bragas.
Se descalza con los ojos de su jefa puestos en cada gesto que hace, y se quita el pantalón y las bragas al mismo tiempo, desesperada porque se acerque.
Marina no la hace esperar, avanza un par de pasos, le acuna la cara entre las manos y la besa con toda la fuerza del deseo que le late por el cuerpo mientras Olga, sin rastro de timidez, le sube las manos por los costados y las pone bajo sus pechos para sentir todo su peso.