Capítulo 23
Marina tiene los brazos cruzados sobre el pecho, o más bien se está abrazando el cuerpo mientras espera a que el ascensor termine de subir, tamborileando los dedos contra su abrigo.
Hoy es viernes, el día de su cena con Olga si es que no se ha arrepentido, porque la vicepresidenta no ha dejado de darle vueltas a lo de ayer durante toda la noche, pensando en cada detalle de lo que pasó.
Besó a Olga y no se arrepiente, ni siquiera lo hizo porque el cansancio no le permitiera pensar y controlarse.
No fue un error, empezó a arder de ganas de volver a probar su boca mientras la asistente la miraba con los ojos brillantes de emoción, y lo hizo, se acercó y volvió a sentir el tacto suave de sus labios, pero lo que perturba a Marina es lo de después, la invitación a cenar, que ahora no tiene claro si Olga aceptó porque quería o si se sintió demasiado abrumada para negarse.
Eso la tiene inquieta y la hace sentirse insegura.
¿Se excedió? ¿Puso a Olga en una situación incómoda?
¿Hubo abuso de poder? Marina resopla cuando las puertas se abren y atraviesa el pasillo con su paso de siempre, pero con el cuerpo tenso como si le hubieran incrustado una vara de acero en la columna.
Cuando gira hacia su despacho, Olga levanta la mirada desde su mesa y los colores le invaden las mejillas de inmediato, y eso provoca que Marina sienta un latigazo repentino entre las piernas.
—Buenos días, Olga —dice con la intención de no detenerse.
—Buenos días. —La asistente traga saliva y carraspea—. Ya sé dónde quiero cenar.
Marina se detiene en seco, justo al lado de su mesa, y al girarse se humedece los labios sin pensar.
—Mmm, vale —suelta en un tono que no pretende ser seductor, pero lo es de una forma que enciende a Olga como una antorcha—. Dime.
—Bueno, si te parece bien —la asistente titubea, nerviosa, y Marina se pregunta por qué nunca se había dado cuenta de lo jodidamente encantadora que es—. He pensado…
—¿Qué has pensado? —la ayuda la vicepresidenta.
Olga vuelve a carraspear.
—Mi piso —dice al fin—, me gustaría poder cocinar para ti.
Marina abre la boca y no consigue decir nada.
—Solo si te parece bien. Quiero agradecerte lo mucho que me has ayudado, que hayas estado ahí y todo eso —Olga se abanica con la mano, sofocada por los nervios—, y me gustaría cocinar algo que no fuera una carbonara. Pero si piensas que es inapropiado, a mí…
—Olga —Marina se inclina hacia ella y apoya una mano en la mesa—. Respira o me veo haciéndote el boca a boca aquí en medio.
A Olga se le va la sangre de la cara hacia otro sitio y se le escapa una risa medio ronca.
—Tu piso me parece bien —dice Marina, intentando contener la curvatura de sus labios, pero no lo logra, su comisura se mueve hacia la izquierda y Olga suelta una especie de jadeo.
—¿Sí?
—Claro. ¿A qué hora?
—No sé, ¿las ocho? ¿Las nueve? —propone nerviosa.
—Ocho y media entonces —decide Marina por las dos.
—Genial, perfecto. ¿Quieres que te traiga un café? Voy a por uno para mí.
Marina está a punto de decirle que mejor se pida una tila, pero se contiene.
—Sí, por favor.
Entra en su despacho y se queda al lado de la puerta mientras deja el bolso y se quita el abrigo.
Está nerviosa, puede que más que Olga, porque lo del piso era algo con lo que no contaba.
Ella puede controlar la situación en un restaurante, allí hay gente, una carta que mirar si no sabes qué decir, camareros interrumpiendo y el momento perfecto para irse cuando acaba la cena.
Incluso su propio piso le serviría porque una anfitriona se puede levantar a buscar algo cuando necesita cinco segundos para pensar, pero en el piso de Olga ella no controla nada.
Allí está completamente expuesta cenando con una mujer que se pone roja cuando la mira, que le dio un beso robado que después ignoró y que ahora le gusta de un modo que no se esperaba.
Se sienta a la mesa, enciende el portátil, repasa la agenda del día y trabaja hasta que está segura de que su amigo y compañero ha llegado.
—Voy un momento a ver a Jordi, si hay alguna llamada urgente, me la pasas a su despacho —dice Marina cuando pasa por el lado de Olga.
—Por supuesto.
—¿Tienes un minuto? —pregunta desde la puerta, haciendo que su amigo deje de teclear y mire el reloj.
—Muy temprano para que necesites robarme el cerebro, ¿no? —dice con burla.
Ella entra y cierra la puerta, se acerca hasta la mesa, coge un caramelo y se sienta mientras lo desenvuelve. Ni siquiera tiene claro lo que va a contarle, pero necesita que alguien le diga que no se ha vuelto loca.
—¿Y bien? ¿Vas a hablar o tengo que esperar a que destroces el caramelo con las muelas? Lo cual me provoca escalofríos, que lo sepas.
Marina da un apretón con la mandíbula y hace crujir el caramelo, paladeando la intensidad del sabor hasta que se lo traga y coge otro.
—Olga me besó —suelta de golpe, consciente de que esto no se lo ha contado a nadie, ni siquiera a Andrea.
Él abre mucho los ojos, sorprendido.
—Fue hace semanas, cuando todos estabais disfrutando de las vacaciones de Navidad y nosotras estábamos aquí. —Su amigo sigue pasmado mientras la escucha explicarlo como quien habla del tiempo—. Fue algo tonto, un beso rápido, y después le entró el pánico y me dijo que me olvidara de ello.
—Jo-der, no veas con la mosquita muerta.
La vicepresidenta arquea una ceja, Olga no le parece una mosquita muerta, pero es tan tímida que puede que muchos aquí lo piensen.
—¿Y qué hiciste tú? —pregunta curioso—. ¿Qué te dijo cuando le preguntaste por qué lo había hecho?
—Nada. No le pregunté, la vi tan nerviosa y angustiada que decidí pasarlo por alto y olvidarlo.
—Ah.
—Pero no me olvidé —confiesa Marina, mirándolo a los ojos—, he pensado en ese beso cada día desde entonces, y ayer la besé yo.
Jordi se había inclinado hacia delante para coger un caramelo, pero se queda congelado, con el brazo estirado sobre la mesa.
—Hostia —murmura, y vuelve a su sitio.
—Ya…
Su amigo no se ríe, que era lo que ella intuía que iba a hacer, solo la mira con los ojos muy abiertos, descolocado por completo.
Jordi siempre tuvo claro que entre Marina y él nunca pasaría nada, pero saber que ella parece sentir algún tipo de interés por alguien es la confirmación definitiva y necesita unos segundos para encajarlo.
—No sabía que tú, o sea, quiero decir, yo pensaba que solo te gustaban los… —se detiene, porque no quiere sonar como un imbécil.
—¿Los hombres? —completa ella, torciendo la sonrisa—. Yo también lo pensaba, pero ya ves.
Ahora sí que suelta una risita, entre incrédulo y divertido.
—Joder, Cardona, eres una caja de sorpresas. ¿Estás segura de que no te estás confundiendo? No sé, te besó sin más…
—Lo estuve, me sentí confundida al principio, pero no por el beso. Hubo unas semanas en las que pensé que me iba a volver loca. No dejaba de repasar mi vida buscando algo que no hubiera visto antes, incluso pensando que a lo mejor mi matrimonio había fallado por eso.
—¿Y?
—Que no. Ha pasado ahora y punto, no hay más donde buscar —remata la vicepresidenta.
Jordi junta las manos sobre la mesa.
—A ver, entonces ¿qué te pasa? Porque si vienes a contármelo ahora es por algo.
Ella se recuesta en el respaldo, sorprendentemente relajada, agarrándose a los reposabrazos.
—La verdad es que no lo sé, supongo que estoy un poco nerviosa —sonríe, y él envidia a Olga por la suerte que tiene.
—¿Por qué?
—Ayer la invité a cenar esta noche, y ha propuesto ir a su piso.
Jordi suelta una carcajada repentina que hace que ella tuerza el gesto.
—¿Qué?
—Venga ya, Marina, ¿de verdad te da miedo una cena en un piso?
Ella lo mira muy seria y suspira.
—No, no me da miedo, lo que me da miedo es meter la pata, supongo.
—¿Lo dices porque es tu subordinada?
Marina se pasa la mano por la nuca, por debajo de los mechones sueltos de su recogido.
—No, eso es lo que menos me preocupa, las dos somos adultas y no seríamos la primera pareja que hay en esta empresa.
Me da miedo por ella, hacer algo que la haga retraerse.
Tú no la conoces mucho, pero cualquier cosa que tiene que ver conmigo la ruboriza y hace que se trabe.
Creo que la intimido y no sé qué hacer para que eso no pase.
Él vuelve a tener una sonrisa que a Marina no le gusta, pero como Jordi abre la boca, lo pasa por alto.
—Eso se le pasará cuando… ya sabes.
Los ojos de la vicepresidenta se abren mucho, pero después se le escapa la risa.
—¿Tú crees?
—¿Tú no? Es como ese miedo adolescente. Te gusta mucho una persona y te aterroriza que te rechace o decir algo que la haga pensar que eres gilipollas. ¿No te ha pasado nunca?
Ella se pasa la lengua por los dientes.
—No, claro que no, tú siempre has estado en el otro lado. Apuesto algo a que nunca has tenido que ligar con nadie —murmura Jordi con la mirada entornada.
—¿Eso me hace culpable de algo?
—No. Solo inexperta en personas como Olga. Ese nerviosismo suele desaparecer con los años, ganas seguridad y confianza en ti mismo, pero hay personas que no lo superan nunca, que cada vez que se enamoran vuelven al principio, e imagino que es el caso de Olga.
—Vaya, no me lo había planteado así.
—Pero sí que te has planteado tener algo serio con ella —se ríe él.
—¿Perdón?
—Antes has dicho que no seríais la primera pareja de la empresa, entiendo que piensas en esto como en algo serio, ¿no?
Marina abre la boca, pero se le queda abierta unos segundos y las cejas se le levantan por la sorpresa cuando lo piensa, porque Jordi tiene razón, ella no siente curiosidad, no quiere pasar una noche con Olga a ver qué pasa o comprobar si solo es una tontería que se tiene que quitar de encima.
Olga le gusta, y al parecer le gusta lo suficiente como para plantearse algo que vaya mucho más allá de una cita.
—Joder —dice al fin, y la carcajada de él es tan fuerte que ella se gira hacia la puerta temiendo que entre alguien a preguntarle si ha perdido la cabeza.
—Sí, joder —concuerda él.
Marina coge otro caramelo y se levanta.
—Bueno, gracias por escucharme, y perdón por interrumpir así.
Él hace un gesto vago con la mano y la vicepresidenta vuelve a su despacho, pero cuando pasa por el lado de la mesa de Olga, se detiene un segundo y le pone el caramelo delante.