Capítulo 20
Marina borra el párrafo del correo y lo vuelve a escribir por segunda vez, incapaz de centrarse en lo que hace porque desde el sábado tiene la cabeza en cualquier parte —o en un sitio en concreto, para ser exactos— menos donde debe.
No deja de pensar en el sábado, en ella frente a Olga en esa habitación llena de cajas, en sus cuerpos pegados, en lo rápido que le latía el corazón y el cosquilleo que le recorría todo el cuerpo mientras se miraban.
Todavía intenta encontrar una explicación lógica para lo que hizo, porque pudo abrazarla para celebrar su alegría y separarse de inmediato como habría hecho con cualquier otra persona, pero se quedó ahí, mirando sus ojos, viendo fascinada el momento en el que las pupilas de su asistente se agrandaron, aunque lo que la tiene más inquieta no fue que Olga no le dijera lo que estaba pensando, lo que pasaba por esa mente que trabajaba a toda velocidad ante ella, sino las ganas que sintió de besarla cuando ella jamás se ha interesado de ese modo por una mujer, ni de ese ni de ningún otro.
La vicepresidenta se levanta y sale del despacho porque necesita café.
No le pregunta a Olga si quiere; de hecho, apenas la mira cuando pasa por su lado.
Llega a la máquina, pulsa el botón y apoya una mano en la pared mientras espera y se transporta a la conversación que tuvieron cuando estaban comiendo, esa donde Olga le explicó que no identificó su atracción por las mujeres hasta que tuvo los treinta a pesar de que hubo muchas señales, y ahora Marina está más estresada todavía porque ella intentaba no pensar en eso bajo el pretexto de que, si fuera su caso, ella lo habría sabido, pero viendo lo que tardó su asistente en entenderse, sería muy posible que ella misma fuera un caso parecido, solo que con cuarenta y cinco años.
Resopla, no puede ser, ella no puede descubrir tan tarde que es lesbiana, pero cuando analiza su matrimonio y todas las relaciones que tuvo antes le entran escalofríos porque, aunque disfrutaba del sexo y quiso a su exmarido con locura, siempre hubo algo que no la dejaba sentirse completa del todo.
Podría dejar de comerse la cabeza con algo tan estúpido y asumir que es bisexual porque eso lo explicaría todo, le gustan hombres y mujeres por igual, solo que hasta ahora no se había sentido atraída por nadie de su mismo sexo; su problema es que el sábado descubrió que la intensidad de esa atracción por Olga está muy por encima de la que ha sentido antes por nadie.
Ese burbujeo que le vibraba en el vientre, la sensación de anticipación que le cortaba el aire y lo turbada que se siente por no saber a qué atenerse.
Olga es como una adivinanza para ella. Una de esas que deja pistas ambiguas que solo te desorientan. La besó, esa debería ser una pista muy clara, pero su insistencia en que lo olvidara y el hecho de que en todo este tiempo jamás ha vuelto a intentar nada, la tienen algo confusa.
Regresa al despacho y, al pasar por la mesa de su asistente, ella la detiene.
—Ya he cerrado la agenda de esta semana, salvo cosas que vayan surgiendo, está todo apuntado. Te la he pasado al correo para que la revises por si necesitas que modifique algo.
—De acuerdo, en un rato me lo miro.
Si el sábado no hubiera existido, Marina le habría pedido que se la mostrara ahí mismo, que la abriera en su pantalla mientras ella se colocaba detrás de su silla y apoyaba una mano en el respaldo y otra en la mesa, pero ahora no se atreve porque su asistente se ha convertido en un peligro para ella, en una adicción que no sabía que tenía hasta que estuvo tan cerca que podía respirar su aliento.
Se siente tan frustrada que le entran ganas de abofetearse a sí misma para ver si espabila de una vez.
Es una mujer hecha y derecha que siempre ha tenido las ideas claras, incluso cuando era más joven le decían que era muy madura para su edad, y ahora su asistente le dispara las pulsaciones como si fuera una cría de instituto.
Olga también está diferente, se muestra cautelosa y trata de resolver cualquier cosa consultándole lo mínimo posible porque ella también necesita alejarse de la tentación hasta que su cuerpo se relaje, ya que desde que el sábado tuvo la mano de su jefa en la cintura y sus ojos azules sobre ella, Olga vive flotando y temblando al mismo tiempo.
No es tonta, sabe que está pasando algo entre ellas, que con cada minuto que pasan juntas se vuelven cercanas hasta un punto que está en una línea muy fina entre la amistad y otra cosa que estaría por encima, pero no sabe qué hacer con eso.
Marina es su jefa y es demasiado profesional como para pensar que podría estar dispuesta a cruzar esa línea.
—¿Has hablado con Andrea? —pregunta justo antes de entrar en su despacho, con la necesidad de tener una conversación normal con ella, de poder cruzar cuatro frases como hacían antes del sábado sin que su mirada vaya directa a la boca de Olga.
—Sí, bueno, por teléfono no. Le escribí el sábado para decirle que había encontrado el papel, bueno, tú. —Olga se pone roja otra vez y Marina traga saliva—. Quedó en que me llamaría hoy para darme cita esta semana y que se lo lleve.
Marina asiente, dudando, porque ella habló con Andrea justo ayer, cuando la abogada le propuso tomar algo esta tarde.
Han quedado después del trabajo en Esplugues y a Marina no le costaría nada ofrecerse para llevarle los documentos de parte de su asistente, pero si se lo propone, no sabe si lo haría para ayudarla o para evitar que Olga y Andrea se vieran.
¿Está enferma? ¿Está celosa de su amiga y esta mujer con la que solo tiene una relación laboral?
—Me encantaría ver la cara de tu primo cuando le digan que la jugada le ha salido mal. —La vicepresidenta arranca una risita en Olga que se le instala en el cerebro y se repite en bucle en su cabeza durante la siguiente hora.
Por la tarde, cuando está volviendo de una reunión que se ha alargado hasta provocarle dolor de cabeza, Olga le recuerda que tienen pendiente cerrar el orden del día para la sesión del miércoles con Nauta.
—Podemos hacerlo más tarde si quieres —propone la asistente al ver la expresión agotada de su jefa.
—No, zanjémoslo ya y nos lo quitamos de encima.
Olga asiente, coge la carpeta con los documentos y entra en el despacho, y de la misma manera que han estado evitando estar cerca todo el día, hacen lo mismo ahora.
Marina señala la pequeña mesa redonda del rincón porque si se queda en la suya, Olga tendrá que arrastrar una silla y sentarse a su lado como tienen por costumbre.
La asistente saca los papeles, una copia para cada una, y va leyendo cada punto en voz alta mientras Marina sigue la misma línea en su hoja y va marcando con un bolígrafo los que quiere repasar primero para después entregárselos a su asistente.
—Bueno, creo que ya está todo —dice Olga—, lo pasaré a limpio y se lo envío.
—Ponme en copia, por favor.
—Por supuesto.
Las dos se levantan a la vez y la asistente recoge todos los papeles para meterlos en la carpeta, pero cuando la cuadra sobre la mesa con los nervios de tener a su jefa justo al lado, calcula mal y se le resbala hacia fuera, haciendo que todas las hojas acaben esparcidas por el suelo ante su mirada horrorizada.
—Mierda, perdón. Ya lo recojo —farfulla de forma atropellada.
Marina ni siquiera la escucha, simplemente se agacha para ayudarla y, como si el destino quisiera joderla, cuando se incorporan, lo hacen por el mismo sitio de manera que acaban molestándose y Marina acaba con el trasero apoyado contra el borde de la mesa y Olga pegada a su cuerpo.
Se quedan congeladas, mirándose a los ojos mientras Marina piensa que debería moverse, que solo tiene que disculparse como haría si la situación bochornosa le hubiera pasado con otra persona.
Una sonrisa divertida, un paso a un lado para esquivar y todo acabaría, pero se queda ahí, incapaz de mover un solo músculo, o eso cree ella, porque entonces nota un roce sobre los dedos de la mano derecha y ella mueve los suyos para darse cuenta de que es la mano de Olga, y de algún modo inexplicable, los de su asistente se separan, los suyos entran y las manos se cierran.
Marina siente un ruido hueco y potente resonando en sus oídos, y por un momento llega a pensar que es el corazón de Olga el que late tan fuerte, hasta que descubre que es el suyo.
Su mirada baja a los labios de su asistente de golpe, encontrándolos entreabiertos, y el mismo impulso que sintió el otro día y que logró contener de puro milagro aparece como un tren de mercancías imparable que hace que Marina incline la cabeza hacia delante, pero unos pasos que se acercan la hacen retroceder cuando su nariz ya estaba rozando la de Olga.
La asistente se aparta, turbada y colorada hasta la raíz del pelo, tan nerviosa que las hojas están a punto de caérsele de nuevo, y entonces aparece Silvia en la puerta.
—Hola —saluda sin darse cuenta de lo que pasa—. ¿Te la puedo robar un segundo, Marina? Necesito que me dé los cierres de…
—Sí, no hay problema —la corta la vicepresidenta, echando a caminar hacia su mesa mientras traga con fuerza para que el corazón se le baje de la garganta.
—Ven. —Olga coge a Silvia por la muñeca y se la lleva al pasillo.
—¿Qué haces? He venido porque necesito los…
—Tú camina.
La asistente no la suelta hasta que llegan a la máquina de café y se asegura de que no hay nadie cerca.
—Joder, me va a dar un infarto —solloza abanicándose con la mano como una histérica.
Es entonces cuando su amiga y compañera la mira con atención y se da cuenta de que tiene las mejillas ardiendo, pero el resto de la cara pálida, y que las manos le tiemblan.
—¿Qué pasa? Me estás preocupando.
La asistente se detiene de golpe para hablar en voz baja.
—Creo que Marina iba a besarme.
—¡¿Qué?!
—Joder, baja la voz —se desespera Olga, que ahora se ahueca el jersey porque se siente acalorada a pesar de que todavía tiene la piel de gallina en medio cuerpo.
—¿Iba a besarte? —Silvia tiene los ojos desorbitados.
—Creo que sí, si no hubieras entrado…
Su amiga tuerce el gesto.
—¿Me estás diciendo que cuando por fin ibas a comerle la boca a esa mujer, yo lo he interrumpido? —pregunta horrorizada.
—Técnicamente, iba a ser ella, pero sí, puede que sí. Dios, Silvia, creo que me está dando un infarto.
—Pues vuelve ahí y termina lo que yo he cortado, ya bajaré en otro momento.
—¿Estás loca? —Los ojos de Olga se abren y empiezan a brillar como dos faros en medio del bosque en cuanto lo piensa—. No puedo besarla aquí, estamos en el trabajo y ella es mi jefa…
—Eso nunca pareció importarte antes —rebate Silvia.
—¡Porque pensaba que era imposible! —Olga chilla sin querer, y Jordi, que sale del ascensor en ese momento, las mira sorprendido, pero pasa de largo sin decir nada.
—Pues habla con ella al menos, ya que una de las dos sí que tiene ovarios para hacer lo que había que hacer, lo mínimo que puedes hacer tú es decirle cómo te sientes de una maldita vez.
—Lo sé. —Olga se mete las manos en los bolsillos del pantalón—. Sé que tengo que hablar con ella, que no puedo seguir alargando esto, pero tengo que tranquilizarme antes, necesito un par de días sin que pase nada que me haga sentir al borde del colapso porque entre esto y lo del sábado yo…
—¿Lo del sábado? —Silvia entorna la mirada y Olga suspira derrotada.
Se lo resume de carrerilla, sin respirar, y cuando acaba infla los pulmones de un modo tan brusco que Silvia da un paso atrás pensando que acabará explotando.
—Lo tuyo no es normal, en serio. Es decir, el sábado te lo sirvió en bandeja —dice con incredulidad—, no solo se te puso a tiro, sino que te preguntó, te dio la oportunidad de hablar y tú te quedaste callada. ¿Qué necesitas para soltarlo, Olga? Si sigues así, conseguirás que se harte y pase de ti.
—Lo sé. Solo necesito unos días, ¿vale? Para tranquilizarme, ahora mismo no puedo ni mirarla sin que me tiemble todo. Cuando esté calmada buscaré el momento y se lo diré, le confesaré que estoy enamorada de ella y que sea lo que Dios quiera.
Silvia se santigua, porque para ella nunca se nombra a Dios en vano a pesar de que no es creyente.
—A ver si es verdad. Anda, vamos para que me des los cierres. Tengo que dejar eso listo para mañana.
Olga asiente y, justo cuando gira hacia el despacho, se encuentra con Marina, que sale con el abrigo puesto.
Las dos mujeres se quedan paradas un momento porque cada una bloquea el paso de la otra, y se da esa situación absurda donde tardas segundos en decidir si te apartas a la derecha o a la izquierda para que la otra persona acabe eligiendo el mismo lado. A Silvia solo le faltan las palomitas.
—Perdona. —A Marina le sale la sonrisa torcida cuando al fin decide coger a Olga por un brazo para que no se mueva y ella pueda pasar por el otro—. Me voy ya, nos vemos mañana. Hasta luego, Silvia.
—Adiós, Marina —responde la jefa de equipo mientras Olga sigue congelada bajo el quicio de la puerta—. Definitivamente tienes un problema —canturrea Silvia, dándole un suave empujón para que reaccione.