Dime lo que piensas Capítulo 21
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Capítulo 21

Marina lleva un rato en el bar donde ha quedado con Andrea cuando ve entrar a la abogada. La saluda con la mano mientras se acerca y da un sorbo a su copa de vino blanco antes de levantarse.

—¿Llego tarde? —pregunta Andrea cuando se besan las mejillas, después mira su reloj y respira aliviada.

—Tranquila, yo he llegado un poco antes. ¿Qué tal todo?

La abogada deja su abrigo en el respaldo de la silla vacía que hay en la mesa y se acomoda frente a ella.

—Otra como esa —Andrea señala la copa de vino cuando viene el camarero a tomar nota y después levanta la mirada hacia Marina—.

Bien, supongo. Bastante liada con el trabajo, enero suele ser un mes espantoso después de las fiestas, con todos los clientes llamando y preguntando por lo suyo.

Necesitaba un respiro —dice, con expresión agotada—. ¿Y tú?

—Más o menos igual. No he tenido vacaciones de Navidad y todavía me quedan un par de meses bastante agobiantes con el proyecto que tengo entre manos.

Cuando acabe, pienso cogerme los días que me deben, largarme a Tenerife con mi madre y levantarme a las tantas cada día.

Joder, apagaré el móvil, o quizá lo deje aquí —comenta cansada.

Andrea suelta una risita.

—No recuerdo la última vez que me levanté más tarde de las ocho. Siempre digo que algún domingo lo haré, pero después estoy en la cama con los ojos como platos desde las siete.

—A mí me pasa lo mismo —reconoce Marina después de una carcajada—. El maldito reloj interno.

—Y que lo digas. Por cierto, Olga me dijo que la ayudaste a encontrar el papel.

Marina siente algo parecido a un latigazo por la espalda y se pone recta como una vara.

—Sí. La vi agobiada y la ayudé, tampoco tenía nada mejor que hacer. Me ha dicho que ibas a llamarla para darle una cita —dice, intentando no hablar más del sábado.

—Ya lo he hecho. Vendrá el jueves a traerme los papeles, mientras tanto, iré preparando la respuesta para el abogado de su primo. Ese papel será el que la salve de gastarse mucho dinero en abogados de forma absurda.

Andrea levanta la copa y Marina brinda con la suya.

—Me alegra que se resuelva, ha estado muy estresada con este tema —comenta, más para sí que para que Andrea la escuche.

—Cierto, oye… —Andrea titubea y la mira con curiosidad—. ¿Sabes si Olga sale con alguien? Nunca ha mencionado a nadie, pero a lo mejor lo hay, no sé.

—¿Por qué quieres saberlo? —A Marina le sale un tono glacial que ni ella misma se esperaba.

—Porque cuando cierre su caso, y no creo que tarde mucho, me gustaría invitarla a cenar, o a tomar una copa tal vez —Andrea lo explica tranquila—. Ya sabes que no va conmigo lo de salir con clientas, pero Olga dejará de serlo muy pronto y me parece tan encantadora como atractiva. ¿Estás bien?

Marina no sabe cuál es su expresión ahora mismo, pero por dentro sí que nota lo que experimenta y no le gusta.

Hay un sudor frío que le está subiendo al mismo tiempo por el esternón y la columna, y siente un tipo de ardor igual que el que le quemó las entrañas el día que las vio juntas en la acera cuando ella volvía de comer con Jordi, solo que ahora esa sensación se ha multiplicado por diez.

De repente, siente que en el bar hay muy poco aire, la silla le parece incómoda y su copa tiene muy poco vino teniendo en cuenta que le apetece beberse la botella entera.

—Marina…

Levanta la mirada y ve los ojos preocupados de su amiga. Solo ha sido una pregunta, Marina no tiene por qué ponerse así. No es de su incumbencia con quién sale Olga y Andrea es una tía cojonuda. Debería alegrarse por ambas y tragarse ese sabor amargo que tiene en la garganta.

—Sí, perdona. Es decir, que no, no está con nadie.

Al menos que yo sepa… Bueno, tampoco es asunto mío, ella no me cuenta esas cosas y yo tampoco se las pregunto —responde de forma atropellada y nerviosa mientras la abogada va entornando la mirada conforme la escucha—.

Os lleváis bien, ¿no? Al menos eso parecía el otro día cuando os vi…

Hacéis buena pareja y todo eso, las dos sois adultas y bueno…

—Marina…

—Quiero decir, no sois pareja y a lo mejor tú no quieres eso. Solo pasar el rato, o sí que quieres, así que adelante, invítala —se está poniendo roja por la falta de oxígeno y no deja de mirar hacia la barra para llamar al camarero—. Es buena mujer y…

—Marina —Andrea estira el brazo, pone su mano sobre la de su amiga y la vicepresidenta se calla de golpe, exhalando con fuerza al respirar antes de mirar a la abogada con expresión desorientada—. Respira, mujer, tranquilízate.

Marina frunce el ceño sin entender.

—Estoy tranquila.

Andrea esboza una sonrisa corta e irónica.

—No lo estás. Estás nerviosa, ha sido preguntarte si sale con alguien y la cara te ha cambiado. ¿Qué pasa?

Marina intenta buscar una excusa que suene convincente y la deje en buen lugar, pero después del discurso torpe —casi de adolescente nerviosa— que acaba de soltar, cualquier cosa que diga solo empeorará las cosas.

—Nada, estoy bien. Solo me ha cogido por sorpresa. Olga es mi asistente y tú mi amiga, y no sé…

Andrea sonríe de nuevo, solo que en esta ocasión tiene un destello de diversión en la mirada que hace que Marina se ponga a la defensiva.

—¿Qué?

—¿Sabes una de las mejores cosas que tiene ser abogada?

La vicepresidenta la mira, confundida.

—Supongo que no.

Andrea asiente satisfecha.

—Que aprendes a detectar a los clientes que te mienten. Es algo que muchos hacen al principio por vergüenza o por estupidez, no lo tengo claro, pero con los años y la práctica los empiezas a cazar muy rápido, ves las señales y sabes que te la están intentando colar.

—No entiendo por qué me cuentas esto.

—Porque cuando aprendes a detectar mentiras en tus clientes, las puedes detectar en cualquiera, y tú acabas de mentir como una condenada. A ti no te ha cogido por sorpresa lo que he dicho, lo que te pasa es que Olga te gusta, ¿verdad?

La vicepresidenta siente que todo se detiene a su alrededor.

Mira a su amiga, a la que conoce desde hace demasiados años y que jamás le ha dado un motivo para desconfiar de ella, y de repente se siente estúpida por intentar esconderse.

Ella no es así, siempre ha mirado los problemas de frente, y es evidente que Olga es un problema, aunque no sabe de qué tipo.

—No lo sé, a lo mejor —reconoce, llevándose la copa llena a los labios después de que el camarero se haya alejado de la mesa tras traerla—. No sé qué me pasa con ella, estoy bastante confundida.

Andrea no dice nada al principio, pero tampoco le suelta la mano mientras se permite unos segundos para encajar la noticia. Marina siempre ha sido tan heterosexual que no puede evitar que le sorprenda, jamás habría sospechado nada.

—¿Qué es lo que te confunde exactamente? —pregunta al fin.

A Marina la atraviesa un suspiro brusco que la hace exhalar de forma entrecortada.

—Creo que pienso en ella demasiado —reconoce, mordiéndose los labios un segundo antes de continuar—.

Al principio pensaba que era normal, la veo todo el día y hemos pasado mucho tiempo juntas últimamente, pero el sábado cuando estuve en su casa me sentía…

No sé cómo explicarlo, pero no podía parar de mirarla, estaba alterada todo el rato, ansiosa, y no dejaba de imaginarme cosas que desde luego una no se imagina con una amiga o compañera de trabajo.

—Entiendo —la sonrisa de Andrea se ensancha.

—No lo creo —Marina resopla—. El otro día, cuando te vi con ella en la calle…

La mirada azul de la vicepresidenta se oscurece y nota que las orejas le arden de vergüenza.

—Joder, Andrea, quise matarte. Deseé que se abriera un agujero en el suelo y te tragara hasta hacerte desaparecer.

La carcajada de la abogada es repentina y potente, y varias personas se giran, pero ella no puede dejar de reírse y Marina tampoco.

—Ahora en serio —dice Marina, tras recomponerse y beber un sorbo de su copa que le aclara la garganta reseca—, nunca me había pasado esto con una mujer y me siento súper perdida.

—¿Te supondría un problema salir con una mujer? —indaga Andrea.

—No, no es eso —Marina niega con la cabeza al mismo tiempo que habla—, es que ahora le doy vueltas a todo, no dejo de repasar mi vida buscando las señales que al parecer no he visto.

—Me parece que te estás complicando demasiado, Marina, esto no es tan difícil como lo planteas.

La vicepresidenta abre mucho los ojos y la mira con atención.

—Entiendo que estás sorprendida y algo desconcertada porque no te esperabas que te pasara esto, pero que te guste Olga no significa que tengas que buscar señales.

Puede que nunca te sintieras atraída por una mujer antes porque simplemente no te cruzaste con ninguna que llamara tu atención de ese modo.

Eso no significa que no disfrutases de tus relaciones anteriores con hombres ni que no te vayas a enamorar de otro más adelante.

Te gustan hombres y mujeres, ya está, no le des vueltas.

El pecho de Marina se infla como un globo, pero se siente algo más tranquila conforme va dejando salir el aire por la nariz.

—Dicho así, parece fácil —dice con su sonrisa torcida.

—Es que lo es, somos nosotras mismas las que siempre nos complicamos.

—Sí, supongo que sí.

—Y dicho esto —Andrea levanta las manos con expresión divertida—, quiero dejar claro que me retiro. No voy a invitar a Olga a salir, así que relájate y deja de pensar en formas de hacerme desaparecer.

Marina se muerde los labios y pasea la mirada por todas partes un segundo.

—No te lo he pedido ni te lo he contado para que te apartes. Olga es una mujer libre y tiene derecho a decidir con quién quiere salir.

Andrea bebe, pero deja el líquido en la boca unos segundos mientras niega con vehemencia.

—Estoy de acuerdo en que es libre, pero yo no siento nada por ella más allá de la atracción física. Quería una cita para cenar y… bueno, ya me entiendes.

Por supuesto que la entiende, y si no lo hiciera, ya está ese ardor quemándole el pecho para aclarárselo.

—Es una cena que no ha llegado a producirse con una mujer a la que apenas conozco, eso contra una amistad de más de veinte años no se cuestiona. Además, sé perder —dice con una sonrisa traviesa—, eso es una cualidad rara en una abogada, así que aprovéchala.

A Marina se le escapa una risa corta y pide otras dos copas cuando el camarero le pasa por el lado.

—¿Ha pasado algo entre vosotras o esto está todavía en esa fase de tensión sexual controlada?

Marina siente que se le seca la boca cuando los muslos empiezan a temblarle de repente.

—No ha pasado nada, aunque ha estado a punto un par de veces —reconoce, pensando que debe tener las mejillas como las de Olga cuando la mira. Decide obviar lo del beso que Olga le dio porque considera que eso es algo muy personal, sobre todo para su asistente.

—Joder, ¿por qué no me habías contado nada de esto antes? —pregunta sorprendida.

La vicepresidenta se encoge de hombros. ¿Cómo iba a contárselo si apenas lo sabía ella? Es como si se hubiera dado cuenta de golpe, como si en unos pocos días se hubiera despeñado por un precipicio que la llevaba directamente a los brazos de Olga.

—¿Ella qué dice? ¿Habéis hablado de esto?

La sonrisa torcida de Marina atraviesa su rostro con expresión culpable.

—Me temo que si yo no saco el tema, ella no va a hacerlo. Se muere de vergüenza cada vez que me mira.

Andrea se ríe soltando el aire por la nariz.

—Eso es muy de Olga, me parece, forma parte de su encanto.

—Sí —murmura Marina pensativa, con una sonrisa de la que no es consciente.