Dime lo que piensas Capítulo 24
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Capítulo 24

—Mierda… —susurra Olga cuando la salsa que iba a probar se le cae de la cuchara y chorrea por el mármol y la puerta del horno que hay debajo de la vitrocerámica.

Coge el trapo para limpiarlo, lo lava y repite la operación, logrando probar la salsa y concluyendo que le falta un poco de sal.

Saca el móvil y vuelve a repasar la receta que está preparando para asegurarse por cuarta vez de que ha usado todos los ingredientes con la cantidad adecuada y que el tiempo de cocción es el correcto.

No debería haberse complicado, la cocina no es lo suyo y lo único que siempre le sale bien son los espaguetis a la carbonara que hizo el día que Marina estuvo en su casa, pero le ha dicho que quería cocinar para ella y no ha mentido, y se negaba a hacer algo tan básico, así que anoche estuvo buscando recetas en TikTok hasta que se decidió por un guiso con bacalao.

Le tiemblan las manos y las apoya en el mármol unos segundos mientras cuenta hasta diez mentalmente.

—Vale, Olga, tú puedes —se dice tras un largo suspiro.

Destapa la sartén como si necesitara asegurarse de que el bacalao sigue dentro y al fin se decide a irse a la habitación para terminar de vestirse.

Se queda delante del armario con la mirada fija en el colgador hasta que elige unos pantalones negros de caída recta y un jersey gris con cuello de pico encima de una camisa color salmón que todavía no ha estrenado y es perfecta para la ocasión.

Se da una ducha rápida, se viste, se maquilla un poco y al final acaba descartando el jersey porque está acalorada.

Regresa a la cocina y apaga el fuego cuando salta la alarma que ha programado y, cuando destapa la sartén, sonríe satisfecha con el resultado.

No sabe si estará bueno, pero tiene una pinta increíble, así que lo deja ahí y pone la mesa, terminando justo cuando suena el timbre.

El estómago se le gira y algo se contrae en su vientre haciéndola jadear, y Olga resopla frustrada porque sabe que sus mejillas probablemente ya han cambiado de color.

Marina aparece al otro lado de su puerta con un abrigo largo de color gris oscuro, un pantalón color crema ajustado a sus piernas, zapatos de tacón y un jersey de cuello ancho que deja a Olga sin aliento.

—Hola —saluda Marina con un intento de sonrisa que provoca un calambre entre las piernas de la anfitriona.

—Hola, pasa.

La asistente se aparta y cierra la puerta cuando Marina atraviesa el umbral, y entonces se produce un momento incómodo porque, cuando la vicepresidenta se inclina para besarle las mejillas, Olga, con su habitual torpeza, se mueve hacia el mismo lado que ella y acaban besándose muy cerca de la boca.

—Perdona —dice con la cara a punto de explotar.

—Tranquila —susurra Marina, y Olga levanta la mirada y le dedica una pequeña sonrisa, deseando para sí la mitad de la seguridad que tiene su jefa—. Toma, he traído vino blanco, no sé si te gusta.

—Me gusta todo —responde nerviosa.

—Ah, ¿sí?

La ceja de Marina se levanta y parpadea un par de veces con esas pestañas tan largas, provocando un maremoto en el cuerpo de Olga.

—Sí, quiero decir… El vino, ya sabes…

Le arrebata la botella con cierta brusquedad y se da la vuelta para ir a la cocina antes de decir otra estupidez.

Marina se queda plantada en la entrada, mordiéndose el labio con diversión mientras se quita el abrigo.

Como Olga no le ha dado instrucciones y no ve un colgador, lo dobla y lo deja en un sillón.

—Dios mío, soy una anfitriona horrible —murmura Olga al regresar—. Ven a la cocina si quieres, o siéntate ya y traigo la cena.

—Te ayudo —dice Marina, cada vez más divertida por el comportamiento de Olga.

—Vale, gracias.

La vicepresidenta entra en la cocina, donde el olor de la cena se vuelve más intenso que el que ya ha notado al entrar, y no puede evitar acercarse a la sartén y destaparla.

—Madre mía, qué buena pinta. ¿Qué es?

Olga sonríe con regocijo.

—Es una receta de bacalao.

—Pensaba que solo sabías hacer espaguetis. ¿Me mentiste, Olga? —bromea Marina.

La asistente la mira boquiabierta y niega fervientemente con la cabeza.

—No, claro que no —asegura sofocada—, busqué la receta ayer y la he seguido a rajatabla. Quería hacer algo que…

—¿Qué?

—No sé, algo más elaborado.

—¿Para mí? —la voz de Marina sale demasiado baja, algo parecido a un susurro que hace que toda la piel de Olga se erice.

—Sí. Espero que esté buena.

—Seguro que sí.

La cena es mucho más fácil para Olga de lo que pensaba. Marina llena las copas de vino y ella sirve dos platos generosos que ambas se comen mientras hablan de cosas banales que a ella le sirven para relajarse.

—Estaba exquisito —alaba Marina con placer—. La salsa te ha quedado muy buena y el bacalao estaba en su punto.

—¿De verdad? —Olga la mira a los ojos, buscando la mentira.

—¿Crees que me lo habría comido todo si no me hubiera gustado?

—Supongo que no —dice, y se queda boquiabierta cuando se da cuenta de que el pintalabios de Marina está en el borde de su copa.

Ha visto esa imagen en decenas de películas y siempre le ha parecido una horterada, pero ahora que los labios de esta mujer están tatuados en el cristal, le parece tan sexy que por un momento se plantea no lavarla y guardarla en la vitrina como si fuera un trofeo.

La cena termina con un trozo de tarta de queso que Olga ha comprado en la mejor pastelería de su barrio y se mueven al sofá con dos copas de vino tras recoger la mesa.

Marina se sienta sobre su pierna, girada hacia Olga mientras sostiene su copa en una mano y apoya el codo en el respaldo, y ella imita su posición y se queda embobada cuando la vicepresidenta bebe un trago y mueve la garganta al tragar.

Olga quiere morder ahí, pegar sus labios a su cuello y sentir su pulso contra la lengua, y se siente tan violenta pensando eso cuando apenas está a medio metro de su jefa, que aparta la mirada, coge su copa de vino y empieza a pensar en algo rápido que pueda decir para que el silencio no se vuelva incómodo.

Necesita un tema de conversación, cualquier cosa que…

—Me besaste —suelta Marina de repente.

Olga, que tenía la copa pegada a los labios y el vino en la boca, lo escupe entero de la impresión. El líquido sale como un aspersor y va directamente a sus pantalones, a parte del sofá y también al jersey de Marina.

—¡Dios mío! —exclama con los ojos muy abiertos, el rubor subiéndole por el cuello y la vergüenza apoderándose de ella mientras mira con incredulidad lo que acaba de hacer.

Se levanta de golpe, corre a por una servilleta y la pasa primero por el sofá y después se acerca a Marina con la intención de limpiarle la ropa, pero cuando ve que las gotas están principalmente sobre sus pechos, se detiene en seco y deja la servilleta suspendida en el aire.

—Perdona —murmura azorada—, ¿te traigo agua? No, claro que no, eso te mancharía más, puedo dejarte un jersey, seguro que te va bien porque tenemos más o menos… —Olga se mira los pechos y después hacia la puerta de la entrada preguntándose si quedaría muy mal si sale huyendo de su propia casa.

—Tranquila, no pasa nada. Dame eso. —Marina le quita la servilleta de las manos y se la pasa sobre las manchas con una calma que a Olga le resulta imposible de comprender.

—Lo siento, te lo llevaré a la tintorería y…

—Olga, ya vale. —La vicepresidenta le coge la mano y Olga se congela—. He dicho que no pasa nada, vuelve a sentarte, por favor.

La asistente exhala con brusquedad y se deja caer de nuevo en el sofá, con las manos juntas sobre sus piernas, presionando con fuerza un pulgar contra el otro.

—Me besaste —repite Marina porque no piensa evitar el tema por mucho que Olga se atragante.

—Sí, lo siento —responde avergonzada.

—¿Sí? —las cejas de la vicepresidenta se elevan.

—Sí, o sea, no. No lo siento, perdona —se contradice, y a Marina se le escapa la risa.

—Joder, Olga, ¿por qué te cuesta tanto hablar de esto?

—No lo sé —suspira, haciendo botar sus hombros.

—Ya, bueno, pues hay que hablarlo, porque en aquel momento acepté olvidarlo, pero ahora quiero saber por qué lo hiciste.

Olga abre la boca y se humedece los labios, pero tiene la lengua tan seca que casi se le queda pegada en ellos.

—Necesito agua —dice al mismo tiempo que se levanta y sale corriendo hacia la cocina, donde coge un vaso, lo llena hasta arriba y empieza a beber.

Al momento, escucha el ruido de los tacones de Marina por su suelo de baldosas y, por una fracción de segundo, llega a temer que su jefa se haya hartado de su gilipollez y haya decidido marcharse.

Lo entendería. Marina es una mujer que no tiene tiempo para las tonterías de otra que apenas puede respirar en su presencia, y mucho menos hablar de besos, de sus labios contra los de ella y el hormigueo que sintió las dos veces que ha pasado.

Pero Marina no se marcha, está caminando hacia la cocina y a ella las rodillas empiezan a fallarle.

La invitada se acerca y se coloca delante de ella, dejando a Olga con el mármol clavado en la parte baja de la espalda. No tiene adónde ir salvo que se escabulla por los lados, pero Olga no quiere hacer eso, no quiere huir de Marina ni de sí misma por una maldita vez en su vida.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunta su jefa, quitándole el vaso de la mano para dejarlo a un lado.

¿Pensará Marina que se le puede caer? Por supuesto que sí, porque Olga es el ser más torpe de Barcelona, quizá del planeta. La asistente baja la cabeza un momento mientras piensa cómo responder, pero entonces siente los dedos de Marina en la barbilla y su boca se abre para soltar un jadeo.

—Mírame.

Olga traga saliva y la mira, y no se aparta, logra mantenerse enfocada en esa cara que le encanta, perdiéndose un momento en la cicatriz de su labio antes de subir a sus ojos azules de pestañas imposibles.

—Estoy enamorada de ti —confiesa al fin, sorprendida de que la frase no se haya entrecortado o le haya salido voz de pito.

Marina no puede ocultar la sorpresa en su expresión. Tenía claro que Olga sentía algo por ella, pero ¿enamorada? Eso no lo ha visto venir.