Dime lo que piensas Capítulo 22
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Capítulo 22

—Pasa, siéntate. ¿Quieres café o agua? —pregunta Andrea cuando Olga entra en su despacho.

—Gracias, estoy bien.

La asistente toma asiento en la misma mesa redonda de la otra vez y esconde las manos entre los muslos después de dejar la documentación sobre la mesa y empujarla hacia el lado cuando la abogada se sienta.

—¿Este es el famoso documento? —Andrea se pone las gafas y echa un vistazo rápido por encima para confirmar que es el mismo que Olga le pasó escaneado el martes a mediodía.

—¿Ahora qué? ¿Cuál es el siguiente paso? —pregunta la asistente, sin poder ocultar su inquietud.

Andrea la mira de reojo y siente mucha ternura ante lo indefensa que parece Olga, y se alegra de que una mujer como Marina Cardona esté interesada en ella, porque su amiga es justo lo que alguien como Olga necesita tener cerca, alguien llena de seguridad que ayude a que la suya crezca, porque la asistente no parece tener ninguna.

—Vale —empieza Andrea, quitándose las gafas—, como me pasaste el documento escaneado, yo ya he hecho mis gestiones y me puse en contacto con el abogado de tu primo.

Le envié la misma copia que me adjuntaste y le añadí la copia simple de la compraventa de la casa del pueblo, que llegó ayer.

Las dos cosas juntas han decantado la balanza a tu favor por completo porque el documento privado demuestra que la repartición se hizo, y la copia simple, que tu tío vendió la casa del pueblo y fue el único beneficiario.

—Entonces, ¿ahora esperamos a que contesten? —pregunta ansiosa.

Andrea sonríe y niega con la cabeza.

—No, no hace falta, ha respondido esta mañana.

Los ojos de Olga se desorbitan y su boca se abre como la de un pez buscando aire.

—Van a retirar la reclamación. Se acabó, Olga.

Ella la mira, incrédula, pero los ojos se le humedecen.

—¿Ya está? ¿Así, sin más?

—Bueno, ahora queda algo de papeleo entre él y yo para asegurarnos de que no te tocan las narices nunca más con esto, y obviamente, hay que preparar la gestión para que escritures el piso a tu nombre. Eso es lo más importante, pero es tuyo, Olga, tu primo ya no tiene donde rascar.

El grito de alivio de Olga hace reír a la abogada, que se levanta cuando la asistente la mira con la cara empapada y una sonrisa enorme.

—Gracias, no sé cómo agradecerte todo esto, en serio —murmura cuando la abraza.

—Basta con que pagues la factura —bromea Andrea, dándole un apretón en el hombro antes de coger una caja de pañuelos de papel y ofrecérsela—. Venga, siéntate un momento, me firmas un par de cosas para que termine de cerrar esto y te dejo libre.

—Vale, sí. —Olga coge el bolígrafo con la mano temblando y estampa su rúbrica donde le dice.

Sale del edificio sin poder borrar la sonrisa y decide coger un taxi para volver a Barcelona.

Es la una y media de la tarde y ha tenido que pedir permiso para salir del trabajo —que Marina le concedió ayer sin dudarlo— porque Andrea no tenía otra hora que ofrecerle esta semana, así que ahora va directa a comer algo rápido para volver a la oficina cuanto antes.

Atraviesa el pasillo casi flotando sobre las baldosas, pero se desinfla como un globo cuando ve que Marina no está en su despacho.

Le sorprende porque sabe que su jefa no tenía nada esta tarde salvo una reunión y una videollamada, pero cuando entra en el calendario común, comprueba que la han convocado a otras dos reuniones que la van a tener secuestrada toda la tarde.

Como no puede contener la emoción y necesita soltárselo a alguien, descuelga el teléfono y marca la extensión de Silvia y, mientras espera a que responda, se da cuenta de que la primera persona en la que piensa para todo siempre es Marina.

—¿Cómo ha ido? —pregunta su amiga de inmediato.

—Mejor que bien. Ya se había puesto en contacto con el abogado de Marc y han contestado que se retiran —dice de corrido, sintiendo que se asfixia de emoción.

—Joder, ¡qué bien! —exclama Silvia con tono contenido—. Me alegro mucho, Olga, menudo peso te has quitado de encima.

—Sí —responde ella sin ocultar el alivio de su voz—. Te invito a unas cañas después si tienes tiempo.

—Tendrá que ser una porque hoy tengo cena y necesito llegar pronto para arreglarme, pero por supuesto que acepto. Nos vemos abajo al salir.

—Vale.

Olga cuelga el teléfono y vuelve a mirar hacia el despacho de Marina, que tiene la puerta abierta y la luz apagada.

A las cinco y diez la ve aparecer caminando a paso rápido hacia su despacho porque a y cuarto tiene la videollamada con Lisboa y a las seis otra reunión con el departamento fiscal, pero contra todo pronóstico, Marina se detiene frente a su mesa.

—¿Ha ido bien? —pregunta, y Olga siente que se deshace por el detalle, sobre todo porque Marina tiene la cara pálida y los ojos enrojecidos por el cansancio y podría aprovechar estos minutos antes de la llamada para sentarse en su silla y respirar un poco en lugar de estar aquí de pie, interesándose por ella.

—Sí —sonríe—, te lo cuento después. ¿Quieres que te traiga café o algo de la máquina? ¿Has comido?

Marina mira la hora como si el tiempo le hubiera pasado tan rápido que no sabe en qué minuto vive.

—Tráeme un café, por favor. Y algo para comer, lo que sea.

—¡No has comido! ¿Por qué no me lo has dicho antes? —pregunta horrorizada, levantándose tan rápido que siente un leve mareo que casi la obliga a sentarse de nuevo.

—No he tenido tiempo ni para eso.

—Ve a sentarte, enseguida te traigo algo.

Olga corre por el pasillo como si le fuera la vida en ello y sale del edificio para ir a un Subway donde alguna vez ha ido a comprarle un bocadillo a su jefa.

Ha empezado a llover y siente un frío espantoso porque ni siquiera se ha detenido para coger su abrigo, pero a Olga no le importa, ella solo se mueve medio corriendo para llegar a la tienda.

Elige el de atún porque que sabe que es el favorito de Marina, y coge también una galleta gigante con pepitas de chocolate —esta nunca se la ha pedido, pero piensa que algo dulce le podría ir muy bien—.

Cuando vuelve, cruza la acera para ir al bar de enfrente a pedirle el café, no es que sea especialmente bueno, pero es mucho mejor que el de la máquina del pasillo.

La asistente sube en el ascensor con la ropa y el pelo húmedos y la mirada fija en los números mientras piensa que cada día le parece más lento.

Sale corriendo otra vez y llega al despacho de Marina jadeando.

Su jefa ya está frente al portátil con los auriculares puestos mientras habla con Duarte o con cualquier otro socio de la empresa.

Olga no se fija, ella solo se coloca a su lado, fuera del campo de visión de la cámara y le pone el café delante mientras desenvuelve el bocadillo y lo deja sobre el papel abierto junto a un par de servilletas. Por último, deja la galleta.

—Gracias, Olga —dice Marina, mirándola con esos ojos azules derretidos de agradecimiento, y la asistente le sonríe y casi tropieza con la mesa cuando se gira para salir.

Ve la sonrisa torcida de Marina por el rabillo del ojo y se maldice quince veces por seguir siendo tan torpe, pero cuando se sienta a su mesa, no puede borrar la sonrisa de su expresión porque saber que ha hecho algo bueno por su jefa en un día que parece espantoso para ella, le ha calentado el pecho como si le hubieran encendido una cerilla dentro.

La siguiente hora es mucho mejor porque Olga ha acompañado a Marina a la reunión con los de fiscal para tomar notas mientras ella pedía documentación, escuchaba explicaciones y solicitaba datos que quería y no estaba viendo en la pantalla.

Cuando por fin salen, son casi las siete de la tarde y Marina está tan cansada que no dice ni una palabra hasta que llegan al despacho y ve que Olga se va hacia su mesa.

—¿Qué haces?

Olga parpadea y se levanta antes de que su culo toque la silla.

—Voy a pasar las notas de la reunión a limpio —dice, mordiéndose el labio.

—Déjalo para mañana, ven, y cierra la puerta al entrar, por favor.

Marina atraviesa el umbral, deja su portátil en la mesa y se queda sentada en el borde porque ya no tiene intención de trabajar. Olga cierra y se acerca, quedándose de pie frente a su jefa.

—Bueno, cuéntame, ¿cómo ha ido con Andrea?

Olga sonríe de alivio y a Marina la invade una sensación extraña de vértigo cuando, por un momento, piensa que esa sonrisa se debe a la abogada.

—Te lo digo muy rápido para que puedas irte a casa a descansar. Marc se retira, solo tengo que escriturar el piso y me olvido del problema.

—¿En serio? —A pesar del cansancio, la mirada de Marina se ilumina y se yergue de golpe.

—Sí, de verdad —responde Olga en medio de una risita que hace que le salga la voz un poco aguda.

—Dios, Olga, me alegro muchísimo.

Marina extiende un brazo para atraerla y Olga ni se lo piensa, se pega a su cuerpo y deja que su jefa la apriete contra ella con fuerza mientras hunde la cara en el hueco de su cuello y cierra los ojos, abrumada por el calor y la corriente que la recorren desde la cabeza hasta los pies.

—Ahora podrás dormir tranquila, de verdad que me alegro —sigue Marina, retirándose un poco para mirarla a los ojos, pero una de sus manos se mantiene en su cintura y la otra se levanta a la altura de su cara, y se queda suspendida en el aire cuando Marina pretendía apartarle un mechón que le cruza la frente y parece dudar.

Se quedan mirándose y todo el ruido de la oficina desaparece de golpe, dejando solo el suspiro entrecortado que sale de la boca de Olga y el chasquido de sus labios cuando Marina se inclina y la besa.

El beso es casi tan corto como el que Olga le robó hace ya lo que les parece una eternidad, y la asistente solo quiere saltar de emoción, segura de que este es el mejor día de su vida.

Dan un paso atrás al mismo tiempo y, aunque Olga busca arrepentimiento en la mirada de Marina o la típica frase de «esto no puede volver a pasar» o «esto ha sido un error», no encuentra nada de eso.

Marina no parece arrepentida —porque no lo está— ni siquiera asustada, y lo único que hace es observar la cara de Olga que, para variar, está casi morada de la impresión, pero los ojos le brillan más que nunca.

—¿Vas a decirme ahora que también lo ignore? ¿Que me olvide de esto? —pregunta la vicepresidenta sin moverse.

Olga lamenta no haberse puesto pantalones con bolsillos para poder esconder las manos, que no dejan de temblarle.

—Eh… No, creo que no —dice al fin.

La ceja de Marina se levanta.

—¿Crees?

Olga mira hacia la ventana preguntándose si abrirla y saltar le causaría menos impresión que la que siente ahora mismo. Tiene el cuerpo entero vibrando, los labios le hormiguean y nota un cosquilleo en el estómago que se está desplazando hacia su vientre de forma muy peligrosa.

—No creo, es decir, estoy segura de que no. No quiero que te olvides.

—Bien. —Marina mira su reloj con una tranquilidad que Olga quisiera para ella también—. ¿Te parece bien si mañana te invito a cenar para celebrar lo de tu piso y hablar de algunas cosas?

Olga solo quiere sonreír, y puede que también gritar de pura alegría.

Va a cenar con Marina y no será por trabajo ni porque tenga el compromiso de ayudarla con nada, lo hará porque quiere, la invita porque quiere celebrar con ella algo que le ha quitado el sueño durante semanas.

También quiere hablar de cosas, aunque no ha dicho cuáles, pero Olga intuye a qué se refiere y decide no pensar en eso para que no se le olvide respirar.

—Me encantaría —responde tras un suspiro tembloroso.

—Estupendo. Ve pensando adónde quieres ir y me lo dices mañana. Me voy a casa, necesito ducharme y desmayarme en el sofá.

—Vale, bien. Mañana te lo digo, descansa, Marina.

—Tú también.

La asistente sabe que no podrá dormir ni un poco, que se va a pasar la noche dando vueltas en la cama con esa sonrisa estúpida que tiene dibujada mientras piensa en el beso que Marina le ha dado —porque esta vez no ha sido ella y Marina no es torpe ni hace cosas sin querer— y también pensará en este breve roce de sus dedos cuando su jefa ha pasado por su lado y ha estirado la mano para tocar la suya, dejando que sus yemas pasearan por el dorso de la mano de Olga y le hicieran arder la piel a su paso.